¿Es posible desactivar los efectos negativos de una vacuna?

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El Dr. Jean Elmiger desarrolló un sistema muy ingenioso para desactivar los efectos adversos de las vacunas que consiste en dar la misma vacuna pero en diluciones homeopáticas; lo que se conoce como un nosode. Pues bien, la Dra. Montserrat Palacín fue un día consultada por unos familiares porque su caballo sufría una parálisis espástica de los miembros posteriores que le impedía hasta caminar. Ésta sospechó que se trataba de los efectos de alguna vacuna y les aconsejó seguir el mismo sistema. A las dos semanas se había recuperado. El veterinario, al constatar la rápida recuperación, se limitó a exclamar: “Si no lo veo no lo creo”. Y ahí se terminó su curiosidad. La Dra. Palacín ha querido contarnos la experiencia por considerarla “altamente significativa”, especialmente para que las personas valoremos con cuidado si se justifica vacunarnos tan alegremente cuando las consecuencias son en realidad imprevisibles.

No he podido resistir la tentación de dar a conocer a los lectores una experiencia que considero altamente significativa porque a mi juicio prueba de forma inequívoca los riesgos -absolutamente imprevisibles- que implican las vacunas que cada vez con mayor despreocupación se inoculan tanto a personas como a animales. Y es que los mecanismos genéticos son de tal complejidad y permanecen todavía tan oscuros para la ciencia que una no puede dejar de plantearse qué atrevida es la ignorancia al constatar la frivolidad con la que los pseudocientíficos inoculan hoy en animales y humanos fragmentos de ácidos nucleicos procedentes de microorganismos sin tener la menor idea de las consecuencias que ello puede generar en el organismo receptor. Porque, de hecho, en muchas ocasiones las vacunas no previenen enfermedades sino que pueden provocarlas llevando al paciente incluso a la muerte(y en este punto remito al lector al interesante reportaje que sobre la presunta vacuna del virus del papiloma humano apareció en el nº 99 de esta revista porque no tiene desperdicio).

Pues bien, me gustaría que los lectores supieran que en 1975 el doctor Jean Elmiger, médico suizo, desarrolló un sistema que en su opinión logra desactivar los efectos secundarios adversos que provocan las vacunas, técnica que hoy se conoce como Homeopatía Secuencial. Y que mi conocimiento y aplicación de sus postulados y de su ingenioso método me permitió tratar con inesperado éxito una yegua lo que descarta de por sí el socorrido recurso de que se debió a un posible efecto placebo.

ELMIGER Y LAS “VACUNAS HOMEOPATIZADAS”

Como decía, el protagonista de esta historia es un animal. En concreto, una yegua que pertenece a unos familiares míos. El caballo gozaba de buena salud pero de repente, hace un año, sufrió una parálisis espástica de los miembros posteriores que le impedía hasta caminar. Los veterinarios consultados no tenían ni idea de cuál podría ser la causa de tan repentino cuadro y barajaban la posibilidad de una hernia de disco, de un arpeo o de una posible intoxicación por la ingesta de alguna planta venenosa. Sin embargo, a pesar de los tratamientos el animal no mejoraba y pasados varios meses se pensó incluso en sacrificarlo. Bueno, pues antes de tomar tan drástica determinación mis familiares me consultaron el caso. Y debo decir que yo no tengo conocimientos de Veterinaria pero sí cierto sentido de la lógica. Así que pronto pensé en una intoxicación… pero no de tipo alimentario ya que al contrario que los humanos -que cometemos errores alimenticios desde la cuna- los animales conservan el instinto de la buena nutrición. De ahí que me pareciera muy improbable que el caballo hubiera confundido una amanita faloides, por ejemplo, con una suculenta zanahoria. Pensé que más bien la causa de su parálisis debía estar en una intoxicación farmacológica o en algún pesticida (¿recuerda el lector a los miles de damnificados por el Síndrome Tóxico cuya causa se atribuyó absurdamente al aceite de colza cuando los síntomas eran los propios de un organofosforado?). Pregunté pues primero si el animal había sido vacunado poco antes de manifestarse la parálisis y, para mi sorpresa, se me contestó que sí, que se le habían puesto las vacunas antitetánica y antigripal. Y aquí es donde empiezan a darse los pasos para que este caso se haya convertido en la interesante y sugerente experiencia que justifica este texto. Me explico: al saber que el animal había sido vacunado poco antes de manifestar su enfermedad recordé lo que había leído en La Médicine Retrouvée (La Medicina Reencontrada) del homeópata suizo Jean Elmiger al que ya he mencionado antes. Para quien desconozca sus postulados los resumiré diciendo que para el creador de la Homeopatía Secuencial la enfermedad no es sino el desequilibrio de la energía vital causada por lo que denominó “secuencias de impactos”. Según explica, la energía vital sufre desde el nacimiento un gran número de impactos energéticos –las energías negativas de las que habla la Medicina Tradicional China-, la mayoría de los cuales no provoca consecuencias indeseables para la salud. Únicamente empieza a haber problemas cuando uno o varios impactos dejan lo que llamó una traza duradera, bien en el cuerpo físico, bien en el cuerpo energético del paciente. Y es curioso que Elmiger mencione como trazas presentes en el historial médico de prácticamente cualquier paciente “el bloqueo osteopático de las articulaciones craneales como consecuencia del parto clínico totalmente innatural”, “las vacunaciones precoces en sistemas inmunitarios inmaduros” y “la supresión de los procesos inmunitarios naturales bloqueados bruscamente por terapias demasiado violentas y/o reemplazados por una inmunidad artificial” (la información completa puede obtenerla en la obra citada o en la web www.jelmiger.com).

