Análisis bioquímicos: qué, por qué y para qué

Rara vez el médico se molesta en explicarnos qué significan los datos de nuestros análisis de sangre. Por eso en el número anterior contábamos en qué consiste un estudio hematológico, prueba diagnóstica que permite conocer numerosos parámetros de la salud de una persona. Ahora bien, para hacer un diagnóstico fiable se necesita completar el hemograma con un análisis de los niveles de colesterol, triglicéridos, ácido úrico, urea, electrolitos, glucosa, bilirrubina, etc. Es decir, hay que hacer un estudio bioquímico de la sangre. Le decimos en qué consiste y cómo interpretarlo.

En el número anterior explicábamos al lector en qué consiste un hemograma que no es sino un método de diagnóstico que permite conocer los parámetros de los principales componentes de la sangre: glóbulos rojos (eritrocitos), glóbulos blancos (leucocitos) y plaquetas (trombocitos). Y también explicábamos que si bien ese estudio ofrece numerosos e importantes datos sobre nuestro estado de salud conviene complementarlo con la información que proporciona un análisis bioquímico del plasma, es decir, la parte líquida de la sangre. Pues bien, en este número explicamos las características básicas de algunas de las sustancias que se pueden incluir en un informe bioquímico de sangre dejando para el próximo el resto a fin de no sobrecargar al lector con una cantidad de datos que dificulte su comprensión.

En esta primera entrega, por tanto, hablaremos de lo que significa el nivel de proteínas séricas –la albúmina y la globulina– así como los de las distintas sustancias que se analizan para evaluar la función hepática –las transaminasas, la fosfatasa alcalina, la gamma-glutamiltranspeptidasa y la bilirrubina-, la función renal –la creatinina, la urea y el ácido úrico– y la función pancreática –las amilasas y las fosfolipasas-. Dejando para el próximo número el análisis de otros datos fundamentales como son los que aportan los niveles de colesterol, triglicéridos, glucosa, electrolitos, marcadores tumorales, nivel hormonal y hierro.

Obviamente podríamos hacer una exposición más profusa ya que se pueden evaluar tantos parámetros como sustancias componen nuestro cuerpo pero -por razones obvias- nos vamos a detener sólo en las más importantes, aquellas cuya determinación es fundamental para obtener un primer diagnóstico en gran número de patologías. Esperamos así cumplir con nuestro objetivo de ayudar al lector a comprender mejor sus análisis de sangre.

ANÁLISIS DE LAS PROTEÍNAS SÉRICAS

El nivel de proteínas en sangre es uno de los parámetros que se mide habitualmente ya que son uno de los nutrientes básicos y prácticamente todas las células del cuerpo las necesitan para desarrollar correctamente sus funciones. Así, son constituyentes de los músculos, de las enzimas, de las hormonas, de la hemoglobina y de otras sustancias clave para el organismo como las lipoproteínas (transportadoras del colesterol) y el colágeno. También el sistema inmune utiliza las proteínas para producir nuevas células. Pero es que además son el componente que contribuye de forma más significativa a que se mantenga la presión osmótica dentro del espacio vascular (y que sirve para mantener los líquidos en su interior y evitar que pasen a los tejidos). Pues bien, en condiciones normales las valores de proteínas totales en sangre deben estar entre 6 y 8 gramos por decilitro repartidos entre la albúmina (3,2-4,5 g/dl) y la globulina (2,3-3,4 g/dl).

Hay que decir que la albúmina es la proteína de mayor concentración en la sangre (en torno a un 60% de las proteínas totales) y la más importante en lo que respecta a las necesidades de las células corporales ya que transporta muchas moléculas pequeñas como la bilirrubina, la progesterona, las enzimas y los medicamentos así como los nutrientes además de mantener la presión osmótica y eliminar los productos residuales que se acumulan en las células. Se trata de una proteína que es sintetizada en el retículo endoplasmático rugoso del hígado por lo que proporciona información sobre el estado de la células hepáticas (llamadas hepatocitos). Debe saberse que cuando una enfermedad afecta a los hepatocitos éstos pierden su capacidad para sintetizar albúmina motivo por el que los niveles séricos de esta proteína empiezan a bajar de forma evidente. Pero, ¡ojo!, como la albúmina tiene una vida media de 10 a 18 días una afectación severa de la capacidad hepática para sintetizarla no se podrá diagnosticar hasta transcurrido ese tiempo. Hay que agregar que un aumento del nivel de albúmina se relaciona casi siempre con una situación de deshidratación que provoca el consecuente aumento en el contenido proteico del plasma. Tener los valores bajos suele deberse a una dieta demasiado estricta, a desnutrición o a un problema renal o hepático aunque otras condiciones temporales y no patológicas -como el embarazo- también hacen disminuir su nivel.

