Elisabeth Kübler-Ross, la madre de los enfermos terminales

La doctora de origen suizo Elisabeth Kübler-Ross, mundialmente conocida por las obras en las que narra el proceso que vive una persona cuando se enfrenta al final de su vida así como las experiencias en el umbral de la muerte de muchos de los enfermos terminales que atendió durante más de 25 años en distintos hospitales -y que según su convicción demostraba la existencia de “vida después de la muerte”- falleció por causas naturales el pasado 24 de Agosto en  su casa de Scottsdale (Arizona) a los 78 años. Doctora honoris causa por numerosas universidades de varios países estaba considerada una autoridad en Tanatología pero internacionalmente se la conoce sobre todo por sus libros, una veintenatraducidos a varios idiomas de los que se han vendido millones de ejemplares. Sirva este texto de nuestro compañero Koldo Aldai como sentido homenaje de reconocimiento a su labor y a su persona. 

Desde hace tiempo añoraba la “mariposa” elevarse libre sobre la tierra y por fin se le ha permitido desprenderse de su cuerpo parcialmente paralítico. Más de nueve años ha permanecido inválida, retenida en su “crisálida”. Desde hace tiempo anhelaba “volver a Dios” y, sin embargo, se encontraba atrapada por una enfermedad que la impedía volar a su antojo. Dicen los partes de las editoriales que Elisabeth Kübler-Ross, la madre de los moribundos, el amparo de los enfermos terminales, fallecía el pasado 24 de agosto en Scottsdale (Arizona) a la edad de 78 años por causas naturales pero en realidad difícilmente puede morir quien más tierra ha echado sobre el engaño de la muerte.

Durante todo este tiempo de postración en la cama había acuñado paciencia, forjado aceptación -que no resignación- en espera de su ansiado “turno”. “La gente hace enormes cambios al final de su vida”, decía la gurú de los enfermos terminales. Pero, ¿cuál es en realidad la metamorfosis que había operado en ella la vivencia de su “recta final”? Por de pronto, la mujer rebelde por excelencia se mostraba airada por el atrasamiento “sine die” de su “turno”, por la “mariposa” que no desplegaba sus alas, por un tránsito que se demoraba más de lo previsto.

Llevaba años agotando los últimos latidos pero su alma se demoró en dejar su cuerpo agotado. Conocimos la noticia del tránsito de esta mujer excepcional tras habernos revelado sus experiencias desde la “última hora”. Lecciones de vida (Luciérnaga. Diciembre del 2001) es su última entrega, cargada de testimonios de esperanza entre los que incluye vivencias de su estado de postración. Se trata de un libro escrito junto a su amigo David Kessler que recientemente ha visto la luz en nuestro país.

La doctora Kübler-Ross suspiraba por volver a Dios “que es un lugar donde jamás estamos solos, donde continuamos creciendo espiritualmente, cantando y bailando, donde estamos con nuestros seres queridos rodeados por un amor que es imposible imaginar”. Sin embargo, durante tiempo la retuvo algún asunto pendiente. Esta mujer todo vitalidad, todo nervio, hubo de cursar su última y siempre postergada lección de la quietud y la contemplación: “Dios es muy perspicaz: mi cabeza no se vio afectada por los ataques. No puedo usar la pierna y brazo izquierdos pero puedo hablar y pensar. En este tipo de padecimientos la gente suele quedar con todo el lado izquierdo afectado, incluida la capacidad de hablar bien. Pero eso no me ocurrió a mí: del cuello para arriba estoy completamente intacta y bien aunque todo el lado izquierdo de mi cuerpo está paralizado. Por eso califico de paradójico mi ataque.”

Quien recorrió los cinco continentes en frenética actividad anunciando que la muerte no existe hubo de limitar sus movimientos del paso de la cama a la silla de ruedas y viceversa. Paradojas de la vida, la que hubiera deseado convertirse en “mariposa”, hacer su tránsito al haber tenido que detener su actividad profesional, se pasó largos años en obligada contemplación tumbada a la vera de la ventana. “Supongo que es apropiado que, después de haber asistido a tantos moribundos, disponga de tiempo para reflexionar sobre la muerte ahora que la que tengo delante es la mía propia” afirmaría con pocas dosis de resignación.