Bueno, pues según Elmiger las vacunas constituyen uno de los impactos más fuertes y de consecuencias más desequilibrantes de cuantas recibe la energía vital de un organismo. Y los impactos posteriores -traumatismos craneales, hemorragias, deshidrataciones graves, shocks psicológicos graves, emociones destructivas, terapias médicas prolongadas o violentas, etc.- no hacen más que agravar ese desequilibrio. Así, las trazas de los diversos impactos energéticos se superponen y acaban configurando en su conjunto una secuencia concreta del estado de salud de un paciente. Y lo que propone la Homeopatía Secuencial es utilizar el arsenal terapéutico de la Homeopatía para ir neutralizando, uno a uno y en orden cronológico inverso, los impactos energéticos relevantes y así recuperar el equilibrio y, por tanto, la salud.

El tratamiento del doctor Elmiger permitiría penetrar incluso –así lo afirma él al menos- en los desequilibrios anteriores al nacimiento, es decir, en el código genético de la persona, en las energías ancestrales de las que habla la Medicina Tradicional China o en ese terreno tan importante para la Homeopatía y así tratar las enfermedades crónicas. En el caso de los niños, al parecer, bastan unos pocos meses de terapia para restablecer su equilibrio energético. Pero si el problema está profundamente anclado en el código genético del paciente es necesario prolongar el tratamiento más de un año. Resta añadir, en este breve resumen, que ese doctor suizo desarrolló en su día –basándose en el principio de que “las cosas similares se curan con cosas similares” que planteó hace algo más de dos siglos Samuel Hahnemann, el médico alemán al que se considera el padre de la Homeopatía– un sistema terapéutico muy ingenioso para desactivar los efectos adversos de las vacunas a las que, reitero esta idea, considera uno de los impactos energéticos más desequilibrantes de cuantos puede recibir nuestro organismo. Método que consiste en administrar al paciente la misma vacuna pero en diferentes diluciones homeopáticas; lo que se conoce como un nosode. Técnicamente los nosodes podrían definirse como “medicamentos preparados con agentes patógenos –procedentes de elementos corporales tanto de origen humano como animal así como de microorganismos muertos que se obtienen de cultivos- cuya virulencia o toxicidad ha sido eliminada como resultado de su preparación homeopática pero que transportan una información que llega íntegra a determinados receptores inmunológicos lo que posibilita que se estimulen distintos mecanismos de curación en el interior del cuerpo”. Pero quizás sea más sencillo referirse a ellos como “vacunas homeopatizadas”.

Pues bien -retomando la explicación-, aconsejé a mis familiares que se hicieran con las mismas vacunas que se le habían administrado al caballo y les puse en contacto con el doctor Juan Manuel Marín, autor del libro Vacunaciones sistemáticas en cuestión (Editorial Icaria-Milenrama) y miembro de la Liga para la Libertad de Vacunación de la que es presidente el también doctor Xavier Uriarte, uno de los médicos españoles que más ha estudiado el tema y que ha publicado una interesante obra titulada Los peligros de las vacunas.

El caso es que el doctor Marín les proporcionó la misma vacuna pero en forma de nosode y entre la segunda y tercera semanas después de habérsela administrado el animal volvió a caminar. ¿Y qué dijeron los veterinarios al comprobar la curación del caballo? Se limitaron a exclamar: “Si no lo veo no lo creo”. Y ahí se terminó toda su curiosidad científica. Me pregunto si cuando les consulten por otro caso similar seguirán aconsejando el sacrificio del animal o si, conocida esta experiencia, cambiarán su actitud a pesar de que con su razonamiento simplista aún no puedan explicarse la curación. Si su mente estuviera más abierta comprenderían –esos veterinarios pero también muchos médicos- que esta experiencia es extraordinaria por varios motivos. El primero es que en ningún momento a los veterinarios que estaban tratando al caballo se les ocurrió pensar que la causa de la enfermedad podía estar en un problema iatrogénico y menos todavía que ese problema fuera generado por una vacuna. Es decir, reaccionaron de la misma manera que muchos pediatras que no relacionan la vacunación de un niño con que éste, casi inmediatamente después de recibirla, se ponga enfermo. Otro motivo es que la parálisis sufrida por el animal desapareció con la preparación homeopática del nosode lo cual prueba que fue la vacuna y no otra cosa lo que enfermó al caballo. La tercera razón es que gracias a esta experiencia se ha podido constatar una vez más la eficacia de la Homeopatía. Eficacia que muchos colegas médicos aún pretenden negar privando así de la posibilidad de curarse a muchos pacientes en una actitud claramente irresponsable. Y, finalmente, que la curación no se debió a un posible “efecto placebo” –socorrida y pobre excusa de muchos médicos- porque la pobre yegua, como comprenderán, permaneció al margen de todo lo que se fraguaba en torno a ella.