Por lo que se refiere a la globulina hay que decir que se trata del constituyente principal de los anticuerpos si bien su labor en el mantenimiento de la presión osmótica es menor que la de la albúmina. Sus moléculas, en cambio, son más grandes y se subclasifican en:

Alfa1 globulinas (incluyen la alfa1 antitripsina).
Alfa2 globulinas (incluyen haptoglobulinas séricas, ceruloplasmina, protrombina y colinesterasa).
Beta1 globulinas (comprenden las lipoproteínas, la transferrina, el plasminógeno y las proteínas del complemento).
Beta2 globulinas (incluyen el fibrinógeno).
Gammaglobulinas (son las globulinas inmunes o anticuerpos).

No entraremos en demasiados detalles porque son complejos de entender pero debe saber que un nivel bajo de globulinas suele deberse fundamentalmente a un problema de desnutrición o a una deficiencia en el sistema inmune. Ahora bien, conviene aclarar que algunas dolencias hacen disminuir selectivamente los niveles de albúmina mientras los de las globulinas permanecen estables o, incluso, aumentan para mantener una cantidad normal de proteínas en sangre. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de padecer lupus eritematoso, dolencia colagenovascular que hace aumentar la permeabilidad capilar. Como las moléculas de la albúmina son bastante menores que las de las globulinas aquéllas se pierden hacia el espacio extravascular mientras aumenta el nivel de globulinas y se mantiene el de proteínas totales en valores saludables.

También las enfermedades hepáticas crónicas –en las que el hígado no puede producir albúmina– presentan un nivel bajo de ésta, uno alto de globulinas y un nivel normal de proteínas totales.

PRUEBAS PARA CONOCER EL ESTADO DEL HÍGADO

Los parámetros hepáticos nos permiten saber si el hígado funciona o no correctamente. Asimismo, sirven para diferenciar un trastorno hepático crónico de uno agudo y también pueden diferenciar, por ejemplo, una hepatitis de una colestasis (alteración en la formación de bilis u obstrucción de los conductos biliares). Para ello se analizan primordialmente los niveles de enzimas hepáticas y de bilirrubina. Veámoslo.

1) Las enzimas hepáticas. Básicamente hay dos tipos:

a) Las transaminasas. Son también dos: la alaninoaminotrasferasa otransaminasa glutámico purínica (reseñadas en los análisis como ALT o GPT por sus siglas en inglés) y la aspartatoaminotransferasa otransaminasa glutámico oxalacética(AST o GOT en inglés). Estas enzimas pasan a la sangre cuando existen daños en las células hepáticas.

Cabe agregar que la GPT es un indicador más específico de disfunción en el hígado mientras la GOT es más inespecífica ya que también se localiza en el músculo cardiaco y esquelético, en el riñón, en el cerebro, en el hígado, en el páncreas y en los pulmones y, por tanto, puede indicar lesiones en cualquiera de esos órganos.

En cuanto al contenido en sangre de GPT y GOT se considera normal encontrar entre 5 y 30 U/L (unidades por litro) de la primera y entre 5 y 40 U/L de la segunda. El hecho de que las cifras de la GOT sean elevadas normalmente indica que ha habido destrucción celular. De hecho, este parámetro se utiliza como indicador de lesión cardiaca ya que los análisis en serie de la GOT permiten determinar la cronología y resolución del infarto de miocardio. Y es que la GOT se eleva entre las 6 y las 10 horas posteriores al infarto alcanzando su cifra máxima a las 12-48 horas y normalizándose a los 4 días. Si después de esos días su nivel sigue siendo elevado suele indicar que la situación no mejora.
Por otro lado, si los que aparecen elevados son los valores dela GPT –cuya principal misión es la fabricación de glucosa- puede ser síntoma de cirrosis hepática, hepatitis, enfermedades renales agudas, cáncer de hígado, necrosis hepática o pancreatitis aguda, entre otras dolencias.
En caso de daño hepático severo -como en una hepatitis viral aguda- las transaminasas pueden estar elevadas hasta más de 1.000 U/L y el diagnóstico es claro pero aumentos leves o moderados de una u otra son no específicos y pueden estar causados por multitud de situaciones que aquejan al hígado por lo que es necesario hacer pruebas complementarias para valorar esas cifras.

