¿Querer es poder?

Vivimos en un mundo donde el tiempo se está convirtiendo en algo tan tremendamente valioso que cualquier propuesta con el marchamo de “intensivo”, “acelerado”, “concentrado”, etc., ejerce una atracción especial para la mayoría. Y es que mucha gente quiere hoy que se la “garantice” que va a aprender lo que normalmente se tarda un año en un par de meses, que va a adquirir el conocimiento de un curso académico en unas horas con un método revolucionario, que será experto en tal o cual materia con asistir simplemente a un cursillo de fin de semana, que un solo seminario concentrado le va a capacitar para desarrollar sus facultades dormidas…

El ser humano tiene grabada -incluso en la biología de sus células- la premisa de evolucionar y por eso que ese afán de conocimiento ha sido una constante en su vida. Y eso se puede ver mucho más claramente ahora, en estos tiempos donde la información nos rodea por todas partes, donde las posibilidades de aprender se han multiplicado de una forma impensable. Tenemos a nuestra disposición libros, multitud de medios de comunicación y una amplísima oferta de enseñanzas que cubren por completo el horizonte de la persona por no hablar de las redes de información que ponen a nuestro alcance la posibilidad de satisfacer casi todas nuestras inquietudes.

Pero, históricamente, hemos aprendido que cuando algo se desarrolla desmesuradamente se produce un desequilibrio y es necesario volver atrás para alcanzar el punto medio. Igual que aquel principio hermético del Kybalión que nos hablaba del ritmo, el péndulo, en su oscilación hacia la derecha y la izquierda, no para hasta conseguir el punto de equilibrio. Nos formamos más, leemos más, cultivamos nuestro intelecto, desarrollamos nuestras facultades…

Y todo eso está muy bien pero aquí no se trata de lograr una producción masiva ni de superar el listón que unas veces nos han puesto los que nos rodean y otras nosotros mismos. Da la impresión de que nos hemos metido en una carrera sin sentido, que ya no sabemos hacia dónde vamos porque la meta se aleja cada vez más y sólo debemos ocuparnos de correr, correr y correr sin parar. El nivel de exigencia ha aumentado de forma considerable en todos los ambientes en los que nos movemos, social, laboral, afectivo e, incluso, personal ya que nosotros mismos somos nuestros más severos jueces.

Y sucede que cuando el ser humano pierde de vista el horizonte –cosa muy normal en las grandes ciudades– se olvida de su verdadera dimensión, que no se encuentra fuera sino dentro de él mismo. ¿De qué sirve leer un libro tras otro si no tenemos tiempo de sedimentar la información? ¿De qué sirve participar de forma compulsiva en tantos seminarios y cursillos si luego no podemos hacer las prácticas aprendidas por “falta de tiempo”? ¿De qué sirve acumular en nuestras estanterías libros interesantes que esperan inútilmente que algún día alguien les dé vida leyéndolos o releyéndolos? ¿Dónde guardamos las técnicas aprendidas hasta que llegue el momento oportuno de utilizarlas?

Sin duda es una tendencia innata en los seres humanos la de volcarse intensamente en aquello que le atrae. Y eso le hace generar una energía fundamental que le impulsa a mejorar, a introducir cambios en su vida, a evolucionar, en definitiva. Pero también sabemos que cuando las cosas se utilizan de forma desordenada no sólo pierden efectividad sino que pueden traernos problemas.

Ese afán compulsivo por aprender se manifiesta especialmente en muchas personas involucradas en el desarrollo personal. Es tan atractivo lo que encuentran en la otra orilla del río que no se dan cuenta de las condiciones en las que se encuentra la corriente.

Cuando de nuestro propio crecimiento hacemos una carrera, cuando eso nos hace desconectarnos primero de nosotros y después de los que están a nuestro lado, cuando los pasos que damos nos conducen al desarraigo, al error y a la soledad cabe preguntarse de qué sirve correr tanto y modificar conductas si los que te han acompañado durante el camino no participan de esos avances. Si por alcanzar la luz nos quedamos solos, ¿de qué nos sirve?

Porque -según parece- la ampliación de consciencia que todos perseguimos tiene que ver con la integración, no con la separación y la ruptura. Si realmente descubrimos nuevas ideas, una filosofía de vida que nos parece más coherente, unos esquemas mentales que favorecen nuestro crecimiento, unas herramientas que nos facilitan expresarnos de forma más auténtica… todo eso redundará en que cada día seremos más felices. Y no porque los problemas y los retos desaparezcan de nuestra vida –algo totalmente imposible mientras estemos vivos– sino porque tendremos la habilidad de afrontarlos, manejarlos y resolverlos mejor. Y eso no lo da el conocimiento teórico sino la sedimentación de ese conocimiento, la integración de las ideas, las teorías y las técnicas dentro de uno mismo. Pero para que esa asimilación se produzca es necesario que transcurra el tiempo necesario: ni más, ni menos.

A pesar de que creemos que todo va mucho más deprisa y de que nosotros tenemos que adecuar nuestro ritmo a ese desenfreno de la vida para no perdernos nada debemos darnos cuenta de que eso es solamente una percepción de la realidad que vivimos, que cuando nos detenemos a observar a nuestro alrededor las cosas permanecen fieles a las leyes naturales. La luna tarda exactamente lo mismo que antes en atravesar nuestro cielo, las semillas requieren su tiempo para germinar, las flores no aceleran su crecimiento sino que continúan fieles a los ciclos naturales… Hasta los sentimientos necesitan que pase el tiempo para que se consoliden. Y es que parecemos olvidar que las estaciones se suceden siguiendo un ritmo, que todo fluye constantemente a nuestro alrededor porque nada es inmutable pero que todo necesita su tiempo.

Dicen las nuevas escuelas de psicología, en cuanto al crecimiento personal, que para lograr cualquier objetivo en nuestra vida, sea un cambio de comportamiento o una meta que nos fijemos, son necesarias tres premisas fundamentales:

La primera es querer, aquello que de manera tan sabia refleja nuestra sabiduría popular del querer es poder. Es decir, estar convencidos y no abandonar el deseo, mantenerlo vivo y alimentarlo con ilusión y entusiasmo, generar la energía y la fuerza que nos permita arrancarnos del inmovilismo y producir el cambio.

La segunda es saber. Es decir, para lograr nuestro objetivo es necesario prepararse adecuadamente, dar los pasos necesarios para tener el conocimiento, la experiencia o la práctica que nos capaciten para lograr lo que perseguimos. Formarnos, aprender aquello que nos haga falta, desarrollar las herramientas más útiles.

La tercera y fundamental es tener la oportunidad. Y eso no es otra cosa que buscar el momento adecuado, no producir los cambios agresivamente, mantener el objetivo en el horizonte sin perderlo de vista y fluir con las circunstancias. Sabemos que no somos elementos aislados sino que formamos parte de un complejo entramado en el que estamos todos interrelacionados con cuanto nos rodea, que formamos un conjunto y que cualquier cosa que sucede a un elemento afecta al resto. Pues bien, se trataría de estar atentos para darnos cuenta de cuándo se presenta esa oportunidad. Estas tres premisas, sabiamente conjugadas, garantizan el éxito en el empeño y de forma limpia, sin las secuelas desagradables a las que estamos acostumbrados, dando los pasos completos y no a medias porque ya sabemos que “los pasos que se dan a medias sólo sirven para retroceder” y nos obligarían a volver atrás para comenzar de nuevo.

María Pinar Merino

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Diciembre 2001
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