Niegan que los radicales libres provoquen enfermedades que se puedan tratar con antioxidantes

Un equipo de investigadores dirigido por Anthony Segal, miembro del Centro de Medicina Molecular del Departamento de Medicina del University College de Londres, asegura que la teoría de que el exceso de radicales libres es la causa de diversas enfermedades no se sostiene. Y que, por tanto, la fabricación de fármacos con antioxidantes para combatirlos carece de sentido. Añadiendo que lo que hay que hacer es buscar nuevos tratamientos que regulen las enzimas producidas por la parte más numerosa de los leucocitos: los neutrófilos. Segal agrega: “Habría que reconsiderar las teorías que actualmente explican la aparición de algunas enfermedades”.

El término “antioxidante” se ha convertido en el nuevo ¡Ábrete Sésamo! del mundo de la salud. Gracias a los productos antioxidantes, por ejemplo, la industria de los suplementos facturó el pasado año, sólo en Estados Unidos, ¡más de 650 millones de euros! Y es que para muchos resultan una apuesta por la salud más barata que los fármacos y con menos problemas colaterales. Hasta el punto de que por eso la industria alimentaria ha decidido apostar por la nueva etiqueta para fomentar la venta de muchos de sus productos. Y lo cierto es que parece sólo el principio…

Los antioxidantes, tal y como nos los presentan, son la solución natural a los daños producidos en nuestro organismo por los radicales libres -causa de múltiples enfermedades y de la vejez-, moléculas producidas de forma natural en las reacciones metabólicas que nuestro organismo lleva a cabo para obtener la energía necesaria para su supervivencia. De hecho, cada vez son más los estudios que nos hablan de sus beneficios y no son ya pocos quienes, llevados por cierto vampirismo comercial, tratan de presentarlos como un bálsamo para todo capaz incluso de sustituir a una dieta equilibrada.

EL OXÍGENO, AMIGO MORTAL

Lo cierto es que, al igual que la fruta que se queda al aire libre, nuestro organismo también se oxida. La oxidación es un proceso inherente a la vida. Necesitamos oxígeno para vivir y ese oxígeno no es inocuo. Todos hemos notado su efecto en metales, madera y piedras que están expuestos al aire. Una simple observación nos permite constatar que la mantequilla, aunque esté en el frigorífico, va cambiando su capa externa con el paso del tiempo. Se hace más oscura, huele de forma distinta y sabe diferente. Simplemente se oxida de forma gradual por culpa del oxígeno. Bueno, pues esa alteración que se produce con el paso del tiempo es lo que se intenta evitar con los productos llamados antioxidantes. Porque esa degradación que vemos a diario con nuestros propios ojos en el exterior… se produce también en nuestro interior con el oxígeno que inhalamos.

El oxígeno representa, pues, la gran paradoja de la evolución. Y es que gracias a él tienen lugar en el interior de la célula complejos procesos -conocidos como beta-oxidación, glicolisis, ciclo de Krebs y respiración celular- que permiten la liberación de la energía contenida en los alimentos que después se destina a la fabricación de nuevas moléculas indispensables para las funciones vitales. Un delicado proceso en el que se produce un fenómeno bioquímico de intercambio de electrones que da lugar a la aparición de los “radicales libres”, moléculas inestables que resultan especialmente dañinas porque se caracterizan por tener en su estructura atómica un electrón desaparejado y necesitan buscar alguno que incorporar en el entorno para encontrar el equilibrio. Lo que logran robándolo de alguna molécula cercana con lo que, a su vez, ésta queda desparejada –se convierte en un radical libre- y hace lo mismo. Iniciando así una reacción en cadena que puede llevar al deterioro de la estructura de las células adyacentes.