b) El otro grupo de enzimas hepáticas incluye la fosfatasa alcalina y la gamma-glutamil transpeptidasa (GGT por sus siglas en inglés) cuyos valores en sangre se incrementan en una gran cantidad de trastornos que afectan al drenaje de la bilis y que, por tanto, indican obstrucción del sistema biliar, ya sea en el propio hígado o en los canales de la bilis que se encuentran fuera de dicho órgano.

Es muy común que ambas enzimas se analicen al mismo tiempo y se empleen como pruebas complementarias. Por ejemplo, como la fosfatasa alcalina puede hallarse también en otros órganos como el hueso –su principal fuente extrahepática-, la placenta y el intestino se utiliza el análisis de la GGT como prueba suplementaria para asegurarse de que el incremento de la fosfatasa alcalina se debe a un problema del hígado o del sistema biliar ya que la GGT no aparece incrementada en enfermedades de huesos, placenta o intestinos.

Por tanto, la gamma-glutamiltranspeptidasa es una enzima más específica del hígado aunque lo cierto es que también se produce en el páncreas y está presente en bazo y riñones. Esta enzima participa en el transporte de aminoácidos y péptidos a través de las membranas celulares y en el metabolismo del glutation, otra enzima de alta concentración en riñones, conductos biliares e hígado.

Debemos explicar que aunque esta prueba se utiliza para detectar disfunciones en el hígado y en los conductos biliares se considera que discrimina mal qué dolencia está afectando al hígado por lo que se hace necesario combinar esta prueba con la realización de análisis de otros marcadores hepáticos como la fosfatasa alcalina (la elevación de GGT y de fosfatasa alcalina sugieren que hay una enfermedad hepatobiliar importante).

Lo que sí determina con exactitud es la presencia de colestasis, una dolencia que revela la obstrucción al paso de la bilis por presencia de algún tumor o cálculo en el hígado o en el páncreas. Es también muy sensible a la ingesta de alcohol ya que se eleva con rapidez incluso ingiriendo pequeñas cantidades por lo que es muy útil para evaluar pacientes alcohólicos y para detectar si una persona ha bebido.

Se consideran valores normales en sangre los que están entre 5 y 27 UI/L (unidades internacionales por litro) en el caso de las mujeres y entre 8 y 38 UI/L en el de los hombres. Si los valores son superiores pueden ser síntoma de colestasis, alcoholismo, insuficiencia cardiaca congestiva, cirrosis, isquemia hepática, hepatitis o tumor en el hígado.
La fosfatasa alcalina es una enzima presente en todos los tejidos aunque las concentraciones más altas se hallan en el hígado, los conductos biliares, la placenta, el intestino y los huesos. Esta enzima –que es la más sensible a los problemas hepáticos producidos por tumores con metástasis- se compone además por una gran variedad de isoenzimas con leves diferencias en sus estructuras que se encuentran en distintos tejidos. Así, por ejemplo, en el laboratorio es posible cuantificar de forma separada las isoenzimas de fosfatasa alcalina del hueso, del hígado, del intestino, etc., para así diferenciar mejor la ubicación del tejido dañado o enfermo en el organismo. También se emplea para –mediante la prueba de termoestabilidad- identificar las isoenzimas y diferenciar las enfermedades hepáticas de las óseas (las isoenzimas hepáticas son termoestables mientras que las óseas son inactivadas por el calor).
Sus valores medios en un adulto se sitúan entre 20 y 130 unidades internacionales por litro de sangre pero es perfectamente normal encontrar cantidades elevadas de esta enzima cuando las células que forman el hueso están muy activas, ya sea en los niños en pleno crecimiento, en situaciones en las que esté sanando un hueso fracturado o cuando alguna enfermedad causa la producción anormal de tejido óseo. También durante el embarazo –por la producción placentaria- puede incluso triplicar su valor normalal final del primer trimestre y se normaliza seis semanas después del parto.

2) El otro indicador importante es la bilirrubina, enzima producida por el hígado y excretada por la bilis por lo que su examen sirve para determinar si la persona padece obstrucción del flujo biliar o problemas hepáticos.

