Análisis bioquímicos: qué, por qué y para qué (II)

El mes pasado ayudamos al lector a interpretar parte de los parámetros que se analizan en una prueba bioquímica básica de sangre: el nivel de proteínas séricas –albúmina y globulina– y las sustancias que permiten evaluar la función hepática –transaminasas, fosfatasa alcalina, gamma-glutamiltranspeptidasa y bilirrubina-, la función renal –creatinina, urea y ácido úrico– y la función pancreática –amilasas y fosfolipasas-. En este número nos centraremos en el análisis de los demás datos fundamentales: colesterol, triglicéridos, glucosa, sodio, potasio, calcio, magnesio, fósforo y hierro así como otros mucho más específicos y, por tanto, menos frecuentes como los marcadores tumorales y las hormonas.

Ante todo debemos aclarar que los valores y medidas que en este texto se dan como “normales” son los considerados “de referencia” -es decir, sido consensuados por un mayor número de expertos- pero pueden variar ligeramente con respecto a los que ofrecen algunos laboratorios. El lector debe entender también que este artículo pretende ayudarle a comprender el significado de un análisis de sangre pero no sustituye lo que le diga el médico que es quien debe interpretar los datos en función de cada caso particular. Es importante que lo comprenda. Dicho lo cual, vayamos a ello.

El COLESTEROL

La mayor parte de los ácidos grasos o lípidos de nuestro organismo –más del 90%- son triglicéridos, fosfolípidos y esteroles (destacando entre éstos últimos el colesterol que, como su propio nombre indica, se trata de un alcohol). Hay más tipos de grasas pero en pequeñas proporciones. Pues bien, entre el 70 y el 80% del colesterol lo fabrica el propio organismo obteniéndose sólo el 20-30% con la alimentación. Y como no es soluble precisa para ser transportado unirse con otros lípidos –los fosfolípidos- y proteínas lo que da lugar a la formación de las llamadas lipoproteínas. Y otro tanto hace con los triglicéridos. En suma, es la unión del colesterol y los triglicéridos con los fosfolípidos y las proteínas lo que da lugar a las conocidas lipoproteínas de las que las más importantes son 4: quilomicrones, VLDL (lipoproteínas de muy baja densidad), LDL (lipoproteínas de baja densidad) y HDL (lipoproteínas de alta densidad). En suma, mientras en los quilomicrones y en las VDLD es mayor el porcentaje de triglicéridos en las LDL y HDL lo que abunda es el colesterol. Siendo a las lipoproteínas LDL o de “baja densidad” a las que se conoce como “colesterol malo” y a las HDL o de “alta densidad” “colesterol bueno”.

Hay que añadir que a partirdel colesterol se forma la vitamina D -por acción de los rayos solares-, las sales biliares –indispensables para la digestión de las grasas- y las hormonas sexuales. Asimismo, evita que la piel se reseque y deshidrate además de intervenir en la formación de nuevas células ya que forma parte de la “vaina” aislante que recubre los nervios. Lo que apuntamos para que el lector comprenda bien la importancia del colesterol para el organismo.

Bueno, pues convencionalmente se achaca a la oxidación de las lipoproteínas de baja densidad o LDL –que tienden a permanecer en la sangre- la formación de las llamadas “placas de ateroma” que a veces obstruyen los vasos sanguíneos y dan lugar a las dolencias cardiovasculares. Por eso se habla de “colesterol malo”. Las lipoproteínas de alta densidad o HDL, en cambio, tienen la misión de retirar el exceso de colesterol de los tejidos -incluido el almacenado en las arterias- llevándolo al hígado para ser metabolizado y excretado a través de la bilis. Por eso se habla de “colesterol bueno”. Lo que lleva a los expertos a incidir en la importancia de la proporción entre ambos tipos de lipoproteínas. Y es que arguyen que cuando hay suficientes lipoproteínas HDL el colesterol no se acumula en las arterias formando placas de ateroma y causando aterosclerosis (de ahí que se receten los llamados fármacos anticolesterolemiantes).

