¿El problema es la carne animal… O su estado al ingerirla?

por José Antonio Campoy

Una vez más nuestros lectores van a encontrarse en un mismo ejemplar de la revista con informaciones que sin duda les parecerán contradictorias. A ustedes… y a nosotros. Pero nuestra obligación profesional es dar a conocer lo que dicen sobre un tema unos y otros -en este caso sobre la carne animal- y luego, si nos hemos formado opinión, darla a conocer pero dejando claro que es eso: nuestra valoración personal. Y es que la decisión de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) -organismo adscrito a la Organización Mundial de la Salud (OMS)- de calificar la carne procesada como «probable carcinógeno» y la roja como «posible carcinógeno» -aseveran que pueden causar cáncer colorrectal así como de páncreas y próstata- y que el riesgo es excesivo con apenas 100 gramos diarios ha causado en la sociedad tanta conmoción como incredulidad; no solo porque la OMS tiene cada vez menos credibilidad dadas sus últimas y lamentables decisiones sino porque el simple sentido común hace que la gente se pregunte cómo es posible que eso pueda ser así cuando a lo largo de decenas de miles de años los humanos han ingerido carne animal -incluidos los embutidos- sin contraer cáncer. Estando en esa mera reflexión la misma respuesta al interrogante: si la carne que hoy se ingiere es carcinógena y antes no lo era será porque es distinta. Y, en efecto, tal es parte de la clave. Porque como se explica en el reportaje central de la revista hoy la mayor parte de la misma procede de animales enfermos criados sin libertad e incorrectamente alimentados a los que se ha vacunado y atiborrado de antibióticos -especialmente en los casos en los que ingieren básicamente cereales y/o vegetales contaminados por herbicidas tóxicos-, se cuece, fríe o asa a alta temperatura en lugar de a fuego lento y se le añaden conservantes para que pueda estar más tiempo en las estanterías de los supermercados, entre ellos nitratos y nitritos que pueden convertirse en las cancerígenas nitrosaminas que el cuerpo es incapaz de eliminar si el consumidor tiene una flora intestinal dañada -algo hoy muy habitual- y déficit de vitamina C. Razones éstas que se explican detalladamente en el artículo que publicamos. Entre ellas que las toxinas, virus, bacterias, hongos y patógenos de los animales enfermos pueden pasar a nosotros aun sometiendo la carne a altas temperaturas. Y que son numerosos los estudios que indican que el cáncer colorrectal solo se desarrolla cuando el microbioma del colon está dañado. En fin, los estudios están tan mal diseñados que en la inmensa mayoría no se ha tenido siquiera en cuenta si las personas estudiadas estaban sanas o enfermas, si sus organismos estaban acidificados, si su flora intestinal estaba en buenas condiciones o si padecían estreñimiento cuando la importancia de un colon limpio es fundamental y por eso en todas las culturas se ha propuesto recurrir a enemas ante cualquier signo de enfermedad. Aunque lo más patético es que muchos de los estudios utilizados para calificar las carnes rojas y procesadas como probable o posiblemente carcinógenas se basaron en la ingesta de productos cárnicos en general extrapolándose sus datos sin justificación científica alguna. Nada de todo esto lo han tenido en cuenta de forma global quienes han investigado las consecuencias de la ingesta de carnes «rojas» y «procesadas» (el resto no se consideran carcinógenas). Ni quiera el doctor T. Colin Campbell -asesor científico senior del Instituto Americano para la Investigación del Cáncer y autor de obras mundialmente conocidas como El Estudio de China e Integral- a quien entrevistamos en este mismo número y que además de reiterarse en que «la caseína de la leche es el carcinogénico más importante que se haya identificado jamás», que «las patologías crónicas las sufren sobre todo las personas que ingieren una mayor cantidad de alimentos de origen animal» y que «las proteínas vegetales disminuyen la incidencia de cáncer mientras las animales la aumentan» ha valorado tampoco lo antedicho. Porque puede que tenga razón pero debería hacer matizado que eso solo sucede con la carne procedente de animales enfermos, cocinada a altas temperaturas y que ha sido industrialmente procesada haciéndola ello apta solo para personas sanas. Así que a nuestro juicio el problema de la carne existe pero por las razones que hemos explicado y que se deben fundamentalmente a la avaricia de quienes crían y comercializan animales para consumo humano y a la brutal intoxicación que padecemos hoy todos por culpa de una legislación hecha a la medida de quienes han convertido el sector de la alimentación en un preocupante negocio que para «optimizar beneficios» no duda en poner en riesgo la salud de los consumidores. Lea despacio el extenso artículo que publicamos en este número y lo entenderá.