El metabolismo de la bilirrubina comienza con la descomposición de los glóbulos rojos defectuosos o dañados por parte de unas células especializadas que son los macrófagos. Dentro de estas células del bazo se metaboliza la hemoglobina que portan los eritrocitos y se descompone en sus distintas partes. Y a partir de una de esas partes -las proteínas del grupo hemo- se forma biliverdina y ésta se transforma en bilirrubina que es liberada a la sangre y que, para su transporte a través de ésta, se une a la albúmina. Una vez que llega al hígado una parte de la bilirrubina se separa de la albúmina y se conjuga –es decir, se liga químicamente- al ácido glucurónico antes de pasar a la bilis y dirigirse al intestino. Allí las bacterias intestinales metabolizan la bilirrubina conjugada, la descomponen y la transforman en una serie de pigmentos que son los que dan su característico color a las heces, vía por la que, como decimos, se excretan la bilis y la práctica totalidad de los 250 mg de bilirrubina que aproximadamente genera al día nuestro organismo.

Hay que aclarar que cuando llega al hígado una parte de la bilirrubina se une con el ácido glucurónico pero otra permanece en el mismo estado en el que llegó a dicho órgano (es decir, unida a la proteína albúmina). En el primer caso hablamos de bilirrubina conjugada o directa y en el segundo de bilirrubina no conjugada o indirecta. Ambas constituyen la bilirrubina sérica total. En el suero se determinan químicamente las bilirrubinas total y directa y se calcula la indirecta por diferencia. Pues bien, se considera que son valores normales los siguientes:

Bilirrubina total: 0.3 a 1.0 mg/100 ml.
Bilirrubina conjugada o directa: 0.1 a 0.3 mg/100 ml.
Bilirrubina no conjugada o indirecta: menor de 1 mg/ml.

Un aumento en la concentración del tipo indirecto se puede observar en dolencias que acorten la vida o destruyan masivamente los glóbulos rojos, como se observa, por ejemplo, en las anemias hemolíticas.

La total puede aumentar por ayuno, por dietas muy rigurosas, por hipertiroidismo, durante el periodo menstrual o durante actividades físicas muy enérgicas.

En suma, tales son las pruebas que con más frecuencia se emplean para determinar el buen estado de las funciones hepáticas y biliares aunque, si lo considera oportuno, el médico puede solicitar del laboratorio que examine otros parámetros como:

-Un examen del tiempo de protrombina. Es decir, el tiempo que emplea la sangre en coagular. La coagulación de la sangre requiere vitamina K y protrombina, una proteína que fabrica el hígado. Por tanto, una ralentización anormal en la coagulación puede ser un indicador de daño en los hepatocitos o de obstrucción del flujo biliar.
Un examen de la nucleotidasa. Se trata de una enzima específica del hígado que aparece elevada en las personas con enfermedades hepáticas, especialmente en las asociadas con la colestasis.
Un examen de los anticuerpos mitocondriales. Su presencia puede indicar hepatitis crónica activa, cirrosis biliar primaria y algunos trastornos autoinmunes.

PRUEBAS PARA CONOCER EL ESTADO DE LOS RIÑONES

Para saber si hay algún problema en los riñones se miden básicamente los niveles de creatinina, urea y ácido úrico. Cuando los niveles de los dos primeros son elevados es señal de que hay alguna disfunción y/o una deshidratación grave. Cuando lo que está alto es el ácido úrico o bien hay una deficiencia renal u otros problemas, como inflamaciones. Pero veámoslo más despacio.

