¡Tóquenme, por favor!
Número 34 - Diciembre 2001
Tiempo de lectura: 4 minutos
Estoy viendo a un niño pegado a un ordenador, tan atento e inclinado sobre la pantalla que da la impresión de que su nariz está pegada a ella. Se que está viajando por Internet con la vista, pero, ¿lo hace también con el olfato? Y no digamos ya cuando en la pantalla surge una imagen… Cuando eso ocurre sigue su contorno con la mirada como si los ojos fueran dedos con capacidad táctil. Y lo que está leyendo, tocando con la mirada, casi oliéndolo y gustándolo está ocurriendo a miles de kilómetros de distancia. Y el niño sonríe, admirado ante un artilugio capaz de transportarle sin peligro hasta una guerra que está ocurriendo fuera de su mundo real, una guerra que no supone peligro para él en la que la sangre es zumo de tomate. La realidad se ha hecho espejo, es virtual, simple imagen reflejada y devuelta a los ojos totalmente aséptica, capaz de conmover tan solo con la estética de su diseño. Y el niño parece feliz. A fin de cuentas, éste es su mundo. Prácticamente no ha conocido otro. Salvo cuando, siendo bebé, exploró su cuerpo buscando sensaciones con las manos. Pero eso –le han dicho– era una obscenidad. Y además, toqueteándolo todo podía coger mil enfermedades. Y el niño se lo creyó y ahora parece feliz.

Este texto solo está disponible para suscriptores.






