Los niños están hoy sometidos a niveles intolerables de ruido

La Organización Mundial de la Salud reconoce claramente que el ruido perjudica la salud y que además de sordera, desconcentración, dolor de cabeza, insomnio y estrés puede llegar a ser causa de hipertensión, aumento del riesgo cardiovascular, excitabilidad del aparato digestivo y úlceras, tensión muscular e, incluso, pérdida de visión. En los niños –los más vulnerables a sus efectos- disminuye además el rendimiento cognitivo. Sin embargo, las autoridades lo consideran erróneamente un problema menor y apenas se ocupan de él. Es pues urgente exigir el cumplimiento de la normativa, especialmente en aquellos lugares dedicados a los niños ya que en algunos el nivel de ruido es intolerable.

“La inteligencia es una facultad humana inversamente proporcional a la capacidad para soportar el ruido”.
Arthur Schopenhauer (1788-1860)

Comenzamos el día escuchando el atronador ruido del despertador que emite a una intensidad de entre 65 y 80 dB, un sonido intolerable si se tiene en cuenta que la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que 65 dB es el límite de tolerancia. Pero a esto hay que añadirle los ruidos que producen el frigorífico (45-67 dB), la lavadora (45-77 dB), la televisión (unos 70 dB) que encendemos mientras desayunamos, la cisterna del baño (75 a 85 dB), la batidora (65-90 dB), el microondas (unos 55 dB) y, ya de paso, el del grito del niño que dice que no quiere ir al colegio (unos 110 dB). En suma, antes de salir de casa cada mañana hemos sometido a nuestro organismo a un nivel de ruido rayano en lo insoportable. Claro que la situación empeora al llegar a la calle y no mejora excesivamente cuando llegamos al trabajo. Y encima, como en nuestro país se hace gran parte de la vida de puertas afuera el ruido puede convertirse ya en algo enloquecedor las noches de verano cuando están en pleno apogeo bares, restaurantes, terrazas, etc. Pues bien, sepa que esta situación, mantenida en el tiempo, puede provocar daños graves -algunos irreversibles- en nuestro organismo (lea el recuadro adjunto con las consecuencias que puede generar el ruido y se asombrará).De hecho, la situación ha llegado a tales límites que distintos organismos internacionales se han puesto manos a la obra para concienciar a la población de ello. A fin de cuentas, el ruido es el contaminante ambiental que más sufrimiento ocasiona a los ciudadanos a juzgar por el número de reclamaciones y denuncias que se presentan. Sólo en Madrid se presentan más de 7.000 denuncias al año por ruidos excesivos.

En todo caso, es el ruido generado por la actividad del hombre el principal contaminante acústico. La propia OMS afirma que el ruido es el “riesgo laboral” de mayor prevalencia en el mundo y un verdadero problema de salud pública. Sin embargo, a pesar de tales advertencias se trata de un problema que apenas suscita atención, probablemente por desconocimiento de sus graves efectos. O quizás porque los ciudadanos de las grandes urbes han asumido que el ruido es inherente a la moderna sociedad tecnológica. Es lo único que puede explicar que protestemos de forma airada ante otras cuestiones que también atentan contra nuestra salud y hasta ahora hayamos guardado sepulcral silencio respecto al ruido.

Pero, ¿qué es el “ruido”? La verdad es que no existe una definición exacta para este concepto. El ruido es, ante todo, sonido… pero un sonido que provoca sensaciones desagradables en quien lo percibe. Otra forma de definirlo es acudir a la descripción que del ruido hacen los médicos. Estos lo consideran como “el sonido que puede producir pérdida de audición, ser nocivo para la salud o interferir gravemente una actividad”. Pero si tenemos en cuenta el punto de vista de la Física el ruido, como sonido que es, está constituido por ondas acústicas que se propagan a través de sustancias sólidas, líquidas o gaseosas conformadas por pequeñas fluctuaciones de presión que son trasmitidas desde su fuente emisora hasta el oído del receptor. A las variaciones de la velocidad de dichas ondas sonoras se las llama frecuencia y su valor se expresa en ciclos por segundo o hertzios (Hz). Bueno, pues el oído humano puede captar –como norma general- todo sonido que se encuentre entre 20 y 20.000 Hz. En cuanto a la intensidad sonora del ruido su unidad de medida es el decibelio (dB) que es la variación sonora más pequeña perceptible por el oído humano.