Su rebeldía era grande. En el epílogo de la Rueda de la vida” (Ediciones “B”) se quejaba de que necesitaba atención las veinticuatro horas al día, se lamentaba de un timbre que sonaba y ella no podía atender, de la falta absoluta de intimidad. En Lecciones de vida establece la gráfica metáfora a propósito de su situación actual: “Me siento como un avión abandonado en una pista de despegue. Preferiría volver al hangar, es decir, mejorar o despegar por fin. Si pudiera elegir viviría pero eso significaría volver a caminar, ser capaz de trabajar mi jardín, ser capaz de hacer las cosas que me encanta hacer. Si voy a seguir viva quiero vivir”.

A LA VERA DE LA VENTANA

“Hemos pedido a los moribundos que sean nuestros maestros porque no podemos experimentar con la muerte o experimentarla anticipadamente. Debemos confiar en aquellos que se han enfrentado a enfermedades terminales para que sean nuestros instructores”,afirmaba en el epílogo de su última obra.

Hela ahí pues, convertida en su propia maestra, investigando su propio “tramo final”. Hela ahí, la que a tantos moribundos acompañó hacia su tránsito, postrada en la cama aguardando también, como todo “mortal”, su turno de barca hacia la “otra orilla”.

Ahora la doctora ha partido a volar desde un nido que seguramente se le hizo eterno… sólo que en realidad la madre de los moribundos no morirá nunca. Esa es su principal lección. Si muriera, sus libros, su mensaje, su testimonio caducaría. Mas vive ella y vive su legado, su susurro -traducido a innumerables idiomas- de que la vida, en realidad, no se acaba nunca.

Esta doctora en Medicina galardonada con 28 doctorados “honoris causa” y con más de treinta años acompañando en el momento de la muerte a miles de personas, autora entre otras joyas de La muerte, un amanecer (Luciérnaga 1989), hubo de atravesar su particular noche en forma de parálisis como resultado de un infarto y vivir una dura y larga prueba antes de emprender camino de infinitos.

Apuró hasta el límite el margen de trabajo y entrega que le permitió la enfermedad: “Sigo alimentado a doscientos pájaros desde mi ventana y a catorce coyotes y zorros”, comentaba en una breve carta abierta que dio a conocer hace unos años. Deleitaba su mirada con ramos que le llegaban desde todo el mundo y se manifestaba agradecida por la vida en las primeras fases de su enfermedad pues: “Primero, puedo comer todo lo que deseo. Segundo, puedo bañarme sola. Tercero, tengo amigos y vecinos a los que puedo llamar en caso de urgencia. Cuarto, puedo también continuar con los tratamientos semanales que me permiten andar en el agua, que no sobre el aguas; eso tendrá que esperar a mi transición, cosa por la que estoy rogando.”

En 1995 pidió a sus amigos y lectores de todo el mundo que oraran para poder tener un tránsito pacífico“en el proceso de pasar de crisálida a mariposa”. Sin embargo, experimentó una mejoría y el salto se demoró: “Pasé varios años a las puertas de la muerte. A veces pensaba que ésta vendría en unas pocas semanas. Otras muchas me sentía defraudada de que no ocurriera porque estaba preparada. Pero no he muerto porque sigo aprendiendo las lecciones de la vida, mis últimas lecciones”, afirmaba en el prólogo de Lecciones de vida.

Lista se mantuvo durante tiempo para volar quien preparó a tantos hombres y mujeres para su propio vuelo, lista se halló quien pareció comprender en su grandiosa dimensión el sentido último de la vida: “Estamos aquí para sanarnos unos a otros y a nosotros mismos. No una sanación como en la recuperación física sino una sanación mucho más profunda: la sanación de nuestros espíritus, de nuestras almas.”

INTENSA RUEDA DE LA VIDA

“Hay muchas personas que han existido pero realmente nunca vivieron. Gastaron cantidades inmensas de energía en mantener ocultos sus asuntos inacabados”, afirmaba la doctora. Muy probablemente no fue ese su caso. Quien explore la Rueda de la vida, su apasionada y apasionante biografía, hallará un entusiasmo inquebrantable en cada uno de su capítulos. Aquel bebé que apenas pesaba un kilo en el momento del nacimiento haría más tarde tronar el mundo.