Obviamente, si ese proceso no se neutralizara podría llegar a provocar lesiones graves en nuestros tejidos y órganos. Claro que nuestro organismo se ha dotado a lo largo de la evolución de los mecanismos necesarios para neutralizar los radicales libres que se forman en el proceso metabólico. Hablamos de enzimas antioxidantes naturales como el superóxido dismutasa (rica en cobre, zinc y manganeso), la glutation peroxidasa (rica en selenio) y la catalasa. El problema es que, además de los radicales libres que se producen durante el proceso de metabolización de los alimentos el ser humano debe luchar también con otro buen número de radicales libres de procedencia exterior: el ozono, los pesticidas, la contaminación ambiental, el humo del tabaco, los tóxicos químicos que hay en los alimentos… Y hay casos en que puede ser necesario complementar nuestra producción natural de antioxidantes merced a una dieta nutritiva y equilibrada con la ingesta dealgunos nutrientes cuya capacidad antioxidante hoy conocemos bien. Es el caso de los polifenoles, los flavonoides, los iridoides, las vitaminas C y E, el betacaroteno, la cisteína, la taurina, la coenzima Q10, el zinc, el manganeso, el hierro, el selenio o el cobre. Sustancias todas ellas ampliamente presentes en las frutas, verduras, legumbres y frutos secos así como en otras sustancias naturales. El problema es que con el actual tipo de alimentación la mayoría de la gente no consume suficientemente esos productos y recurre a los suplementos en lugar de modificar sus hábitos alimenticios. Eso explica que la sociedad norteamericana, sin duda una de las que tiene peores hábitos alimenticios en todo el mundo, sea la que más se gasta en suplementos antioxidantes.

En suma, el binomio radicales “libres–antioxidantes” como sinónimo de “enfermedad–salud” se ha consolidado en la literatura científica a lo largo de los últimos años y nadie parece poner ya en duda que ciertas enfermedades se producen en presencia de radicales libres e, incluso, que sean éstos los que directamente las causan. Sin embargo, ese dogma sólidamente establecido entre los científicos acaba de ser cuestionado por un equipo delUniversity College de Londres coordinado por Anthony Segalen un trabajo sobre el funcionamiento defensivo de los neutrófilos frente a las bacterias y otros microorganismosque bajo el tíulo The large-conductance Ca2+– activated K+ channel is essential for innate immunity acaba de ser publicado en Nature.

EL SISTEMA DEFENSIVO DE LOS NEUTRÓFILOS

Empecemos aclarando que esos investigadores no niegan que los radicales libres sean perjudiciales. De hecho, admiten que hay dolencias en las que está perfectamente documentada que una producción insuficiente de enzimas antioxidantes para combatir los radicales libres puede ser causa de diversas patologías. Eso explica además la aparición de lesiones entre quienes reciben radioterapia y quimioterapia o están expuestos a algunos herbicidas pues está constatado que producen numerosos radicales libres. Lo que su trabajo pone de manifiesto es que a pesar de que los radicales libres son negativos no son causa de tan gran cantidad de enfermedades. A su juicio estarían cargando con la culpa de otros por el simple hecho de que hasta el momento los investigadores no han podido –o no han sabido- mirar más allá. Y es que examinando el funcionamiento del sistema defensivo de los neutrófilos los investigadores británicos creen haber encontrado las pruebas de que los radicales libres quizás sean compañeros de banda pero no los “ejecutores”. Y si es así seguir construyendo todo un edificio de culpabilidades sobre ellos supondría, según Segal y sus colegas, perder un tiempo precioso y unos fondos irrecuperables que podrían ser invertidos en otras líneas de investigación.

Hay que explicar que las primeras pruebas que apuntaron al carácter “letal” del oxígeno se aportaron en 1933 en un estudio sobre la fisiología de los neutrófilos publicado en American Journal of Physiology. Según esa investigación los neutrófilos consumen mucho oxígeno cuando fagocitan a las bacterias y se muestran ineficaces cuando el oxígeno no está presente. Así que todas las miradas se volvieron hacia los procesos que tenían que ver con la reducción del oxígeno y enseguida se encontraron los radicales libres. “En la década de los 50 del pasado siglo XX–nos diría Segal cuando le entrevistamos- los químicos expertos en radiación se interesaron en los radicales libres porque se encontraban presentes en la radioterapia contra el cáncer. En los años sesenta se descubrió que los neutrófilos producían grandes cantidades de superóxido -un radical libre basado en el oxígeno- cuando fagocitaban las bacterias. Y vieron que la producción de ese superóxido es necesaria para eliminar microbios. De esa manera se asumió que el propio superóxido, o uno de los productos derivados de su acción, mataba al microbio. Entonces se pensó que si el superóxido era lo bastante tóxico como para matar microbios también lo sería para causar daños en los tejidos normales. Y a partir de ese momento se asumió que los radicales libres dañaban los tejidos sanos en una amplia variedad de enfermedades como la artritis, la arteritis, la inflamación del intestino y muchas otras… entendiendo que ocurría así porque los neutrófilos se acumulaban en los tejidos y por esa causa éstos enfermaban. De ahí que se supusiera a continuación que esas dolencias podrían prevenirse y/o tratarse con antioxidantes. Incluso se arguyó que podían retrasar el envejecimiento. Y todo eso se coligió basándose en los estudios iniciales sobre la actividad de los neutrófilos. Pues bien, el trabajo que acabamos de efectuar demuestra que todo eso es incorrecto y que la producción de superóxido sólo esta asociada con los mecanismos que son responsables de la muerte de las bacterias pero no es responsable en sí misma de la muerte de los mismos. Así que todas las teorías basadas en esa asunción se han quedado sin fundamento”.

