Cuando ya no te tenga miedo…

 Las relaciones interpersonales se enmarcan entre dos fuerzas: el amor y el miedo. Y ambas son excluyentes así que a mayor cantidad de amor menor es el miedo; y exactamente lo mismo ocurre al contrario.

Mientras el amor nos impulsa a la unión, a la búsqueda de placer y a la entrega el miedo lo hace hacia la separación, hacia el dolor y hacia la huida. Pero ocurre que el miedo es una emoción poco agradable que a ninguno nos gusta reconocer y por eso hábilmente se disfraza con múltiples ropajes. Sólo si somos capaces de ser honestos con nosotros mismos buscando momentos de intimidad en los que uno mira hacia dentro buscando respuestas descubre hasta qué punto es prisionero de ese sentimiento.

Es el miedo el que nos hace protegernos de los demás eligiendo disfraces, máscaras y escudos detrás de los cuales nos sentimos más seguros. Sabemos, por otra parte, que ellos hacen lo mismo, con lo cual establecemos relaciones basadas en el engaño, poco estables, conflictivas y nada duraderas.

Imaginemos que nos plantamos frente a la persona con la que tenemos una relación más fuerte y que nos preguntamos: ¿De qué tengo miedo? ¿Qué me da miedo de ti?

Esa simple pregunta, si se hace con profundidad, destapa la caja de Pandora. Porque entre las respuestas nos vamos a encontrar que la mayoría de las cosas que figuran en esa lista corresponden a miedos propios. Es decir, a emociones y sentimientos que nacen de nosotros, que tienen más que ver con uno mismo que con la otra persona. De tal manera que todas las frases se pueden formular también si cambiamos el sujeto.

Tengo miedo de no gustarte.
Tengo miedo de que no me entiendas.
Tengo miedo de que te vayas.
Tengo miedo de que no me aceptes.
Tengo miedo de que descubras cómo soy.
Tengo miedo de que no estés cuando te necesito.
Tengo miedo a tu no compromiso.
Tengo miedo de que no me valores.
Tengo miedo de que encuentres a alguien mejor que yo.
Tengo miedo de que me rechaces.
Tengo miedo de no cumplir tus expectativas.
Tengo miedo de que te aburras conmigo.
Tengo miedo de que me hagas daño.
Tengo miedo de que me quieras.
Tengo miedo de lo que pienses de mí.
Tengo miedo de entregarme a ti.
Tengo miedo de que me gustes.
Cualquier matiz que coloquemos en esa lista tendrá siempre una contrapartida en nosotros. Recordemos que toda emoción, todo sentimiento, sea del orden que sea, antes de llegar a la otra persona siempre pasa por nosotros puesto que surge de nuestro interior. Es por tanto a nosotros a quien más afecta, a quien más beneficia -si es un sentimiento positivo- y a quien más perjudica -si es negativo-. Y es que tantos miedos nos hacen alejarnos de nosotros mismos, de quienes somos y de lo que sentimos; y a veces el autoengaño es tan grande que nos creemos la imagen que nos hemos construido para sobrevivir.
Hubo un tiempo en el que el miedo era vital para nuestra supervivencia como especie. Hoy sigue siéndolo, sobre todo para alejarnos del peligro físico. Si no tuviéramos miedo estaríamos arriesgando constantemente la vida. Lo malo es que ese mecanismo de defensa tan bien «armado» por la naturaleza, al no encontrar situaciones de peligro -pues vivimos en un mundo mucho más seguro- necesita otra vía de escape. Y la encuentra a través del mundo emocional.
La mente, como dueña y señora de nuestro universo, construye la realidad a cada paso que damos. Redibuja los hechos del pasado y proyecta nuestro futuro. Y nosotros seguimos esa «línea del tiempo» como verdaderos autómatas, apenas conscientes del paisaje que atravesamos. Solo en determinados momentos de crisis es cuando nos paramos a replantearnos si verdaderamente estamos haciendo lo que queremos. Es cuando la vida nos da un golpe que no esperamos, bien sea a través de un proceso de enfermedad, mediante la pérdida de alguien querido o por problemas laborales, o económicos, o afectivos.
En esas ocasiones, como necesitamos encontrar respuestas, solemos preguntarnos: ¿por qué me ha pasado esto a mí? Y para responder es necesario echar una mirada hacia dentro y ver qué hay ahí. En la mayoría de las veces nos encontraremos con que estamos viviendo algo que no tiene nada que ver con lo que dicta nuestro interior y que ni siquiera recordamos qué decisiones nos han llevado tan lejos de nuestro proyecto original, del propósito fundamental de nuestra existencia. Aunque lo más triste no es que hayamos utilizado tal o cual camino sino que hayamos perdido de vista hacia dónde queríamos ir.
Siempre que nos desconectamos de nosotros mismos generamos miedo y éste, como una tabla de salvación, nos ofrece una variada y atractiva colección de autoengaños. Cuando estamos fuera de nuestro centro interno, ese punto esencial de quietud y equilibrio del que nos hablan las filosofías orientales e, incluso, ese «reino de los cielos» del que nos hablaba Jesús de Nazaret y que en realidad está dentro de cada uno, es cuando estamos a merced de lo que sucede en el exterior, cuando dependemos de los demás y de las circunstancias.
Así que, ¿cómo será mi relación contigo cuando ya no te tenga miedo? Pues entonces podré disfrutar cuando estemos juntos… y también cuando no estés; podré mostrarme abiertamente porque no habrá juicios entre ambos; y no sentiré que tengo que responder a tus expectativas ni tú a las mías… porque no habrá expectativas entre nosotros. No existirán modelos a los que parecerse. Podré colocarme frente a ti en determinados momentos para mostrar las diferencias que nos enriquecerán a ambos y otras veces podré caminar a tu lado pero siempre con seguridad. Me sentiré tan bien como cuando estoy a solas, con esa tranquilidad interna de «estar en casa». En definitiva, no tendré miedo porque estaré en mí, no en ti.
Sólo de esa forma uno comprueba que lleva las riendas de su vida. A veces he tenido esa sensación durante un breve espacio de tiempo con alguna persona. Son momentos en que caen todos los escudos y protecciones y el alma se muestra tal cual es al otro. Pero sucede como en los instantes de éxtasis o iluminación: no se pueden mantener siempre. Visitas el hermoso jardín de un paraíso inimaginable pero no puedes permanecer en él por mucho tiempo. Aquí sucede lo mismo: gozas durante un rato de la plenitud que supone la comunicación con otro ser sin ningún miedo de por medio, percibes tu esencia al reconocerte en el otro y después, cuando ese momento mágico se acaba, has de volver a la «realidad» cotidiana en la que todavía imperan otras reglas del juego.
Sin embargo, esos momentos son tremendamente importantes porque nuestro cerebro -perfectamente diseñado aunque no siempre bien utilizado- registra todo aquello que vivimos y lo archiva y almacena de tal modo que esa experiencia de manifestación de nuestro ser se convertirá en un faro encendido que periódicamente nos recordará que eso es posible, que nosotros lo experimentamos en un momento determinado y que en cualquier momento podemos vivirlo de nuevo. Y así, gracias a ese recuerdo sabemos que podremos dirigir nuestra brújula hacia ese punto.
María Pinar Merino
Este reportaje aparece en
65
Octubre 2004
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