Elisabeth Kübler-Rosse se tomó en serio aquella célebre frase de Hellen Séller: “La vida es una audaz aventura o no es nada”. No hay más que verla, siendo una muchacha, viajando por la Europa de la postguerra con su botiquín en la mano y acercándose al mayor número de heridos. No hay más que seguirla en los Estados Unidos viviendo el día a día con los enfermos esquizofrénicos que gracias a ella retornarían a la vida normal. No hay más que observarla preocupada por una digna estancia hospitalaria para los más desheredados construyendo contra viento y marea ranchos para procurar a los enfermos de Sida un espacio hermoso donde apurar sus días. No hay más que contemplarla, una y otra vez, traspasando la línea de demarcación de lo que se considera explorable, desafiando al “stablissement” médico, receloso siempre de su “integridad científica”, con sus prácticas médicas poco ortodoxas.

A pesar de las manifestaciones de hostilidad recibidas continuó con coraje, hasta que el cuerpo se lo permitió, relatando los resultados de sus investigaciones. Tal como afirma de sí misma, pasó la mayor parte de su vida luchando contra las fuerzas -tamaño Goliat- de la ignorancia y el miedo. Pero sobre todo, si queremos captar la instantánea más representativa de su intenso y vital itinerario, habrá que observarla donde pasó más horas: a pie de cama volcando toda su ternura sobre el enfermo. La eterna rebelde se desbordaba en dulzura en el momento del consuelo para con el niño con cáncer, el joven con Sida o el anciano aquejado por el peso de toda una vida.

Magda Catalá, profesora de la Universidad Pompeu Fabra, afirma a propósito de Kübler-Ross: “El amor y la dedicación de esta mujer excepcional permite que hoy muchos médicos, enfermeras y personas del mundo estén científicamente preparadas para entender, acompañar y ayudar a cualquier ser humano en los difíciles momentos que anteceden a su muerte así como para comprender y consolar efectivamente a las personas que sufren la pérdida de seres queridos”.

ASUNTOS PENDIENTES

Acurrucada en su lecho, la doctora activó la “moviola” de su vida ancha y pródiga en inquietud exploradora, en valientes gestos de servicio. Lo repitió hasta la saciedad en conferencias y libros: “En la vida después de la muerte todos escuchan la misma pregunta: ‘¿Cuánto servicio has prestado? ¿Has hecho algo para ayudar?’”

A ella le inquietaba llegar de vacío a la otra orilla, la preocupaba no cosechar en la gran medida en que se sentía capaz. Por eso, y aunque hubo de recoger grandes honores de prestigiosas instituciones, se preocupó por hacer acopio de los pequeños, los diarios, los verdaderos reconocimientos. A ella le colmaban aquellos que obtenía en silencio junto a las cabeceras de sus enfermos.

En el epílogo de la biografía que escribió en enero de 1997 aludía una vez más a la muerte como una experiencia maravillosa pero se lamentaba de la prolongación de su proceso. Desde entonces hubieron de pasar ocho largos, duros, fecundos años. ¿Cuál es la vivencia que le quedaba pendiente a la doctora para prolongar tanto tiempo su agonía? Con esta pregunta en la boca acudí hace dos años a Pilar Basté, fundadora de la editorial Luciérnaga y amiga personal de Elisabeth. Nadie como ella en nuestro país ha tenido la oportunidad de acercarse tanto a la mundialmente conocida doctora suiza. No en vano la editorial catalana nació con la finalidad de dar a la luz la obra de Elisabeth Kübler-Rosse y bajo su marca han aparecido la inmensa mayoría de sus títulos.

Pilar no dudó a propósito de su última y decisiva lección: “La que tanto había dado tenía que aprender a recibir”. Parece ser que esto es lo que más le costaba. Por eso debieron dejarla ahí, postrada en la cama, suspendida entre la vida y lo que llaman muerte, para dejarse ser objeto de mil y una atenciones y así aprender a amar recibiendo, de esa forma que ella aún no había experimentado. “La mujer entregada por entero al prójimo debía permitir que el prójimo también cuidara de ella -nos decía Pilar- para cerrar el círculo de dar y recibir, y así saltar al ‘amanecer’ con la lección entera cumplida”.

