Previniendo infartos

por José Antonio Campoy

Vivimos en una sociedad tan estresada y agobiante que buena parte de las personas duerme poco -muchas veces mal-, se alimenta deprisa -también generalmente mal-, apenas hace ejercicio y encima suele estar a menudo intoxicada -aunque no se de cuenta- a causa de la contaminación medioambiental -incluida la eléctrica y electromagnética y el ruido externo-, los abonos, fertilizantes, colorantes, conservantes y aditivos que se usan en los alimentos y los fármacos de todo tipo que, por distintas razones, terminamos todos ingiriendo. Añádanse a ello los problemas emocionales y psicológicos -especialmente cuando son traumáticos- que vamos acumulando así como la falta de descanso real y habremos mencionado la mayor parte de las razones que llevan a millones de personas a enfermar. Patologías entre las que destacan las afecciones cardiovasculares, principal motivo de muerte no natural entre la población de Occidente y que, junto a los factores mencionados, debe su aparición -dicen- al tabaquismo así como a la acumulación de grasa y de «colesterol malo» en el organismo. Y, sin embargo, una de las dolencias más comunes, la arterosclerosis, que termina llevando a tantas personas a sufrir un infarto, puede prevenirse con cierta garantía. Así se hace en países más avanzados desde hace cuarenta años. ¿Por qué no, pues, en el nuestro y en otros menos desarrollados? ¿Por qué no se informa de esa posibilidad a las personas que han padecido ya un infarto -y, por tanto, pueden volver a sufrirlo- así como a quienes -por sus factores individuales de riesgo- son candidatos a sufrirlo? ¿Qué sentido tiene esperar cuando puede actuarse preventivamente? Sugiero a los lectores afectados así como a quienes padecen cualquier enfermedad de difícil diagnóstico y/o solución que lean la entrevista que publicamos en este número al respecto. Merece la pena.