Según la OMS los ruidos de la vida cotidiana oscilan entre 35 y 85 decibelios añadiendo que por debajo de los 45 se vive en un agradable bienestar pero a los 55 una de cada diez personas ya nota molestias siendo a partir de los 85 cuando la totalidad de la población manifiesta alteraciones. De ahí que la OMS haya fijado el límite de tolerable en 65 dB.

El Parlamento Europeo, por su parte, define la contaminación acústica como “la presencia en el ambiente de ruidos o vibraciones, cualquiera que sea el emisor acústico que los origine, que implique molestia, riesgo o daño para las personas, para el desarrollo de sus actividades o para los bienes de cualquier naturaleza incluso cuando su efecto sea perturbar el disfrute de los sonidos de origen natural o que causen efectos significativos sobre el medio ambiente”.

ESPAÑA, UN PAÍS RUIDOSO

Pues bien, España es el segundo país con mayor índice de contaminación acústica. Bares, terrazas, espectáculos al aire libre… pero también mercados donde se siguen ofreciendo las mercancías a gritos, una facilidad inusual para usar el claxon del coche, sirenas de emergencia que a veces se conectan sin que se produzca emergencia alguna, la preferencia por el coche privado antes que por el transporte público, aeronaves que sobrevuelan lugares habitados, constantes obras en las calles, electrodomésticos ruidosos… Eso además de que, como es obvio, las sociedades ruidosas están formadas por individuos ruidosos y los hispanos lo somos. Y mucho. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) más de nueve millones de españoles están sometidos a “condiciones extremas de contaminación acústica” con una población“expuesta de manera constante e ininterrumpida a ruidos de más de 65 dB”. Lo que nos concede el dudoso honor de ser sólo menos ruidosos que los japoneses con la diferencia de que sus ruidos proceden de su febril actividad industrial.
Los datos no son menos alarmantes cuando los aporta la Unión Europea. Según ésta “más de la mitad de la población española vive permanentemente expuesta a niveles de ruido de 65 más de dB”. Y hay más datos. La Sociedad Española de Otorrinolaringología y Patología Cervico-Facial afirma que son cerca de ¡tres millones! los españoles que soportan en sus puestos de trabajo niveles de ruido de más de 85 dB.
En cuanto a Europa la situación no es mucho mejor a tenor de un informe que en su día publicara la OCDE relativo a 14 países. Esta organización calcula que “80 millones de europeos están expuestos a niveles de ruido inaceptables y otros 170 viven en zonas en las que el ruido causa serias molestias durante el día”. Además, otros 300 millones soportan de forma constante niveles de entre 55 y 65 dB. La OCDE estima que la contaminación provocada por el ruido limita la calidad de vida de una cuarta parte de la población de la Unión Europea (debemos aclarar que el informe se publicó cuando estaba formada sólo por 15 países).
Esta institución también ha evaluado que las fuentes principales de las que procede el ruido ambiental que afecta a más personas son –y por este orden- el tráfico rodado, el tráfico aéreo, el tráfico ferroviario y las actividades comunitarias englobándose dentro de éstas tanto las fuentes de ruido mecánicas o eléctricas como las actividades de personas y animales.

EL RUIDO DAÑA

En suma, el ruido –definido como el sonido excesivo innecesario e indeseable que implica una reacción psíquica o fisiológica- puede causar daño a quienes están expuestos durante un largo período de tiempo a él. Y según la OMS ese daño puede traducirse en distintas clases de respuestas reflejas que, si se mantienen “generan en el sujeto patrones de inadaptación psicofisiológica con repercusiones neurosensoriales, endocrinas, vasculares y digestivas. También son causa de trastornos del equilibrio, sensación de malestar y fatiga psicofisiológica que puede alterar los niveles de rendimiento”.

