Vacunas y demagogia

por José Antonio Campoy

Ha bastado un solo caso grave de difteria en décadas para que España haya vuelto a ser objeto de una campaña masiva orquestada por la gran industria farmacéutica -aunque protagonizada por sus testaferros en las organizaciones médicas y sociedades científicas- para exigir vacunaciones masivas e indiscriminadas de la población jugando para ello de forma deleznable -una vez más- con el miedo. Porque resulta grotesco exigir que se vacune a millones de personas solo porque ha habido un desgraciado caso de contagio grave en un niño al que deseamos de corazón la más pronta y total recuperación. Lo repetimos por enésima vez: las vacunaciones universales y obligatorias solo se justificarían en el supuesto de que las vacunas sean eficaces e inocuas. No solo eficaces. No solo inocuas. Eficaces e inocuas. Y tal condición no se da. Las vacunas son potencialmente peligrosas, especialmente tal y como se elaboran y administran hoy día. Lo demuestran cientos de trabajos publicados en revistas científicas y lo avalan las miles de personas sanas -especialmente niñas- a las que se inocularon vacunas de forma preventiva y hoy están enfermas; algunas en estado deplorable. Es más, las vacunas pueden llevar a la muerte. De forma absolutamente gratuita y estúpida. Lo hemos documentado en numerosas ocasiones. Y lo inconcebible es que todo esto puede leerse en la literatura científica ¡y hasta en los propios prospectos! ¿Qué pasa pues? ¿Es que las autoridades sanitarias, los médicos, los periodistas y nuestros representantes políticos no saben ya leer o son tan rematadamente vagos que solo oyen la radio y ven la televisión? El propio Ministro de Sanidad y Consumo español Alfonso Alonso, sabedor de que lo que decimos es verdad, se ha opuesto públicamente a la obligación masiva y obligatoria de las vacunas aunque no se atreva a retar a la industria eliminando el llamado «calendario vacunal». Porque tal expresión parece sugerir que las vacunas incluidas en él son obligatorias cuando es falso: en España -y lo hemos repetido hasta aburrir- ninguna vacuna es obligatoria. Y no deben ni pueden serlo porque ello implicaría la violación expresa de algunos de los derechos fundamentales de todo ser humano. Lo que hace indignante -además de ilegal- que pueda exigirse la cartilla de vacunación a un padre para que su hijo se matricule en una guardería, escuela, colegio, instituto o campamento de verano. Quienes tal cosa exigen actúan violentando la ley porque impiden ejercer sus derechos a niños y padres. Basta pues ya de chantajes y amenazas. Como las perpetradas por algunos dirigentes médicos y autoridades sanitarias que exigen sancionar e incluso impedir ejercer a los médicos que se opongan a las vacunaciones masivas y obligatorias. Tales comportamientos dictatoriales no solo son contrarios a derecho sino que constituyen una intolerable amenaza a profesionales que se limitan a dar su opinión según su leal saber y entender. Además su actitud no solo la justifica el hecho de que las vacunas no son inocuas -carentes de efectos secundarios iatrogénicos- en todos los casos -y mucho menos cuando se administran conjuntamente con otras- sino el que no han demostrado su eficacia a pesar de lo que se dice. Retamos de nuevo a quienes afirman que son eficaces a que lo demuestren. Que aporten al ministerio la documentación científica y éste la ponga a disposición de los ciudadanos en su web. No basta con las meras declaraciones de personas, organismos y sociedades que se sabe están financiadas, controladas o incluso constituidas por las propias multinacionales vendedoras de vacunas. Hacen falta pruebas objetivas. ¡Que las aporten pues si existen! Y en detalle para que puedan ser analizadas a fondo. Porque si no lo hacen -y no lo harán- el público tendrá derecho a inferir que ocultan algo. En suma, instamos a quienes aseveran que las vacunas son eficaces e inocuas a que lo demuestren. Y mientras no lo hagan instamos a los medios de comunicación y a la sociedad en general a rebelarse contra imposiciones tan innecesarias y antidemocráticas como peligrosas. ¡Ya está bien!