La intolerancia: resultado del miedo y la falta de autoestima

Mientras el mundo camina lenta pero inexorablemente hacia la integración y el planeta se hace cada vez más pequeño, la intolerancia se agudiza en aquellos individuos y pueblos que creen amenazada su identidad, sus creencias y características distintivas al confrontarlas con las de otros individuos o pueblos. Sin embargo, ese miedo, en principio razonable y comprensible, puede dar lugar a la intolerancia más irracional. Y es que la mayoría de las veces oculta un problema de inseguridad, de baja autoestima, de miedo patológico. De ahí que los intolerantes descarguen toda su furia de forma especial entre quienes están indefensos, ocultando la cobardía de su comportamiento en el grupo a fin de intentar diluir su irresponsabilidad. Una «enfermedad» que se cura con el conocimiento. A fin de cuentas, la intolerancia no deja de ser siempre sino producto de la ignorancia y el miedo.

La intolerancia no es sólo una enfermedad particular de remotos tutsis o hutus enzarzados en una guerra a muerte. Es una enfermedad tan vieja como la humanidad y siempre presta a recrudecer en cualquier parte. De hecho, los estudiosos prevén gravísimos estallidos de intolerancia allí donde el proceso de «globalización» ponga en entredicho y en situación de desventaja a grandes grupos de personas, allí donde por cualquier motivo se exciten los sentimientos nacionalistas heridos, allí donde los sentimientos de pertenencia a una determinada etnia o credo religioso puedan servir de elemento aglutinante y movilizador. Valga como ejemplo paradigmático lo que está pasando en Yugoslavia. En suma, lo que en teoría debería unirnos puede ser motivo en algunos casos de una separación más profunda.

Pero no simplifiquemos el problema, no nos limitemos a contemplar la intolerancia desde un solo ángulo atentos a una de sus dimensiones. Porque la intolerancia no sólo aparece allí donde se producen encuentros desafortunados entre grupos humanos de distinta raza o cultura. Es un fenómeno que se detecta también en el seno de sociedades aparentemente homogéneas como la nuestra y no sólo en presencia de forasteros.

La intolerancia tiene, en efecto, una segunda dimensión que -para entendernos- podemos llamar local. No hace falta salir de la ciudad para detectar el fenómeno. Las «tribus» urbanas violentas, capaces de ensañarse con el prójimo por motivos fútiles, son, al respecto, muy expresivas. Pero la intolerancia local no se agota en ellas. Ni mucho menos.

En realidad, ni siquiera hace falta salir del barrio o de la propia casa para presenciar manifestaciones graves de la segunda dimensión de la intolerancia. En nuestra sociedad se producen a diario en las relaciones entre hombres y mujeres, en las relaciones con los niños, con los jóvenes, con los enfermos y con las personas mayores.

Hay hombres que no toleran la forma de ser de las mujeres y mujeres que no toleran la manera de ser de los hombres. Parecen desear, respectivamente, un mundo de hombres solos o un mundo de mujeres solas. Y no faltan los sujetos que pretenden que los niños se comporten como adultos, los jóvenes como si no lo fueran, los enfermos como sanos y los viejos como atletas.

Siempre se constata la misma evidencia: el intolerante no acepta las inevitables -y enriquecedoras- diferencias que median entre unas personas y otras.

Todavía podemos profundizar un poco más: abundan las personas que no se toleran a sí mismas. Este drama interior suele ser la causa oculta del maltrato de que hacen objeto al prójimo. He aquí la tercera dimensión de la intolerancia, ya de carácter íntimo.

La incorporación de ideales a alcanzar y de modelos a imitar forma parte del normal proceso que empuja a los niños y a los jóvenes por el camino de la madurez. Pero, por desgracia, muchas veces ese proceso se ve sometido a exigencias brutales impuestas por educadores autoritarios. El ser humano en formación las hace suyas y, más adelante, se tratará a sí mismo y a su prójimo con idéntico rigor.