-La creatinina es un producto de desecho de la creatina, elemento orgánico que a su vez se deriva de los aminoácidos arginina, glicina y metionina que el cuerpo fabrica en el hígado, los riñones y el páncreas aunque también pueden obtenerse con una dieta rica en carne o pescado. Es decir, la creatinina es un desecho que llega a la sangre con motivo de las reacciones químicas que tienen lugar al accionar los músculos durante la actividad física cotidiana siendo los riñones los encargados de retirarla del torrente sanguíneo y expulsarla del cuerpo a través de la orina. El problema surge cuando los riñones no funcionan correctamente y entonces la creatinina se acumula en la sangre (lo que el análisis revela al dar valores elevados). ¿Y cuál es el nivel “normal” de creatinina? Pues depende de la masa muscular. Lo normal es que un adulto tenga entre 0,6 y 1,2 miligramos por decilitro. Por tanto, si la concentración es superior a 1,2 es señal de que los riñones no funcionan a su máxima capacidad. Y si esa concentración llega a 1,4 mg/dl puede inferirse que la función está disminuida en un 50%. Ahora bien,  debe tenerse en cuenta que el aumento de creatinina también puede deberse a un cambio en la musculatura corporal, bien porque un músculo se haya roto o esté dañado, bien porque el individuo presente una gran masa muscular (es el caso de los culturistas). Pero lo común, como decimos, es que una concentración elevada de creatinina en plasma indique que existe un problema renal. Normalmente indica una mala filtración glomerular. ¿Y qué son los glomérulos renales? Pues los glomérulos (palabra procedente del griego que significa “filtrar”) son unos pequeños “ovillos” situados en los riñones en los que se filtra la sangre (se estima que en cada riñón puede haber en torno a un millón). ¿Y cómo asegurarse de que el aumento de creatinina en sangre puede deberse a una disfunción de los glomérulos renales? Pues mediante una prueba suplementaria que se conoce como “eliminación de la creatinina” que mide la cantidad de orina excretada durante 24 horas –y, por tanto, la velocidad con que los riñones retiran la creatinina de la sangre- y que se expresa en mililitros por minuto. Se considera que la situación es normal cuando las cifras se sitúan entre 100 y 130 ml/min (mililitros por minuto) por lo que si en el análisis aparecen valores más bajos es que los glomérulos están filtrando menos de lo debido y hay que tratar el problema.

-La  urea(o nitrógeno ureico) es la sustancia a través de la cual el organismo expulsa principalmente el exceso de nitrógeno que resulta de la metabolización de las proteínas. El proceso es simple: cuando ingerimos un alimento sus proteínas se descomponen en aminoácidos y éstos, a su vez, liberan el nitrógeno que contienen en forma de amoniaco (o ión amonio). Hablamos de un compuesto muy tóxico que en las mitocondrias de las células del hígado se combina con una molécula de ornitina -un alfaminoácido- y otra de anhídrido carbónico (CO2) para formar citrulina. Luego, a la citrulina se une un segundo grupo de aminoácidos derivados del aspartato y forman arginina que es hidrolizada produciendo la urea que pasa a la sangre, llega a los riñones y es expulsada a través de la orina. Pues bien, un nivel de urea en sangre de más de 20 miligramos por decilitro indica normalmente un mal funcionamiento de los riñones debido a una dieta excesivamente rica en proteínas, a que el cuerpo está deshidratado, a que existe insuficiencia cardiaca o aalguna disfunción del hígado.

-El ácido úrico, por último, es el producto final del metabolismo de las nucleoproteínas o purinas, que son partes constituyentes de los ácidos nucleicos ADN y ARN. Se forma a partir de la acción sobre ellas de otro producto llamado xantina generado, a su vez, por la actividad de la enzima xantinooxidasa. El ácido úrico se produce en el hígado y su cantidad en sangre depende básicamente de la síntesis y catabolismo endógeno de las purinas –contenidas en los tejidos y que se vuelcan en la sangre cuando éstas se descomponen- y de la ingesta de purinas exógenas (a través de la alimentación). Cabe agregar que la mayor parte del ácido úrico se excreta por los riñones a través de la orina.

Pues bien, la cantidad normal de ácido úrico en sangre está entre 3,5 y 6 mg/dl en el caso de los hombres y entre 2 y 5 mg/dl en el de las mujeres. Si el análisis da cifras por encima de esos valores lo adecuado es que el médico solicite pruebas más exhaustivas para descartar un problema renal (el síntoma sería la incapacidad de los riñones para excretar el ácido úrico) o que aclaren por qué se está produciendo la destrucción masiva de tejidos en el cuerpo (las células contienen purinas y éstas pasan a la sangre cuando aquéllas se destruyen en cantidades importantes), algo que ocurre, por ejemplo, en caso de cáncer.

El exceso de ácido úrico puede dar lugar a la artritis úrica -la popular “gota”- que no es sino una sedimentación de cristales de urato monosódico en el tejido de las articulaciones. Depósito que suele dar lugar a episodios de artritis aguda, bursitis y tenosinovitis recurrentes y cada vez más frecuentes y prolongados que pueden llegar a hacerse crónicos.