Dicho de otra forma, el trabajo de Segal y sus compañeros -publicado en Nature y, por tanto, de incuestionable rigor científico- concluye que los neutrófilos nos defienden de las infecciones e invasiones de diferentes agentes externos usando una vía desconocida… hasta hoy. Porque según Segal, ante una contaminación bacteriana -como las de los estafilococos o las cándidas, las responsables reales de la defensa son unas proteasas -enzimas que destruyen proteínas- acumuladas en los gránulos de los neutrófilos.

En los glóbulos blancos –nos explicaría Segal- el sistema que produce el superóxido se activa cuando se “comen” las bacterias. Y ese sistema bombea potasio al compartimiento que contiene el microbio. Bueno, pues el paso del potasio ajusta la alcalinidad del ambiente y también activa las enzimas que son liberadas alrededor del microbio desde los gránulos del interior de la célula”. Es decir, que aunque se producen radicales libres… es la liberación de potasio en el espacio de alrededor del microbio invasor el que activa las enzimas que llevan a su destrucción. Lo que le lleva a asegurar algo que sin duda va a hacer rechinar a los médicos y a las compañías farmacéuticas: “Yo no creo pues –afirma- que haya ventaja alguna en tomar antioxidantes adicionales o vitaminas en los casos de aquellas personas que llevan una dieta normal. Podría ser incluso dañino. Y tampoco creo que el desarrollo de medicamentos antioxidantes sea beneficioso en ninguna de las enfermedades humanas comunes. De hecho, pienso que muchos pacientes quizás estén usando caros medicamentos antioxidantes basados en teorías completamente inválidas ya acerca de su potencial terapéutico”.Y añade: “Todas las teorías que relacionan la causalidad de la enfermedad con los radicales libres y el valor terapéutico con los antioxidantes deben, al menos, revaluarse”. Y concluye afirmando sin pelos en la lengua: “La industria farmacéutica se ha gastado inútilmente centenares de millones de libras persiguiendo el fantasma de la actuación de los radicales libres en la causa de muchas enfermedades”.

Ahora bien, que semejantes conclusiones se desprendan directamente de su trabajo es discutido por algunos bioquímicos. Porque el trabajo del equipo de Segal provoca casi más preguntas que respuestas. Además no pueden ignorarse otras investigaciones de similar rigor que muestran cómo un incremento de las especies reactivas de oxígeno conducen a un daño celular e, incluso, a la muerte celular. Y hay otros estudios que avalan la mejoría de ciertas patologías con el consumo de antioxidantes.

Parece claro, desde luego, que los radicales están asociados al estrés oxidativo de la célula y éste al daño celular con lo que aunque no sean responsables de la muerte directa en el momento en que se producen evidentemente alguna función tienen; aunque puede que no necesariamente patológica quizás participen en la activación o inhibición de diferentes cascadas de señales enzimáticas. Richard Ley, de la Asociación de la Industria Farmacéutica Británica, interrogado sobre el trabajo de Segal, declararía en la BBC: “Todas las medicinas tienen que probar su efectividad a la autoridad reguladora gubernamental por lo que si han obtenido una licencia no puede ser que no estén teniendo efectos. Otra cosa es que lo que Segal esté diciendo es que sea útil estudiar también otra línea de actuación”.

