Los increíbles efectos del ruido en la salud

 

Pocas personas -médicos incluidos- son realmente conscientes de hasta qué punto el ruido del entorno puede ser perjudicial para la salud. Sin embargo, las dolencias que puede llegar a generar son mucho más numerosas y graves de lo que la mayoría piensa. Y es que el oído sigue siendo una de las asignaturas pendientes de la Medicina ya que es mucho más lo que se ignora que lo que de él se sabe. Sólo que el problema va mucho más allá porque el ruido no sólo afecta al oído: puede afectar directamente a otros órganos además de ser causa de patologías cuyo origen hasta ahora se desconocía como es el caso de los llamados “ataques de pánico”.

Que el exceso de ruido es un problema lo sabe todo el mundo. Las quejas vecinales cuando uno vive cerca de un aeropuerto, una discoteca, una autopista concurrida o en otras zonas de elevada “contaminación acústica” están a la orden del día. Y, de hecho, tanto las autoridades municipales como las autonómicas y las estatales vienen tomando medidas para afrontar el problema desde hace años. Las leyes, cada vez más numerosas, están ahí. Otra cosa, eso sí, es su cumplimiento. Ni la población -en general-, ni los representantes políticos y, por ende, quienes deben hacer cumplirlas -los distintos cuerpos policiales incluidos- han tomado conciencia real de la gravedad del problema. Y reaccionan ante las denuncias con desgana pensando que el “pesado” ese que pide su intervención debe ser un cenizo o un amargado. Quizás porque aún piensan que “tampoco es para ponerse así…”

Bueno, pues sí: lo es. Y ya va siendo hora de que la gente en general reaccione y, sobre todo, sea consciente del problema. Y es que aunque vivimos en una sociedad en la que lo que no se publica en los medios de comunicación parece no existir o carecer de importancia, el número de personas enfermas a causa del ruido aumenta día a día; especialmente en los países occidentales.

Y lo curioso es que la razón es simple: el ser humano no está preparado para soportar el ruido ambiental de las sociedades modernas. De hecho, hemos pasado de soportar un nivel de ruido mínimo en la vida diaria a un ruido ensordecedor. Y no ya por su potencia sino por su cantidad y cualidad. Hasta la Revolución Industrial, el ruido ambiente se reducía a las conversaciones o gritos de sus habitantes, los sonidos de los animales, la música y el producido por las ruedas de los carros de vez en cuando o los propios de los fenómenos atmosféricos (el viento, los rayos, los truenos, etc.). Ruido que aumentaba notablemente en los lugares más concurridos como los puertos de mar y las ciudades al igual que, esporádicamente, en las ferias de ganado o artesanales y en las fiestas populares. Hoy, sin embargo -tanto en ciudades como en pueblos- quien más quien menos se encuentra con multitud de ruidos antaño inéditos: desde el producido por los trasportes de todo tipo -aviones, helicópteros, camiones, coches, motos, buques y barcos- hasta sirenas de fábricas, policía y ambulancias, equipos de música y de radio, televisores, videos, ordenadores, secadores de pelo, ventiladores, aparatos de aire acondicionado y calor, frigoríficos, lavadoras, lavavajillas, microondas, cafeteras, aspiradoras, batidoras, taladros, etc. Y menciono sólo algunos de los ruidos habituales que uno puede llegar a escuchar estando en su casa. Añádanse a ellos los que uno encuentra normalmente fuera y comprobaremos hasta qué punto estamos saturados de ruido en el ambiente. Porque, ¿cuántas veces va uno a un bar o a una cafetería y se encuentra con el desagradable pitido agudo y chirriante de la cafetera exprés, la televisión o la radio a todo volumen y los parroquianos intentado entenderse mientras vociferan? Hoy es casi imposible hasta hacer la compra en un supermercado sin que le aturdan a uno con música o con los altavoces dando avisos constantemente. Y no hablemos ya del ruido de los lugares de fiesta, especialmente en las discotecas. En ellos el nivel sónico es muchas veces, sencillamente, criminal. ¿Serán conscientes la mayor parte de los pinchadiscos de su grado de sordera? ¿Sabrán que lo que a ellos les parece un volumen aceptable -y que en realidad es un atentado a la integridad física de quienes les soportan- se debe a que ya no oyen bien? En algunos locales cerrados el ritmo y volumen de la música son tan exagerados que no sólo sufre el oído de los presentes sino que pueden verse seriamente afectados el cerebro y el corazón. Muchos lectores tienen que haber comprobado cómo el corazón retumba en esos sitios a veces de forma tan potente que parece que se te va a salir del pecho. Y cómo puede llegar a perderse hasta el sentido del equilibrio por el ruido. Pero lo peor es que los jóvenes que acuden allí no se dan cuenta de que a veces pueden estar jugándose la vida. ¡La vida! Y no es una ninguna exageración. Claro que tiene más peso la costumbre social o el qué dirán que el sentido común y no se hace nada para evitarlo. Y que no se diga que hay leyes que regulan esos hechos… porque no se cumplen. ¿Cuántas discotecas conoce el lector que hayan sido sancionadas o cerradas por exceso de ruido?

