Las radiaciones electromagnéticas son peligrosas

por José Antonio Campoy

Tanto las empresas eléctricas como las de telefonía llevan años intentando hacer creer a políticos, periodistas, jueces y público en general que existe un “debate científico no resuelto” sobre la peligrosidad de las radiaciones electromagnéticas porque ésta no está “científicamente demostrada”. Bueno, pues es hora de denunciar de forma alta y clara -una vez más- que esa afirmación es absolutamente falsa. Lo que no hay es un solo investigador independiente en el mundo que dude de su potencial peligrosidad. Ni uno. En cambio lo que sí hay son personas pagadas por esas empresas para que afirmen eso. Y trabajos diseñados y financiados por ellas para que los resultados generen al menos dudas ya que les ha sido imposible demostrar que son inocuas. Y “peritos” que cobran por decirles en los tribunales a los jueces –y de paso a los políticos y periodistas más ignorantes- que no hay “pruebas científicas” de la relación entre las radiaciones electromagnéticas y las múltiples patologías que afectan a quienes las sufren; peritos que en la inmensa mayoría de los casos no ha efectuado ni un solo trabajo de investigación sobre ello. La verdad –la hemos repetido de forma machacona en los últimos años- es que las radiaciones electromagnéticas son peligrosas. No hay debate científico alguno al respecto. Insistimos en que no hay un solo investigador independiente en el mundo -que no esté pues pagado por las empresas del sector- que dude de ello. ¡NINGUNO! Luego la afirmación de que hay “debate científico” es una mentira bastarda que han instalado en las mentes de la sociedad quienes no quieren que se asuma la verdad y la manipulan a su antojo. ¡Retamos públicamente a las empresas de electricidad y telefonía a que demuestren que las radiaciones electromagnéticas son inocuas! Que no afectan a la salud de las personas las radiaciones de las torres de alta tensión, los trasformadores, las antenas de telefonía, los móviles e inalámbricos, los sistemas Wi-Fi y WLAN, los radares…. Recordemos que las radiaciones electromagnéticas provocan en los organismos vivos dos tipos de efectos: térmicos y atérmicos. Es decir, pueden provocar una subida de la temperatura corporal si la intensidad es relativamente alta y dar lugar a un aumento de la tensión sanguínea, cefaleas, náuseas, vértigos, cansancio y desorientación; y en casos extremos -con intensidades de potencia mayores de 1.000 W/m2– a quemaduras, cataratas y esterilidad. Pero asimismo pueden provocar efectos atérmicos –es decir, no relacionados con el aumento de la temperatura- que suelen aparecer recibiendo intensidades de menor potencia pero durante un largo periodo de tiempo. Y en estos casos lo que se daña es el ADN de las células y entonces pueden aparecer tumores, es decir, cáncer. Es más, el doctor Darío Acuña Castroviejo constataría en un documentado trabajo del que en su momento nos hicimos eco que pueden provocar también trastornos neurológicos, hormonales, inmunológicos, cardiopulmonares, reproductivos y dermatológicos. Y, sin embargo, las medidas de protección de nuestras autoridades sólo suelen tener en cuenta los efectos térmicos. Afortunadamente tanta mentira y tergiversación se va a acabar antes o después. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) ya han decidido clasificar las radiaciones electromagnéticas emitidas por los teléfonos móviles y dispositivos similares de “posiblemente cancerígenos” reconociendo que su uso conlleva un mayor riesgo de tumores cerebrales malignos –gliomas- por lo que recomiendan tomar medidas para reducir al máximo su exposición, especialmente en el caso de los niños. Decisión que tomaron nada más saber que la Asamblea del Consejo de Europa  había aprobado un documento en el que se pide a todos los gobiernos europeos la adopción de “medidas razonables” para reducir la exposición a las radiaciones electromagnéticas de todos los aparatos que las emiten. Advertencia ante la que por cierto reaccionaron tanto la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) como la Sociedad Española de Oncología pero no para congratularse de ello sino para apoyar a las empresas de telefonía intentando “tranquilizar” a los ciudadanos en una toma de posición que se nos antoja ya nauseabunda. Llevamos muchos años denunciándolo mientras nos llamaban “alarmistas” pero ahora la OMS, la IARC y la Asamblea del Consejo de Europa avalan nuestras denuncias. Por supuesto la batalla no ha terminado. La industria reaccionará sin duda moviendo sus peones. Así que preparémonos para comprobar cómo las instituciones políticas que controlan –desde la Comisión Europea hasta numerosas agencias internacionales pasando por muchos gobiernos y partidos políticos- van a contraatacar diciendo de nuevo que no hay nada “científicamente demostrado”.  Quedan aún pues muchos cobardes y sinvergüenzas –la mayoría a sueldo- con los que lidiar.