Está claro que Segal y sus colegas sugieren nuevas líneas de trabajo y afirman que en el futuro la investigación debería enfocarse menos en los radicales libres y mucho más en los mecanismos liberadores de enzimas capaces de digerir proteínas. Y lo mismo opinan quienes están en la vanguardia de la investigación sobre los beneficios de los antioxidantes. Peter Zandi –jefe de investigación del equipo de Salud Mental de la John Hopkins University-, que acaba de publicar en Archives of Neurology uno de los últimos estudios sobre los beneficios de los antioxidantes para combatir el Alzheimer, reaccionaba al trabajo de Segal con amplitud de miras: “Como científico -afirmaría- pienso que es apropiado que no sólo seamos escépticos ante las teorías de los demás sino también ante las nuestras. Nuevas perspectivas, como el trabajo presentado por el Dr. Segal, sirven para avivar el debate científico ya que creo que su trabajo es interesante y merece toda la consideración. Lo único que tengo claro es que precisamos más investigación antes de que podamos saber con seguridad qué papel juegan los radicales libres en el Alzheimer”. Zandi y su equipo creen que las personas que consumen dosis regulares de vitaminas E y C tienen un estilo de vida más saludable en general y menos posibilidades de padecer Alzheimer. Y creen que los suplementos de antioxidantes pueden constituir un método preventivo ideal frente a los daños cerebrales por su baja toxicidad y amplios beneficios. Es más, Zandi considera los resultados obtenidos por su equipo como “extremadamente emocionantes”. “Nuestro estudio –explica- sugiere que el consumo regular de vitamina E en las dosis más altas disponibles en los suplementos vitamínicos, conjuntamente con vitamina C, puede disminuir el riesgo de desarrollar Alzheimer”.

En suma, sea porque interfieren en la acción destructora de los radicales libres sobre las neuronas o porque ayudan a interferir un código de señales aún no descifrado que finaliza con una orden a una molécula misteriosa para que deteriore las células -las neuronas en el caso del Alzheimer- la relación entre enfermedad y radicales libres parece innegable. La gran aportación de Segal y su equipo ha sido encender otra luz sobre la investigación para tratar de explicar ciertos fenómenos que antes se atribuían a los radicales libres y a los antioxidantes, y que pudiera ser que tuvieran más explicaciones.

EL RESVERATROL Y LA PARADOJA FRANCESA

Hay que añadir que la formulación de los británicos parece encontrar respaldo práctico en los estudios realizados con un polifenol antioxidante llamado resveratrol presente en diferentes vegetales, entre ellos las uvas. Durante años nadie entendió por qué los franceses que se alimentan con una dieta rica en comidas grasas tienen una incidencia un 30% menor en enfermedades del corazón que los norteamericanos. Los médicos norteamericanos no podían entender por qué sólo un 7% de los adultos franceses son obesos mientras ese porcentaje es del 22% entre los norteamericanos. El fenómeno, conocido como “la paradoja francesa”, se descubrió en los años setenta pero ocupó las primeras páginas de los medios de comunicación a raíz de su tratamiento en un popular programa de televisión en 1991. Y a partir de ese momento se pusieron en marcha varios estudios para encontrar la solución a la paradoja.

Pues bien, en 1992 los investigadores Siemann -de Estados Unidos- y Creasy -de Nueva Zelanda- publicaron un trabajo publicado en el Diario Americano de Enología y Viticultura explicando que el resveratrol y una fitoalexina -molécula que protege las plantas de las enfermedades- de la vid protegen de las enfermedades coronarias y otras patologías relacionadas con el envejecimiento. Y en 1997 un grupo de científicos de la Universidad de Illinois dirigido por John Pezzuto encontró que el resveratrol actúa como potente agente anticancerígeno en los ratones.

Se pensó que era por tanto su acción como antioxidante la que confería a este polifenol sus extraordinarias cualidades pero en realidad, según dice Segal, la conclusión fue prematura y la investigación, como si de una cebolla se tratara, tenía todavía más capas que retirar. Si los estudios se hubieran detenido ahí a estas alturas se seguiría hablando únicamente de los beneficios antioxidantes de ese polifenol. Sin embargo, en el 2003 investigadores de la Universidad de Harvard y deBiomol -una compañía privada de Filadelfia- descubrieron que el resveratrol es capaz de alargar la vida de la levadura, las lombrices intestinales y las moscas de la fruta usados como modelos de laboratorio del envejecimiento humano y prevenir ciertas enfermedades. Resulta que después de pruebas con cientos de pequeñas moléculas para determinar cuál podía contribuir a extender la vida de la levadura descubrieron que el resveratrol era la más potente ya que prolongaba la vida de la levadura en un 70%. Sólo que descubrieron que la clave no estaba en su capacidad antioxidante sino en la de estimular una clase de proteínas llamadas sirtuin capaces de controlar ciertas enzimas que pueden inhibir algunos genes, estimular otros y reparar el ADN dañado mientras mantienen vivas las células y prolongan la vida del organismo. A raíz de esta investigación varios laboratorios consiguieron demostrar que ese aumento de vida en algunos organismos se producía además con una restricción total de la ingesta de calorías acompañada de la intervención de la familia de proteínas sirtuin en el aumento de la respiración celular, el proceso en el que se usa oxígeno para convertir las calorías en energía.

