Aprenda a vencer el estrés

El estrés es un problema tan mal conocido que la mayoría de los médicos ignora casi todo sobre él. Y eso a pesar de que, en mayor o menor medida, cada vez afecta a mayor número de personas y son ya decenas de millones los que lo sufren. Hablamos de un problema que hace bajar las defensas del sistema inmunológico y puede llevar a quien lo sufre a contraer numerosas patologías distintas e, incluso, a la muerte. Y, sin embargo, en España contamos con un auténtico experto en la materia: Joaquín Grau, creador de la conocida terapia Anatheóresis. De ahí que decidiéramos hablar con él. Este es el resultado de la charla.

El estrés suele ser tratado como una mera cuestión de cansancio excesivo que muchos médicos pretenden resolver con la recomendación de descansar, dormir más, tomarse unas vacaciones, reforzar el organismo con pastillas y recetar ansiolíticos. No parecen, pues, conocer lo que realmente significa el estrés. Y mucho menos cómo tratarlo. De ahí que el conocimiento de que Joaquín Grau acababa de diseñar unos cursos para enseñar tanto a la gente de la calle como a los profesionales de la salud lo que es el estrés y cómo superarlo nos pareciera una excelente noticia y una oportunidad magnífica para dar a conocer a nuestros lectores la verdad sobre un problema tan poco y mal conocido.

Claro que nuestra charla se convertiría luego casi en un monólogo porque el cúmulo de información que Joaquín Grau nos dio en el tiempo que estuvimos con él sobrepasaba toda suposición. Y sus explicaciones nos parecieron tan completas y concretas que interrumpirle se nos antojó no ya innecesario sino inoportuno porque podíamos romper el hilo de una explicación hilada y brillante. Y perdone el lector si a lo largo de la entrevista tuteo a nuestro entrevistado pero nuestra entrañable y larga amistad no permitía otra cosa.

-La palabra estrés parece estar de moda. En cuanto inicias una charla lo primero que escuchas es un «no tienes ni idea del estrés que llevo encima» Así que la duda es, ¿son tantos los realmente estresados o utilizamos esa palabra para calificar un simple cansancio?

-Indudablemente, hay quien llama estrés a tener que llevar la bolsa de la compra hasta el coche pero eso no quita el hecho de que vivimos realmente en un caldo de cultivo estresante. Y que el estrés es ya una plaga entre nosotros. Ya sabes, las prisas, los niños, el trabajo…

-En cualquier caso, la vida ofrece hoy mayores estímulos vitales y un superior nivel de bienestar económico…

-Sí, pero, ¿a qué precio? Estamos todos atrapados en las redes de una civilización alienante. Para empezar, vivimos por encima de nuestro ritmo vital; buscamos, por otro lado, satisfacciones que, por ser sólo materiales, no nos satisfacen; nos agotamos, asimismo, en una constante pugna competitiva con nuestros semejantes; dejamos también que sean otros -que se autodenominan expertos- quienes decidan nuestros gustos, preferencias y necesidades; si hay trabajo, tenemos que trabajar casi siempre en aquello que no nos satisface; no disfrutamos ya del gusto de la creatividad; nos agotamos, en definitiva, en un mundo carente de sentido, con finalidades vacuas, en un mundo del que consciente o inconscientemente huimos todos los días vaciando la mente ante el televisor, con la clásica escapada de los domingos al campo -también al campo de fútbol- o la más prestigiada escapada veraniega a otro país, naturalmente sin aventura, dentro de la seguridad de un viaje organizado, que es otra forma de seguir viviendo dentro del estrés. Así que, seas ejecutivo o ama de casa, vivas en la ciudad o en el campo, el estrés está ahí, junto a ti. Y si no, dime -y que me digan los lectores-, ¿cómo han sido tus últimos 365 días? O, si lo prefieres, mira la cara de las personas cuando creen que nadie las ve. O, mejor, mírate a ti mismo. Es un ejercicio muy sencillo. Ponte de pie ante un espejo y observa la expresión de tu rostro. Mírate detenidamente. Es el rostro que normalmente ofreces al mundo. O sea, es tu máscara. Una máscara que mantienes horas y horas con un gran desgaste energético porque ese rostro es tensión. Luego ve relajando los músculos. Deja que tomen la forma que deseen. No interfieras, desténsate y deja que el rostro se exprese por sí mismo. Y entonces mírate otra vez y verás tu auténtica expresión, la que muestras a los demás cuando olvidas tu máscara. ¿Y que suele uno ver en el espejo? ¿Un rostro que sonríe o la frustración de una vida sin luz?