También establece la OMS que cuando se superan los 85 decibelios de forma habitual se puede originar lo que se denomina “sordera sensorineural progresiva” que no es otra cosa que la falta de excitación en las neuronas. Sobrepasados los 125 decibelios aparece el dolor llegando al umbral del mismo a los 140 decibelios. Bueno, pues la OMS advierte claramente que son las mujeres, los ancianos, los niños, los enfermos, las personas con alteraciones visuales y auditivas, las embarazadas y los fetos los más sensibles a los efectos nocivos del ruido y los que tienen mayor riesgo de padecer trastornos psíquicos, neurodegenerativos, psicosociales y psicosomáticos a causa de la contaminación acústica. Luego son estos colectivos los más expuestos a sufrir lesiones auditivas, alteraciones del sueño, estrés, hipertensión, problemas cardiacos y problemas de comunicación y concentración. Pero además, según Antonio Lamarca –un experto en ruido al que entrevistamos en diciembre de 2001 (vea lo publicado en el nº 34 de la revista en nuestra web: www.dsalud.com)– bastan 100 horas de ruido ambiental para que aparezcan multitud de síntomas y sensaciones que desaparecen después de un ataque de pánico que en realidad no sería –así lo afirma Lamarca- más que “una desconexión temporal que hace el cerebro para arreglar su estado de saturación y poder recuperarse”. Es decir, según Lamarca el ruido es capaz de provocar bloqueos cerebrales que, afortunadamente, duran apenas 10 minutos… pero que pueden ser la causa de miles de accidentes y de situaciones de riesgo para quienes los sufren.

Es tal el daño que produce el ruido en nuestro sistema que, según los expertos, una persona necesita treinta minutos de silencio para recuperarse de una exposición de 10 minutos a un ruido de 100 dB. Pero si se expone a ese mismo ruido durante noventa minutos requerirá ¡36 horas! para recuperar su capacidad auditiva normal. El problema añadido es que estos daños se producen de manera tan sutil que el propio afectado no percibe ninguna pérdida auditiva hasta que ésta afecta a frecuencias más habituales de la vida cotidiana como son las del habla. Además, numerosos estudios han constatado que las personas no sometidas a ruidos excesivos a lo largo de sus vidas presentan en la vejez pérdidas auditivas despreciables por lo que quizá la presbiacusia (pérdida de audición por la edad) sea más un fenómeno unido al ruido ambiental que al envejecimiento.

Otro dato preocupante es que cuando estamos expuestos al ruido durante nuestros periodos de sueño no descansamos como sería deseable –no llegamos a conciliar un sueño profundo- y nuestro organismo no puede realizar de forma efectiva las tareas de autorrecuperación y autosanación que se ponen en marcha durante el sueño. De ahí que al día siguiente “no nos encontremos bien” sin saber por qué.

JÓVENES Y NIÑOS, LA POBLACIÓN MÁS SENSIBLE

Por eso la OMS y las distintas instituciones europeas hacen especial hincapié en el cuidado que se ha de tener con jóvenes y niños respecto al ruido al que están expuestos. En el caso de los jóvenes porque, aún siendo capaces de discernir por sí mismos, es el colectivo que menos parece tener en cuenta los efectos perjudiciales del ruido y acuden confiados a conciertos, discotecas y cines –lugares de ocio en los que normalmente se superan los 100 dB- y utilizan constantemente walkmans y discmans sin valorar que su sonido supera fácilmente los 70 dB. Eso es lo que convierte a los jóvenes en el colectivo de mayor riesgo. Juzgue el lector: se cree que el nivel de ruido al que está sometido un joven que asiste a una discoteca cuatro horas a la semana puede ser equivalente al de un trabajador del sector textil trabajando 40 horas a la semana. Éste es uno de los factores por los que, según la Sociedad Española de Otorrinolaringología y Patología Cervico-Facial, se está produciendo una alarmante pérdida de audición entre las personas más jóvenes.

