El negocio de las plantas… Para la industria farmacéutica

por José Antonio Campoy

La ministra de Sanidad y Consumo Ana Pastor está preparando un decreto para prohibir la comercialización de otras 16 plantas a fin de añadirlas a la lista negra inicial prevista de 151. Las ventas de productos fitoterapéuticos siguen aumentando en todo el mundo -incluida España- y la industria -que está nerviosa porque los fármacos empiezan a rechazarse por la población mejor informada- quiere que con la excusa de su «toxicidad» se restrinja el uso de las mismas a la elaboración de fármacos, cepas homeopáticas e investigación. Es decir, para dejar prácticamente en manos de las multinacionales el negocio de las plantas con mayores propiedades curativas. Aunque se alegue que se hace para proteger a la población de su consumo debido a sus posibles efectos y al creciente desarrollo del comercio de plantas «con fines lúdicos y recreativos» (para fabricar drogas estimulantes, vamos). Con el nuevo decreto serán ya ¡más de 160! las plantas «prohibidas». Para que el lector se haga una idea de hasta dónde llega la maniobra sepa que entre las nuevas plantas que se incorporan a la «lista negra» están la angélica, la artemisa, el agrecillo, el romero silvestre, la rubia o la ruda. La inclusión de la angélica, por ejemplo, cuya toxicidad es prácticamente nula, ha llevado al propio Bernat Vanaclocha, director del Vademecum de Fitoterapia, a afirmar públicamente que «no tiene sentido porque se ha utilizado desde siempre como digestiva». ¿Y qué decir del agrecillo -usada inmemorialmente como diurético sin efectos secundarios- y muchas otras? La credibilidad de las razones sobre lo que se está haciendo es nula. Sirva como demostración que hace unos meses se incluyeron en la lista plantas como la acacia, la agripalma, el ajenjo, el eléboro blanco, la hiedra arbórea, el podofilo, la phalaris aquatica, el ricino, la saussurea y el tejo… y ahora se ha decidido sacarlas de la lista. A pesar de que algunas, como el tejo, el podofilo y la podofilotoxina son claramente venenosas y pueden llegar a ser mortales o dejar secuelas neurológicas. Y el eléboro blanco provoca efectos alucinógenos. Y el ricino, purgante tradicional en forma de aceite, puede provocar reacciones de tipo anafiláctico. ¿Para qué seguir? Es evidente que las razones de toda esta «normativa» que se intenta imponer a los europeos para «protegerles» tiene razones mucho más oscuras que las confesadas. Y lo malo es que va a terminar imponiéndose porque nuestros representantes políticos -es un decir- están en babia. Bueno, pues nosotros -estén seguros- no vamos a callarnos. Al menos quedará constancia de que algunos no estábamos dormidos y luchamos para evitar que se impida a los ciudadanos el acceso a plantas que inmemorialmente han sido usadas para tratar múltiples enfermedades, lo que ahora quiere impedirse para obligarnos a comprarlas en fármacos a precios abusivos que enriquezcan a quienes van a quedarse con la exclusiva de su comercialización. Como en el caso del arsénico, usado durante un siglo para combatir el cáncer y por cuyo tratamiento completo un paciente podía llegara a pagar unos 12 euros y que ahora, en su forma de trióxido de arsénico, pasa el litro diluido a costar ¡tres millones y medio de euros! (más de seiscientos millones de las antiguas pesetas el litro). El asunto es tan escandaloso que vamos a desmenuzarlo en breve.