Una sociedad de drogadictos

por José Antonio Campoy

El 95% de los occidentales adultos son drogadictos. Y cada vez aumenta más el número de niños que están adquiriendo esa condición. Tal es la cruda y dura realidad que nadie quiere reconocer. Porque drogadicto es todo adicto a una droga. Y la Real Academia de la Lengua es clara y otorga a la palabra droga siete acepciones posibles: cuatro locales (“cosa aburrida, tediosa o de mala calidad” en Uruguay, “persona o cosa que desagrada o molesta” en Colombia, “deuda, a veces la que no se piensa pagar” en Canadá, América Meridional y México y “embuste, ardid o engaño” en Argentina) y tres de carácter general: “sustancia mineral, vegetal o animal que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes”, sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno” y “medicamento”. Bien podría pues decirse que toda droga está relacionada –al menos lingüísticamente- con algo de mala calidad que desagrada o molesta siendo su ingesta un ardid o engaño que afecta a los sentidos deprimiendo, narcotizando o haciendo alucinar a quien la ingiere. Claro que no deberíamos olvidar que la palabra droga procede de ḥaṭrúka, término del árabe hispánico que significa literalmente charlatanería.Eso sí, el diccionario matiza luego que puede hablarse de droga blanda -definiéndola como “la que no es adictiva o lo es en bajo grado, como las variedades del cáñamo índico” y de droga dura –“la que es fuertemente adictiva, como la heroína y la cocaína”. En Fitoterapia y Farmacología se considera por su parte droga a “toda materia prima de origen biológico que directa o indirectamente sirve para la elaboración de medicamentos”. Y principio activo a la sustancia responsable de su actividad farmacológica. Droga puede ser pues todo vegetal o animal que se ingiere -bien entero, bien en parte- o producto obtenido de ellos -por diversos métodos- que posean sustancias químicas de acción farmacológica terapéuticamente útil. Siendo el término inglés correspondiente el de drug. ¿Y a cuento de qué tanta aclaración?, se preguntará el lector. Pues a que queremos que se entienda bien que lo que afirmamos al principio de este texto no se trata por tanto de una exageración, una tergiversación o una afirmación gratuita sino de una aseveración irrebatible. Y que cuando se habla de “droga” no cabe referirse sólo a la cocaína, la heroína, el hachís, la marihuana, el LSD, el alcohol o el tabaco sino también a los fármacos. A lo que ha dado en llamarse eufemísticamente medicamentos, medicinas o fármacos a fin de quitar la connotación negativa de la palabra droga. Pero la verdad es que se trata de drogas. Algo que los norteamericanos no ocultan ya que allí el control de esos productos los lleva la Food and Drug Administration (FDA) –es decir, la Administración de Alimentos y Drogas-, realidad que aquí se oculta llamándola Agencia Española del Medicamento porque esta palabra -al igual que la de medicina y la de fármaco- tienen entre nosotros la “imagen” de una sustancia terapéuticamente positiva cuando no curativa. Pero la verdad es que tal convicción no se sustenta científicamente en nada. La inmensa mayoría de los medicamentos, medicinas o fármacos –eufemismos de la palabra drogas– no sólo no ayudan a curar nada sino que ni siquiera sirven para prevenir o mejorar una dolencia. En el mejor de los casos lo que hacen es aliviar o paliar los síntomas que padecen quienes están enfermos. Pero casi siempre a costa de provocar problemas de salud mucho más graves que el que pretende evitarse con su ingesta. Es más, la inmensa mayoría de las drogas farmacéuticas son tan peligrosas -además de ineficaces- que el hecho de que se comercialicen legalmente sólo demuestra el grado de corrupción y podredumbre de nuestra sociedad pues la mayoría son mucho más peligrosas que drogasduras” tan prohibidas y perseguidas como la cocaína o la heroína. Basta leer sus prospectos para constatarlo. Luego, ¿por qué la gente -médicos incluidos- no lo hace? ¿Por qué permiten que se ingieran libre y masivamente drogas duras como las medicinas sabiendo que son peligrosas y no curan nada? ¿Por qué a todo el mundo le parece normal ingerir analgésicos, antiinflamatorios, antipiréticos, antibióticos, antidepresivos, ansiolíticos, anticoagulantes, supuestos reguladores del colesterol y demás drogas iatrogénicas e inútiles? Pues porque son legales, cuentan con la bendición de los médicos y las autoridades sanitarias y se venden en establecimientos regentados por licenciados farmacéuticos dando apariencia de rigor, seriedad y ciencia a su venta. Pero se trata de una falacia. De una falacia peligrosa. Porque hoy el 95% de la sociedad toma esos fármacos de forma habitual. Luego el 95% se droga. Y además se resiste a dejar de hacerlo. Luego es adicta a ellos. Es decir, la mayoría de la sociedad es drogadicta. Va siendo hora pues de exigir que los establecimientos que venden esas drogas, las farmacias, adviertan de la peligrosidad de lo que venden sin tapujos. Y de ahí que propongamos que se sustituya en ellas cuanto antes la cruz verde de sus fachadas por el símbolo que representa a los venenos: la calavera con las tibias cruzadas. La gente tiene derecho a estar correctamente informada.