¿Reflejan nuestra salud los análisis de sangre?

Un análisis de sangre o Hemograma no es sino un método que permite conocer nuestro estado de salud a nivel básico mediante la evaluación del estado y cantidad de sus principales componentes: los glóbulos rojos -también llamados hematíes o eritrocitos-, los glóbulos blancos -o leucocitos– y las plaquetas -o trombocitos-. Un análisis que conviene complementar con uno de carácter bioquímico para valorar otros parámetros. Le explicamos en qué consiste y cómo valorar sus resultados.

Entre 4,5 y 6 litros. Tal es la cantidad media de sangre que contiene el cuerpo de un ser humano adulto. De ella el 78% es el plasma o parte líquida, compuesta básicamente por agua, proteínas y sales minerales; el resto está formado por los corpúsculos celulares –es decir, glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas-, gases, productos orgánicos y otros elementos como hormonas, vitaminas, minerales, proteínas, enzimas, lípidos, glucosa, etc. Para hacernos una idea de la importancia de la sangre baste un solo dato: todos los órganos de nuestro cuerpo funcionan gracias a ella. Sus cometidos principales son, por un lado, llevar oxígeno y alimento a todas las células del cuerpo y, por otro, retirar el anhídrido de carbono y demás sustancias de desecho producidas por el cuerpo.

Pero otra clave de su importancia nos la da el hecho de que su análisis permite obtener información muy útil para conocer las causas de muchas de nuestras dolencias. De hecho, es posible medir cientos de sustancias distintas que circulan por la sangre de cualquier persona y que, dependiendo de que presenten valores elevados o reducidos, pueden detectar dolencias como la diabetes, la anemia, la hepatitis, las enfermedades infecciosas, el cáncer…

¿EN QUÉ CONSISTE UN ANÁLISIS DE SANGRE O HEMOGRAMA?

Un Hemograma o análisis de sangre no es más que un sistema de medición que determina la calidad y cantidad de las diversas sustancias que circulan por nuestra sangre. Y existen tantos posibles tipos de análisis como sustancias medibles en ella aunque el más habitual, aquel al que alguna vez nos hemos sometido todos, es el llamado “análisis sanguíneo básico” en el que se examinan las sustancias más importantes que pueden afectar a la salud general o a los órganos más relevantes. Es decir, en una analítica de sangre, digamos “normal”, el médico que la prescribe solicita del laboratorio que analice los datos hematológicos (glóbulos rojos, blancos y plaquetas) y bioquímicos más corrientes (triglicéridos, colesterol, glucosa, ácido úrico, urea, electrolitos, etc.). De esa forma estará en condiciones de interpretar nuestro estado general de salud.

Luego, si comprueba que alguno de los parámetros medidos está fuera de la banda de las cifras consideradas “normales” -valorando la edad, sexo, peso, fisiología y características del paciente- valorará si procede realizar otras pruebas diagnósticas más concretas y exhaustivas que aclaren las razones de esos parámetros anormales. Con lo que, finalmente, podrá hacer un diagnóstico y decirle al paciente qué dolencia sufre a su juicio. Que esa interpretación sea luego correcta o no es otro cantar. Y que el médico sepa cómo afrontar el problema, otro distinto. Porque lo cierto es que en la mayor parte de los casos éstos se limitan a recetar fármacos que en el caso de infecciones bacterianas pueden ser útiles pero que en la mayoría de las ocasiones sólo sirven para aliviar los síntomas. Claro que eso se debe a que hoy la mayoría de los médicos apenas sabe cómo afrontar con alguna garantía de éxito patología alguna ya que sus herramientas terapéuticas se reducen prácticamente al arsenal farmacológico. En todo caso no es ese hecho el objetivo de este artículo sino el de que sepa interpretar usted mismo un análisis a nivel básico. Porque muy raras veces -por no decir nunca- el médico suele molestarse en explicar al paciente qué revelan los resultados. Y lo vamos a hacer en dos artículos consecutivos a fin de no hacer el texto demasiado extenso centrándonos este mes en el hemograma y dejando el análisis bioquímico para el próximo número. Informándole desde ya que los mismos parámetros que se pueden analizar en la sangre –en el suero sanguíneo en el caso del análisis bioquímico- pueden evaluarse también en otras sustancias como la orina, la saliva, el líquido de las articulaciones, el líquido cefalorraquídeo, el amniótico e, incluso, el de los quistes.