Aunque no cabe centrar el problema del ruido sólo en los lugares de diversión. Hay muchos centros de trabajo donde los empleados no tienen otro remedio que soportar niveles de ruido insufribles. Trabajadores que, para no enloquecer, tienen que permanecer toda la jornada con tapones en los oídos. Y no hablamos de quienes manejan un martillo pilón o una taladradora sino de trabajadores manuales sentados en sus lugares de trabajo muchas horas al día.
¿Sabe usted con qué consecuencias? 

EL RUIDO PUEDE PERJUDICAR SERIAMENTE LA SALUD 

Conscientes de la magnitud del problema, la Comunidad Europea está preparando una directiva para controlar y regular el ruido en su ámbito de acción. Especialmente tras reconocer que “el ruido ambiental produce efectos diversos sobre los seres humanos” y que “el hecho de que una persona experimente o no esos efectos depende enormemente de su sensibilidad al ruido por lo que toda política sobre ruido ambiental debe estar basada en resultados científicos en los que se hayan tenido en cuenta las variaciones debidas a diferencias de sensibilidad.”

En cuanto a esos efectos sobre la salud, la Comunidad es sin embargo muy remilgada. Porque a las reconocidas “alteraciones del sueño”, los únicos “efectos médicos graves” que añaden son “la hipertensión, el estrés, los ataques cardíacos y las lesiones auditivas” así como“los efectos negativos sobre la capacidad de aprendizaje de los niños”.

Eso sí, reconocen que esas personas“experimentan una reducción en su calidad de vida” y que ello “le ocurre al 25% de la población de la Unión Europea”. Estando “entre el 5% y el 15% de los europeos” el porcentaje de quienes hoy padecen ya “perturbaciones graves del sueño por culpa del ruido”.
No debe extrañar, pues, que antes de dos años todos los países comunitarios deban presentar unos mapas de ruido de todas las “aglomeraciones” de sus países -entendiendo por tales las poblaciones de más de 250.000 habitantes- con los niveles de ruido que soportan en la actualidad. La decisión de acabar con el exceso de ruido es ya imparable. 

EL RUIDO PERJUDICA MÁS DE LO QUE SE RECONOCE 

Ahora bien, el problema es que en realidad el ruido provoca muchos más problemas de los que señalan los expertos de la Comunidad. Son muchos los especialistas en el ámbito de la salud que aseguran que, además de lesiones auditivas, alteraciones del sueño, estrés, hipertensión, problemas cardiacos y problemas de aprendizaje en niños el ruido es a veces la causa de ansiedad, nerviosismo, depresión, distonía neurovegetativa, tormenta vegetativa, caos patológico y hasta ataques de pánico. Y lo malo es que a quienes padecen algunos de estos síntomas los médicos muchas veces les encuadran en otras “enfermedades” de similar sintomatología… y les tratan médicamente en consecuencia. Con lo que en muchos casos lo que hacen es agravar el problema. Pero es que, ¿cómo iban a imaginar ellos que todo eso lo podía estar provocando el ruido ambiente…?

Así le ocurrió a nuestro interlocutor, Antonio Lamarca, experto en ruido y con quien hemos tenido oportunidad de charlar en varias ocasiones antes de elaborar este texto. Lamarca se iniciaría profesionalmente en el sector de la automoción- en las que prestó servicios de colaboración técnica en cuestiones de mantenimiento e instalaciones de maquinaria eléctrica y electrónica. Hasta que en la década de los 70 fue nombrado técnico de Seguridad e Higiene en el Trabajo “quizás –como él mismo nos diría- por la inquietud y esfuerzo que siempre dediqué al problema de los accidentes laborales y a su prevención”.

