Un optometrista español hace ver a ciegos de nacimiento

Años de trabajo y estudio en el anonimato, mucha perseverancia, experiencia y la negativa a aceptar sin más un diagnóstico tajante son los elementos que permitieron al optometrista español Valentín López crear una terapia que desde hace ya ¡cuatro décadas! ha conseguido en unos casos desarrollar y en otros devolver la vista a pacientes desahuciados. ¡Incluso a personas que fueron diagnosticadas ciegas de nacimiento! ¿Y cómo es posible que algo tan importante no sea aún conocido?, se preguntará el lector. La razón es simple: sus ideas desafían los preceptos establecidos de la comunidad científica y ésta suele rechazar lo que no comprende o choca con sus creencias.

Una simple pregunta -¿qué ocurre cuando se coloca una lentilla en un ojo estructuralmente normal?– alumbró en la mente de nuestro compatriota Valentín López una terapia que hoy permite ver a personas que quedaron ciegas e, incluso, a otras diagnosticadas como ciegas de nacimiento. Una terapia fruto de muchos años de estudio y trabajo que se basa en una estimulación aplicada sobre los terminales de la rama oftálmica del trigémino y los que inervan la rama del maxilar superior que dan sensibilidad a la córnea y la conjuntiva palpebral superior e inferior por lo que podríamos llamar un reflejo neurovegetativo. Sí, este optometrista bilbaíno no sólo consigue mejorar la visión de personas con graves problemas visuales sino incluso restablecer la capacidad de ver en ojos que ni percibían luz.

VOLUNTAD DE HIERRO 

Valentín López se encuentra entre los miembros fundadores de la Sociedad Española de Optometría y ha contribuido con la dedicación de toda una vida al estudio de un problema que condiciona de forma fundamental la vida de muchos seres humanos. En su día estudió relojería, joyería y gemología aunque terminaría decidiéndose por la óptica, lo que le permite bromear y asegurar que de alguna manera nunca cambió por completo de oficio ya que hace falta la misma precisión milimétrica con un reloj, la talla de una piedra preciosa o la exactitud de una lente.

No hay además reloj que pueda marcar el tiempo que ha dedicado este especialista en optometría al complejo mecanismo del ojo humano. Valentín López ha entregado cuarenta años a su profesión, cientos de noches en vela a estudiar el ojo humano intentando encontrar en él cualquier elemento discordante, el mecanismo impreciso, la pieza imperfecta, el tic tac que falla en el ojo del paciente para, con la precisión aprendida durante el tiempo que trabajó arreglando relojes, diseñar para él no la lente oportuna sino la exacta.

Y la respuesta a aquella pregunta que tanto había rondado por su cabeza no tardó en llegar. Básicamente, su inquietud era poner de relieve qué mecanismos se ponen en marcha en un ojo estructuralmente normal cuando ha de enfrentarse a la invasión que supone portar una simple lentilla. Y los años de experiencia al frente de su óptica le permitieron darse cuenta de que, al estimular durante dos horas diarias -en periodos de ocho o diez días-la zona sensitiva del ojo, colocando sobre él una lentilla rígida (aunque no tuviera graduación), el paciente lograba alcanzar ya sin lentilla una agudeza visual considerablemente mayor de la que poseía en un principio. Realizando el tratamiento sin desanimarse, fuera cual fuese su patología, aunque una exploración de los ojos hiciera sospechar que existían pocas posibilidades de lograr algo positivo. Y así, con un tratamiento tan simple, muchas personas con agudeza visual deficiente (con su corrección óptica) podían ver luego mejor de como veían antes con sus gafas o de como veían al inicio del tratamiento con la misma lentilla que se había usado para la estimulación, a la que, por supuesto, no se había variado parámetro alguno como el diámetro de la lente, el de su zona óptica, el radio de curvatura o la graduación. Valentín López se dio cuenta entonces de que se podía “forzar” al ojo a ver mejor y de que, incluso en el caso de personas invidentes, se podía estimular en el ojo -e, indirectamente, en el cerebro- las estructuras necesarias para que éste percibiera imágenes.

Llegados a este punto, nuestro especialista en Optometría empezó a sospechar que la recuperación de la visión no se debía sólo a la corrección óptica ya que sus pacientes conseguían recuperar visión utilizando dos horas al día unas lentillas que no estaban específicamente fabricadas para mejorar la visión. Vinieron entonces varias noches en vela dedicadas a reflexionar sobre lo sucedido a fin de encontrar una respuesta. Su alma de antiguo joyero -nos contaría-le empujaba a encontrar la solución precisa y adecuada. Y se dio cuenta entonces de que al menos se manifestaba una constante: las mejorías se daban en casi todos los casos de baja visión, independientemente de la patología.

“Yo trataba casos de baja visión abandonados por la Medicina -nos explicaría-y normalmente conseguía buenos resultados. En un principio tuve en cuenta la corrección óptica pero más adelante descarté esta consideración pues la recuperación visual se producía de igual modo con lentillas neutras, es decir, sin graduación.

Convencí entonces a un paciente para que me permitiera aplicarle la estimulación. Sólo percibía luz y se valía del clásico bastón blanco para desplazarse. Tenía unas gafas de 10 dioptrías de miopía y las llevaba puestas porque, de alguna forma, se sentía más protegido. Había acudido a numerosos especialistas de España y del extranjero y siempre obtuvo la misma respuesta: no había solución a su problema.

