La autoestima

Uno de los problemas que han aflorado con más fuerza en las últimas décadas es el de la baja autoestima, algo muy común en nuestro mundo occidental y que, sin embargo, no es conocido en Oriente. De hecho, cuando el Dalai Lama se enteró de la gran cantidad de occidentales que padecían problemas de autoestima se sorprendió pues es un sentimiento que no existe en la cultura tibetana. Él lo definió como “la falta de compasión hacia uno mismo o el desprecio dirigido hacia sí”. Nuestro diccionario define la estima como “la consideración o el aprecio que se hace de una persona o cosa por su calidad y circunstancias”.

Psicólogos y sociólogos de vanguardia apuntan a que las nuevas circunstancias históricas y culturales que atraviesa nuestro mundo pueden ser uno de los factores principales generadores de la baja autoestima entre las personas pues no hay que olvidar que en el pasado la sociedad ofrecía al individuo la posibilidad de “pertenecer a” y de tener control sobre sus circunstancias. La familia era grande, la institución religiosa le  proporcionaba pilares sólidos a sus creencias, el trabajo era una continuidad de las generaciones anteriores… Ahora, sin embargo, las familias se rompen con mucha frecuencia, las iglesias están debilitadas y el trabajo también está muy fragmentado; por no hablar de los modelos de vida que nos presentan los medios de comunicación como metas a alcanzar. Y por si eso fuera poco, las relaciones sociales, tremendamente cambiantes, provocan que la persona no encuentre a veces ubicación en la vida.

Surgen así una serie de autoevaluaciones negativas que el individuo con baja autoestima muestra en su comportamiento y, sobre todo, en su lenguaje, en su forma de expresarse: “No sirvo para esto”, “No puedo hacer lo otro”, “No me gusto”, “No me quiero”, “Nunca me va a pasar nada bueno”. El problema es que esos pensamientos, incluso aunque no se verbalicen y permanezcan sólo como diálogo interno, se van convirtiendo en un hábito difícil de romper.

El origen de estas problemáticas hemos de buscarlo en nuestra infancia. Se calcula que en los primeros años de vida un niño escucha cerca de 100.000 noes o frases como “Eres un niño malo” si la mamá está enojada cuando en realidad lo que debería decir es: “No me gusta lo que estás haciendo”. Porque esas expresiones van creando un poso de inseguridad y rechazo hacia uno mismo que permanece en el sustrato de nuestra personalidad y aflora en la vida cuando las circunstancias son adversas. Surge entonces la depresión, la impotencia, la persona se rinde y se considera merecedora de todo lo que le sucede; en realidad, está expresando una falta de amor hacia sí misma.

Los patrones de pensamiento del individuo tienen una fuerza tremenda que nos hacen ser lo que creemos que somos, llegamos hasta donde creemos que podemos llegar, hacemos sólo aquello que creemos posible para nosotros. Por ejemplo, si una persona no cree en su capacidad para dejar de fumar no conseguirá hacerlo. Las creencias -ya lo hemos comentado en otras ocasiones-, se instalan en nuestra mente y se perpetúan mientras no son sustituidas por otras; de ahí la importancia de revisar continuamente nuestros esquemas mentales.

La expresión verbal tiene una fuerza tremenda pues da vida y concreta nuestros pensamientos en el mundo material. Se cree que tenemos alrededor de 50.000 pensamientos al día y que la mayoría de ellos son negativos, de modo que si fuéramos capaces de ser conscientes de ello estaríamos empezando ya a corregir el problema. Si aprendemos a controlar los pensamientos aprendemos a controlar nuestra vida.

Es importante también conocer las cualidades, habilidades o potencialidades que tenemos para que nos sirvan como bastones de apoyo. E igualmente es fundamental no compararse con los demás porque siempre habrá alguien que lo haga mejor, alguien que sea más rico o más inteligente. Así mismo, es necesario independizarse de las opiniones de los demás, ir más allá de las críticas o los halagos. Y, sobre todo, no sentirse defraudado si no hemos llegado a la meta propuesta.

La autoestima sana facilita la confianza, la independencia, la autonomía, la responsabilidad y la certeza de la libertad.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
16
Mayo 2000
Ver número