-En aquella época –nos explicaría durante nuestra primera charla- observé que algunos accidentes laborales se debían a fallos humanos, incluidos los míos, y que en la mayor parte de los casos estaban relacionados con los estados de ánimo de los trabajadores responsables, especialmente cuadros de ansiedad. Y también observé que había un extraño número de casos de lo que los expertos llaman “ataques de pánico”. Algo que yo conocía y conozco muy bien porque los sufrí durante muchos años, desde que cumplí los 17. He llegado a tener hasta 200 ataques de pánico. Y, como otras muchas de las personas que los han padecido, pensé seriamente en el suicidio. Tres veces al menos. Y sé que sólo quienes han vivido esos episodios podrán entender que uno llegue a plantearse algo así.

-Pero, ¿qué es un “ataque de pánico”? Quiero decir que cuáles son sus síntomas…

-Pues uno siente de repente, de improviso, sin venir aparentemente a cuento, que se le va la cabeza y pierde el control de la situación, como si se sumergiera en un mundo distinto donde ni ve, ni oye, ni siente… No se reacciona a ningún estímulo externo. Es como si te paralizaras. Y ello va acompañado a veces de síntomas como vértigo –no tienes la sensación de que estés pisando el suelo-, sensación de ahogo y dificultad para respirar, aumento del ritmo cardiaco, sudoración y en ocasiones hasta dolor en el pecho. Es un conjunto de sensaciones muy extrañas del que el principal componente es un enorme miedo irracional. Se trata de una desagradabilísima experiencia que dura un máximo de diez o quince minutos.

-¿Y a qué se achaca?

-A día de hoy, los médicos lo ignoran. Y mezclan y confunden los “ataques de pánico” que acabo de describir con los miedos irracionales de las fobias. Pero el miedo o pánico que uno puede sentir al agua o a las serpientes, por ejemplo, por muy grandes que sean, no tienen nada que ver con lo otro. Porque los “ataques de pánico” aparecen de improviso, sin que haya causa aparente alguna que los provoque. Y en los pánicos debidos a las fobias siempre se sabe la causa. Por tanto, relacionarlos es un sinsentido. En suma, los expertos los relacionan –ya digo que sin razón alguna- y luego, para curarse en salud, califican a los ataques de pánico como “pánico patológico”.

-¿Sabe usted si es un problema que sufra mucha gente?

-El Manual Merck, considerado por algunos la “Biblia médica”, dice que más de un tercio de los adultos los sufre cada año. Y que las mujeres son de dos a tres veces más propensas.

-¿Y qué tratamiento se recomienda?

-Pues como los médicos creen que suele deberse a un estado de ansiedad recomiendan en los casos más agudos ansiolíticos y antidepresivos. Por supuesto, eso ayuda a relajar al paciente pero no resuelve su problema. Y éste volverá a tener otro ataque de pánico con casi absoluta seguridad. Pero lo más grave es que en ese manual se afirme –y cito textualmente- que aunque los síntomas “son incómodos, a veces de forma extrema, no son peligrosos”. Eso es incongruente. Yo he constatado después de 20 años estudiando accidentes laborales y debido a mi propia experiencia que muchos accidentes laborales pueden haberse debido a una sobrecarga cerebral sensorial. ¿Y quién puede saber cuántos otros accidentes no se han debido a ello? ¿Cuántas personas no habrán muerto en accidentes de moto, de coche o de avión, por ejemplo, porque mientras conducían sufrieron un ataque de pánico? ¿Que no son “peligrosos”…?
-Y usted ha descubierto la causa real de los ataques de pánico, ¿no? Al menos, así me lo explicó antes de vernos.

-En efecto. Y la mejor demostración es que no he vuelto a tener ni uno más desde que sé cuál es la causa y cómo se evitan. Llevo años dando conferencias para explicárselo a la gente. Porque, como usted sabe muy bien, intentar convencer de algo a un médico sin ser médico es casi imposible. La mayoría se cree que si uno no tiene el título de Medicina no puede saber cómo resolver un problema médico. En este caso no ha sido así. Yo he descubierto la causa y cómo resolverla porque padecía el problema y como la clase médica no me aportaba solución alguna, decidí buscarla por mí mismo. Para lo cual estudié todo tipo de materias. A fin de cuentas, nada hay tan importante como la motivación personal para lograr los objetivos.

-¿Y desde dónde partió en su búsqueda?