EL ANÁLISIS HEMATOLÓGICO

Bien, en un análisis hematológico o Hemograma lo que se cuantifica y evalúan son los tres principales tipos de células que circulan por el torrente sanguíneo: los glóbulos rojos (también llamados hematíes o eritrocitos), los glóbulos blancos (o leucocitos) y las plaquetas (o trombocitos). Para cada una de las cuales existen unos valores que -por consenso- se consideran “normales” en los distintos grupos de población de tal forma que si su concentración en sangre está por encima se entiende que hay un exceso y si está por debajo se dice que hay déficit, situaciones distintas que tienen –es obvio- consecuencias también diferentes. Analicemos pues más en detalle los tres tipos de células sanguíneas que se analizan en un hemograma o hematimetría.

LOS GLÓBULOS ROJOS, HEMATÍES O ERITROCITOS

Los glóbulos rojos (también llamados hematíes o eritrocitos) son las células sanguíneas que tenemos en mayor cantidad –componen casi la mitad del volumen sanguíneo- y se producen en la médula ósea a partir de células madre. Lo normal es que haya entre 4 y 5,5 millones por mililitro en el caso del hombre adulto y entre 4,2 y 5,2 en el de las mujeres. Su vida media es de 120 días y su principal misión es transportar el oxígeno desde los pulmones hasta las células y tejidos de todo el cuerpo así como de llevar el anhídrido carbónico (CO2)que las células expulsan a los pulmones para desde ellos expulsarlo. Se trata de células que están repletas de hemoglobina, una proteína que contiene hierro y da el color rojo a la sangre. Su volumen en situación normal suele ser estable ya que cuando disminuye –y, por tanto, lo hace también el volumen de oxígeno- los riñones producen y liberan una hormona llamada eritropoyetina que se encarga de estimular la médula ósea para que produzca más.

El análisis puede inicialmente determinar si los glóbulos rojos están fragmentados, si han adoptado diferentes formas (de bastón, de aguja, de media luna, con espinas…) o si son de tamaño anormalmente grande o pequeño, aspectos que pueden ayudar a saber si se padece alguna dolencia. Así, tener los glóbulos rojos pequeños puede indicar una posible falta de hierro, los ovalados y grandes que hay carencia de vitamina B9(ácido fólico) o B12(cuando hay déficit de cualquiera de esas dos vitaminas se dice que existe una “anemia megalobástica” aunque a la falta concreta de vitamina B12se la llame también “anemia perniciosa”) y los que tienen forma de hoz que se sufre una drepanocitosis (se trata de una enfermedad hereditaria). No mencionamos todas las posibilidades por ser demasiadas.

A veces la médula ósea produce glóbulos rojos no suficientemente maduros a los que se llama reticulocitos que se caracterizan por carecer de RNA. Cuando su porcentaje es menor del considerado normal indica que hay una deficiencia nutricional.

Los glóbulos rojos pueden ser destruidos por diversas causas. Por ejemplo, cuando se sufren algunas enfermedades (como el lupus eritematoso sistémico o ciertos cánceres, especialmente linfomas). Afortunadamente cuando así ocurre la médula ósea se encarga rápidamente de producir más para compensar su falta. El problema es que a veces esa producción no es suficiente y entonces se produce una carencia de glóbulos rojos que ha dado en llamarse “anemia hemolítica”.