Ahora bien, esta teoría -mayoritariamente aceptada- ha sido puesta en entredicho. Entre otros por el conocido doctor Matías Rath quien afirma además que para controlar el exceso de “colesterol malo”  basta ingerir suficiente vitamina C en forma de ascorbato pues ésta también transforma el “colesterol malo” en bilis que luego se excreta a través del intestino. Es decir, no se necesitarían fármacos. Aunque lo más importante es su afirmación de quelas patologías cardiovasculares se deben en realidad al debilitamiento de las paredes arteriales a causa de una deficiencia crónica de vitamina C y otros micronutrientes esenciales, especialmente aminoácidos y enzimas. Porque para Rath es la carencia crónica de algunos nutrientes esenciales en las células endoteliales del sistema circulatorio lo que termina afectando su estructura y produciendo lesiones y agrietamientos. Deterioro que el organismo intenta reparar recubriendo las grietas con colesterol –más concretamente con la lipoproteína (a)-. El problema es que ese mecanismo reparador tiene el inconveniente de que las partículas que circulan por la sangre se pegan al colesterol formando las placas arteroscleróticas que pueden luego, al ir aumentando con el tiempo, impedir el flujo de la sangre. Un mecanismo que es utilizado por el organismo sobre todo en los lugares de especial tensión… lo que explica que el desarrollo predominante de las placas se dé fundamentalmente en las arterias coronarias ya que son éstas las que más sufren el esfuerzo mecánico del corazón. Por eso los infartos de miocardio constituyen la manifestación clínica más frecuente de la enfermedad cardiovascular.

En suma, a juicio de Rath el colesterol no es la causa de las enfermedades cardiovasculares sino una consecuencia necesaria y evitar su formación constituiría un error porque si el organismo no tuviera suficiente no podría utilizarlo para taponar las grietas de las paredes arteriales. Y lo que hay que hacer pues es fortalecer las paredes arteriales (lea el lector en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título “El método más eficaz para prevenir y tratar los problemas cardiovasculares” publicamos en el nº 64).

Dicho lo cual, volvamos a las cifras de los análisis. Evidentemente la cifra de colesterol total lo da la suma de los 4 tipos de lipoproteínas mencionados. Recomendándose convencionalmenteque su valor sea menor de 200 mg/dl en el caso de los adultos. En cuanto al “colesterol bueno” o HDL se considera adecuado tener más de 55 mg/dl mientras lo idóneo es que la cifra de “colesterol malo” o LDL esté por debajo de 130 mg/dl.  Cuando el colesterol total supera los 240 mg/dl se considera que el riesgo de sufrir una patología coronaria es alto.

¿Y qué factores intervienen en el incremento del nivel de colesterol en sangre? Pues varios aunque las razones principales sean unadieta pobre en frutas y verduras y rica en grasas saturadas así como el consumo de hidratos de carbono refinados y alcohol; sin olvidar el sedentarismo. Aunque el aumento de colesterol también puede deberse a un problema genético como ocurre en los casos de hipercolesterolemia familiar, ocasionada por un defecto en los genes que impide que el “colesterol malo” sea degradado.

LOS TRIGLICÉRIDOS

Los triglicéridos son grasas que o bien sintetiza el propio hígado a partir del glicerol y otros ácidos grasos o bien se ingieren a través de la dieta siendo transportadas por la sangre como lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL) cuando las produce el hígado y como quilomicrones cuandoproceden de la alimentación. Pues bien, cuando no son metabolizadas de inmediato se almacenan en el tejido adiposo y en los músculos para su empleo como fuente de energía de utilización rápida en el momento en que el cuerpo las necesite. Es decir, el cuerpo la almacena como grasa de reserva. Obviamente, cuando se almacena en exceso aparece el sobrepeso o la obesidad. Y para evitarlo la cifra de triglicéridos deberá estar comprendida entre los 50 y los 150 mg/ml en sangre. Una cifra notablemente mayor se asocia a un mayor riesgo de enfermedades vasculares tanto cardiacas (infarto, angina de pecho, etc.) como cerebrales (ictus) –aunque hay que decir que este extremo es discutido-, pancreatitis, agrandamiento del hígado, depósitos grasos en la piel -conocidos como xantomas-, diabetes, gota, nefropatías o insuficiencia renal. Por el contrario, si la cifra es menor puede indicar desnutrición, una dieta baja en grasas, mala absorción por el intestino delgado o hipertiroidismo.

