Consciencia de la consciencia: la infinita profundidad de los segundos

 Ser y estar. Ser o estar. Ser o no ser. ¿Quién es uno cuando uno es? ¿Dónde estamos cuando creemos estar? ¿Cuándo y cómo somos? ¿Somos una historia, una antigua memoria, un sueño, una ilusión… o quizás un proceso continuo de creación?

 Ondas de probabilidades -quizás variedades de la nada- cuando el vacío es totalidad y la realidad es virtual… Queda muy poco para refutar pues podemos serlo todo. Somos un potencial que puede o no desplegarse en el tiempo pero yace implícito en el tiempo cero del ahora.

 Huellas de la conciencia son los segundos pero entre el big bang y el primer segundo ya se jugó entera esta creación. Todo lo realmente importante ocurrió en la primera milésima de segundo. Los modelos físicos han podido remontarse hasta diez a la menos cuarenta y tres segundos después de la explosión original. Es la barrera infranqueable, más allá de la cual las nociones familiares de espacio, tiempo y energía pierden sentido. En la realidad misteriosa del vacío cuántico, sin tiempo y sin lugar, toda interacción podría comenzar; allí, el universo todo, contenido en el vacío, es un océano virtual de energía ilimitada. Nuestra realidad es un colapso de esa función totipotencial. Una sombra de esa luz.

 “La creación continúa en cada uno. Todo lo que de veras cuenta ocurre ahora, en esta fracción de segundo que ya nunca ha de volver pero que siempre dejará perenne su huella en el ser.”

 Si una cantidad de energía adecuada es suministrada, la materia puede surgir del vacío. Una cantidad inconcebible de energía ha debido ser inyectada en el vacío antes de la explosión original provocando la onda cuántica original que originaría el universo conocido. Todo ocurre a partir de aquel momento en que la misteriosa atención de una Conciencia introduce en el vacío los infinitos patrones de organización que se despliegan en la expansión. Antes de las primeras trillonésimas de trillonésimas del primer segundo, el universo entero es miles de millones de veces más pequeño que un átomo de hidrógeno y tiene la inconcebible temperatura de 1032 grados centígrados. Billonésimas de segundo después -hacia los 10-32 segundos- tiene lugar la primera gran transición de fase y la fuerza de gravedad se separa de las otras tres fuerzas fundamentales.

En este minúsculo universo ardiente los quarks, los electrones y sus antipartículas surgen del vacío. Una millonésima de segundo después, en ese intenso océano implícito de oleajes de materia, antimateria y luz la fuerza fuerte se separa de la fuerza débil, lo que da lugar a una liberación de energía de tal magnitud que acelera brutalmente la expansión del universo iniciando el llamado período inflacionario, tiempo en que el universo adquiere la dimensión colosal de 300 metros de diámetro. En las próximas billonésimas de segundo la fuerza electrodébil se separa en fuerza débil y fuerza electromagnética hasta que a los 10-6 segundos, sólo una millonésima de segundo después de la gran explosión, las cuatro fuerzas fundamentales que van a controlar el universo ocupan sus lugares y la conciencia original expresa su estrategia en la fusión: los quarks se unen en protones y neutrones, comienza la nucleosíntesis del hidrógeno y el helio que después habrá de continuar en los hornos estelares para que los elementos de la creación se recreen en la danza de la vida.

 El movimiento de la conciencia genera en el universo naciente su profunda huella desde el primer milisegundo cuando cuatro semillas prodigiosas -protones, neutrones, electrones y fotones-, animados por una enorme cantidad de energía, empiezan a germinar en el jardín de la expansión. La temperatura del amor era en ese tiempo de la conciencia de mil millones de grados centígrados; por debajo de esa temperatura la fusión de protones y neutrones es posible por la acción de la fuerza nuclear fuerte.

 A los 300.000 años de edad la temperatura es suficientemente baja para que la fuerza electromagnética entre en juego y los electrones ocupen sus orbitales alrededor de los núcleos de hidrógeno y de helio. Su materia hace entrar en acción la fuerza de la gravitación y el programa de la fusión continúa dando origen a las galaxias que pueblan el universo.

 Como si fueron ecos o fractales de la primera gran expansión, los densos corazones de las supernovas donde se sintetizan los núcleos de los elementos más pesados explotan y dispersan a miles de kilómetros por segundo su preciosa carga que, de nuevo bajo el efecto de la gravedad, será reunida en estrellas de segunda generación como nuestro sol. A la temperatura adecuada, los electrones se unirán a los núcleos para formar los átomos constitutivos de la materia de la que estamos hechos. Hasta que, en un instante de esa cósmica conciencia, en la delicada e impredecible trama de una atmósfera planetaria nutrida por la luz, surge -como sangre de la vida- el agua.

 Miles de millones de años después, en un tiempo de conciencia llamado humanidad, la consciencia será consciente de su consciencia y, en esa conciencia de la conciencia, el programa de la creación será a sí mismo revelado como el programa del amor: continuidad de la fusión que en el sol une dos átomos de hidrógeno para formar helio y con esa bomba de fusión producir toda la luz y el calor que reveló desde la química orgánica la corriente profunda de la vida.

 Y las mismas energías que en el primer milisegundo programaron el curso de la creación se recrean en la consciencia de la conciencia cuando todo el potencial del presente nos hace reconocer esa presencia intensa de una sola esencia: Ser. El mismo Ser que danza en todos los ritmos de la naturaleza, que asume las armónicas de toda la materia, que se expande en las supernovas y se contrae en los planetas.

 Después del primer milisegundo, a través de las fusiones infinitamente repetidas, el Ser se diversificó en toda la materia. Antes de las partículas elementales, aun antes de la emergencia de los quarks, cuando nada había, todo estaba, todo era como un campo de posibilidades infinitas. Todos éramos el Ser en la infinita quietud de su conciencia. Y cada vez que la conciencia se aquieta, el tiempo cero de la Unidad regresa.

 En ese presente expandido, la conciencia crea el universo. En ese campo unificado, todos somos un solo Ser.

Jorge Carvajal

Este reportaje aparece en
34
Diciembre 2001
Ver número