-De acuerdo, pero aun así, ¿cómo sé que estoy realmente estresado?

-Verás, el estrés puede ser definido como el resultado de la presión del ambiente y de los fenómenos exteriores. O sea, que lo genera algo que nos llega de fuera. Pero gracias a Anatheóresis sé muy bien que esas agresiones que llegan de fuera, cuando alcanzan un determinado punto de tensión, acaban en una somatización de los contenidos patológicos que, en mayor o menor grado, mantenemos todos latentes. Y así, lo que puede haber empezado con un trabajo que no nos gusta o un ambiente familiar hostil puede -y suele- acabar en una, por ejemplo, grave depresión, cuando no en una enfermedad física no menos grave. De manera que hay grados de estrés o, mejor, hay quien vive un estrés incipiente y quien ya ha disparado sus contenidos internos patológicos, lo que supone que estrés puede ser insomnio, constante irritabilidad, ese rechinar de dientes nocturno que acaba con nuestra boca, miedos antes nunca sentidos, transpiración excesiva, incapacidad para concentrarse, cansancio vital, taquicardias, jaquecas, problemas sexuales, pérdida de pelo y otros muchos deterioros menores. Pero puede llevar también a enfermedades orgánicas mortales y, sobre todo, a esa terrible frase del deprimido grave: «Ya no quiero vivir, no vale la pena».

-Pero todo eso tendrá una explicación fisiológica. ¿Cómo actúa el estrés en nuestro organismo para que pueda llevarnos a la muerte?

-La verdad es que el mecanismo fisiológico del estrés es más complejo de lo que hasta ahora se creía y teniendo en cuenta que merece la pena explicarlo adecuadamente, toda vez que es poco conocido, permíteme que recuerde –de la forma más abreviada posible- el texto que incluyo en mi manual «Nazca a una nueva vida«, que es precisamente el libro en que se basan mis cursos para eliminar el estrés. Aunque los cursos se nutren, además, de las muchas enseñanzas surgidas de la práctica de la terapia Anatheóresis, incluido el llamado estado IERA, que es una relajación especial.

Pero voy a la explicación. Actualmente el mecanismo fisiológico del estrés no es ya un secreto gracias a las investigaciones que en 1936 inició el médico canadiense Hans Selye. Así, hoy sabemos que la glándula pituitaria -o hipófisis- fabrica una hormona que eleva la presión de la sangre, otra que hace que los músculos lisos se contraigan, otra que inhibe los riñones de segregar orina, otra que los excita para que segreguen más… Y a la glándula pituitaria hay que añadir las restantes glándulas endocrinas, que producen también otras hormonas a fin de regular casi todos los fenómenos que tienen lugar en nuestro organismo.

Pero la pituitaria es la gran reguladora puesto que no sólo controla nuestra fisiología en tiempos de paz y tranquilidad sino que se convierte en el centro especial de defensa cuando algo amenaza nuestro cuerpo. Ante cualquier clase de amenaza, esta glándula -que es toda una factoría- produce los elementos necesarios para movilizar las defensas orgánicas.

A las amenazas que llegan a nuestro organismo, el doctor Selye las llamó tensores y a la acción de un tensor, una tensión. Pues bien, la pituitaria reacciona ante una gran variedad de tensores que amenazan nuestro bienestar por distintos caminos siendo, por tanto, no sólo el regulador principal del cuerpo en condiciones normales sino también el órgano que adapta al cuerpo para afrontar situaciones de peligro.

Los tensores que amenazan el bienestar del cuerpo ya he dicho que son numerosos. Dos de ellos son la invasión bacteriana y la infección por virus. Otros tensores son la exposición al calor o al frío, a una humedad excesiva, a los efectos de las drogas, a las heridas, operaciones, etc.

