Cuando el enfermo no es un negocio

por José Antonio Campoy

Estar enfermo es, por sí mismo, un problema. Pero padecer una enfermedad que afecta sólo a una pequeña parte de la población mundial es un drama. En especial si ésta es grave. Sencillamente porque lo más probable es que quien la padezca sufra toda la vida sus efectos sin apenas esperanza de curarse. Es el caso, entre otras, de la Esclerosis Lateral Amiotrófica que padecen ya en España 4.000 personas y que se hizo tristemente célebre por cuanto la sufre el conocido científico británico Stephen Hawking. Una enfermedad que está atacando cada año en nuestro país a cerca de mil personas y de la que se desconoce no sólo la causa que la provoca sino cómo se contagia y cómo curarla. Una enfermedad cuya única salida a fecha de hoy es la muerte a corto o medio plazo en una inenarrable agonía ya que quienes la sufren ven cómo su cuerpo queda absolutamente inútil, imposibilitados poco a poco hasta de los movimientos más simples -tienen dificultades hasta para comer y respirar en la fase final- a pesar de que su mente está intacta, de que su cerebro funciona perfectamente. ¿Y por qué afirmamos que los pacientes de ésta y otras enfermedades minoritarias carecen hoy por hoy de esperanza? Pues porque nadie investiga apenas sobre ellas ya que no son… ¡un negocio! Y es que hemos llegado al absurdo de que haya que esperar para encontrar soluciones a determinadas dolencias a que el remedio sea económicamente rentable. Sí. Las multinacionales son empresas de libre mercado para las que la salud -o la enfermedad- no dejan de ser un negocio. Y ¡bendito negocio!, habría que decir, si no fuera por toda la podredumbre que hay detrás de ese entramado. Pero eso no justifica que no dediquen parte de sus innumerables ganancias a investigar las enfermedades minoritarias como la que en esta ocasión nos ocupa aun a sabiendas de que no quizá no ganen dinero con su descubrimiento. Como no se justifica, ante la desidia de las multinacionales, que los gobiernos -especialmente, los más ricos- no destinen de los fondos públicos el dinero que las empresas privadas no quieren dedicar a este asunto. Porque al menos nuestros representantes sí deberían tener la mínima conciencia social que les falta a otros.