EN BUSCA DE LA TOLERANCIA 

De lo dicho hasta aquí se desprenden unas consecuencias poco estimulantes y tan obvias que ni siquiera hace falta ahondar en ellas. Más provechoso será recordar los remedios que pueden servir para amortiguar o eliminar la intolerancia; son tan viejos como la propia humanidad. No todo está perdido.

La primera dimensión de la intolerancia representaba para el hombre primitivo un peligro mortal. Perderse en territorio ajeno y toparse con personas desconocidas podía costarle la vida. Solo que en lugar de conformarse con semejante estado de cosas ese hombre que algunos creyeron pueril optó por una solución original: decidió casarse fuera de su tribu. De esa forma pudo ampliar su red de relaciones humanas y hacerse querer por quienes, en teoría, podrían haberlo matado.

El hombre aprende de la experiencia. Y el hombre primitivo aprendió que el odio al desconocido no le dejaba vivir. Así que transformó al desconocido en pariente y las cosas marcharon mucho mejor. A fin de cuentas, sólo se ama lo que se conoce. Eso es lo primero que tenemos que tener en cuenta si deseamos combatir la intolerancia.

Por otra parte, para no desalentarnos jamás, deberíamos recordar cuantas veces haga falta que el reinado de la intolerancia es necesariamente breve. Acarrea dolor y siempre viene a contrariar uno de los impulsos más poderosos y característicos del ser humano: su sociabilidad.

Y que somos muy sociables lo demuestra nuestra formidable capacidad de comunicación, algo que nos permite trascender con mucha rapidez las barreras idiomáticas e incluso las líneas que separan a los amigos de los enemigos. Allí donde los soldados de uno y otro bando pueden confraternizar el espíritu guerrero se extingue espontáneamente. Los seres humanos no están hechos para vivir en perpetua discordia como pensaba el tétrico Hobbes.

Las ventajas de la tolerancia y de la consiguiente cooperación tienden a imponerse sistemáticamente, al menos a largo plazo. Lo demuestra la experiencia, sobre todo si se ha dejado suelta la intolerancia durante un tiempo. Siempre se acaba produciendo una reacción contra ella.

Así lo demuestra nuestro propio caso si el del hombre primitivo no nos valiese: hace sólo sesenta años los europeos nos bombardeábamos sin piedad; hoy, aprendida la durísima lección, convivimos en el seno de una comunidad… ¡Ya nos conocemos!

CHOQUES CULTURALES 

De estos «choques» tiene la humanidad una larga experiencia. Ya el rey Darío, hace más de dos mil quinientos años, se percató de que era imposible convencer a ciertos extranjeros de que quemaran los cadáveres de sus padres difuntos: lo suyo era comérselos.

No menos de cuatro mil lenguas distintas se hablan sobre el planeta Tierra y los antropólogos no han logrado ponerse de acuerdo sobre el número de culturas perfectamente diferenciadas a que ha dado lugar la formidable plasticidad y adaptabilidad del homo sapiens. Los choques culturales son inevitables.
Los extranjeros, de buenas a primeras, son contemplados con cierto recelo o prevención en todas partes. Se activa en su presencia un reflejo defensivo, pues ellos, por el simple hecho de existir, representan un desafío para la cultura propia. Son la viviente prueba de que ésta no es la única posible y acaso tampoco la mejor.

Ahora bien, no es menos cierto que el trato directo con el extranjero obra maravillas y que el choque cultural, siempre turbador en sí mismo, puede acabar rindiendo beneficios precisamente en el plano de la tolerancia.

Hace ya dos mil años que, en vista de las diferencias culturales, surgieron en el ámbito occidental los primeros pensadores que, muy novedosamente, se declararon ciudadanos del mundo. No fue casual. Para ellos el choque de su cultura con otras tuvo este efecto beneficioso y liberador.