En cuanto a los niños su situación no es menos alarmante ya que no sólo soportan ruidos excesivos en lugares de ocio o en zonas recreativas sino que están creciendo en una especie de “cultura del ruido”. Tanto es así que incluso en las escuelas -que deberían ser lugares silenciosos y tranquilos- están expuestos a los efectos de la contaminación acústica. De hecho, ya se considera habitual que el ruido que soportan nuestros niños durante las horas lectivas sea superior… ¡a 65 dB! Es decir, al menos 5 dB por encima del nivel de una conversación normal y muy lejos de los 40 que sugiere la OMS para los colegios y centros docentes. Una situación incomprensible cuando miles de estudios realizados con población escolar han demostrado que la exposición continuada de los niños a elevados niveles de ruido incide de manera significativa en su atención, capacidad de aprendizaje y adquisición de la lectura.
Por ejemplo, un informe internacional publicado en el 2001 por el Instituto Nacional de Salud Pública de Dinamarca con el título “Efectos del ruido en la salud de los niños e impresiones de los riesgos del ruido” y en el que participaron expertos daneses, holandeses, suecos y portugueses pone de manifiesto que en los niños el ruido produce estrés y afecta negativamente a su capacidad de concentración además de entorpecer su aprendizaje.

Otro estudio internacional, en este caso canadiense y realizado M. Picard -de la Universidad de Montreal- y S. Bradley -del National Research Council de Ottawa- recoge que en una clase típica de niños de 6 años lo común es que los pequeños sólo oigan las dos terceras partes de lo que el profesor dice. La otra tercera parte de la información transmitida por el docente se pierde a causa del ruido (mala acústica del aula, ruido de la ventilación, ruidos del exterior, etc.)

Más datos. En este caso los que aportan las diferentes investigaciones realizadas en Madrid por el Departamento de Psicoacústica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)  que trataban de evaluar la eficacia de diferentes estrategias de aislamientos para colegios afectados por contaminación acústica a causa del tráfico, ya fuera rodado, aéreo o ferroviario. Las conclusiones no dejan lugar a dudas: el ruido ambiental provoca interferencias en los procesos de comunicación y cognitivos que, ni que decir tiene, son los pilares básicos en los que se asienta la capacidad para aprender.
Por resumir los datos aportados por los distintos estudios sobre niños y ruidos, aportaremos los que baraja la Organización Mundial de la Salud. Para la OMS existen –textualmente- “suficientes y consistentes evidencias científicas que muestran que la exposición crónica a niveles elevados a ruido ambiental influye en las funciones cognitivas y en la salud de los niños”. Las investigaciones de esta organización al respecto han encontrado evidencias consistentes de que el ruido daña la actividad cognitiva de los niños, evidencias de deterioro de su bienestar y su motivación, evidencias de efectos sobre la presión sanguínea y la secreción hormonal y evidencias de efectos sobre la salud mental y trastornos del sueño. Además, la OMS también encuentra los síntomas propios del estrés entre los más pequeños. La madre que grita cuando el niño no obedece; los padres que discuten en voz alta; la televisión o la radio emitiendo constantemente a todo volumen; las fiestas infantiles en las que los animadores piden a los niños que griten más y más alto; las zonas recreativas para niños con músicas a un volumen atronador; el tráfico; el ruido en las aulas. En suma, los ruidos de todas las naturalezas, intensidades y procedencias, etc., son algo más que situaciones que provocan estrés acústico en los niños ya que se convierten en los cimientos de pérdidas de audición y de otras dolencias hasta hace poco impensables en los más jóvenes. De ahí que hoy sea una exigencia procurarnos espacios tranquilos donde nuestros niños crezcan y se eduquen. Quizás no podamos reducir del todo el nivel de ruido que procede de la calle pero sí podemos hacer de nuestras casas entornos silenciosos donde los pequeños gocen de una mejor calidad de vida y de un ambiente grato para su desarrollo psicosocial. Evitar gritos, bajar el volumen de la televisión, educarles en el silencio o limitar la asistencia de los niños a lugares donde se produzcan ruidos molestos puede ser una simple pero efectiva manera de mantenerles sanos.