También puede disminuir su número cuando hay pérdida de sangre a causa de una hemorragia. O cuando ésta se encuentra algún obstáculo al fluir por el cuerpo y los glóbulos rojos se rompen dañados por causas mecánicas. Por ejemplo, cuando se forman aneurismas -es decir, bolsas adheridas a las paredes de los vasos sanguíneos debilitados que dificultan el flujo sanguíneo-, por la existencia de una válvula artificial o debido a una presión arterial sumamente elevada. En estos casos, cuando la cantidad de glóbulos rojos dañados por causas mecánicas es muy alta, se habla de “anemia hemolítica micorangiopática”. Aunque lo malo es que a veces interviene entonces el sistema inmunitario y decide destruirlos con anticuerpos provocando lo que se conoce como una “reacción autoinmune” (se habla entonces de “anemia inmunomediada” o “anemia hemolítica autoinmune”). La ictericia y la orina oscura, por cierto, pueden provocar el vertido en sangre de glóbulos rojos. Asimismo, la disminución de la producción de glóbulos rojos puede deberse a un déficit en el organismo de vitamina C. También la ingesta de algunos fármacos -como las sulfamidas, la metildopa o la dapsona -destruyen los glóbulos rojos.

Cabe añadir que cuando la destrucción de glóbulos rojos –hecho que se denomina hemólisis– es súbita y grave aparecen escalofríos, fiebre y dolores de cabeza, espalda y/o estómago así como una bajada de tensión. Cuando es prolongada puede además provocar la aparición de cálculos biliares pigmentados.

Hay que agregar que sellama índice hematocritoal que indica el porcentaje de glóbulos rojos existente respecto del volumen total de sangre. Lo normal es que esté entre el 42 y el 50% en el caso de los varones y entre el 38 y el 47% en el de las mujeres. Cuando la cifra del análisis está por debajo de las apuntadas las causas pueden ser varias. Así ocurre, por ejemplo, durante el embarazo pero también cuando hay algún fallo en la médula ósea (por radiaciones, toxinas, fibrosis, tumores…), por la existencia de alguna hemorragia, por una alimentación inadecuada o cuando se sufre anemia, artritis reumatoide, hipertiroidismo o leucemia. En cambio, un índice alto indica la posibilidad de que el paciente esté deshidratado, la mujer padezca eclampsia (convulsiones por toxemia durante el embarazo) o se sufra algún problema cardiovascular, alguna enfermedad pulmonar crónica o Politicemia vera (producción anormalmente alta de glóbulos rojos), entre otras patologías.

También se mide el nivel de hemoglobina, proteína rica en hierro encargada de transportar el oxígeno dentro de los glóbulos rojos cuyo valor normal oscila entre 14 y 16 gramos por decilitro en los varones y entre 12,5 y 15 en las mujeres. Cuando en un análisis la cifra resultante es inferior a la considerada normal puede afirmarse que la persona sufre anemia. Luego hay que determinar la causa de la misma (embarazo, hemorragias, problemas de alimentación, problemas renales, enfermedades autoinmunes, cáncer…).
Igualmente se comprueban los llamados índices hematimétricos que son los parámetros que relacionan el índice hematocrito, la cantidad de hemoglobina y el número de glóbulos rojos. Estos índices son:

-El Volumen Corpuscular Medio (VCM). No es sino una forma de expresar el tamaño de los glóbulos rojos. Conocerlo puede llevarnos a saber, en caso de sufrir una anemia, de qué tipo anemia es. Así, cuando la cifra es inferior a la normal se dice que se sufre una “anemia microcítica”, si está dentro de los parámetros establecidos se habla de “anemia normocítica” y si la cifra es superior de “anemia macrocítica”. Cuando la anemia es microcítica la causa corriente suele ser una falta de hierro y, en casos minoritarios, una talasemia (trastorno hereditario causado por la falta de equilibrio en la producción de una de las cuatro cadenas de aminoácidos que componen la hemoglobina). Cuando la anemia es macrocítica la causa suele estar básicamente en un déficit de vitaminas B9-ácido fólico- o vitamina B12,un consumo excesivo de alcohol o una enfermedad hepática.
-La Hemoglobina Corpuscular Media (HCM). Expresa la cantidad de hemoglobina media presente en los glóbulos rojos. Y,
-La Concentración de Hemoglobina Corpuscular Media (CHCM). Indica la concentración de hemoglobina comparada con el hematocrito.