La propia doctora era consciente de la necesidad del largo proceso que atravesó. Así lo reflejó en su última obra: “Ahora ésta es mi lección: aprender a recibir amor y cuidados, a ser alimentada en vez de alimentar. Comprendí que tenía un muro de piedra en torno al corazón. Su finalidad era protegerme del dolor pero también dejó fuera el amor.”

Elisabeth Kübler-Rosse reflexionó mucho en su obra sobre los “asuntos inacabados”, los defectos que no conseguimos fulminar en el interior de nosotros mismos: “Hay tantas lecciones que aprender en la vida que es imposible asimilarlas todas en el transcurso de una sola existencia. Cuantas más lecciones aprendemos, más asuntos acabamos y vivimos más plenamente, vivimos realmente la vida. Y sin importar en qué momento morimos podemos decir: ¡Dios, he vivido!”.

No sabemos los “asuntos incabados” que hubo de afrontar Elisabeth Kübler-Rosse ni hasta qué punto le escocían los “pendientes” no debidamente abordados pero nos consta que el otro platillo, el de los grandes gestos y obras, le desbordaba. Supo aplicarse a sí misma ese otro cuento que pregonó sin cesar: ”Es muy importante que hagáis lo que de verdad os guste. Sólo así podréis bendecir la vida cuando la muerte esté cerca”.

VÍSPERAS DEL ALETEO

Kübler-Ross afirmaba sin rubor que desde hace ocho años estaba deseando pasar al ”otro lado”. Era consciente de que precisamente su rebeldía la ataba a la tierra, conocía las causas que prolongaban su estado: “Según mi Conciencia Cósmica sé que si dejara de sentirme amargada, furiosa y resentida por mi estado y dijera ‘sí’ a este ‘final de mi vida’ podría despegar, vivir en un lugar mejor y llevar una vida mejor. Pero puesto que soy muy tozuda y desafiante tengo que aprender mis últimas lecciones de modo difícil. Igual que todos los demás”.

El que la doctora anhelara su final físico no quería decir que hubiera olvidado el significado de un dolor que tantas veces y con tanta experiencia y tacto supo amortiguar: “A pesar de todo mi sufrimiento continúo oponiéndome a Kevorkian, que quita prematuramente la vida a las personas por el simple motivo de que sienten mucho dolor o molestias. No comprende que al hacerlo impide que las personas aprendan las lecciones, cualesquiera que éstas sean, que necesitan aprender antes de marcharse”.

Su proceso “final”, no por doloroso dejó de ser consciente: “En estos momentos estoy aprendiendo la paciencia y la sumisión. Por difíciles que sean estas lecciones sé que el Ser Supremo tiene un plan. Y sé que en su plan consta el momento correcto para que yo abandone mi cuerpo como la mariposa abandona su capullo”.

Adelantándose a los acontecimientos tenía ya planeado su futuro: “De todas partes del mundo vendrán mis familiares y amigos, atravesarán en coche el desierto hasta llegar a un diminuto letrero blanco que, clavado en el camino de tierra, reza ‘Elisabeth’ y continuarán su camino hasta detenerse ante el ‘tipi’ indio y la bandera suiza que ondea en lo alto de mi casa de Scottsdale. Algunos estarán tristes, otros sabrán lo aliviada y feliz que estoy por fin. Comerán, contarán historias, reirán, llorarán y en algún momento soltarán muchos globos llenos de helio que se parecerán a E. T. Lógicamente yo estaré muerta.

Dicen que la humanidad no había tenido ocasión de saber tanto de la muerte y de la vida después de la muerte hasta que llegó Elisabeth Kübler-Ross. Pero aún siendo crucial su labor de desentrañamiento del misterio de los misterios, aun siendo capitales las claves que ella ha proporcionado para aligerar el miedo de los miedos se impone subrayar su faceta humana por encima de la intelectual, su determinación para haber encarnado el testimonio de amor que pregonó.