Quizás a raíz de este caso algunos de esos profesionales de mente obtusa y razonamiento simplón que aún existen comprendan lo justificadas que son las advertencias que el naturópata francés Michel Dogna hace en el extraordinario libro Prenez en main votre santé -que podría traducirse como Tome las riendas de su salud y publicó la editorial francesa Guy Trédaniel Editeur- cuando habla de los numerosos casos de enfermedades neurológicas aparecidas en personas vacunadas de hepatitis B –es vergonzoso que tal vacuna sea obligatoria en Francia-, centenares de la cuales terminaron en silla de ruedas. De ahí que quepa también preguntarse cuántas muertes de bebés “diagnosticadas” como “muerte en la cuna” o “muerte súbita” se habrán debido en realidad a la administración de vacunas o fármacos. La verdad es que es un auténtico insulto a la inteligencia que se considere diagnóstico médico expresiones como “muerte en la cuna” o “muerte súbita”. Es más, me parece una indecencia.

RECUPERAR LA CURIOSIDAD CIENTÍFICA

Y es que, lamentablemente, cuando un paciente –humano o no, como en este caso- es diagnosticado de alguna enfermedad considerada incurable y contra todas las previsiones consigue sanar por otros medios hoy día no se puede esperar que ni mis doctos colegas ni, por lo que parece, los veterinarios se precipiten a indagar a qué puede deberse esa curación inesperada para aprender de la experiencia. No. En lugar de mostrar algo de curiosidad científica e interés por ese paciente al que habían desahuciado optan, simple y llanamente, por negar la evidencia. Siendo previsibles alguna de las siguientes reacciones. A saber: si el diagnóstico no estaba “respaldado” por pruebas “objetivas” -como un TAC, una biopsia, etc.- la salida más fácil es afirmar que se trataba de un “error de diagnóstico”. Es decir, “donde dije digo, digo Diego”. Para ellos es preferible admitir un “honroso” error que replantearse sus dogmas y creencias. Pero, ¿y si el diagnóstico contaba con pruebas objetivas irrefutables? Pues también en ese caso disponen de una salida fácil: les basta con decir que se trata de una“curación espontánea”.Y se quedan tan anchos. En lugar de molestarse en indagar por qué se ha curado el paciente prefieren atribuir la curación a un proceso “espontáneo”, milagroso. Una actitud verdaderamente “científica”, ¿no creen? Pero todavía hay otra reacción más visceral: encolerizarse con el paciente por no haber seguido sus dictámenes y, si está en su mano, denunciar al terapeuta “intruso”. Sé que la he sucedido a mucha gente, incluida una familia allegada. Y lo reflejo aquí como ejemplo de la irracionalidad de algunos de mis colegas cuando no logran entender la realidad que se les pone delante. Se trataba de una niña de pocos años que presentaba un tumor retroorbitario que hacía salir el globo ocular de la órbita. La familia tenía hora con el cirujano para enuclear el ojo -es decir, extirparlo- cuando entonces alguien les habló del doctor Vicente Ferrándiz que pasa consulta en Barcelona. Acudieron a él y éste les sugirió que la niña no se operase, siguiera una dieta alimenticia, tomara una serie de productos fitoterápicos y se aplicara compresas de arcilla. Y logró no sólo que el ojo volviera a su sitio sino que la niña sanase completamente. Niña, por cierto, que hoy es médico homeópata. Bueno, pues los padres, felices como es natural, se lo comunicaron al cirujano… ¡y éste se enojó con ellos! A ver, ¿alguien en su sano juicio puede entenderlo?

No, no hay otro camino: los médicos, veterinarios y terapeutas en general debemos recuperar el sentido crítico, nuestra curiosidad científica y, en definitiva, nuestra vocación. Debemos saber escuchar a quien intenta comunicarnos su experiencia y sus resultados aunque no publique en revistas “de prestigio” o no cuente con el respaldo oficial. El escepticismo sistemático no es más que pereza mental. Decir “no está probado científicamente” no es excusa. Si no está probado vamos a intentar probarlo que para algo hemos estudiado Medicina. Lo importante es que el paciente pueda beneficiarse de todo el abanico de posibilidades terapéuticas que existen y que esté bien informado de los efectos indeseables de las vacunas y fármacos en general. El problema es que el propio médico muchas veces los ignora o minimiza respaldado por la seguridad que le da prescribir algo que forma parte del “protocolo oficial”. Por eso me atrevo a aconsejar a los lectores que antes de permitir que les vacunen de algo -a ellos o a sus familiares- se informen cuidadosamente en lugar de delegar alegremente en terceros una decisión tan importante.

Dra. Montserrat Palacín

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Febrero 2008
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