LA GLUCOSA

Es uno de los parámetros cuyo análisis solicitan los médicos con más frecuencia. Y es así porque la glucosa -azúcar simple o monosacárido que el cuerpo sintetiza u obtiene de los alimentos que ingerimos- es, además de una importante fuente de energía, el principal alimento del cerebro a donde llega con la sangre y de ahí que su nivel sea cuidadosamente controlado por complejos mecanismos hormonales regulados por el sistema endocrino. Siendo concretamente la hormona insulina -producida por el páncreas-la principal responsable de mantener ese nivel. De hecho, es quien permite que la glucosa sea transportada al interior de las células de modo que éstas puedan usarla para producir energía o la almacenen –en forma de glucógeno- hasta que su utilización sea necesaria. Su mayor actividad, lógicamente, tiene lugar tras comer o beber ya que la ingesta de alimento eleva la concentración de azúcar en la sangre y el páncreas debe producir esta hormona de inmediato para evitar su exceso.

Cuando se produce la situación contraria -es decir, cuando descienden los niveles de glucosa en sangre por ayuno o por estar realizando una actividad física que implique mucho desgaste de energía- el cuerpo segrega otra hormona llamada glucagón que hace lo contrario que la insulina: sube los niveles de glucosa hasta conseguir el nivel adecuado en la sangre. Si no se recobrara fácilmente ese equilibrio -o si se comprobara una recurrente bajada de los niveles de glucosa en sangre- se haría necesario descartar una hipoglucemia, trastorno poco frecuente pero considerado preocupante especialmente en personas diabéticas que ya estén en tratamiento con insulina o con antidiabéticos orales. Manifestaciones sintomáticas de este trastorno son ansiedad, temblor, palidez, sudoración, palpitaciones, taquicardia e hipertensión así como los síntomas propios de la falta de glucosa en el sistema nervioso y que son cefalea, problemas en la articulación del lenguaje, visión borrosa, confusión mental, convulsiones y, en casos extremos, coma.

Dicho esto resulta sencillo comprender la importancia de conocer nuestro nivel de glucosa en sangre. Especialmente porque un análisis no sólo puede detectar una posible diabetes mellitus-que se produce cuando, por deficiencia de la hormona insulina, no entra la glucosa en las células y se eleva su nivel en sangre- sino evaluar de qué forma el cuerpo la metaboliza y la función de los órganos involucrados en este proceso como son el páncreas o el hígado.

¿Y qué valores de glucosa se consideran normales? Pues en el caso de los adultos entre 70 y 105 mg. por decilitro de sangre. Cuando el resultado es superior a 126 mg/dl en ayunas puede inferirse que se sufre diabetes. Recordemos, en todo caso, que las concentraciones de azúcar en sangre aumentan después de cada comida volviendo a sus valores normales en 2 horas y por tanto es imprescindible estar 6 horas en ayuno antes de someterse a un análisis de glucosa.

Eso sí, sepa también que ciertas situaciones pueden modificar los valores de glucemia sin que ello signifique que se padezca diabetes. Si está en alguna de ellas adviértalo antes de hacerse el análisis: estrés por enfermedades agudas, tratamientos con suero (ya que contiene un azúcar llamado dextrosa), embarazo, algunos medicamentos -como analgésicos, antidepresivos, antihipertensivos o anticonceptivos- o ingesta de alcohol.

ELECTROLITOS

Los electrolitos son iones libres de distintas sustancias disueltas en los líquidos corporales que intervienen -en mayor o menor medida- en todos los procesos metabólicos del organismo aunque principalmente son determinantes para la osmolalidad (es decir, para la adecuada concentración de partículas en suspensión dentro del plasma sanguíneo), el estado de hidratación y el nivel de pH de los líquidos corporales. Y se llaman así porque constan de un pequeño potencial eléctrico. En un análisis bioquímico se pueden medir todos –son 22- pero lo más frecuente es que, por sus importantes funciones, se examinen preferentemente los niveles de sodio, potasio, calcio, magnesio y fósforo. Hablemos de ello.