En la actualidad ni siquiera hace falta ser un gran viajero para entender lo que querían decir esos avanzados pensadores. Sin salir de nuestra sala de estar nos asomamos a las más diversas culturas. Acabamos descubriendo, en todas partes, la misma humanidad. Bajo esta luz, el fanatismo de los intolerantes se desvanece. Hoy, los «ciudadanos del mundo» se cuentan por millones. Es un dato esperanzador.

LA IGNORANCIA, UN PELIGRO 

Todavía mucha gente cree que los negros pertenecen a una «raza» inferior, que los hombres son más inteligentes que las mujeres, que un puñado «de judíos» gobierna el mundo y otras lindezas por el estilo. Como se sabe, estas creencias fomentan la intolerancia: sirven de justificación cuando uno menos lo espera.

En consecuencia, podemos estar seguros de que, a medida que esas creencias «populares» sean barridas de la faz de la Tierra, a medida que se eleve la preparación científica del común de los mortales, se disiparán de paso las anacrónicas actitudes de intolerancia a que dan lugar.

En muchos casos la minoría elegida como «cabeza de turco» para descargar la ira de los intolerantes ha sido «seleccionada» en base a una ignorancia elevada al cuadrado… En efecto, si por un lado los intolerantes se basan en una idea falsa sobre dicha minoría, por el otro se suelen apoyar también en un error en lo tocante a las causas objetivas de su propia frustración.

Así sucede, por ejemplo, cuando se maltrata a los inmigrantes de palabra y de hecho como si no fueran seres humanos en apuros sino seres «inferiores» y como si fueran también los responsables de la escasez de puestos de trabajo o de la crisis económica general.

En un mundo complejo, en el que cada vez hace falta más preparación para entender ciertos fenómenos sociales, técnicos y económicos, las explicaciones simplistas a que propenden los intolerantes pueden recobrar su funesto atractivo. Por eso se impone una sostenida labor educacional. A mayor conocimiento, a mayor preparación de la gente, menos oportunidades tendrá la intolerancia para hacer de las suyas.

Las personas que se sienten amenazadas son las más intolerantes y, bien mirado, sólo en un mundo donde el ser humano se vea libre del miedo y de la miseria la intolerancia dejará de representar, a gran escala, un peligro grave. Ahora bien, la evidente dificultad de conquistar ese mundo tan prometedor no debería ocultarnos los aspectos más accesibles del problema. Es mucho lo que en el plano personal se puede hacer en favor de la tolerancia.

LOS INTOLERANTES TIENEN MIEDO 

Además, las apariencias engañan. Porque a pesar de sus ademanes decididos, las personas intolerantes suelen ser muy vulnerables, con la autoestima por los suelos, con señas de identidad borrosas. En definitiva, la cara oculta de la intolerancia suele ser el miedo, el miedo patológico. Si aprendemos a paliarlo, obtendremos magníficos resultados.

Por medio de la intolerancia ciertas personas obtienen satisfacciones precisas: se afirman a sí mismas, se convencen de su propio valor, de su superioridad y, en definitiva, se defienden del miedo que las atenaza. No es casual que el intolerante de rienda suelta a su furia allí donde se encuentra en ventaja sobre su víctima. La valentía y la intolerancia nunca cohabitan en el mismo pecho.

En consecuencia, si queremos reducir al máximo las expresiones de intolerancia haremos bien en fomentar todo lo que contribuya al cultivo de la personalidad y de sus formas saludables de autoafirmación.

Siendo de particular importancia, en ese sentido, el cultivo de dos facetas de la inteligencia que hasta ayer no se tenían por tales: la capacidad de comprenderse a uno mismo y la capacidad de comprender al prójimo. Las personas que son inteligentes en ambos sentidos no se temen patológicamente ni a sí mismas ni a los demás; en consecuencia, están menos expuestas a los arrebatos de intolerancia.