Pero todavía hay más “capas”. A principios de este año se conoció que científicos de la John Hopkins University y de la Universidad de Wisconsin han descubierto que la proteína llamada Sir2 de la familia sirtuin -presente en las células de casi todos los seres vivientes- tiene una nueva función que podría ayudar a explicar cómo la restricción de calorías puede aumentar la expectativa de vida de algunos animales. Estudiando las bacterias, el equipo Hopkins-Wisconsin ha descubierto la respuesta: las proteínas sirtuin controlan la enzima que convierte el acetato, una fuente de calorías, en acetyl-CoA, un componente importante de la respiración celular y, por tanto, de la producción de energía. “Las sirtuins participan activamente en la conservación de la especie pero esta es una habilidad de la proteína nunca antes descrita”, afirma Jef Boeke, profesor de Biología Molecular y Genética en el Instituto para las Ciencias Biomédicas Básicas del Johns Hopkins. “Si los sirtuins modifican esta enzima en otros organismos activando la producción de acetyl-CoA –añade- esto podría ayudarnos a explicar por qué restringiendo fuentes regulares de calorías -los azúcares y grasas- aumenta la expectativa de vida en muchos tipos de organismos”.

Es decir, al parecer no es la lucha con los radicales libres del polifenol antioxidante resveratrol -presente en las uvas o el vino tinto- la principal causa de la mejor calidad de vida de los franceses… o, al menos, no sólo eso. La apasionante investigación seguida nos permite entender mejor que justificar las cualidades beneficiosas para la salud de este polifenol por su condición de antioxidante quizás resultara una simplificación producto de un momento concreto de la investigación que ha sido sucesivamente superada.

Claro que a los franceses y a aquellos que consumen con moderación vino tino puede que igual les de que su mejor calidad de vida sea debida a los polifenoles como antioxidantes o como desencadenantea de reacciones enzimáticas. Pero, como dijo aquel, lo importante es que funcionen; y funcionar, funcionan.

MUCHO QUE HACER

En definitiva, mientras a la comunidad científica se le abren nuevos horizontes sobre el funcionamiento enzimático de los antioxidantes es preciso reconocer que aún queda mucho por descubrir hasta conseguir saber cómo actúan en cada caso. Tampoco existe unanimidad en torno a las cantidades que son necesarias en cada patología. De hecho, como se puso de manifiesto en un encuentro de investigadores realizado en Orlando en junio pasado, existen entre 25 y 100 métodos diferentes para medir la actividad de los antioxidantes lo que dificulta indudablemente conocer su impacto real. Y es importante delimitar las cantidades a consumir porque no olvidemos que el organismo humano necesita una determinada cantidad de especies reactivas de oxígeno -radicales libres- para distintas funciones metabólicas, entre ellas las relacionadas con el sistema inmunitario. Si el consumo de antioxidantes fuera excesivo podría repercutir negativamente en nuestra salud.

Otra de las grandes incógnitas a despejar es saber cómo y por qué la suma de distintos antioxidantes -su capacidad para emparejar electrones- tiene a veces efectos muy superiores a los de sus componentes tomados individualmente. Recordemos que ya en su momento el doctor Rui Hai Liu -del Laboratorio de Alimentación de la Universidad de Cornell- constató que las propiedades anticancerígenas de las manzanas -especialmente su piel- no son producto de la acción de uno de los muchos antioxidantes presentes en ella sino de la sinergia de los mismos. “Los científicos–manifestó Liu en su día- están interesados en aislar componentes como las vitaminas C y E y el beta caroteno para ver si tienen beneficios como antioxidantes o anticancerígenos pero hemos comprobado que ninguno actúa por sí mismo para reducir el cáncer sino que es la combinación de flavonoides y polifenoles los que realizan esa función”. Los investigadores encontraron que la vitamina C, por ejemplo, sólo es responsable de una pequeña parte de la actividad antioxidante de las manzanas pues la mayor parte viene dada por la presencia de los fotoquímicos -flavonoides y polifenoles- presentes en las mismas. En realidad su estudio demostró que comer 100 gramos de manzana fresca con piel proporciona la misma cantidad de antioxidantes que tres pastillas de vitamina C de 500 mg.

