¿Volver a nacer?

 Tanto la Psicología como la Filosofía han tratado siempre de responder a estas preguntas: ¿qué es ser persona?, ¿qué conforma nuestra personalidad?, ¿qué delimita nuestro carácter?, ¿qué le da a cada ser humano ese tono único e irrepetible? Obviamente, las respuestas que se han ido dando a estas cuestiones a lo largo de la historia han sido múltiples y variadas formando un amplio abanico que iba desde considerar casi en exclusiva la influencia de los condicionantes medioambientales y los estímulos externos hasta el extremo opuesto en el que se valoraba únicamente el mundo interno, los impulsos sutiles recibidos más allá incluso de la mente. Y lo cierto es que los límites están cada vez más desdibujados y se hace más difícil crear definiciones que enmarquen los conceptos.

La Física Cuántica nos habla de un mundo cambiante y en muchas ocasiones regido por las leyes del caos; la Psicología, a su vez, de la importancia de abrirse a la flexibilidad y de aumentar el nivel de tolerancia ante la frustración; la Sociología hace hincapié en la necesidad de incrementar nuestra capacidad de adaptación y favorecer la unión en lugar del separatismo; y la Pedagogía de potenciar la facultad creativa del ser humano para trazar nuevos recorridos en el aprendizaje… En suma, todas estas disciplinas están intentando colocar al ser humano en una nueva tesitura que le permita entender las circunstancias de nuestro mundo.

Evidentemente, las instituciones que ofrecían respuestas dogmáticas, aquellas que no han variado sus planteamientos a lo largo de los siglos y que siguen pronunciando el mismo discurso, sufren cada vez más abandonos.

Es obvio que hay que acostumbrarse a los cambios -en eso posiblemente todos estemos de acuerdo-, pero, ¿qué sucede cuando se trata de un cambio repentino?, ¿qué ocurre cuando el cambio se produce de un día para otro?, ¿cómo reaccionamos cuando no hemos tenido tiempo de prepararnos para lo que llegaba?

Hay momentos en la existencia especialmente duros, experiencias que nos hacen replantearnos nuestros valores y los puntos de apoyo en los que se asienta nuestra vida: una enfermedad repentina, la pérdida de un ser querido, de un trabajo seguro o del afecto de nuestra pareja, hijos, amigos… Son situaciones críticas que ponen a prueba nuestra escala de valores.

Todo cambio se puede vivir como un proceso de muerte o como un proceso de transformación. Es más, de la actitud vital que adoptemos ante el hecho crítico que estamos viviendo va a depender nuestro futuro.

La pérdida de la salud es sin duda uno de los retos más importantes que podemos afrontar. Todo accidente o enfermedad grave que se presenta de improviso y nos obliga a parar en seco nos lleva normalmente a replantearnos nuestra escala de valores, nuestras creencias más profundas, nuestras convicciones más arraigadas. Hay casos en los que ese sustrato que conforma la filosofía de vida de un ser humano sirve como acicate para superar la situación. Es cuando lo que creemos y lo que sabemos se convierten en herramientas para ayudarnos a aprender de la situación y a encontrarle sentido a lo que nos está ocurriendo. Sin embargo, también hay otras ocasiones en las que la persona pierde absolutamente la confianza, la fe en la vida y, lo que es peor, la fe en sí misma. Se siente víctima de las circunstancias, culpa a todo cuanto la rodea de lo que está sufriendo, rechaza el proceso que vive, se rebela ante lo que considera injusto, rechaza incluso la ayuda que le brindan los que están cerca… Una actitud que bloquea la comunicación con las personas que la rodean y además cierra los canales de comunicación interna consigo misma haciéndola olvidar sus ideas, sus creencias, aun  cuando le podrían proporcionar apoyo y alivio.

El personal sanitario tiene una vasta experiencia sobre la importancia de la actitud a la hora de recuperar la salud. Saben la importancia de una actitud positiva en la que la persona intenta primero buscar las causas que la han llevado hasta allí y después trata de averiguar la lección que puede aprender de esa experiencia, aunque sea dolorosa. Saben que la flexibilidad para adaptarse a los cambios, la tranquilidad de ánimo, la aceptación de la ayuda y las expectativas de futuro tienen un efecto favorecedor en cualquier tratamiento, sea este de orden farmacológico o quirúrgico. En cambio, comprueban cada día cómo el rechazo a lo que se está viviendo, la cerrazón mental a la hora de intentar averiguar los porqué de la situación, el victimismo, la sensación de injusticia o castigo, etc., bloquean a la persona, la desconectan no sólo del personal sanitario y de los que intentan ayudarla sino también de sus propios recursos sanadores.

Está comprobado cómo una actitud positiva, abierta y optimista produce una mayor afluencia energética a la zona del pecho donde se encuentra la glándula timo, la responsable de la generación de los linfocitos T, células que forman parte del sistema inmune. Por otra parte, una actitud pesimista, negativa y cerrada bloquea toda esa zona a nivel energético inhibiendo las funciones de defensa del sistema inmunitario.

La Nueva Medicina define la enfermedad como “un programa inteligente de la naturaleza que tiene por objeto decirle al individuo que está viviendo una situación que no le conviene”.

Gran parte las personas que han sufrido un periodo más o menos largo de hospitalización y que se han enfrentado al hecho de su posible muerte salen del trance con profundos cambios en su personalidad. El tiempo que han estado apartados de su actividad habitual les hace reflexionar sobre su escala de valores, les hace redibujar su mapa, dar importancia a las cosas que realmente la tienen y obviar los pequeños contratiempos que antes se le antojaban como gigantescos. Muchos de ellos se replantean profundos cambios en su vida y entienden que deben tomar decisiones para evitar que vuelva a repetirse la enfermedad.

El tiempo que han pasado separados de su modus vivendi habitual les ayuda a volver la mirada hacia su interior buscando esa conexión profunda con su Yo verdadero, con su personalidad profunda que muchas veces no puede manifestarse por los condicionantes y los convencionalismos sociales en los que se desenvuelve su vida.

Y de esa conexión surge una nueva actitud, tal vez una intención de alinearse con el propósito de su vida y, finalmente, el intento de reconducirla por los cauces que quizás la presión del poder, el dinero o el miedo a perder lo conseguido le haya hecho abandonar.

Gabriel García Márquez explicaba que el ser humano es el único que nace y muere muchas veces, que cada día, con lo que vive, va muriendo el anterior y nace uno nuevo. Si eso es así, un proceso de enfermedad representaría un gran nacimiento, una renovación del proyecto de vida, una oportunidad inestimable de cambio, una parada para reconducir el rumbo.

María Pinar Merino

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Junio 2003
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