-Desde la propia experiencia. Como le dije antes, yo había constatado que muchos accidentes laborales se debían a sobrecarga cerebral. Y me pregunté si habría relación entre ese hecho y el lugar del trabajo. Y con el tiempo, descartando cosas, comprendí que en realidad sólo había una causa común prioritaria entre todos esos sitios: el ruido ambiental complejo, es decir, la mezcla de muchos ruidos distintos. Lógicamente, me pareció absurdo al principio pero decidí investigar por ahí. Fue entonces cuando me empapé de información, tanto sobre la fisiología del oído y del cerebro como de la llamada contaminación acústica. Así conocería, por ejemplo, los estudios del famoso otorrinolaringólogo Alfred Tomatis, sobre el que ustedes hablaron hace unos meses y que me fue lo que me llevó a entrar en contacto con la revista ya que vi que estaba abierta a nuevos planteamientos sin cerrazón alguna.

-Prosiga, por favor.

-Bueno, entendí que el oído tenía, efectivamente, una importancia mucho mayor de lo que convencionalmente se piensa. De hecho, suele creerse que la mayor parte de la información llega al cerebro a través de la vista pero llega en la misma proporción, en muchas situaciones, por los oídos. Y no es verdad. La mayor parte de la información que procesa el cerebro procede del oído. Aproximadamente un 80%. Una vez supe eso, fue más sencillo llegar a la conclusión de que siendo así y de que hoy la cantidad y potencia del ruido que soporta el ser humano es mayor que nunca, infinitamente superior al de hace sólo un siglo, quizás hubiera relación. Mis investigaciones posteriores me llevarían a entender también que el cerebro tiene un límite de saturación. Que –valga el símil- si se satura, se “desconecta” automáticamente. Es como si fuera un ordenador y el “disco duro” se llenara y precisara reconfigurarse para seguir funcionando. Para hacer eso, el ordenador tiene que dejar todo y dedicarse exclusivamente a ejecutar el programa de mantenimiento. Y para ello precisa un tiempo, lo que tarde el programa “ScanDisk” en hacer su trabajo. Bueno, pues entendí –y es una alegoría- que también el cerebro puede llegar a saturarse. Y que bastan 100 horas de ruido ambiental complejo para que en determinados casos aparezcan multitud de síntomas y sensaciones que desaparecen después de un ataque de pánico.

-¿Está diciéndome que el “ataque de pánico” es en realidad una especie de desconexión que hace el cerebro para arreglar su estado de saturación y poder recuperarse?

-Exacto. Por eso el problema desaparece sólo en diez o quince minutos. Los que necesita el disco duro de nuestro cerebro para reconfigurarse y esto puede repetirse muchas veces sin deterioro del cerebro.

-En tal caso los jóvenes que, por ejemplo, se pasan a veces días de juerga sin dormir durante los fines de semana serían propensos a padecer el problema.

-Ciertamente. Y quizás no sufran ataques de pánico pero sobrecargan sus cerebros peligrosamente.

-Pero son muchas las personas que sufren ataques de pánico y no están “saturadas” de trabajo. ¿Cómo lo explica?

-Esa es la segunda parte de mi descubrimiento y que complementa parte del círculo: resulta que quienes sufren ataques de pánico sin sufrir ese estrés que puede llegar a saturar el cerebro han contraído una deficiencia fisiológica que hace que el cerebro se sature por otra causa…

-Usted dirá…

-Se satura porque la información que recibe el cerebro es deficiente siendo mal procesada y eso le lleva también a la saturación. ¿Y a qué me refiero, dirá usted? Pues, sencillamente, porque el cerebro recibe la información a través del oído –permítame una alegoría para que se entienda mejor- en estereofónico. Es decir, procesa la información que le llega de los oídos de manera dual. Lo que implica que si los dos oídos no están equilibrados porque uno tiene algún problema, el cerebro recibe la información con mucha dificultad y se satura. Y ello puede tener lugar tanto por un problema orgánico detectado (hay que revisar el oído mediante audiometría, impedanciometría, etc.) como por un problema puntual. Por ejemplo, por una infección del oído, de la nariz, de la boca o de la garganta, por una prótesis mal colocada, por exceso de cerumen, por una inflamación de la zona o, sencillamente, por tener los oídos humectados, mojados. Es muy importante evitar que entre agua en los oídos cuando uno se baña o ducha porque puede afectar a la audición. Pues bien, todas esas alteraciones pueden ser la causa de que el cerebro “malinterprete” la información que le llega de los oídos y tenga que trabajar más de lo normal.
En suma, está comprobado que la sutileza del cerebro en la interpretación de los impulsos provenientes de cada oído hace que el trabajo cerebral aumente exageradamente, principalmente en las medias y altas frecuencias -es decir, entre 1.000 y 20.000 ciclos por segundo. Cualquiera de las situaciones descritas puede llevar, pues, a un ataque de pánico.

