¡Tóquenme, por favor!

Estoy viendo a un niño pegado a un ordenador, tan atento e inclinado sobre la pantalla que da la impresión de que su nariz está pegada a ella. Se que está viajando por Internet con la vista, pero, ¿lo hace también con el olfato? Y no digamos ya cuando en la pantalla surge una imagen… Cuando eso ocurre sigue su contorno con la mirada como si los ojos fueran dedos con capacidad táctil. Y lo que está leyendo, tocando con la mirada, casi oliéndolo y gustándolo está ocurriendo a miles de kilómetros de distancia. Y el niño sonríe, admirado ante un artilugio capaz de transportarle sin peligro hasta una guerra que está ocurriendo fuera de su mundo real, una guerra que no supone peligro para él en la que la sangre es zumo de tomate. La realidad se ha hecho espejo, es virtual, simple imagen reflejada y devuelta a los ojos totalmente aséptica, capaz de conmover tan solo con la estética de su diseño. Y el niño parece feliz. A fin de cuentas, éste es su mundo. Prácticamente no ha conocido otro. Salvo cuando, siendo bebé, exploró su cuerpo buscando sensaciones con las manos. Pero eso -le han dicho- era una obscenidad. Y además, toqueteándolo todo podía coger mil enfermedades. Y el niño se lo creyó y ahora parece feliz.

Lo cierto es que hemos distanciado tanto nuestro cuerpo de los restantes cuerpos que -en casi todos los idiomas occidentales- hablar de contacto físico es hablar de contacto carnal. Porque da la impresión de que, para nosotros, los civilizados, no hay más contacto cuerpo a cuerpo que aquel al que nos obliga la cópula. Y aún ese ayuntamiento carnal parece que lo hacemos tan mal, tan falto de espontaneidad, tan lleno de reservas que han surgido mil técnicas para enseñarnos a hacer el amor. O sea, que aquello que todo ser vivo tiene aprendido -y bien aprendido- por el sólo hecho de nacer ahora nosotros tenemos que ir a la escuela para que un ordenador o una monitora -casi siempre no liberada corporalmente- nos diga de qué va. Y al igual que aprendemos a bailar con pies pintados en el suelo, ahora se aprende a copular con movimientos articulados y monótonos. Primero se levanta la pierna derecha, pero no mucho, a continuación ella se inclina ligeramente, luego él baja la pierna derecha hasta… Y a eso le llaman saber follar. Una palabra esta última cuya textura fonética induce ya a pensar en sexo, sólo sexo, no caricias. O sea, en una rápida y aséptica inmersión vaginal.

No, no creo que ese niño pueda ser medianamente feliz tocando sólo la pantalla del ordenador.

Tocar de piel a piel se ha considerado siempre la más natural y gratificante forma de acción social. Es, de hecho, el autentico lenguaje de nuestra especie. Algo que casi hemos perdido ya, que no ejercemos con la necesaria espontaneidad. Una vez más tengo que traer a estas páginas el recuerdo gratificante de mi estancia con los aucas. Ya saben mis lectores, esa tribu amazónica que vivía en el Paleolítico, que ya no vive porque nosotros, los hombres blancos, los que no tocamos, los hemos exterminado, desde lejos, claro está. Los aucas tocaban, tocaban siempre y en todo momento. Y su forma de tocar era libre y liberada, no transmitían connotación sexual ninguna. Algo muy distinto a nuestra forma de tocar. Nosotros hemos establecido una tan estrecha relación entre tocar y sexo que se nos hace casi imposible no transmitir una señal sexual cuantas veces tocamos a otra persona. Y esa es una de las razones que nos inhibe de tocar.

Nuestro gran problema empezó cuando la galaxia de Gutemberg -la escritura, que surgió del cerebro de vigilia, razonador- nos fragmentó poniendo por primera vez distancia entre la mente y el cuerpo. Nos hizo mentales. O sea, nos llevó por primera vez a un mundo especular, de simples verdades razonadas, no sentidas. Y así, ahora nos sentimos obligados a razonarlo todo -por aquello de que la razón, como su nombre indica, siempre tiene razón-, ahora necesitamos ser conscientes de las cosas para aprehenderlas. Así, cuando tomamos el sol en la playa no disfrutamos de ese sol si antes no nos hemos argumentado -de acuerdo con lo leído y aprendido- que estamos en la playa y que eso es bueno; además, nos da el sol, nos llena de energía y nos pone morenos y eso es muy saludable y hasta nos hace sentir muy bien.

Y cuando hemos llegado a esa conclusión sonreímos complacidos porque sólo entonces somos conscientemente conscientes de que lo estamos pasando estupendamente. Y es así porque hemos estado viviendo ya en un mundo virtual. La mente racional es el primer ordenador, un ordenador que nos lleva a un mundo no real, a un mundo de imágenes y conceptos, un ordenador que nos distancia del mundo de los sentidos. Y no vemos la realidad de las cosas, vemos su estereotipo, una abstracción previamente calificada y clasificada. De ahí de que estemos convencidos, por ejemplo, de que andar descubiertos bajo la lluvia, mojándonos, no es saludable. Pero, ¿por qué? ¿Quién lo ha dicho? ¿Alguien que lo ha leído en un libro? ¿Alguien que ha calificado y clasificado las mil enfermedades que pueden cogerse si nos mojamos?

Cuando Ubi se comía mis piojos, yo que, si bien bastardo sigo siendo hijo de Gutenberg, rogué a Quento -el guía auca que hizo posible entrara en contacto con esta etnia- le dijera a Ubi que no lo hiciera porque esos parásitos son portadores de todo tipo de enfermedades. Y Quento, que ya sabe leer, asintió con la cabeza y transmitió mi mensaje a Ubi. ¡Bueno, si aquel día Ubi no se murió de risa fue porque el destino ha decidido que sea inmortal! Y entre risas, Ubi dijo a Quento para que me lo dijera a mí -imagen perfecta de un subnormal en la selva- que desde niña se los comía y aún no había estado un solo día enferma. Y yo, sinceramente, me sentí muy ridículo con mi cultura de libros.

Así que los aucas no se preguntan si es bueno tomar el sol, ni necesitan razonar las propiedades del sol; los aucas se limitan a disfrutarlo y a escuchar el lenguaje de su propio cuerpo que les dice -sin poner distancia- cuándo deben protegerse o no de los rayos solares.

Pero lo que importa es que cuando un auca recorría mi pelo buscando piojos o mi cuerpo buscando los pequeños parásitos que anidaban en la piel yo sentía, en esa cercanía, el cálido afecto de sus manos, sabía con toda certeza, sin posible error, que ese auca era mi amigo. En el idioma táctil hay una transferencia profunda, integradora y saludable que la comunicación mental bloquea. Y no digamos ya la pantalla de un ordenador.

No, ese niño del ordenador no es ni será feliz. Es más, yo sé que acabará gritando, medio enloquecido: ¡Tóquenme, por favor!

Joaquín Grau

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Diciembre 2001
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