NORMATIVAS CONTRA EL RUIDO

Y a todo esto, ¿qué respuesta dan las instituciones encargadas de velar por nuestra salud? Pues básicamente dictar normas o directivas… que raramente se cumplen. Así,la mayoría de las legislaciones europeas establecen en 65 el límite de decibelios aceptables de día y en 55 durante la noche. En cuanto al máximo ruido permitido en lugares públicos –tanto cerrados como al aire libre- varía bastante de unos países a otros pero los valores medios son: no más de 25 dB en hospitales; 30 en bibliotecas y museos; 40 en cines, teatros y salas de conferencias, centros docentes y hoteles y 55 en grandes almacenes, restaurantes y bares.
En España hace menos de un año que se aprobó la Ley 37/2003, de 17 de noviembre, del Ruido que es la que rige a nivel nacional y traspone la Directiva 2002/49/CE, de 25 de junio, del Parlamento y del Consejo europeos sobre Evaluación y Gestión del Ruido Ambiental. Una ley cuyo calendario de aplicación es, para empezar, escandaloso. Y es que los “mapas de ruido” de las distintas áreas que se establecen dependiendo de su uso -sanitario, educativo, recreativo, residencial, religioso, industrial, etc.- no tendrán que hacerse “antes del día 30 de junio de 2007 los correspondientes a cada uno de los grandes ejes viarios cuyo tráfico supere los seis millones de vehículos al año, de los grandes ejes ferroviarios cuyo tráfico supere los 60.000 trenes al año, de los grandes aeropuertos y de las aglomeraciones con más de 250.000 habitantes. Y antes del día 30 de junio de 2012 los correspondientes a cada uno de los restantes grandes ejes viarios, grandes ejes ferroviarios y aglomeraciones”. Una vez elaborados los“mapas del ruido” la ley otorga un año de plazo para poner en marcha los mecanismos para su cumplimiento. Lo grave es que la ley no fija límites generales sino que deja en manos de los ayuntamientos la competencia para determinar los niveles de ruido admisibles así como la competencia para sancionar a los infractores por lo que hoy se pueden encontrar en España tantas normativas sobre ruido como ayuntamientos… y no hay precisamente un criterio único.Es decir, hay ordenanzas municipales más restrictivas y otras más permisivas. Así, la ordenanza aprobada para Madrid –que entró en vigor en junio pasado- establece distintas áreas acústicas en función de la actividad que se realiza en ellas y unos límites de ruido para cada una de esas divisiones. Por ejemplo, se considera la existencia de Áreas de silencio (empleadas para equipamiento sanitario o social) en las que –según el artículo 13.1 de la ordenanza- ninguna actividad podrá transmitir al medio ambiente externo niveles sonoros superiores a 45 dB por el día y 35 por la noche. En cambio, los valores para otras áreas llamadas Levemente ruidosas (las de uso residencial, educativo, cultural, religioso y las zonas verdes que no sean de tránsito) son de 55 dB por el día y 45 por la noche.

CONTROLE “SU” RUIDO

En definitiva, las molestias producidas por el ruido representan hoy uno de los principales problemas de salud en las grandes ciudades. Para algunos son las “inevitables servidumbres del progreso” pero lo cierto es que la falta de conciencia de unos pocos -para los que el ruido parece haberse convertido en el hilo musical de sus vidas- está afectando negativamente a los demás. Y nosotros no tenemos porqué ser víctimas de la sordera que actualmente padecen la mayor parte de los encargados de poner la música en los locales. El ruido es dañino y no debería ser tolerado en los lugares públicos cuando puede evitarse. No permita pues que nadie abuse de usted imponiéndole niveles de ruido excesivos. Si va con sus hijos al cine y el volumen es intolerablemente alto… proteste. No se calle y proteja su salud. Que la actitud borreguil de la mayoría no le sirva de coartada. Y lo mismo cabe decir si les lleva a un parque de atracciones, a una feria, a un centro de ocio infantil o a una simple cafetería. Es necesario que los responsables de esos lugares empiecen a concienciarse. Piense que de su actitud dependerá que la salud de sus hijos –y la de todos nosotros- siga viéndose o no agredida con impunidad. Actúe usted sin esperar a que otros le resuelvan el problema.