Finalmente, si el estudio hematológico es más completo incluirá otro elemento: la velocidad de sedimentación globular (VSG o eritrosedimentación (de eritrocito, uno de los nombres de los glóbulos rojos). Este valor mide la velocidad con que los glóbulos rojos se agregan y sedimentan en un tiempo determinado. Así se observa si existe tendencia a formar acúmulos y se controla la concentración plasmática de proteínas como las globulinas y el fibrinógeno. Es un parámetro un tanto inespecífico porque aumenta con la edad, la menstruación, el embarazo, la toma de anticonceptivos o situaciones de infección o anemia pero en general se emplea para detectar procesos inflamatorios, infecciosos e, incluso, tumores ocultos así como para controlar la evolución de ciertas enfermedades crónicas o infecciosas. Por tanto, se debe valorar conjuntamente con otros parámetros específicos para poder obtener un diagnóstico preciso.
Lo que sí están precisados son los valores considerados “normales”. Se sitúan en 1-13 mm/hora para los varones adultos y en 1-20 mm/hora para las mujeres adultas. Tener unos valores inferiores puede deberse básicamente a un descenso de proteínas en el plasma (por problemas hepáticos o renales), a fallos cardiacos o a policitemia (trastornos de las células sanguíneas precursoras que ocasionan un exceso de glóbulos rojos). Por el contrario, un valor superior al normal se da en casos de anemia intensa, artritis reumatoide, enfermedades renales, enfermedades autoinmunes, enfermedades tiroideas, embarazo, infecciones agudas y tuberculosis. Si su valor es mayor de 100 mm/hora se puede sospechar que el paciente padece una enfermedad reumática, una dolencia infecciosa crónica o, incluso, cáncer.

LOS GLÓBULOS BLANCOS O LEUCOCITOS

Los glóbulos blancos o leucocitos forman parte de las defensas del organismo. De hecho su principal función es combatir las infecciones y los cuerpos extraños. Y se llaman blancos porque ése es su color cuando se observan al microscopio. Su origen, al igual que el de los glóbulos rojos, está en las células-madre de la médula ósea (excepción hecha de uno de sus tipos, los linfocitos, que también se producen en los ganglios linfáticos, en el bazo y en el timo).

El número de glóbulos blancos en sangre es mucho menor que el de los rojos: hay aproximadamente un glóbulo blanco por cada 660 glóbulos rojos. A pesar de lo cual su volumen oscila entre 4.000 y 10.000 por mililitro ya que el cuerpo produce unos 100.000 millones al día. Por supuesto, en caso de infección la médula ósea produce y libera una cantidad muy superior.

A diferencia de los rojos, los glóbulos blancos no circulan libremente por el flujo sanguíneo. Muchos se adhieren a las paredes de los vasos sanguíneos o incluso las atraviesan para entrar en otros tejidos. Están dispersos por todo el organismo pero tienen una peculiar facultad: la de liberar unas sustancias que inmediatamente atraen a la zona más glóbulos blancos para así agruparse en número suficiente y combatir a cualquier potencial agresor.

Ahora bien, existen dos grupos de glóbulos blancos cada uno de los cuales es analizado y medido cuando se realiza un hemograma. Por un lado están los llamados polimorfonucleares (neutrófilos, eosinófilos y basófilos) cuyo aumento en sangre sugiere que existe una infección bacteriana aguda, una infección micótica (por hongos) o un cuadro alérgico; y, por otro, los mononucleares (linfocitos y monocitos) cuyo exceso suele indicar la existencia de una infección vírica.

Evidentemente si el recuento de glóbulos blancos da una cifra muy baja –a lo que se denomina leucopenia– o muy alta –a lo que se denomina leucocitosis– es que hay algún trastorno. En el primer caso -pocos glóbulos blancos- el riesgo de infección es mayor. La leucopenia puede deberse a un fallo de la médula ósea (por tumores, fibrosis, intoxicación, etc.), a alguna enfermedad autoinmune, a dolencias del hígado o del riñón, a la exposición a radiaciones o a la presencia de sustancias tóxicas El segundo caso –un número excesivo de ellos o leucocitosis– puede indicar que hay ya una infección o el organismo ha detectado sustancias extrañas -y en ambos casos el cuerpo está combatiendo a los invasores y de ahí que haya un número tan alto- o bien se debe a la existencia de una herida, a que se padece leucemia, a alguna dolencia autoinmune o alérgica o, sencillamente, a la ingesta de algún medicamento o a un fuerte estrés. Pero veámoslo más en detalle.

