La verdad sobre el Sida

El Sida es –como el cáncer, las dolencias cardiovasculares, la obesidad y la ansiedad- uno de los más grandes negocios de las multinacionales farmacéuticas. Aunque en esta ocasión la estrategia para ganar ingentes cantidades de dinero consista en meter miedo a la sociedad con una supuesta pandemia en el Tercer Mundo –especialmente en África- a fin de que los organismos internacionales y los Gobiernos pongan el dinero que haga falta para evitar tantas muertes y, sobre todo, para que la misma no alcance a los países occidentales. Puro marketing basado por completo en suposiciones, medias verdades y simples mentiras. Invitamos al lector a leer detenidamente los textos que hemos publicado al respecto.

¿Cuándo habrá un debate científico serio sobre el Sida?

La negativa durante años de los científicos que en el mundo deciden todo lo relacionado sobre el Sida a intercambiar públicamente sus puntos de vista con los llamados científicos “disidentes” -porque disienten de las explicaciones oficiales que dan los primeros- se planteó por primera vez abiertamente con motivo de la XIII Conferencia Internacional sobre Sida celebrada en la sudafricana ciudad de Durban del 9 al 14 de julio del 2000 gracias a la gestión personal del presidente sudafricano Thabo Mbeki. Hasta ese momento la gran mayoría de la población mundial ignoraba que existe un duro debate científico soterrado sobre la realidad del Sida porque la inmensa mayoría de los medios de comunicación nunca quiso informar de ello. Es más, la presión de las multinacionales farmacéuticas que venden antirretrovirales -ejercida a través de sus títeres políticos- hizo que el propio presidente sudafricano enviara entonces una carta a varios dirigentes mundiales denunciando la “campaña de intimidación y de terrorismo intelectual” orquestada en su contra. Finalmente se llegaría a un acuerdo en Pretoria para constituir un comité integrado por los dos bandos científicos enfrentados a fin de formular estudios epidemiológicos y experimentos así como plantear las preguntas a responder que permitieran afrontar los desacuerdos. Los más combativos entre esos científicos disidentes llegan a afirmar que nunca se ha demostrado que la enfermedad llamada Sida la cause el VIH, que ese retrovirus nunca ha sido aislado y caracterizado, que los llamados “tests del VIH” nunca han sido validados y son además inespecíficos y sólo cuantitativos, que la técnica PCR no sirve para medir carga viral alguna (y menos de un virus que nunca se ha aislado) como en su día reconoció y denunció el propio inventor del método -el Premio Nobel Dr. Kary Mullis-, que el Sida no es sino un nombre dado interesadamente a una serie de enfermedades antiguas que se manifiestan cuando el sistema inmune está deprimido y que los llamados “enfermos” de Sida pueden curarse tratando simplemente su estrés oxidativo y nitrosativo.
(Más información en los números 18 y 19). 

¿Hay una “epidemia de Sida” en África?

¿Hay millones de personas en África al borde de la muerte a causa del impresionante e imparable avance del Sida? Porque así lo afirman desde hace años los expertos oficiales y lo repiten la gran mayoría de los medios de comunicación. Pero, si eso es así, ¿dónde están las pruebas? ¿Quién ha efectuado esos cálculos? ¿Sobre qué base? Nadie responde a tan simples preguntas. Y es que la mejor manera de lograr que los estados y los organismos internacionales inviertan grandes cantidades de dinero en esa “enfermedad” es que crean que realmente ya hay o se podría declarar una epidemia gigantesca de consecuencias trágicas. ¿Y a quiénes conviene que se crea en esa supuesta “epidemia mundial de Sida”? Pues obviamente a quienes viven o hacen negocio con ella. Sin embargo, el paso del tiempo ha demostrado que ni en los países occidentales industrializados ni en los del Tercer Mundo se han cumplido las catastróficas predicciones hechas hace años. En Occidente el número de nuevas personas “infectadas por el VIH” disminuye año a año desde 1984 y el de nuevos “casos de Sida” se reduce constantemente desde 1994. Por otra parte, lo cierto es que si un médico diagnosticase en Occidente a alguien como “caso de Sida” con los criterios que la OMS determinó para África probablemente sería llevado a juicio y expulsado de su Colegio de Médicos. Absolutamente nada permite afirmar que “dos millones de africanos mueren cada año de Sida” ni nada justifica el falaz argumento de que los “casos no registrados” representan más del 97% de los “casos totales”. Eso es pura demagogia.
(Más información en el número 21). 

¿Es beneficioso administrar AZT a las seropositivas embarazadas y a sus bebés?

