¿Le interesa a alguien la verdad?

por José Antonio Campoy

Cualquier buscador de la verdad sabe que el maestro no aparece hasta que el discípulo está preparado. Lo que, entre otras cosas, implica la imposibilidad de conocer respuestas a preguntas que uno no puede formular. Y no puede porque no sabe. Quien no sabe no se interroga. Luego, ¿puede explicarse a la gente lo que es incapaz de entender o asimilar? La respuesta es obvia. Y no piense el lector que hay orgullo intelectual en esta afirmación. Es simple constatación de una realidad. Nadie puede explicarle a quien no ha manejado jamás un ordenador cómo se maneja un programa de diseño. Y quien no ha manejado jamás un programa de diseño ni encendido un ordenador está incapacitado para formular otras preguntas que las básicas. Como, por ejemplo, ¿qué es un programa de diseño por ordenador? O, ¿para qué sirve? Pero jamás podría preguntarse -y, por tanto, entender la respuesta- preguntas menos obvias como ¿cuántos megas de memoria RAM preciso con un Pentium III para grabar en DVD una imagen de 45 megas en treinta segundos? Bien, pues esto es aplicable a todos los ámbitos de la vida. Y el de la salud no es una excepción. Pues bien, la gente en general asegura que le interesan «los temas de salud»… pero no está dispuesta a hacer nada por informarse. Le han enseñado -y se lo ha creído- que su salud es algo que depende de Dios, del Destino o de la Genética (nuevo cajón de sastre salvador de todas las preguntas sin respuesta sobre cualquier dolencia o enfermedad) pero no de él. Y le han enseñado, además, que si enferma ya se ocupará el médico o papá Estado de decirle lo que tiene que hacer para curarse. Es más, la gente cree sinceramente que los médicos y los científicos les van a poder curar de casi todas sus «enfermedades» merced a su «arsenal terapéutico». Luego, cuando se enteran de la verdad, o es tarde o terminan en asociaciones de víctimas o enfermos de… Y uno se pregunta, decepcionado, si a la gente le interesa realmente la verdad. Tengo la sensación de que nuestra sociedad está profundamente adormecida; casi drogada. Quizás eso explique la resignación -¿y yo qué puedo hacer?- que últimamente percibo en muchas de las personas con las que hablo. No se extrañe el lector, pues, de que me pregunte a veces si no estaremos sembrando en el desierto, si de verdad a las personas les interesa formarse e informarse. Afortunadamente, cuando esa duda surge siempre aparece alguna carta de aliento o agradecimiento que nos hace sonreír, que nos alegra el corazón. Y ese es motivo suficiente para seguir intentándolo. Gracias a los lectores por ese apoyo.