-El sodio.

Como decimos, uno de los más importante electrolitos del cuerpo es el sodio que, de hecho, es el principal ión de los líquidos extracelulares (su concentración dentro de la célula es de sólo 5 milimoles por litro de sangre mientras que su concentración extracelular es de 140 mmol/l) y se analiza para conocer el funcionamiento de los riñones y de las glándulas suprarrenales. Este electrolito regula el reparto de agua en el organismo e interviene en la transmisión eléctrica del impulso nervioso mediante la bomba sodio-potasio a la que tanta importancia ha dado siempre, entre otros, el prestigioso cardiólogo mexicano -ya fallecido- Demetrio Sodi Pallares (lea en nuestra web –www.dsalud.com- los reportajes publicados sobre ello en los números 20, 44 y 55) y que básicamente genera un potencial eléctrico que ayuda a generar las contracciones del músculo y regula los latidos del corazón. También participa en la contracción muscular, el equilibrio ácido-base y en la absorción de nutrientes por las células.

Su contenido en sangre depende de diversos factores. Por ejemplo, la hormona esteroidea aldosterona disminuye la pérdida de sodio a través de la orina. Esta hormona se produce en las glándulas suprarrenales. Al aumentar su nivel en sangre se produce una mayor retención de sodio en el riñón y aumenta la salida de potasio a través de la orina. Cuando se retiene sodio disminuye la salida de agua y, por ello, aumenta el contenido de líquido en los vasos sanguíneos con lo que se eleva la presión sanguínea. Por otro lado, la natriurética es una hormona secretada por el corazón que facilita la pérdida de sodio del cuerpo.
Resulta pues evidente que los niveles de sodio en sangre están estrechamente ligados a la cantidad de agua presente en el organismo. Y es que el cuerpo trabaja para mantener el nivel de agua total y para ello precisa que el valor de sodio en sangre sea constante. De ahí que, por ejemplo, cuando el nivel de sodio es demasiado elevado el cuerpo retenga agua para diluirlo. Y, al contrario, cuando la concentración de sodio desciende demasiado los riñones excretan más agua para restaurar el equilibrio de dicha concentración. Es tal la importancia de este balance que si fuera necesario el cuerpo podría incluso regular por separado el sodio –mediante las hormonas aldosterona y natriurética- y el agua -con la hormona antidiurética-. Solo que a pesar de esos controles a veces es posible que se den situaciones de exceso de sodio en sangre –trastorno conocido como hipernatremia– y ello provoca un aumento de la presión sanguínea hasta niveles peligrosos además de sobrecargar los riñones y provocar irritabilidad y retención de líquidos. Eso sí, tenga en cuenta que las necesidades de este electrolito aumentan cuando se suda mucho, al tomar diuréticos o en caso de diarrea o vómitos.

-El potasio.

Se trata del tercer mineral más abundante en nuestro cuerpo y el principal ión del interior de las células (su concentración en ellas es aproximadamente 30 veces mayor que en la sangre y otros líquidos extracelulares) y, junto con el sodio, es el encargado de mantener la carga eléctrica de la membrana celular lo cual es absolutamente necesario para que se realice la transmisión de estímulos nerviosos y musculares, el transporte de nutrientes al interior de las células y la salida de productos de degradación de las mismas así como para regular los niveles de agua y de pH de la sangre y los tejidos. Además se sabe que está presente en los telómeros o “extremos” de los cromosomas y estabilizan su estructura. También activa los sistemas enzimáticos e interviene en la síntesis de proteínas y en el metabolismo de los carbohidratos. Y en equilibrio con el calcio y el magnesio contribuye a la regularización de todas las funciones celulares y, en particular, a la excitabilidad del corazón, del sistema nervioso y de los músculos. Son tan importantes y tan variadas las funciones en las que interviene que su análisis se utiliza para evaluar desórdenes de tipo neurológico, endocrino, musculares y cardiovascular.