A) Glóbulos blancos polimorfonucleares; neutrófilos, eosinófilos y basófilos.

-Los neutrófilos. Lo primero que conviene saber es que cerca del 70% de los glóbulos blancos son neutrófilos y que sin una presencia suficiente de los mismos cualquier infección puede llegar a ser mortal. Viven entre 7 y 10 días. A su escasez se la denomina neutropenia y, entre otras causas, es habitual que la padezcan quienes padecen cáncer, tuberculosis, mielofibrosis y deficiencia de vitamina B9(ácido fólico) o B12(anemia perniciosa) así como las personas sometidas a quimioterapia, quienes sufren infecciones bacterianas, trastornos alérgicos, enfermedades autoinmunes y tratamientos con ciertos fármacos: antibióticos (penicilinas, sulfonamidas y cloranfenicol) anticonvulsivos,antihistamínicos, antitiroideos, arsenicales, barbitúricos, diuréticos, fenotiacinas y sales de oro. Todos esos medicamentos bajan notablemente las defensas del cuerpo.

En cambio, un número excesivo de neutrófilos –o neutrofilia– puede deberse –entre otras posibilidades- al estrés, a traumatismos, a alguna infección bacteriana, a enfermedades inflamatorias crónicas, a reumatismos, a leucemia, al síndrome de Cushing (enfermedad ocasionada por un incremento de la producción de la hormona cortisol o por el uso excesivo de ésta y otras hormonas esteroides) o a tumores cancerígenos. Su mayor presencia indica que el organismo está defendiéndose de esas patologías.

La principal función de los neutrófilos es la fagocitosis de bacterias y sustancias extrañas. Cuando su producción es intensa aparecen a veces formas inmaduras a las que se denomina cayados -por la forma de su núcleo- e indica que hay una actividad de defensa intensa.

Recientemente se ha postulado que los neutrófilos tienen la capacidad de encapsular los tumores cancerígenos impidiendo que las células cancerosas se nutran con lo que no sólo impiden su crecimiento sino que provocan un aumento de la presión en su interior y su posterior necrosamiento. Siendo así la neutrofilia se convertiría en el mejor medio para detener el crecimiento de todo  tumor maligno.

-En cuanto a los eosinófilos –llamados así porque aparecen de color rojo al microscopio cuando se les tiñe con eosina– y los basófilos se encargan básicamente de acabar con algunos parásitos y con algunas células cancerosas a la vez que colaboran en combatir los alergenos (toda sustancia que el organismo considera extraña provocando la clásica reacción contra ella de las sustancias de defensa que activa el sistema inmune). Un número elevado de eosinófilos y basófilos lo que indica, pues, es que hay alguna infección parasitaria o un problema de alergia. Ambos los produce la médula ósea.

B) Glóbulos blancos mononucleares: linfocitos y monocitos.

-Los linfocitos. Son, tras los neutrófilos, el segundo grupo de glóbulos blancos más numeroso: entre el 15 y el 30%. Su principal función es proteger de las infecciones víricas aunque también colaboran en las bacterianas y en las micóticas. Cuando hay carencia de linfocitos se habla de linfocitopenia.
Hay dos tipos: los linfocitos B y los linfocitos T. Ambos los produce la médula ósea pero mientras los linfocitos B también maduran en ella los linfocitos T lo hacen en el timo. Pero veámoslo más despacio.

-Los linfocitos B. Tras transformarse en células plasmáticas se activan al ser estimuladas por el antígeno de toda sustancia extraña detectada por el organismo encargándose de producir anticuerpos que combatan a los intrusos. ¿Y qué son los anticuerpos? Pues unas proteínas plasmáticas que reciben también el nombre deinmunoglobulinas y de las que se conocen 5 clases: M, G, A, E y D.