Dra. Clasina Kraan

Recuadro:


TOLERANCIA, DULDUNG, TOLERATION, TOLÉRANCE, TOLLERANZA… 

El mejor antídoto que se conoce contra la intolerancia es, desde luego, la virtud que se le opone. Ahora bien, ¿qué es la tolerancia? Es la actitud que lleva implícito el reconocimiento del derecho que tiene el prójimo a manifestar diferencias de conducta y de opinión… sin que ello involucre su aprobación. Aquí está la gracia. ¡Vive y deja vivir!


LAS VIRTUDES NATURALES 

Si deseamos combatir la intolerancia haremos bien en situar en primer plano ciertas virtudes que no por casualidad han sido llamadas naturales: la generosidad, la compasión, la benevolencia, la amabilidad, la simpatía… Se trata de virtudes propias del ser humano que muchas veces son absurdamente relegadas al olvido, con grave daño de la imagen que nos forjamos de nosotros mismos. Afloran con facilidad cuando el ser humano se siente cómodo en su propia piel (cuando se comprende a sí mismo) y cuando no se siente amenazado por el prójimo (cuando le comprende)…


INTOLERANCIA 

Utilizamos con frecuencia el término intolerancia, pero, ¿somos conscientes del amplio significado de este vocablo? El perfil de una persona intolerante es el de aquel que no respeta las opiniones, prácticas, ideología y costumbres de otros. Creen tener en todo momento pleno derecho pero se olvidan de que éste termina donde empieza el de los demás. Son individuos que viven la diferencia como algo amenazante, nunca se ponen en el lugar de otros y suelen ser egoístas.

Aunque no es igual ser intolerante que haber manifestado ocasionalmente comportamientos intolerantes. Porque, ¿quién en un determinado momento no ha defendido opiniones indefendibles sin argumentos coherentes y sin escuchar a las personas de su entorno o quién no ha hecho una crítica a otro sin haberse puesto previamente en su lugar? Todos en determinadas situaciones nos hemos comportado como auténticos intolerantes.

Por otra parte, ¿el intolerante nace o se hace? Desde el nacimiento, el niño crece y se desarrolla en sociedad y está expuesto a muchos modelos sociales de comportamiento que influirán decisivamente en la formación de su personalidad. En la infancia serán los padres los modelos más significativos para el pequeño mientras en la adolescencia es el grupo de iguales el que refuerza o extingue determinados comportamientos, ente ellos las conductas intolerantes.

Pero igual que aprendemos a ser intolerantes podemos -y debemos- aprender a ser tolerantes; de hecho, son muchos los programas educativos que se están poniendo en marcha en los centros escolares. Y es que en la sociedad se comienza a tener consciencia de que muchas disputas agresivas entre alumnos, conductas racistas, etc., tienen su origen en la intolerancia.

Muchas veces hemos oído hablar del miedo a lo desconocido…; pues bien, es algo parecido a lo que sucede cuando por sistema rechazamos costumbres, culturas o ideologías diferentes a la nuestra y de las que apenas tenemos información o ésta es muy sesgada, realizando con demasiada frecuencia críticas y juicios de valor. Rechazo que suele ser mayor cuanto mayor es la diferencia: cuando algo no encaja en nuestros esquemas lo desechamos aunque la mayor parte de las veces lo hagamos de forma inconsciente.

En definitiva, ser tolerante es aprender a respetar las diferencias y valorarlas como positivas y enriquecedoras; es ser empáticos y ponernos en el lugar del otro, comprender su situación, sus sentimientos, sus creencias, etc.; es ser flexibles y aceptar la relatividad de muchas situaciones; no ser totalitarios o prepotentes y estar siempre en disposición de aprender lo que el otro nos puede enseñar. Y es, sobre todo, aceptar a los demás incondicionalmente, con sus virtudes y defectos. Ser tolerante implica un aprendizaje continuo a lo largo de nuestra vida y una puesta en práctica día a día.

 Eva Sánchez-Fraile

Este reportaje aparece en
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Mayo 1999
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