Cuando el nivel de ácido úrico es superior a 7 mg/dl se habla de hiperuricemia. Y su causa puede ser exógena -es decir, de origen externo por la ingesta de alimentos particularmente ricos en nucleoproteínas (carnes rojas, vísceras de animales, embutidos, mariscos, frutos secos…) y por ello productores de abundante ácido úrico- o endógena -debida a la alteración del metabolismo de las purinas del cual el ácido úrico constituye el producto final.

En todo caso, independientemente de cuál sea el origen de la hiperuricemia es imprescindible controlarla y mantener los niveles de ácido úrico en niveles no perjudiciales para la salud ya que, mantenida en el tiempo, puede dar lugar no sólo a un doloroso ataque de gota sino a la afectación de diversos órganos del cuerpo por depósito de ácido úrico en sus tejidos (el más sensible a este respecto es el riñón donde pueden formarse cálculos) e, incluso, a infartos. Así pues, será necesario optar por una dieta adecuada que limite las purinas y el alcohol. De esa forma será más fácil mantener el ácido úrico en niveles saludables… y neuroprotectores ya que, según un estudio publicado en el 2002 por el Instituto Clínico de Enfermedades del Sistema Nervioso del Hospital Clínico de Barcelona, el ácido úrico es un antioxidante natural por lo que combate el exceso de radicales libres en el cerebro que tan perjudiciales son en casos de infarto cerebral de tal forma que un aumento de un miligramo de ácido úrico por cada decilitro de plasma es capaz de mejorar en un 12% el pronóstico del ictus.

PRUEBAS DE LA FUNCIÓN PANCREÁTICA

Para evaluar la función del páncreas, diagnosticar la posible presencia de alguna enfermedad que le afecte o bien para controlar su evolución si es que ya está diagnosticada se emplea el análisis de la amilasa en suero. También ayuda en el diagnóstico y seguimiento de cánceres de ovarios o pulmones, problemas de la vesícula biliar o paperas aunque principalmente es un parámetro de la función pancreática.

La amilasa es una enzima que hidroliza los enlaces de glucógeno y almidón para, así, facilitar su digestión. Se produce principalmente en las glándulas salivares y en el páncreas de tal forma que cuando éstas –las glándulas salivares o el páncreas- se inflaman por alguna causa la amilasa se escapa hacia el torrente sanguíneo y aparece elevada en un análisis de sangre. De hecho, cuando hay lesión del páncreas la amilasa sérica tarda apenas unas horas en mostrarse elevada (la normalidad se establece en torno a entre 30 y 220 unidades por litro). Si pasadas 48 horas sus valores no han vuelto a los niveles considerados normales se ha de pensar en una lesión pancreática importante. Y si en algún momento llega a situarse tres veces por encima de lo normal puede sospecharse que se sufre pancreatitis.

Eso sí, aunque los niveles séricos de amilasa se usan como método de diagnóstico lo cierto es que tiene importantes limitaciones por lo que se suele complementar su análisis con otras pruebas ya que incluso se conocen casos de pancreatitis graves en personas que tenían niveles normales de amilasa.

Una de esas pruebas es la de las enzimas fosfolipasas. Existen varios tipos de fosfolipasas pero las del Grupo I o pancreáticas se producen en el páncreas pero también en el bazo -concretamente en los macrófagos y leucocitos- y se pueden localizar en hígado, pulmones y riñón además, claro está, de en el suero sanguíneo. Estas enzimas se encargan de la digestión de los fosfolípidos e intervienen en procesos tan importantes como la contracción de la musculatura lisa y en la proliferación y migración celulares. Se considera que son más sensibles y más específicas de pancreatitis que la amilasa. Lo común, pues, es que para la determinación de una enfermedad que afecte al páncreas se analicen estas dos enzimas de forma complementaria.

OTROS PARÁMETROS

Hasta aquí el primero de los dos textos que vamos a dedicar a los análisis bioquímicos de la sangre. Sepa en cualquier caso que los valores y niveles considerados como “normales” pueden variar de unos laboratorios a otros por lo que le sugerimos consulte al médico a la hora de interpretar lo que reflejan sus análisis. En el próximo número hablaremos de los niveles de colesterol, triglicéridos, glucosa, electrolitos y hierro además de analizar otras pruebas más específicas como la de los marcadores tumorales y la del nivel de hormonas. Hasta entonces.

L. J.

Este reportaje aparece en
67
Diciembre 2004
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