L. J.

Recuadro:


Efectos nocivos del ruido

El daño que puede provocar el exceso de ruido no se limita a la sordera temporal o permanente o a problemas de equilibrio sino que además produce:

Interferencias en la comunicación oral. La inteligibilidad de la comunicación se reduce por el ruido de fondo. Para que una frase sea audible debe superar los 10 dB y se considera que una conversación tranquila en el interior de una casa se produce a 55 dB. Pero –a modo de ejemplo- si a sólo 5 metros pasa una moto con el tubo de escape averiado el nivel de ruido sube a 90 dB por lo que el cerebro -que es quien separa e identifica las fuentes sonoras- tiene que hacer un esfuerzo suplementario para comprender lo que dice nuestro interlocutor. Además, para hacernos oír elevamos la intensidad de nuestra voz hasta los 100 dB, es decir, hablamos a gritos.
Estrés.Estar sometidos a niveles elevados de ruido produce estrés y éste, a su vez, puede producir alteraciones en los sistemas neurosensorial, circulatorio, endocrino y vegetativo.
Perturbaciones del sueño. El ruido ambiental produce importantes trastornos del sueño. La exposición al ruido durante el sueño es especialmente grave ya que perturba los mecanismos fisiológicos reparadores que se ponen en marcha durante ese periodo. Los efectos primarios del ruido son dificultad para conciliar el sueño, interrupción del mismo, alteración de la profundidad del sueño e insomnio que provocan cambios en la presión arterial, en la frecuencia cardiaca, vasoconstricción, variación de la respiración y mayores movimientos corporales que, a la mañana siguiente, se traducen en fatiga, irritabilidad, tristeza, bajo rendimiento laboral, apatía, depresión, dolor de cabeza, comportamientos agresivos, etc.
Alteraciones del sistema circulatorio. Favorece la hipertensión arterial, la arritmia cardiaca, la vasoconstricción, el aumento del riesgo de infartos, etc.
Aumento de la frecuencia respiratoria.
-Aumento de la presión intracraneal.
-Aumento de la secreción ácida del estómago y de los problemas digestivos que se derivan de esta circunstancia.
-Aumento de la secreción de hormonas suprarrenales (común en las reacciones de alarma y de estrés agudo) y otras disfunciones del sistema endocrino.
-Alteraciones del ciclo menstrual y disminución del índice de fertilidad.
-Disminución de la agudeza visual y de la visión cromática.
-Dificultad para concentrarse, descansar, memorizar o resolver problemas. En un ambiente ruidoso, a partir de 60 dB, el aprovechamiento es menor, se cometen más errores y el aprendizaje es más lento e ineficaz.
-El ruido afecta al rendimiento escolar de los niños ya que dificulta la adquisición y comprensión de la lectura, la motivación, concentración y aprendizaje.

Cabe añadir que aunque el ruido ambiental no causa directamente enfermedades mentales se estima que el ruido excesivo provoca el 20% de los internamientos psiquiátricos por neurosis y que hace aumentar de forma exponencial el consumo de sedantes y somníferos en las zonas ruidosas en las que, además, se registra un mayor número de ingresos en clínicas mentales. Es decir, que el ruido puede acelerar o intensificar el desarrollo de trastornos mentales latentes.


Niveles de ruido, actividades y sensaciones

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido diferentes niveles de ruido y las sensaciones que de ellos se derivan:

Ruido intolerable:
150 dB. Es el caso del ruido que produce un petardo que estalla a nuestro lado. Provoca dolor insoportable y riesgo de sordera permanente, entre otros posibles problemas.
140 dB. Es el ruido que se percibe, por ejemplo, estando a 25 metros de un avión que despega. Provoca dolor y daños auditivos.
130 dB. El de un motor a reacción a 10 metros. Provoca una sensación dolorosa.
120 dB: El de un martillo pilón o un concierto de rock. Sensación dolorosa.
110 dB. El habitual de una discoteca. Es similar al de una motocicleta con escape libre estando a un metro. Sensación insoportable y necesidad de salir de este ambiente.

Ruido fuerte:
100 dB. El de una sirena de policía o ambulancia estando a 10 metros o el de una discusión a gritos. Produce una sensación molesta.
90 dB. El habitual de un taller mecánico, una imprenta, un sonajero a 30 centímetros, un túnel de lavado de coches o el del claxon. Sensación molesta.
80 dB. El que se escucha en el interior de un vagón del metro, una calle ruidosa, una carretera con tráfico intenso o una cadena de montaje. Produce molestia.