Sanó porque puso alma y corazón a su conocimiento. No en balde ella misma reiteró, una y otra vez, que las mayores satisfacciones en la vida provienen de abrir el corazón a las personas necesitadas, que la mayor felicidad consiste en ayudar a los demás. Magda Catalá, en referencia a la doctora, habla de un amor más allá de lo razonable y lo conveniente, “un amor que trasciende los límites de la propia muerte y, en aras de la verdadera Vida, se desborda”.

Elisabeth Kübler-Rosse ha conquistado ya ese vuelo tan añorado como bien ganado. A sí misma se decía: “Seguir viva significa que aún tengo lecciones que aprender”. El sufrimiento que durante tiempo padeció no fue fruto de un azar sin sentido. Ella lo sabía bien: “Nuestra única finalidad en la vida es crecer espiritualmente. La casualidad no existe”

En la quizás más importante experiencia mística que vivió, la doctora Elisabeth Kübler-Rosse afirmaba que se fundió con la energía espiritual, fuente de toda luz y le fueron reveladas dos palabras claves en sánscrito que decían “Shanti Nilaya”. Estas palabras eran para ella como un tesoro y las tradujo por “puerto de paz”, es decir, la casa a la que volveremos un día después de atravesar nuestras angustias y sufrimientos“después de haber aprendido a desembarazarnos de todo lo sobrante y ser lo que el Creador ha querido que seamos: seres que han comprendido que el amor verdadero no es posesivo y no ponen condiciones con él”.

En su prolongada actividad de conferenciante Kübler-Ross reunió toda una colección de frases llave, de historias y testimonios esclarecedores. Una de esas expresiones brillantes decía que si cubrimos el Gran Cañón del Colorado para protegerlo de las tempestades no veremos nunca la bella forma de sus rocas.

¡Feliz vuelo pues por los cañones y montañas de otro brillo de otra roca a la mujer que tanto coraje y esperanza sembró y sigue sembrando a lo largo y ancho de nuestro mundo!
Una y miles de veces la doctora transmitió a sus enfermos y moribundos que tenían la fuerza suficiente como para poder afrontar su sufrimiento y agonía. Una y otra vez les transmitió que nunca se nos da más de lo que podemos aguantar.
¡Sea la paz para quien logró acallar tantos dolores y agonías ajenas!

Koldo Aldai

 Recuadro:


Testamento de quien nunca creyó en la muerte

La verdad de la doctora Elisabeth Kübler-Rosse se hallaba por encima de las religiones y de las coyunturas de un tiempo determinado, de una geografía. He aquí algunos retazos de esa verdad extraída de sus libros, pinceladas de esa certidumbre que fue capaz de resucitar a miles de personas que comenzaban también a “morir” un poco con la partida de seres queridos:

-Nada de lo que nos ocurre es negativo. Todo sufrimiento puede generar crecimiento.
-Todas las personas procedemos de la misma fuente y regresamos a esa misma fuente.
-Todos hemos de aprender a amar y a ser amados incondicionalmente.
-Todas las penurias que se sufren en la vida, todas las tribulaciones y pesadillas, todas las cosas que podríamos considerar castigos de Dios son en realidad regalos. Son la oportunidad para crecer que es la única finalidad de la vida.
-La vida en el cuerpo físico representa sólo una pequeña parte de la existencia real.
-No se puede sanar al mundo sin sanarse primero a sí mismo.
-Si estamos dispuestos para las experiencias espirituales y no tenemos miedo, las tendremos sin necesidad de un gurú o un maestro que nos diga cómo hacerlo.
-Cuando nacimos de la fuente a la que yo llamo Dios fuimos dotados de una faceta de la divinidad; eso es lo que nos da el conocimiento de nuestra inmortalidad.
-Debemos vivir hasta morir. Nadie muere solo.
-Todos somos amados con un amor que trasciende la comprensión. Todos somos bendecidos y guiados.
-Al final de nuestros días vamos a bendecir nuestra vida porque hemos hecho lo que vinimos a hacer.
-La lección más difícil de aprender es el amor incondicional.
-Morir no es algo que haya que temer; puede ser la experiencia más maravillosa de la vida: todo depende de cómo hayamos vivido.
-La muerte es sólo una transición de esta vida a otra existencia en la cual ya no hay dolor ni angustia.
-Todo es soportable cuando hay amor. Es lo único que vive eternamente.
-Mi deseo es que usted trate de dar más amor a más personas.