Tampoco el desarrollo de la investigación de las propiedades de vitaminas y antioxidantes va a estar exenta de codazos. Son muchos los millones en juego y la batalla de la industria farmacéutica por no perder sus privilegios sobre la salud continúa. El objetivo final es minimizar los beneficios de los complementos y no perder el enorme trozo de tarta que puede arrebatarles una adecuada ingesta de vitaminas y otros micronutrientes. No importa que los estudios e investigaciones se acumulen en las bibliotecas o en Internet: siempre habrá una “importante asociación” dispuesta a generar dudas, como ha hecho recientemente la Asociación Americana del Corazón. Penny Kris-Etherton, profesora de Nutrición en el departamento de Ciencias Nutritivas en la Pennsylvania State University y directora del equipo que ha revisado una investigación de la Asociación Americana del Corazón entre 1994 y 2002 llegaría a manifestar que “hay pocas razones para aconsejar que las personas tomen antioxidantes para reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares”. La respuesta, evidentemente, no tardaría en llegar: Annette Dickinson, presidenta del Consejo para una Nutrición Responsable, acusó directamente a la Asociación Americana del Corazón de intentar paralizar cualquier investigación en profundidad en el campo de los suplementos. “Los antioxidantes –declaró- han mostrado en numerosos estudios que refuerzan la función inmune global, protegen los ojos de las cataratas, retrasan la progresión de la enfermedad de Alzheimer y reducen el riesgo de algunos cánceres. Mientras muchos de los estudios sobre la vitamina E y las enfermedades coronarias han defraudado algunos otros han resultado positivos. La Asociación Americana del Corazón parece estar intentando cerrar prematuramente la puerta al uso de suplementos, incluso mientras existen estudios en marcha”.

Efectivamente, cuantos más estudios amplios con seres humanos se realicen mucho mejor. El peligro está en que se repita el esquema ya contemplado en anteriores ocasiones. Cada vez que el consumo de un producto natural comienza a demostrar beneficios para la salud se inicia la misma secuencia de hechos: aparecen estudios de asociaciones o universidades de “prestigio” que niegan sus posibilidades -a los que se da una difusión masiva-, las inversiones para realizar estudios importantes desaparecen y, en un momento determinado, nuevos estudios realizados por “centros de referencia” especulan con la posibilidad de que sean peligrosos. De ahí a la prohibición queda tan sólo un paso. De hecho, estudios publicados recientemente en The Lancet hablaban ya no sólo de “ineficacia” de los antioxidantes y de las vitaminas A, C, E así como del selenio -aunque en el caso de este muestren dudas- en el caso de la prevención de carcinomas gastrointestinales sino que fueron aún más lejos. “No encontramos evidencias –diría el doctor Goran Bjelakovicde que los suplementos antioxidantes puedan prevenir los cánceres gastrointestinales; antes bien, parecen incrementar la mortalidad ya que existe un pequeño pero estadísticamente significativo 6% de incremento en el riesgo de mortalidad entre las personas que tomaron antioxidantes comparada con los que tomaron placebo”. La conclusión de Bjelakovic en cuanto al selenio fue que si bien su potencial para combatir el cáncer del hígado debe ser examinado más de cerca sería “una pérdida de tiempo” investigar más a fondo los potenciales efectos de las vitaminas A, C y E sobre ese y otros carcinomas. Claro está, los resultados de este estudio fueron enormemente difundidos.

No tuvieron sin embargo el mismo eco las duras críticas al estudio realizado que, primero, señalan que es un estudio preliminar y, segundo, que presenta problemas estadísticos en la manera en que los datos fueron recogidos y presentados. “Comparar diferentes suplementos en el mismo metaanálisis –afirma John Hathcock, vicepresidente del CRN, para asuntos científicos- resulta una violación de una regla primordial de los metaanálisis: combinar sólo estudios similares. Y deja de lado la valiosa información que uno podría aprender sobre el uso de los suplementos individuales”. Dickinson añadió más: “Promediar el efecto del betacaroteno y el selenio en el mismo metaanálisis es como afirmar que tenemos una pareja con un peso ideal si juntamos un marido que es mórbidamente gordo con una esposa que está mórbidamente delgada”.

En fin, mientras asistimos a esta lucha que los contendientes mantienen con el cuchillo entre los dientes parece haber al menos algo en lo que todas las partes están de acuerdo. Porque tanto el doctor Segal como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Asociación Americana del Corazón y el Consejo para una Nutrición Responsable están de acuerdo con lo que el doctor Rui HaiLiu resumía en una frase: “Comer fruta y verduras es mejor que tomar una pastilla de vitaminas ya que puedes obtener suficientes antioxidantes de los alimentos sin preocuparte por la toxicidad”.

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
66
Noviembre 2004
Ver número