-Pero si lo que dice es así, hay que tener en cuenta que el oído también se ve afectado por causas externas como los cambios de presión atmosférica…

-Efectivamente. Pero mejor decir la carga cerebral sensorial por sinergias con los otros sentidos. Y así sucede con las borrascas, los cambios de humedad y temperatura, el descenso o aumento de la velocidad del aire, los cambios bruscos de altura, la inmersión acuática, los cambios de presión en espacios cerrados, etc. Quienes sufren síntomas físicos con cierta frecuencia cuya causa los médicos no encuentran así como sensaciones extrañas (hormigueos, tics nerviosos, parestesias, ataques de pánico, etc.) saben que los cambios atmosféricos son muchas veces precisamente precursores de estas anomalías. Ahora bien, todo esto no se debe sólo el descenso de la presión atmosférica ya que a este fenómeno va asociada la irregularidad de la radiación electromagnética en la banda del infrarrojo que actúa sinérgicamente. Pero esto sería tema para otro artículo…

-Si lo voy siguiendo, el problema en este caso tampoco sería tanto la potencia de los ruidos sino su cualidad y sinergia.

-Exacto. Es obvio que todo ruido que supera los 80 decibelios es perjudicial para la salud. Pero lo que de verdad satura el cerebro en condiciones normales no son los ruidos potentes –que también- sino los ruidos complejos y la sinergia antes mencionada. Y, como ya he dicho, los cambios atmosféricos de presión y la irregularidad de la radiación electromagnética.

-Bueno, y si esas son las causas de los ataques de pánico, ¿cuál son las soluciones?

-La solución es tan sencilla que parece increíble: basta colocarse en los oídos unos tapones de poro abierto (mejor llamarlos filtros para otras frecuencias). Los venden en farmacias. Estos filtros o tapones limitan el paso de las altas frecuencias bajando la carga cerebral que llega a través de los oídos más de un 80%.

-¿Y ya está?

-Ya está. Ni yo ni quien ha seguido mis consejos ha vuelto a tener nunca un ataque de pánico por razones auditivas. Eso sí, para prevenirlos evito siempre mojarme los tímpanos colocándome los tapones durante el aseo personal o cuando practico deportes acuáticos. Así como no dudo en usarlos cuando estoy en lugares en los que hay ruido complejo pues aún teniéndolos puestos se puede mantener con atención una conversación normal. Es necesario mencionar, en todo caso, que en el umbral de un ataque de pánico colocarse los tapones justo en ese momento crítico puede evitar el ataque… o adelantarlo.

-En todo caso, si la sobrecarga cerebral se puede deber además de al ruido complejo a las radiaciones electromagnéticas del ambiente y a los cambios atmosféricos de presión, ¿existe la posibilidad de que el ataque de pánico pueda sobrevenir, aun llevando los tapones, si las condiciones de esos otros factores son importantes?

-Buena observación pues, en efecto, cualquiera de los cinco sentidos demandan trabajo cerebral y, en consecuencia, a través de cualquiera de ellos es posible bloquear el cerebro. A fin de cuentas, todos los sentidos están bajo la influencia de los cambios de presión y de las alteraciones electromagnéticas, bien sea por medios naturales, atmosféricos o del hábitat.

Estamos, pues, frente a cinco sentidos que generan variables que interaccionan con todo nuestro entorno energético y por eso es prácticamente imposible dar un método preventivo concreto y puntual para todas las personas ya que cada una de ellas tiene unas características y un estado de salud diferentes. Hay que recordar además que, a diferencia de otros órganos, el oído no dispone de un limitador natural de recepción de la información que le llega del entorno -como sí tienen los ojos con los párpados- y por eso es el protagonista de más del 90% de los desórdenes físicos expuestos. El resto de los sentidos se pueden considerar pues como elementos que, salvo casos puntuales, sólo coadyuvan a la sobrecarga cerebral.

Hasta aquí la entrevista. Obviamente, los estudios de Antonio Lamarca son extensos, exhaustivos y ofrece sus explicaciones con recuadros técnicos de todo tipo que no reproducimos porque no nos parece necesario. Lo que no obsta para que si algún médico quiere entrar en contacto con él para ampliar la información y asistir a algún curso más completo pueda hacerlo llamando al 630 54 43 31. Por nuestra parte sólo nos resta añadir que la tesis planteada por Antonio Lamarca pueda quizás ser discutida a nivel teórico –como todo- pero hay algo evidente: los resultados prácticos le dan la razón. Y eso es lo más importante.

José Antonio Campoy
 

Este reportaje aparece en
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Diciembre 2001
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