Al igual que en el caso del sodio es la hormona esteroide aldosterona –secretada por las glándulas suprarrenales- quien controla los niveles de potasio en sangre y favorece la eliminación de su exceso a través de las heces y, sobre todo, de la orina. En cuanto a sus valores saludables se establecen entre 3,8 y 5,5 mEq/l (miliequivalentes por litro). Es poco frecuente observar déficit de este mineral –lo que se conoce como hipopotasemia- si se mantiene una dieta normal. De hecho, el intestino delgado absorbe el 98% del potasio que se ingiere. Pero, ¡ojo!, porque sí pueden aparecer problemas muy serios cuando su excreción es excesiva y descontrolada por sudoraciones profusas, vómitos o diarreas importantes o trastornos renales.

Claro que también el exceso de potasio plasmático –provocado normalmente por un mal funcionamiento del riñón que es quien se encarga de excretar su exceso- genera problemas. Por ejemplo, debilidad en los músculos e, incluso, parálisis generalizada y graves complicaciones renales. Así como palpitaciones, arritmias y hasta infartos de miocardio. Esto se debe a que hasta los más ligeros cambios en la concentración de potasio pueden tener efectos importantes en la actividad de los nervios y los músculos, efectos especialmente relevantes cuando se trata del músculo corazón. En este caso tanto los niveles bajos como los altos tienen consecuencias. En el primer caso ocasionan un aumento de la actividad del corazón lo que puede llevar a una arritmia. En el segundo se produce una disminución de la actividad que puede provocar un bloqueo cardiaco. Y cualquiera de esas dos situaciones podría degenerar en paro cardiaco en casos extremos. Además un desequilibrio entre los niveles de sodio y potasio es uno de los factores que determinan la hipertensión arterial.

-El calcio.

Este electrolito, empleado en diferentes funciones del cuerpo y especialmente en la transmisión neuromuscular y en el mantenimiento de la estructura ósea, es el mineral más abundante del cuerpo humano. De hecho, se calcula que el 99% del calcio existente en nuestro organismo se encuentra en los huesos y el 1% restante en la sangre, en el líquido extracelular y en el tejido adiposo. Pero esa cantidad, aunque mínima, es tan necesaria que para asegurarla el organismo la extrae si es necesario de los huesos –mediante una serie de mecanismos hormonales- cuando no la obtiene de la alimentación (sin ese 1% la sangre no coagularía, los músculos no funcionarían y los nervios no podrían transmitir información al resto del cuerpo). A este respecto, la absorción del calcio se lleva a cabo en el duodeno pero sólo se absorbe entre el 10 y el 40% del ingerido siendo el resto eliminado por la heces, la orina y el sudor. Además ayuda a disminuir la tensión arterial y los niveles de “colesterol malo”, interviene en el tránsito de nutrientes que se lleva a cabo en la membrana celular, alivia el insomnio, reduce los niveles de histamina y favorece la absorción de nutrientes como la vitamina B12 y es necesario para que la sangre coagule apropiadamente.
Normalmente los valores de este elemento en sangre se sitúan entre 8,5 y 10,5 mg/d. pero si cambia la concentración plasmática de calcio se pueden producir problemas óseos como osteoporosis. ¿Y qué factores regulan que los niveles en sangre se mantengan constantes? Pues tres básicamente. Por un lado, la hormona paratiroidea que se produce en las glándulas paratiroides y que aumenta la salida del calcio del hueso y su absorción intestinal además de reducir su salida a través de la orina. Por otro, la vitamina D, que estimula la absorción intestinal del calcio y favorece la reconstrucción ósea. El tercer factor es la calcitonina, una hormona producida por unas células especiales del tiroides. Sus efectos hacen disminuir los niveles de calcio en la sangre. Y cuando esos niveles descienden demasiado puede producirse lo que se llama hipocalcemia cuyos síntomas más frecuentes son sensaciones de cosquilleo, insensibilidad, contracciones musculares y, en casos graves, hasta espasmos. Grandes cantidades de grasa, fosfatos procedentes de alimentos ricos en fósforo, el ácido oxálico que se encuentra en algunos alimentos -como el chocolate o las espinacas- así como el ácido fítico contenido en los tegumentos de los cereales y las leguminosas son capaces de impedir la adecuada absorción del calcio.