Grupos de apoyo al duelo

Los libros y el testimonio de Elisabeth Kübler-Rosse contribuyeron notablemente a que cada vez haya más personas que creen con certeza que después de abandonar el cuerpo físico nos espera otra vida. Gran cantidad de seres sumidos en la más profunda aflicción por la pérdida de un familiar querido han visto penetrar en ellos un rayo de esperanza con la simple lectura de alguno de sus libros. Fue tal el poder movilizador de los mismos que en diferentes ciudades españolas, a comienzos de la última década del pasado siglo XX, se comenzaron a constituir “grupos de apoyo al duelo”, también denominados “grupos de apoyo Elisabeth Kübler-Rosse”. Los dos más importantes se hallan en Madrid y Barcelona pero también se pueden encontrar en Alicante, Bilbao, Gerona y Lérida Se trata de personas que tras haber perdido a algún ser querido se reúnen en algún local o domicilio particular en el que leen y estudian los textos de la doctora y, entre una y otra mutua confesión de aliento, van pasando el peor trago de su vida.

Estos grupos también se vieron animados por las diferentes visitas de la doctora a nuestro país. Neus Chordá, de Ediciones Luciérnaga, evoca aun con candor las visitas que Kübler-Rosse hacía a Barcelona, la primera de ellas en 1992. En el libro Conferencias. Morir es de vital importancia se puede encontrar la transcripción de la conferencia que impartió en el Aula Magna de la Facultad de Biología el 11 de noviembre de ese año. Neus nos diría que los aforos siempre se quedaban pequeños para acoger a las miles de personas que querían escuchar a la doctora más popular del mundo. Llegaba siempre con una sonrisa en la mirada y un cigarro en la boca rompiendo esquemas donde los hubiera, trasmitiendo su calor humano, sus irrefrenables ganas de compartir experiencias vitales. Fruto de la experiencia de estos grupos nacería un libro que lleva por título Tras los pasos de Elisabeth Kübler-Ross (Luciérnaga, 2000) en el que se recogen numerosos testimonios de personas que perdieron a seres queridos y trabajaron su duelo en el grupo de apoyo de Barcelona. En todos los casos los protagonistas se sobrepusieron a la tragedia. Una victoria que tuvo mucho que ver con la fuerza y la fe contagiadas por la doctora. Uno de los libros más valorados en estos grupos, por cierto, es Vivir hasta despedirnos, obra en la que la doctora invita a aceptar esa situación en la que una persona cercana debe “irse”. Animándonos a que, en el espacio de tiempo que aun dispongamos junto a ella, la acompañemos en paz y sin miedo pues esa es la mayor muestra de amor con la que la podemos corresponder siempre.

Más información de los “Grupos de apoyo al duelo”:
Telf. 93- 217.11.50 y 91-549.47.56


“Nunca” 

Son las últimas palabras de su último libro. Quizás “nunca” más escriba cosas tan esperanzadoras y liberadoras, quizá “nunca” nos deleite con nuevas y reveladoras enseñanzas. Atrapamos, congelamos estas palabras con el compromiso de “nunca” olvidar su liberador aroma: “Hay un refrán que expresa que, cada vez que un niño nace, Dios ha decidido darle al mundo una nueva oportunidad. Del mismo modo, cada día que despiertas te han regalado un día más para experimentar la vida. ¿Cuál fue la última vez que experimentaste plenamente un nuevo día? No tendrás otra vida como ésta. Nunca volverás a desempeñar este papel y experimentar esta vida tal como se te ha dado. Nunca volverás a experimentar el mundo como en esta vida, en esta serie de circunstancias concretas, con estos padres, hijos y familia. Nunca tendrás los mismos amigos otra vez. Nunca experimentarás de nuevo la Tierra en este tiempo con todas sus maravillas. No esperes pues para echar una última mirada al océano, al cielo, a las estrellas o a un ser querido. Ve a verlo ahora.”

Este reportaje aparece en
65
Octubre 2004
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