Pero lo importante, lo que aquí importa -y en lo que profundizo en mi Tratado teórico-práctico de Anatheóresis- es que el doctor Selye vio con sus experimentos que los tensores principales son los psíquicos, las emociones no gratas, que estimulan una u otra hormona. Y así, pueden -según sea la emoción y su persistencia- segregar la simple hormona pituitaria que provocará una mayor cantidad de orina o la más corriente y grave hormona somatotrófica, que es la que a los lectores interesa conocer…

-Te escucho.

-La hormona somatotrófica -abreviadamente STH- es una de las más importantes hormonas creadas por la glándula pituitaria. Tan importante que es ella, y no las bacterias, la que origina toda esa sintomatología que conocemos con el nombre de estar enfermo: fiebre, dolores, postración, pérdida de apetito, etc. Así que, fuera cual fuere la infección, el cuadro sintomático es siempre, al principio, el mismo. Porque no importa qué bacteria lo provoca ya que es la hormona STH la que lo origina.

Claro que la STH no sólo advierte -con unos síntomas- que debemos cuidarnos sino que, además, moviliza las defensas del organismo contra toda posible infección. Así, moviliza los anticuerpos y los fagocitos. De hecho, los síntomas de una enfermedad son tan sólo los síntomas de la reacción defensiva del organismo. Algo tan positivo que si no hubiera STH nos mataría un simple resfriado.

Ahora bien, la STH, tan beneficiosa al principio de una enfermedad, deja de serlo si su acción persiste durante un tiempo prolongado. Porque entonces provoca otras enfermedades causadas por la STH. Concretamente, el doctor Selye estudió las enfermedades causada por la STH inyectando esta hormona a unas cobayas durante un prolongado periodo de tiempo. Y se encontró con que si inyectaba STH y sometía al animal a una dieta cargada de sal el animal contraía un tipo maligno de exceso de presión sanguínea. Si lo sometía a una dieta muy rica en proteínas, las inyecciones de STH desencadenaban una nefroesclerosis; o sea, una muy grave enfermedad de los riñones. Si el factor concurrente era el frío combinado con la humedad en las articulaciones, la STH originaba una de las peores variedades de artritis: la reumática. Si sometía al animal a inhalaciones de irritantes suaves de los bronquios -que por sí solos no eran patógenos-, el animal contraía asma. Si a la acción de la hormona concurría un colon contráctil, aquella producía una colitis ulcerativa grave.

Y así fue viendo que una acción prolongada de la STH podía ocasionar un gran número de enfermedades, alergias incluidas.

¿Y qué podía motivar que la STH actuara prolongadamente en nuestro organismo? Simplemente un estado continuado de tensión. Porque ese estado emocional -fue otra de las comprobaciones del doctor Selye- es una alarma que, al igual que la infección, pone en marcha la STH; sólo que una infección es contrarrestada por los mecanismos de defensa y la STH deja de funcionar, en tanto que una emoción negativa continuada es una alarma que suena y suena alocadamente sin que haya ladrones, y la DTH sigue y sigue buscando a esos ladrones que no existen. Y acaba por provocar las mil enfermedades del estrés. Algunas tan terribles y mortales como las que he enumerado.

Añadiré que el proceso por el que enfermamos por simple tensión es más complejo puesto que la continuada presencia de STH en el organismo provoca la irrupción de otra hormona: la adrenocorticotrófica. Abreviadamente, ACTH. Una hormona, ésta, que actúa sobre las glándulas adrenales estimulando en ellas la secreción de cortisona.

Aclaro que la ACTH, por un lado, se limita a contrarrestar el efecto de la STH. O sea, que una persona puede estar afectada por una enfermedad mortal y tomar, al tiempo, ACTH. En ese caso su aspecto será saludable pero ello no impedirá que muera de esa enfermedad. En realidad la enfermedad habrá ganado virulencia porque la infección seguirá estando en tanto que la STH no la puede ya combatir.

Ahora bien, supongamos que la causa de la enfermedad no es infección sino la simple superproducción de STH por estrés. Un estrés que puede manifestarse, por ejemplo, en forma de asma. Pues bien, en ese caso la administración de ACTH hace que los síntomas desaparezcan pero como el estrés sigue, cuando se deja de administrar ACRH éstos vuelven. Y si entonces se sigue administrando ACTH, puesto que en tanto haya estrés habrá STH, éste provocará nuevas enfermedades, especialmente úlceras pépticas.