-Las inmunoglobulinas M (abreviadamente, igM). Son los anticuerpos que producen los linfocitos B ante la primera exposición a un antígeno. Digamos que es la “respuesta primaria” del organismo (por ejemplo, ante una primera vacuna).
-Las inmunoglobulinas G (igG). Son los anticuerpos más frecuentes y se producen tras varias exposiciones a un antígeno (por ejemplo, tras la segunda dosis de una vacuna). Su producción es siempre más veloz y abundante que la primera.
-Las inmunoglobulinas A (igA). Aparecen cuando hay una invasión de microorganismos patógenos a través de membranas mucosas como la nariz, los ojos, los pulmones o los intestinos.
-Lasinmunoglobulinas E (igE). Son anticuerpos que actúan de forma inmediata produciendo incluso reacciones alérgicas agudas. Y,
-Lasinmunoglobulinas D (igD). Son anticuerpos presentes en pequeña concentración pero aún no se comprende bien su función. Actúan como receptores antigénicos.

-Los linfocitos T, por su parte, entran en el sistema linfático y se ocupan de defender al cuerpo ante las infecciones víricas así como de detectar y eliminar las células cancerosas. En todo caso debemos saber que se dividen a su vez en tres grupos:

. Las células T asesinas (también llamadas “células asesinas naturales”). Soncapaces de destruir todo alergeno que genere antígenos (es decir, cualquier sustancia que el organismo considere “extraña”: bacterias, virus, proteínas, hidratos de carbono, toxinas, células cancerosas, etc). También producen citoquinas, sustancias mensajeras que regulan ciertas funciones de los monocitos.
. Las células T colaboradoras. Ayudan a combatir los procesos infecciosos.
. Las células T supresoras. Se ocupan de anular a otros linfocitos para que no destruyan el tejido sano.
-Los monocitos. Colaboran con los glóbulos ojos para eliminar las células y tejidos muertos o dañados, en la destrucción de las células cancerosas y en la regulación de la inmunidad para eliminar los alergenos y los agentes infecciosos. Los produce también la médula ósea transformándose a las pocas horas de entrar al flujo sanguíneo en macrófagos. Aunque ejercen su actividad por todo el organismo se concentran sobre todo en los pulmones, el hígado, el bazo y las membranas que recubren las cavidades más importantes. Viven varios meses. Un número excesivo indica que puede padecerse alguna infección, cáncer, tuberculosis, algún trastorno inmunológico o alguna enfermedad hereditaria poco común.

LAS PLAQUETAS O TROMBOCITOS

Las plaquetas -o trombocitos- ayudan a la coagulación de la sangre mediante la liberación de algunas sustancias. Son también las encargadas de formar coágulos de sangre con los que taponar rápidamente las heridas cuando éstas se producen e impedir así una pérdida excesiva por hemorragia.

Las plaquetas son unas partículas parecidas a las células pero que no son propiamente tales, de menor tamaño que los glóbulos rojos y blancos y que, al igual que éstos, se producen en la médula ósea, encargada de liberarlas masivamente cuando se necesitan y que, una vez activadas, se vuelven pegajosas y se unen formando acúmulos que taponan las heridas -fenómeno conocido como hemostasia– para lo cual mutan su forma dejando de tener aspecto circular y se convierten en espinosas. También interaccionan con otras sustancias para formar hebras de fibrina que permitan formar una especie de red que haga más fácil sellar la herida.

Los medicamentos anticoagulantes, obviamente, dificultan su acción (incluido el ácido acetil salicílico o aspirina, la heparina, la warfarina o el acenocumarol, entre otros). Y otro tanto pasa con los medicamentos fibrinolíticos (como la estreptoquinasa, la uroquinasa o los activadores tisulares del plasmógeno).

En definitiva, el análisis del estado y cantidad de glóbulos rojos, blancos y plaquetas es lo que constituye la parte principal de un estudio hematológico y permite conocer bastantes parámetros de la salud de una persona pero normalmente para hacer un diagnóstico medianamente fiable se necesita complementarlo con uno de carácter bioquímico con el fin de conocer otros datos importantes (colesterol, triglicéridos, ácido úrico, glucosa, albúmina, bilirrubina…). Nos ocuparemos de ello en el próximo número. Hasta entonces.

Jorge Palafox

Este reportaje aparece en
66
Noviembre 2004
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