Por el contrario, un exceso de calcio puede provocar aparición de residuos cálcicos en el corazón y en los riñones además de náuseas y vómitos. Normalmente la hipercalcemia se debe a la ingesta de dosis excesivas de vitamina D que en los bebés pueden, incluso, ser mortales.
En suma, el análisis del calcio en sangre es útil en el estudio de los trastornos de coagulación,  los problemas óseos y endocrinos, las arritmias y las enfermedades de los músculos.

-El magnesio.

Se trata de otro de los electrolitos que se analizan con más frecuencia en un análisis bioquímico de sangre. La mayor parte del que disponemos se encuentra en el interior de los huesos. En el resto de los tejidos el magnesio es el segundo electrolito intracelular más abundante, tras el potasio. En sangre está ligado a las proteínas, se absorbe por el íleon (tercera zona en la que se considera dividido el intestino delgado) y es el riñón quien regula su concentración plasmática y controla su excreción o reabsorción. Sus iones desempeñan importantes papeles como cofactor de más de 300 enzimas y en todas las reacciones enzimáticas que acaban produciendo la adenosintrifosfato o ATP al que el ya citado Sodi Pallarés calificaba como “la molécula de la vida”, tal es su importancia como fuente de energía para todas las células.
También ejerce una función estabilizadora de la estructuras de las cadenas de ADN y ARN, interviene en el metabolismo de la glucosa facilitando la formación de glucógeno, es imprescindible para la absorción del calcio y de la vitamina C, participa en la correcta transmisión de los impulsos nerviosos, equilibra el sistema nervioso, aumenta la secreción de bilis (lo que favorece una buena digestión de las grasas y la eliminación de toxinas) y es fundamental para que funcionen los tejidos musculares por lo que su análisis resulta útil para valorar la función del tejido cardiaco. Además tiene una participación fundamental en la actividad electrolítica de las células, en el equilibrio ácido-base y juega un papel importante en la respiración celular.
Sus valores normales en plasma se establecen entre 1,8 y 3 mg/dl. Un exceso puede producir síntomas digestivos como náuseas, vómitos, cansancio y alteración del habla. Algunas situaciones en las que se observa hipermagnesemia son: insuficiencia renal crónica, deshidratación, acidosis diabética, diabetes no controlada o hipotiroidismo.

Por el contrario, la hipomagnesemia se observa en personas que mantienen dietas inadecuadas (se recomienda que la ingesta de magnesio sea de 6 mg/kg/día), alcoholismo, pancreatitis o diabetes, entre otras.

El fósforo.

Se trata del segundo mineral más abundante en el cuerpo y está presente en cada una de sus células por lo que participa en prácticamente todos los procesos metabólicos. Se absorbe en grandes cantidades en el intestino y, junto al calcio, se almacena en los huesos y los dientes. Entre las funciones que desempeña destacan su capacidad para estimular las contracciones musculares –incluidas las del músculo cardiaco- y su papel en la transmisión de los impulsos nerviosos. Es fundamental también para el buen funcionamiento de los huesos. Además tiene un papel esencial en el almacenamiento y utilización de energía, forma parte de las moléculas de ADN y ARN y ayuda a mantener el pH ligeramente alcalino.

La mayor parte del fósforo presente en nuestro cuerpo está combinado con el calcio y almacenado en el esqueleto pero hay un 15% que, en forma de iones de fosfato, puede ser registrado en la sangre, en los tejidos blandos y en otros líquidos corporales. También se asocia a ciertos lípidos para dar lugar a los fosfolípidos, componentes imprescindibles de las membranas celulares y del tejido nervioso.

Los valores saludables de este mineral se establecen entre los 2,3 y 4,5 miligramos por decilitro de sangre. Como se encuentra en la inmensa mayoría de los alimentos es muy rara una carencia de fósforo en el organismo y normalmente sólo se detecta en situaciones de carencias más generales como en el caso de hipertiroidismo, enfermedades renales, hemodiálisis o alcoholismo. Si los niveles de fósforo se mantienen bajos durante mucho tiempo puede aparecer daños en los huesos, nervios y músculos. En cambio, su exceso puede provocar la desmineralización del hueso y la pérdida de calcio.