Pero hay algo aún más grave: cualquier emoción desagradable y agresiva acrecienta por sí misma la secreción de ACTH enmascarando así la acción nociva de una continuada segregación de STH. De ahí que el estrés no nos parezca todo lo grave que es en tanto no muestra en nuestro organismo la terrible virulencia que realmente encierra.

-Y ante esto, ¿qué hacer?

-Depende. Yo, al diseñar los cursos, he tenido en cuenta dos factores básicos: el tipo de vida que provoca el estrés y el deterioro por estrés con que una persona llega al curso. Así, los cursos anti-estrés, con ser en su base iguales para todos, comportan, no obstante, aspectos distintos si se trata, por ejemplo, del estrés que sufre un ejecutivo del que aqueja a una ama de casa puesto que en cada caso los factores emocionales desencadenantes del estrés son diferentes.

-¿Y en cuanto al deterioro…?

-Los cursos -en los que es de justicia señalar que ha colaborado mi hijo José– son de tres tipos: para personas que desean aprender a evitar el estrés, para personas poco estresadas y para personas con un mayor grado de estrés. Naturalmente, aquellas personas en las que el estrés ha actualizado ya patologías psíquicas o físicas graves deben ser objeto de consulta médica.

-Pero, concretamente, ¿qué se hace en los cursos para resolver el estrés?

-Para quienes quieren no caer en el estrés y para quienes muestran tan sólo signos de un estrés incipiente hemos creado unos determinados ejercicios de relajación -en el estado especial IERA- así como de vivenciación -de acuerdo con las técnicas de Anatheóresis- que los alumnos pueden aprender y realizar en casa. Y te diré que esos ejercicios son suficientes para cortar el ciclo continuado de la STH. Es algo que hemos comprobado y que, de hecho, sigue las pautas de los doctores Liddell y Moore, quienes siguiendo las investigaciones del doctor Selye apuntaron ya que bastan dos horas diarias de no tensión -de auténtica no tensión, no de un simple descansar o dormir- para cortar el nefasto ciclo de la STH. Y esto es algo que toda persona puede aprender en las trece sesiones de dos horas y media que completan el curso. Al tiempo, y de forma personalizada, se orienta a los alumnos a otra forma de ver y estar en el mundo.

-¿Y los casos más graves?

-Aparte de una posible prolongación del curso con la inclusión de ejercicios más específicos extraídos de la técnica terapéutica Anatheóresis, esas personas son objeto ya de unos ejercicios más profundos de reorientación emocional. No olvidemos que si bien es cierto que el estrés el algo que nos llega de fuera, no menos cierto es que eso que nos llega y que no es agradable nos daña no por lo que es sino por cómo lo sentimos. Y ese cómo lo sentimos depende de nuestros contenidos traumáticos, de ahí que un curso que busca enseñar a resolver el estrés no será tal si no tiene en cuenta que si bien es cierto que las agresiones estresantes llegan de fuera, el que nos enfermen más o menos depende del eco emocional que encuentren en nosotros. Porque cambiar de vida no es simplemente cambiar de oficio o de ambiente: cambiar de vida es cambiar nuestro interior. O sea, nuestra forma de ver y sentir.

-¿Puedes detallarme algunos de los ejercicios que incluye el curso?

-Los básicos son, entre otros, que el alumno conozca, experimentándolo en su propio cuerpo, su grado de deterioro. Así como ir comprobando -también experimentalmente- los progresos que va efectuando. También vivenciará -o sea, verá y sentirá- las imágenes -las situaciones de su vida actual o pasada- que están provocando su deterioro y que son causa de su estrés. Y también aprenderá a convertir esas imágenes estresantes en otras gratificantes. Además, el alumno aprende a resolver sobre la marcha situaciones estresantes así como a ser consciente en todo momento de cuánto le tensa inadecuadamente. Podrá conocer y disolver las zonas tensas de su cuerpo. Aprenderá técnicas para expandir la conciencia. Y, para no extenderme, te diré finalmente que el curso incluye también técnicas de vitalización y rejuvenecimiento, unas técnicas que devuelven al rostro y al cuerpo en general el atractivo perdido por causa del estrés.

 José Antonio Campoy

Este reportaje aparece en
20
Septiembre 2000
Ver número