Hacia una nueva conciencia

por José Antonio Campoy

Tienes en tus manos, amigo lector, el número 50 de Discovery DSALUD. Y podemos asegurarte que llegar hasta aquí no ha sido fácil. Va a seguir sin serlo. Romper esquemas tiene muchas dificultades. Se choca con muchas convicciones arraigadas, con muchos dogmas establecidos, con muchos intereses. La salud es hoy, ante todo, un próspero negocio. Evidentemente, los hospitales, clínicas o centros de salud necesitan ser correctamente administrados para que no sean deficitarios pero es que cada vez se crean más porque son lucrativos, porque dan dinero. No hay ideales en ello. Hasta se explota descaradamente a quienes allí trabajan en condiciones muchas veces lamentables. Ha desaparecido prácticamente el lado humanitario. Las residencias geriátricas, por ejemplo, no se construyen porque haya una necesidad social sino porque dan mucho dinero a quienes manejan el negocio. Especialmente merced a las ayudas y subvenciones oficiales. Los nuevos fármacos no se investigan porque exista detrás la intención real de ayudar a quienes sufren sino porque proporcionan pingües beneficios. Por eso la industria farmacéutica no busca medicamentos para las enfermedades minoritarias: no son rentables. Y lo único que buscan los accionistas e inversores en bolsa es rentabilidad. En las juntas de accionistas de los grandes laboratorios no se plantean aspectos humanos y éticos: sólo se habla de réditos, de beneficios, de nuevas inversiones para obtener más ganancias. Allí no se habla de salud, se habla de enfermedad. En las agencias del medicamento y en los ministerios de Sanidad de todo el mundo pasa otro tanto. Están infiltrados por la mafia que controla el actual sistema sanitario. Como lo están los colegios médicos y farmacéuticos. Si la colegiación fuera voluntaria y no obligatoria los colegios médicos y farmacéuticos desaparecerían. Y eso la mafia no puede permitirlo. Introducir unos cuantos peones en los órganos de decisión es factible, controlar a todos los médicos uno a uno, no. Otro tanto ocurre con la clase periodística y política. Los grandes laboratorios alquilan con mucha facilidad la conciencia de los periodistas. Con la misma estrategia con la que sobornan a los médicos como explicamos en un reportaje en este número. No sólo usan dinero, viajes, ordenadores, etc., también les pagan satisfaciendo su ego otorgándoles «premios periodísticos» e invitándoles a recepciones, comidas o cenas con grandes «personalidades» intentando que surja la empatía a nivel personal y sean luego lo más acríticos posible con quienes tan amables han sido con ellos. Y no hablemos ya de lo sencillo que es «comprar» la complicidad o, cuando menos, el silencio de los grandes medios de comunicación social. Casi ningún empresario se arriesga a perder las campañas de publicidad de las empresas detrás de las cuales está la industria farmacéutica. Que hoy por hoy son la mayoría. Y para qué hablar ya de la clase política. Buena parte de los miembros del actual Parlamento Europeo son ex ejecutivos de las grandes multinacionales farmacéuticas. Los han puesto ellas allí. Como los tienen en los gabinetes jurídicos de los ministerios de Sanidad, en la Policía, en los servicios de inteligencia y hasta en la Judicatura. Están en todas partes. Y lo singular es que no son muchos pero son muy poderosos. Prácticamente imbatibles. Salvo que la gente empiece a entender que está siendo vilmente engañada, que su salud depende de él y no del médico, de los fármacos o del sistema sanitario. Que lo único que necesita normalmente para estar sano o curarse cuando enferma es información no adulterada ni manipulada. Y para eso sólo necesita ampliar su conciencia. En los próximos meses intentaremos orientar de forma aún más explícita a nuestros lectores, darles pautas para que entiendan. Pero sólo vamos a ayudarles: el camino lo tendrán que hacer ellos. Es ley de vida.