PRUEBAS DE LA FUNCIÓN HORMONAL

Según el especialista que encargue el análisis o según el sistema que se quiera evaluar se examinarán unos hormonas u otras pero las que con más frecuencia se estudian son las siguientes:

-Latestosterona. Es la hormona pituitaria LH (ver más adelante) la que estimula las células testiculares en el caso de los hombres y los ovarios en el de las mujeres para producirla. La medida de los niveles de esta hormona son fundamentales para la evaluación de la impotencia y de la infertilidad en adultos y del grado de desarrollo sexual en los niños.

-Los estrógenos y la progesterona. Son dos tipos de hormonas femeninas y se analizan para hacer un estudio de las funciones sexual y reproductiva de la mujer pero también el cuerpo masculino manufactura sus propios estrógenos a través de una enzima llamada aroamatasa que convierte una pequeña parte de la testosterona en estrógeno en una proporción de 50 a 1. Un cambio en esa relación explica muchos de los síntomas de la andropausia.

-La Beta-HCG(Gonadotropina Coriónica Humana, en sus siglas en inglés). Es una hormona glucoproteínica producida por la placenta que sirve para estudiar ciertas alteraciones ginecológicas del embarazo. Suele utilizarse para detectar la mala evolución de un embarazo, un embarazo ectópico y determinadas malformaciones fetales. Es, por tanto, un estudio que se realizaen casos muy concretos.

Las gonadotropinas FSH/LH. Se analizan para examinar la función sexual y reproductiva. Son hormonas proteínicas producidas por la glándula pituitaria tanto en hombres como en mujeres. Son dos: la FSH (hormona estimuladora de folículos) y LH (hormona luteinizante). En la mujer el FSH promueve la maduración de los folículos ováricos y los óvulos que ellos contienen. La LH se secreta en pequeñas cantidades en forma pulsátil hasta la ovulación, momento en el que se libera una gran cantidad.

El cortisol. Es una hormona esteroide producida por la corteza suprarrenal y se mide para evaluar el metabolismo suprarrenal y de la pituitaria.

La TSH (siglas en inglés de la hormona estimulante del tiroides o tirotropina). Se hace analizar cuando se sospecha que puede haber algún trastorno tiroideo.

-La PTH (siglas en inglés de la hormona paratiroidea o paratohormona). Su examen se realiza cuando se sospecha que una anomalía de esta hormona es la causa de niveles anormales de calcio o de fósforo. De ahí que se emplee para el estudio óseo y mineral del organismo.

-La GH u Hormona del Crecimiento. Es liberada desde la porción anterior de la glándula pituitaria. Los adenomas pituitarios pueden producir exceso de la hormona del crecimiento lo cual puede causar patrones de crecimiento anormales llamados Acromegalia en adultos y Gigantismo en los niños. Su exceso también puede incrementar la presión sanguínea y el nivel de azúcar en la sangre. Por tanto,se mide cuando se sospecha algún crecimiento anormal en niños o adultos y/o cuando hay antecedentes de problemas de la pituitaria en ambas edades.

-La Hb-A1c (o hemoglobina glicosilada). No es propiamente una hormona pero se mide en los trastornos hormonales de la insulina como marcador que permite el adecuado control de los niveles de azúcar en pacientes condiabetes mellitus.

MARCADORES TUMORALES

Los marcadores tumorales se definen como compuestos sintetizados por las células tumorales que son fácilmente detectados en la sangre. Para que un compuesto químico pueda ser considerado marcador tumoral debe ser producido por una célula neoplásica. El marcador puede ser una sustancia producida habitualmente por el organismo -por ejemplo, una enzima- en cuyo caso se considera que es poco específico. Pero también pueden ser marcadores células de tejido que en condiciones normales no se producen en el organismo adulto. A estos se les considera marcadores específicos y para que se presuponga patología oncológica deben aparecer en concentraciones determinadas y apreciablemente distintas en individuos sanos y en aquellos en los que se trate de descartar un cáncer.

