¿Vacas locas o políticos incompetentes?

por José Antonio Campoy

El mal llamado caso de las «vacas locas» es, ante todo, el mejor ejemplo de la incompetencia política que con excesiva frecuencia adorna las democracias europeas. Aunque no menos lamentable es que para los directores y editores de los medios de comunicación considerados prestigiosos y «serios» tal incompetencia pueda «arreglarse» con la dimisión -hoy ni siquiera se exige para nadie el cese fulminante por flagrante que sea la causa que así lo exija- de los responsables directos del desaguisado de turno. ¡Hay que salvaguardar el sistema por encima de todo! Y en este caso pareciera que la dimisión -forzada o no- de los ministros afectados -como en Alemania- sería la «pena suficiente a pagar». Bien, pues ¡NO! Cuando el asunto es tan grave como éste ni una dimisión ni un cese son suficientes. Hay que exigir -no pedir- responsabilidades. Con todas las consecuencias. Y ya adelantamos que en este caso no es de recibo que en España la oposición socialista pretenda ir de nuevas. Este asunto colea desde hace más de 15 años y los dos grandes partidos tienen responsabilidad en él. Es indignante que tres lustros después de descubrirse que el mal de las vacas locas se puede contagiar a los seres humanos no se sepa con certeza ni cuál es el origen de la enfermedad, ni se hayan delimitado todas las posibles maneras de contagio, ni haya seguridad de que además de las partes de la vaca que se sabe que la transmiten no haya otras. Por no saber, no se sabe con certeza ni si la leche y demás productos lácteos pueden transmitir la enfermedad. Y aún más grave: ningún científico puede asegurar que el contagio no pueda extenderse por el aire al incinerar las vacas porque los priones -responsables del contagio- sobreviven a altísimas temperaturas y fuertes presiones, incluida la incineración. O que no se transmita a través del pasto donde han pacido los animales enfermos ya que sobreviven en el subsuelo. Por no saberse, no se sabe con rotundidad -a pesar de lo que se afirma- que los terneros en los que no se ha manifestado aún la enfermedad no sean igualmente contagiosos. Es más, el sacrificio de las vacas de más de tres años clama contra la lógica porque es de ellas, precisamente, de las que podríamos tener garantía para consumir su carne si a los 4 años no la han desarrollado y los tests son negativos. Lo que es imposible de asegurar es que los terneros no lo hagan porque no hay certeza de que la enfermedad no se contagie antes de que se manifieste. Y, sin embargo, se permite consumir estos y se mata a aquellas. ¿Alguien lo entiende? Y algo muy importante: el llamado «mal de las vacas locas» no se justifica en modo alguno sólo por la errónea alimentación que desde hace varias décadas se da a las vacas y demás animales herbívoros. ¡Pero si en España había vacas locas hace ya 50 años! Todo indica que hay otras causas de las que nadie parece querer hablar y que comentamos en el artículo que publicamos. Causas que podrían delimitar la búsqueda y evitar, además, la absurda matanza actual.