Cáncer y Anatheóresis

 Nosotros, los adultos humanos, poseemos un cerebro que es no sólo dos cerebros en uno sino que cada uno de esos dos cerebros -cada uno de los dos hemisferios cerebrales- percibe de distinta manera la realidad. O, si se prefiere, cada uno de ellos genera una realidad distinta. Así, el hemisferio cerebral derecho es subjetivo, sensitivo y altamente emocional en tanto que el izquierdo es objetivo, mental y causal; o sea, razonador.

Me explico: suponga que es usted espeleólogo y que trata de explorar una caverna. Si para ello utiliza el cerebro derecho -o sea, el hemisferio cerebral derecho-, en el mismo instante en que entra en la caverna ésta se hace presente a su percepción a la manera de un flash que le permite conocer la caverna en su totalidad, con conocimiento interiorizado y vivo, como algo emotivamente sentido. Como algo, además, que no duda que es así pero que no puede expresar con palabras. Es lo que en Anatheóresis se califica como verdad sentida.

Pero suponga ahora que puede prescindir del cerebro derecho y entra tan sólo con el cerebro izquierdo -o sea, el hemisferio cerebral izquierdo-. En ese caso su mente actúa como una linterna. Y esa linterna va iluminando -seguramente con una muy apreciable nitidez- trocitos y trocitos de caverna. Porciones del techo, porciones del suelo, alguna oquedad… No toda la caverna pero sí lo suficiente, a entender del espeleólogo -que en la vida es usted-, para poder sacar una conclusión. Y la conclusión será la interpretación fría, razonada, sin sentimiento alguno, del conocimiento recogido fraccionadamente. Será un juntar piezas de un puzzle del que ni tiene todas las piezas ni siquiera sabe qué figura se trata de formar. Y, por descontado, sin poder comprobar si ha conseguido o no, con su interpretación, una imagen mental correcta de cómo es realmente la caverna.

Y ya tenemos las dos formas de percibir de un adulto, lo que equivale a las dos formas extremas de ver la realidad. La primera, la del místico. La segunda, la del científico. Y en casos menos extremos, la realidad que todos percibimos: una mezcla más o menos armonizada de uno y otro cerebro.

Pero importa que subraye que la realidad -o sea, la verdad- del científico, en este caso el de la ciencia médica, es, metafóricamente, utilizar la linterna para localizar murciélagos en la caverna. Y contarlos. Y quien dice murciélagos, dice virus, genes… cualquier cosa que pueda verse, medirse y, más o menos, tocarse. Y si hay muchos de esos bichitos y, en consecuencia, molestan, acabar con ellos a escopetazos o aserrar y echar a la basura la parte de la caverna en que habitan especialmente los murciélagos. Porque está claro que para la ciencia la causa de la suciedad de la caverna son los murciélagos. Cuando la pregunta del cerebro derecho sería, ¿qué motiva que los murciélagos se encuentren bien en esa caverna? O sea, ¿que caldo de cultivo emocional atrae a los murciélagos e, incluso, los agita? De manera que por muchos murciélagos que matemos o por muchos trozos de caverna que aserremos siempre habrá otros murciélagos que busquen acomodo en esa caverna.
Y esto es válido para cualquier trastorno que nos hace sufrir – o sea, eso que llamamos enfermedad- y que, por ejemplo, puede ser eso que han dado en llamar cáncer.

Anatheóresis, que es una terapia que no busca murciélagos porque entiende que el peligro no está en los murciélagos sino en generar una caverna emocionalmente propicia para atraerlos y agitarlos, ha hecho espeleología del cerebro derecho y se ha encontrado con lo que sigue. Y con lo que expongo -más detallada y rigurosamente- en mi “Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis”. Y lo que sigue es lo siguiente:

Ese doble cerebro que he descrito es -como ya he indicado- el cerebro de un adulto. Pero antes de alcanzar la madurez adulta razonadora de los ritmos cerebrales llamados beta, que son los del cerebro izquierdo -configurado en el neocórtex- nosotros, los humanos, recorremos dentro del útero materno y hasta los siete a 12 años, el proceso que la vida siguió hasta configurarnos como seres humanos. Y sabido es que tras un corto tiempo de percepción celular pasamos a la percepción que tuvo el reptil para alcanzar luego el cerebro social -emotivo- que surgió -al parecer- con los primeros monos nocturnos y arbóreos, alcanzando finalmente -o sea, hasta aquí y ahora- el cerebro reflexivo que es el que nos permite la soberbia de creernos configurados a imagen y semejanza de Dios. O sea, de eso que llamamos Dios y que es ese algo que sentimos nos trasciende pero que somos incapaces de conocer reflexivamente.

De manera que en el útero empezamos nuestra metamorfosis humana y la empezamos antes del Jurásico, siendo poco más que una sopa celular, viviendo después en el mundo emotivo y subjetivo del cerebro derecho -sin cerebro izquierdo- para acabar, evolutivamente, ya a los siete a 12 años -con los ritmos beta del cerebro izquierdo ya maduros- en un jardín de laberintos reflexivos. Y teniendo en cuenta esta metamorfosis evolutiva del ser humano -que se hace perfectamente visible en la técnica terapéutica Anatheóresis– nos encontramos con unos seres -nosotros, los humanos- que en el útero viven en completa simbiosis con la madre que les cobija. Y así, reciben de ésta -o mejor, a través de ésta- los impactos emocionales traumáticos que ella vive y a ella agitan: gritos de peleas matrimoniales que tensan el útero, no comunicación con un feto poco deseado, estrés, malos hábitos físicos y psicológicos, un nacimiento por otra vía que el conducto de nacimiento, una sedación o anestesia que deja al bebé sólo en el momento de morir a la vida uterina para nacer a un nuevo tipo de vida lo que genera en el bebé un gran sentimiento de soledad, etc.

Y así, surge a la vida un bebé ya marcado por esos impactos emocionales de los que no podía defenderse, ante los que sólo podía replegarse sobre sí mismo y aceptarlos; o sea, sufrirlos y encarnarlos. Es lo que yo -en mi técnica terapéutica anatheóretica- denomino Biografía Oculta, que es una topografía neurológica de daños que traemos al mundo al nacer y son los huecos por donde un día surgirá la enfermedad. Unos huecos que se manifiestan con enfermedades de sintomatología analógica -la analogía es la lógica del cerebro derecho- al daño emocional sufrido.

Por ejemplo: sin ser un axioma, por analogía, el cáncer suele ser la somatización de un cúmulo traumático de vivencias de ese sentimiento que, ya de adultos, llamamos soledad. Ahora bien, sin entrar en una imposible -por compleja y no cuantificable- tabla de correlaciones entre emoción básica traumática y somatización, sí debo afirmar que no es el murciélago nuestro enemigo. Éste es sólo el agente en que se manifiesta la configuración patológica de la caverna. Por eso Anatheóresis no se limita a una medicina de sintomatología -que, por otro lado, nunca hay que despreciar- sino que intenta alejar los murciélagos recomponiendo la configuración de la caverna, de cuanto ha ocurrido básicamente en el útero. Y esto se consigue volviendo a la caverna, reconociendo el enfermo sus daños para, desde ese hipotético infierno -en un estado especial de relajación-, llevarlos a la luz del discernimiento y, comprendidos ya, esos daños, que son las auténticas raíces de la enfermedad, se disuelvan. Dicho más técnicamente: se trata de sincronizar en fase los dos hemisferios cerebrales. Así que bien está resolver una somatización -sea cáncer o sea otra enfermedad- pero siempre entendiendo que la enfermedad no es un nombre ni son murciélagos: la enfermedad es el propio enfermo. Es su configuración patológica. Y por ello es preciso darle una configuración nueva, sana, y no sólo aserrarle un pedazo de caverna o matarle los murciélagos. Que si la enfermedad es el propio enfermo, éste es también su propia sanador. Si bien esto no excluye las ayudas necesarias.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
39
Mayo 2002
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