Ambiente ruidoso:
70 dB. El de una conversación en voz alta, el propio de un extractor de humos a 1 metro o el del tráfico rodado. Ruido de fondo incómodo para conversar.
60 dB. El que produce una conversación sosegada, un ventilador a 1 metro o una lluvia fuerte.


Los recién nacidos pueden sufrir daños por ruido en la incubadora

Los niños recién nacidos que deben pasar un tiempo en la incubadora son vulnerables en muchos aspectos… incluido al ruido. Eso es lo que afirman numerosos investigadores para los cuales los bebés tratados en las unidades de cuidado intensivo neonatal están expuestos a ruidos constantes sin ningún periodo de descanso.

Un artículo publicado en la prestigiosa revista norteamericana Pediatrics recoge que el ruido puede alterar el crecimiento y el desarrollo normal de los recién nacidos. De lo que no existe duda es de que el ruido a tan sólo 45 dB puede producir daños en su cóclea. Para evitarlos basta con que el personal de Neonatología evite que se produzca ruido sobre o en torno a la incubadora; por ejemplo, no usando la parte superior de la misma para escribir, cerrando siempre la puerta de la misma con cuidado y llevando zapatos de suela blanda.


El ruido atenta contra los derechos fundamentales, según el Tribunal Constitucional.

El pasado mes de marzo la Sala Primera del Tribunal Constitucional dictaba una sentencia -de la que fue ponente el propio presidente del Constitucional, Manuel Jiménez de Parga– por la que se reconoce que el ruido atenta contra los derechos fundamentales de las personas. De esta forma, el Constitucional rechaza el recurso de amparo presentado contra una sanción impuesta a un bar de Gijón por infracción de la ordenanza municipal sobre contaminación acústica. En la sentencia el alto tribunal subraya la relevancia de la protección de los derechos fundamentales vinculados a la salud, integridad física y moral, la intimidad personal y la inviolabilidad del domicilio y establece la “posible incidencia” del ruido sobre la integridad real y efectiva de dichos derechos.

En opinión del Constitucional, “el ruido puede llegar a representar un factor psicopatógeno y una fuente permanente de perturbación de la calidad de vida de los ciudadanos, según acredita la Organización Mundial de la Salud”. La propia sentencia recoge que la exposición prolongada al ruido puede derivar “en patologías como deficiencias auditivas, dificultades de comprensión oral, perturbación del sueño, neurosis, hipertensión e isquemia” y puede influir en la conducta de los individuos hasta el punto de “reducir los comportamientos solidarios e incrementar las tendencias agresivas”.

Pero quizás lo más importante de esta sentencia es que sienta jurisprudencia y demuestra que los tribunales son sensibles a que la contaminación acústica no es sólo un delito ecológico –que atenta contra nuestro derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado y de una calidad de vida óptima- sino que, además, puede provocar graves problemas de salud en los ciudadanos.


La OCU lleva casi 10 años denunciando el exceso de decibelios en las salas de cine y discotecas

Desde 1996 la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) advierte en repetidos estudios que ir al cine o a una discoteca “puede convertirse en una amenaza para la salud auditiva de los espectadores al superar el límite máximo aconsejable de los 90 decibelios”. Estos datos se desprenden de sus propias mediciones, realizadas durante estos años en distintos locales de Madrid. Por ejemplo, en el caso de las salas de cine las mediciones se realizaron en el 2001 en más de una docena de cines en los que se exhibían películas infantiles y de acción. Pues bien, los sonómetros de la OCU indicaron que el volumen de sonido en el que se proyectan estas películas –que suelen durar una hora y media- supera frecuentemente los 75 decibelios y en todos los casos se superan en algún momento los 105.

La OCU lleva desde entonces exigiendo que se limite el volumen de decibelios en el interior de los locales públicos a los que acuden niños y jóvenes… sin mucho éxito. Nos unimos a esa exigencia.


Téngalo en cuenta

Un nivel de ruido de 80 dB no es el doble de 40 dB sino unas 10.000 veces más alto ya que la escala que indica la intensidad del ruido es logarítmica. Esto significa que, aproximadamente, cada tramo de 10 dB multiplica por 10 el nivel de ruido inferior.

Este reportaje aparece en
65
Octubre 2004
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