La sociedad de la desinformación

por José Antonio Campoy

Aseguran los expertos que el enorme desarrollo de los últimos años en los ámbitos de la Tecnología –especialmente de la Nanotecnotología-, las telecomunicaciones y la informática así como la expansión imparable en todo el planeta de Internet nos ha llevado a vivir lo que algunos califican de “sociedad de la información” y otros de “sociedad del conocimiento”. Es decir, de una sociedad en la que toda persona, en cualquier lugar del planeta, puede informarse y formarse porque el conocimiento se ha puesto en manos de todo el mundo. Información y conocimiento que llevan a la libertad de elección porque uno tiene la posibilidad de contrastar datos, informaciones, estudios, trabajos y opiniones sobre casi cualquier asunto. No siendo una excepción el ámbito de la salud. ¿Y es eso así? ¿Está hoy la sociedad mejor informada? Pues a pesar de lo que la mayoría de la gente cree la respuesta es NO. La sociedad actual está hoy más desinformada que nunca. Ésa es la triste realidad. Porque es verdad que hoy hay acceso a fuentes que hace apenas unas décadas jamás hubiéramos podido ni soñar. Y que la tecnología ha puesto a nuestra disposición herramientas fantásticas para acceder a ellas y conocerlas. Hoy podemos entrar con un simple ordenador casero de forma casi instantánea en la gran mayoría de las bibliotecas del mundo y acceder a sus obras (aunque queden muchas aún por digitalizar y otras muchas tengan acceso restringido). Y consultar grandes enciclopedias, diccionarios, ensayos, trabajos científicos, legislaciones generales y locales, bases de datos… Las posibilidades son enormes. Mayores obviamente cuantos más idiomas se conocen. Eso es innegable. A nivel individual uno puede informarse y formarse de manera impensable hace escasos años. Y es lo que de hecho hace… una enorme minoría. Millones de personas en todo el planeta. Quizás una de cada diez  mil. Las otras 9.999 no. Unas porque no saben leer ni escribir. Otras porque donde viven no hay ni electricidad. Bastantes más porque carecen de Internet. Algunas porque no tienen ordenador. Muchas porque no saben manejarlo o no les interesa o apetece hacerlo. Y por si fuera poco el 90% tiene además el acceso restringido por razones de lengua ya que la mayoría de la información disponible está en alguno de los diez idiomas más hablados del mundo -chino mandarín, inglés, hindi, español, ruso, árabe, bengalí, portugués, malayo y japonés- y el 80% de los 7.000 millones de personas que viven en el planeta no los domina. Lo que les obliga a conformarse con lo que hay en su lengua nativa. Pero aún así hay cientos de millones de personas que tienen esa posibilidad… solo que de ellos apenas algunos la utilizan para cuestiones de importancia. El resto, la inmensa mayoría, lo usa para visualizar o descargarse programas, juegos, música, películas, fotos, catálogos…. O para publicitar sus empresas, negocios, cursos, productos…. O para chatear en foros como Twitter o Facebook... O para “colgar” blogs, comentarios, noticias de su entorno… Para informarse y formarse lo usa sólo una minoría. La mayor parte porque no entiende el lenguaje técnico de lo que consulta. Otros porque entendiendo lo que se dice gramaticalmente no terminan de captar el significado. Y muchos porque ante la avalancha de información ante cada consulta que hacen terminan hartándose, especialmente cuando ven la cantidad de contradicciones en que incurren las “informaciones” que encuentra. En suma, sólo hay una minoría que “podría” estar “informada” pero ésta termina normalmente leyendo lo que aparece… ¡en las primeras páginas de los buscadores! Algo que sucede especialmente en el ámbito de la salud. Porque si por ejemplo uno pone en Google la palabra “cáncer” y pincha en Buscar se va a encontrar con quince millones y medio de links. Muchos menos en otras patologías, ciertamente, pero con cantidades igualmente enormes. ¿La consecuencia? Que casi nadie va más allá en su búsqueda de las primeras 5 ó 6 páginas. Luego tener a disposición millones de links resulta en realidad a menudo de escasa utilidad. Y ello sin entrar a valorar la fiabilidad de  lo que en esos sitios se publica. Obviamente todo ésto lo saben muy bien quienes dominan el mundo de los negocios y sus mercados. Por eso se ocupan de que las informaciones “molestas” no aparezcan en esas primeras páginas y, en caso de no conseguirlo, de desprestigiarlas. El resultado en todos los ámbitos -incluido el de la salud- es por eso el mismo: la información está controlada por quienes pueden situar sus webs en las primeras páginas. Es decir, por quienes pueden pagar por ello. En otras palabras, por quienes pertenecen al grupo de poder económico que controla todo. Así que cualquiera es libre de contar su verdad en Internet. Y hacer que aparezca en una página que casi nadie va a ver. ¿Que Internet es democrático? Pura ilusión. ¿Que Internet nos ha convertido en una “sociedad informada”? Pura ilusión. Vivimos en la sociedad más desinformada de la historia de la humanidad. Porque es verdad que nunca tantas verdades han estado al alcance de tantos pero, ¿de qué sirve eso si el sistema logra que nadie las lea? No, desgraciadamente hoy no solo no estamos mejor informados sino más desinformados. Porque las “informaciones” que sí llegan a todo el mundo suelen estar hoy a menudo tergiversadas cuando no son completamente falsas o inventadas. Y esto acaece de forma  especialmente preocupante en el ámbito político, militar y económico pero también en el de la salud.