Morir… de miedo

Diez años después de haber sido diagnosticado de SIDA el hombre que tenía ante mí en la consulta no era el mismo hombre diezmado por el desamor y las infecciones repetidas que hace una década conocí. Miedo de morir, miedo de vivir así, culpa por vivir o por morir… este hombre bueno tenía posiblemente más de miedo y de culpa que de infección.

 La verdad es que hoy día, con tantos argumentos científicos contradictorios, ni siquiera es sencillo asegurar si lo del SIDA lo causa o no un virus pero, en cualquier caso, a mi paciente eso le importó mucho menos que la vida. No eligió antivirales pero venció su miedo. No buscó chivos expiatorios pero afrontó el sentimiento de culpa que removía sus entrañas. Ordenó su dieta, sus relaciones, su vida… Ofreció lo mejor de su potencial y empezó a darse cuenta de que, más allá del placer, podía amar. En medio de su enfermedad comprendió lo mucho que aún tenía por dar y empezó a ofrecerlo. Se volvió a encontrar con la familia. Con él mismo. Hoy me dice, con nostalgia, que todos sus amigos tratados de SIDA murieron ya hace años y me pregunta si es cierto que lo del virus es un cuento. Le miro, recuerdo al hombre que hace diez años se moría y, sintiendo que la vida es un milagro, le contesto:

 -Yo no sé si es un virus, estrés opiáceo o inmunodepresión… Todos pueden tener algo de razón. Sólo estoy seguro de una cosa: el SIDA ha sido tu maestro.

 -“Lo suyo es una enfermedad terminal”, decimos a veces los médicos sin darnos cuenta de que en ese mismo momento, con esas palabras, comienza para esos pacientes un verdadero infierno. Y, sin embargo, de haber efectuado esa afirmación ante alguien más consciente, el diálogo podría haber sido este otro:

 -Le quedan, a lo sumo, cuatro meses de vida -pontifica el médico.

 -Ya veo: el oráculo de la ciencia, fundado en las estadísticas, niega la irrepetible individualidad de la vida humana.

 -No es eso, es que no queda nada por hacer.

 -¿No? ¿Insinúa que la Medicina es la única respuesta a los problemas de la vida?

 -¡Pero yo tengo la obligación de decirle la verdad!

 -¿Qué “verdad”? ¿O no sabe acaso que también con las palabras se puede sanar y matar? ¿O es que para usted la del microscopio y la anatomía patológica son la única verdad? ¿Es verdad sólo la verdad molecular? Mire, todo diagnóstico es una verdad parcial y, como tal, puede convertirse en una mentira mayor.

 -¡Yo no puedo crearle falsas esperanzas!

 -¿Y es su “condena” más cierta que mi esperanza? ¿Quién puede decir que mi esperanza es falsa? ¿Tiene algún sentido ético acabar con la esperanza?

 Las estadísticas indican…

 Y los médicos, convencidos de la validez irrefutable de las razones de la ciencia, seguimos insistiendo sobre nuestras razones y nuestra verdad.

 Recuerdo la definición, jocosamente cruel, que una vez escuché: la vida es una enfermedad contagiosa de transmisión sexual que siempre conduce a la muerte. Así que nos deberíamos preocupar mucho menos por la indefectible muerte y más por la vida.

 No. El arte de la salud es dignificar la vida propiciando la máxima calidad posible. Eso supone aceptar la muerte pero excluye los infalibles veredictos que se parecen más bien a una condena a muerte. Muchos pacientes con diagnóstico de enfermedad terminal han asistido al entierro de sus médicos. Otros estaban sanos… hasta el diagnóstico catastrófico de su enfermedad. Y, sin embargo, en aras de la verdad objetiva no podemos desconocer las verdades subjetivas.

 Hay una forma experimental de estrés que se conoce como  estrés opiáceo y que se produce cuando se priva al animal de experimentación de cualquier posibilidad de controlar el estímulo nocivo, algo que termina por destruir su sistema inmune. Se trata de un experimento que demuestra cómo el terror y la desesperanza pueden matar a más gente que el cáncer porque ambos tienen similar efecto sobre el organismo.

 Nacer lleva ineludiblemente aparejado el hecho de que un día moriremos. Así que vivamos la vida de la mejor manera posible guiados por la voz de nuestra conciencia hasta que llegue ese momento. Sabedores, eso sí, de que personas que fueron declaradas clínicamente muertas y pudieron regresar nos han traído dos excelentes noticias: una, que la muerte no existe y en el otro lado la conciencia continúa; y dos, que no existe el infierno.

 Es más, el infierno lo creamos aquí con nuestros miedos.

 Jorge Carvajal

Este reportaje aparece en
28
Mayo 2001
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