En España se está tratando con AZT a las embarazadas que dan positivo en los tests que -se supone- indican si una persona está infectada por el VIH o “virus del Sida”. Y lo mismo se hace con sus bebés en cuanto nacen. Y eso a pesar de que el AZT es altamente tóxico y no hay evidencia consistente de que tenga efecto beneficioso alguno. ¿Cómo permite pues la sociedad española tamaña aberración? Porque son muchos los científicos que aseveran que no hay evidencia -ni teórica ni experimental- que confirme que el AZT, solo o en combinación con otras sustancias, tenga el efecto que se le atribuye de combatir eficazmente el VIH. Antes bien, numerosos científicos afirman que el AZT daña las mitocondrias por lo que, al obtener menos energía las células, la persona se encuentra cada vez más débil, adelgaza y termina muriendo esquelética… por culpa de ese fármaco y no del VIH. Recordemos que el AZT fue creado en su día como producto quimioterápico, es pues enormemente tóxico y hoy se da –solo o combinado- a los “enfermos de Sida” en dosis altas, día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año hasta que el paciente muere; eso sí, “víctima del VIH”. ¿No será más bien a causa de la medicación con AZT? Agreguemos que son muchos los médicos y científicos que afirman que la mayor parte de quienes sobreviven al Sida se encuentran precisamente entre quienes se negaron a tomarantirretrovirales. Por otra parte, un estudio comparativo demostró que los niños presuntamente infectados cuyas madres fueron tratadas con AZT tienen más probabilidades de desarrollar enfermedades graves y menor probabilidad de supervivencia que los niños infectados cuyas madres no recibieron ese fármaco. De hecho, cuando Lynn Gannett -encargada de informatizar los datos del ensayo clínico que llevó al reconocimiento del AZT en 1987 por la FDA- informó a sus superiores de que los informes mostraban que el AZT perjudicaba a quienes lo tomaban recibió la orden de cambiar esos datos. Se negó a ello y dimitió. Hoy está constatado -más allá de cualquier duda- que el AZT daña las mitocondrias, frena la síntesis de ADN y bloquea su cadena además de oxidar los grupos sulfidrilos. En suma, todo indica que los fabricantes del AZT y los especialistas del Sida han estado culpando al VIH de lo que causaba el AZT. Porque no es casualidad que poco después de la introducción del AZT se cambiase por tercera vez la definición de Sida incluyendo como nuevas enfermedades definitorias la emaciación, la demencia, la encefalopatía, etc.
(Más información en el número 22). 

¿Por qué abandoné la teoría del VIH como causa del sida?

Tras diez años proyectando modelos matemáticos sobre la teoría del VIH como causa de la llamada enfermedad del Sida Rebecca Culshaw decidió hacer frente a sus propias convicciones y escribió un artículo titulado ¿Por qué abandoné la teoría del VIH como causa del Sida? Y en él, desde su experiencia como investigadora del más alto nivel, afirma: “Existen evidencias suficientes para sostener que toda la base de esa teoría está equivocada. El Sida no es una enfermedad tanto como una estructura sociopolítica que pocas personas entienden y aún menos se cuestionan. El problema de la causa parece estar fuera de toda duda e incluso plantearlo se juzga irresponsable… pero las hipótesis en ciencia merecen ser estudiadas y ninguna debe aceptarse antes de que sea probada; especialmente cuando su aceptación ciega tiene horribles consecuencias”. En suma, han pasado veinte años desde que se nos dijo que un retrovirus bautizado como VIH causa una enfermedad llamada Sida pero existen importantes científicos que discrepan de la teoría oficial. Unos niegan la existencia del virus y otros aceptan que existe pero no que sea responsable de la enfermedad. En lo que sí coinciden todos es en el carácter dañino de los antirretrovirales. Rebecca Culshaw recuerda en su artículo que a día de hoy ni siquiera existe un modelo unificado que explique el mecanismo biológico del VIH. Otra importante investigadora, Eleni Papadopulos, recuerda por su parte que el VIH no ha sido nunca aislado y que los tests que se usan para diagnosticar si alguien está infectado –el ELISA y el Western Blot– no son fiables ni objetivos denunciando que hasta la interpretación de sus resultados es subjetiva.
(Más información en el número 86).

Los antirretrovirales, ante el Tribunal Internacional de La Haya

El Tribunal Penal Internacional –más conocido como Tribunal Internacional de La Haya– no va a tener más remedio que valorar el papel real de los antirretrovirales en el tratamiento del Sida ya que en Enero del 2007 el abogado sudafricano Anthony Brink –con quien por cierto acabamos de mantener una amplia conversación que daremos a conocer en el próximo número- presentó en él un escrito de 59 páginas acusando de genocidio a Zackie Achmat -máximo dirigente de la organización sudafricana Treatment Action Campaign (TAC)- por promover su consumo para afrontar el Sida. Brink -vinculado a la Fundación Rath– afirma que los antirretrovirales que la medicina convencional considera la única posibilidad válida para tratar el Sida lo que en realidad hacen es contribuir a la muerte de quienes los toman al ser tóxicos y envenenar sus organismos. Es más, llega a decir en la demanda presentada ante el tribunalque todas las personas que toman antirretrovirales en Sudáfrica podrían llegar a morir antes de que trascurran siete años. Y acusa a Zackie Achmat de afirmar que los antirretrovirales salvan vidas y ayudan al enfermo a mejorar cuando los informes publicados demuestran que no sólo no ayudan sino que inducen enfermedades serias en personas sanas. Y es que ni siquiera las multinacionales farmacéuticas que fabrican los antirretrovirales se atreven a decir que curan la enfermedad o mejoran las expectativas de vida; sencillamente, porque no es verdad.
(Más información en el número 92).

Este reportaje aparece en
100
Diciembre 2007
Ver número