Dentro de estos existen varios tipos según su finalidad. Así, por ejemplo, existen marcadores diagnósticos -que se emplean para comprobar la mayor o menor agresividad de la dolencia-, marcadores terapéuticos -que indican la sensibilidad de la célula cancerígena a determinados tratamientos-, marcadores de evolución –que, como su propio nombre indica, se emplean para conocer cómo progresa la enfermedad- y marcadores genómicos -que se definen como aquellos que permiten conocer la incidencia de los protooncogenes en el inicio de la enfermedad.

Los marcadores tumorales que se emplean con mayor frecuencia son:

Antígeno Calcio 153. No tiene carácter diagnóstico. Se suele utilizar más bien para controlar las recidivas de un tumor. Valores elevados en sangre indican que existe diseminación tumoral o destrucción de células epiteliales, sobre todo de las mamas.
Antígeno Calcio 125. Se usa especialmente para el estudio de carcinomas de ovario. Eso sí, para llegar a un diagnóstico ha de complementarse con otras pruebas.
Antígeno Calcio Embrionario (CEA). Se emplea especialmente para el estudio de los cánceres de hígado, estómago y colon.
Antígeno Prostático Específico (PSA en sus siglas en inglés). Es un marcador específico que se emplea para el diagnóstico, determinación del estadio, pronóstico y seguimiento del cáncer de próstata.
Beta-Gonadotropina Coriónica Humana. Aunque es una hormona resulta muy útil como marcador en el estudio y control de tumores testiculares y ováricos. Lo mismo sucede con la alfa-fetotoproteína, otro marcador específico de estas disfunciones.

ANÁLISIS DEL HIERRO

Otro parámetro específico que se solicita con cierta frecuencia es el hierro. Se trata de un componente estructural de la hemoglobina. De hecho, el 70% del hierro total de que dispone el organismo se encuentra en esta proteína de tal forma que cada molécula de hemoglobina contiene un átomo de hierro. El resto se almacena en forma de ferritina y de hemosiderina (ambas proteínas) en el hígado, el bazo y los huesos hasta su utilización. Es la transferrina –una de las proteínas del grupo de las globulinas- quien capta el hierro a partir de la dieta. Después lo transporta y lo acumula por lo que se la considera la principal proteína fijadora de hierro.

Además de participar en la formación de la hemoglobina el hierro también interviene en la síntesis de neurotransmisores y es imprescindible para la correcta utilización de las vitaminas del grupo B, para oxidar la glucosa y se convierta en energía, para potenciar el sistema inmune y para aumentar la resistencia física.

Pues bien, en los hombres los valores normales de hierro en sangre se establecen entre 80 y 180 microgramos por cada 100 mililitros y en las mujeres en 60-160 mg/100ml. Niveles disminuidos pueden indicar que el individuo padece anemia, pérdida de sangre crónica o desnutrición, o bien que está embarazada. En cambio, los valores aparecen aumentados, por ejemplo, en enfermedades como la hepatitis. Aunque su exceso también puede servir -según el equipo del doctor Rui Jiang, de la Universidad de Harvard (Boston, EEUU)- para predecir la aparición de la diabetes ya que esta sustancia contribuye a aumentar la resistencia a la insulina y, por tanto, a disminuir su secreción.

Terminamos. Como el lector habrá podido comprobar en los tres artículos que hemos dedicado a explicar para qué sirven los análisis de sangre son muy numerosos los parámetros que se pueden medir. Casi innumerables si tenemos en cuenta que se pueden evaluar todas las sustancias que contiene nuestro cuerpo y que se pueden combinar los exámenes de unas y otras en función de lo que se pretenda comprobar, examinar, diagnosticar o descartar. Asimismo, las posibilidades de evaluación se incrementan de forma exponencial si se tiene en cuenta que todo lo dicho se refiere únicamente a la información que contiene la sangre pero que las mismas sustancias y otras diferentes se pueden examinar en otros fluidos corporales como, por ejemplo, el líquido cefalorraquídeo, los líquidos extravasculares (seroso y sinovial) o la orina.

L. J.

Este reportaje aparece en
68
Enero 2005
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