Pues bien, al quinto día de tratamiento, al regreso de un paseo con las lentillas neutras que le había colocado esa tarde y sus gafas de 10 dioptrías puestas, nos relató con lágrimas en los ojos que venía con retraso porque había estado viendo en un bar un partido de fútbol y llegaba a ver el balón en las piernas de los jugadores.

Lo curioso es que el día anterior estuvo a punto de dejar el tratamiento por creerlo ineficaz. Finalmente conseguimos, tras una nueva fase de estimulación, que alcanzara una agudeza visual del 80%.»

PERO, ¿POR QUÉ? 

A la extrañeza siguió la necesidad de encontrar nuevas premisas para un nuevo razonamiento. Entonces se le ocurrió poner de manifiesto los factores que eventualmente podían alterarse en un ojo normal (aparte de su defecto óptico) cuando adaptaba una lentilla.

-«En principio -nos diría-colocábamos en el ojo un cuerpo extraño que causaba una molestia importante y con un cierto peso, por poco que fuera. En suma, se producía una alteración en uno de los sistemas del perfecto mecano que es el ojo humano: se modifica el barrido que ejercen los párpados sobre la córnea. Cuando una persona parpadea está proporcionando un imperceptible masaje sobre la capa exterior de la córnea denominada epitelio, además de lubricarla y mantenerla húmeda. La presencia de la lentilla, empero, hace que ese barrido limpiador no se produzca de modo normal y obliga al ojo a adaptarse a un cuerpo extraño.»

Otro hecho al que Valentín López no dejó de conceder gran importancia es que esa lentilla crea una presión hidrostática en el interior del ojo: el párpado, al cerrarse, presiona un colchón de lágrima residual que permanece entre la lentilla y la más externa de las cinco capas cornéales. Ese es otro elemento que distorsiona el mecanismo normal del ojo.

Valentín se planteó entonces una -cuando menos- arriesgada hipótesis: si a un individuo que ve mal puedo hacer que vea mejor e, incluso, perfectamente bien, y si a un sujeto que ve bastante mal consigo hacer que vea considerablemente mejor permitiéndole así gozar de una calidad de vida superior, ¿por qué no intentarlo con un ciego total?

Hoy, pasado el tiempo, él mismo reconoce que cuando se detuvo a hacer un análisis de su ocurrencia la desechó inmediatamente al imaginar la cara que pondrían sus colegas y otros especialistas de la visión. Pero a pesar del momento de desánimo y de su desalentadora corazonada, su experimentada mente le obligaría a madrugar otra vez para revisar una vez más todos los elementos del complejo mecanismo al que había entregado su vida: el ojo humano.

El siguiente paso fue comprobar que la colocación de la lentilla supone una interferencia en el metabolismo aeróbico de la córnea al crear dificultades para obtener el oxígeno que el ojo obtiene por difusión del contacto directo con el aire. Este oxígeno, así como otras sustancias disueltas en la lágrima, constituye una fuente de alimentación para las células de la córnea que, al carecer de vasos sanguíneos, no recibe suministro alimenticio de la sangre. Se pone en marcha entonces un sistema interno llamado anaeróbico -el mismo al que recurre el ojo cuando por la noche cerramos los párpados- con lo que la alimentación de las células de la córnea se produce entonces sin la intervención de oxígeno. Y de esa reflexión se desprendería una conclusión: la lentilla produce, además de molestia, interferencias que han de ser constatadas.

Y fue así, con todas estas premisas y evidencias, como Valentín López idearía el sistema terapéutico que podría definirse como «acupuntura del ojo». Porque aunque en este caso no se utilizan agujas sí se produce una estimulación fisiológica por un medio mecánico sobre los terminales del trigémino, el nervio sensomotor que inerva la córnea, en el que reside la sensibilidad del complejo visual humano.

Y como ese nervio nace en el cerebro, era lógico pensar que la estimulación ejercida sobre la córnea y la conjuntiva de los párpados llegara al cerebro a través del trigémino.

PROSIGUE LAS INVESTIGACIONES 

Pero la obtención de esa estimulación fisiológica por un medio mecánico directo del sistema sensitivo del ojo merced a la presencia de una simple lentilla era sólo el principio. Aún se sucederían muchas noches de estudio a ese primer descubrimiento. Como él mismo confiesa, no imaginaba los complejos mecanismos celulares retinianos y cerebrales, eléctricos, electromagnéticos, metabólicos, químicos y nerviosos que se ponían en marcha sobre los pacientes a los que aplicaba su terapia por intermedio de un roce mecánico.

-«Ese es-nos contaría- el fundamento del trabajo: haberme dado cuenta de que hacía una terapia fisiológica que actuaba sobre el cerebro a través de una vía aferente y que en el interior, actuando como estímulo, se transformaba en una respuesta sensorial. El resultado final se encontraba en la actividad registrada en la retina después del tratamiento cuyas células de conos y bastones son exclusivamente sensoriales. Por eso el desprendimiento de la retina no produce dolor.

La retina del hombre –como la de todos los vertebrados-es una membrana nerviosa cargada eléctricamente. La córnea hereda electropositividad de las capas internas del ojo y la región periocular recibe electronegatividad de las capas externas. Para determinar la diferencia de potencial entre estos dos polos se coloca uno de los terminales en la córnea y el otro en una parte cualquiera de la región periocular. Al conectarlos a un milivoltímetro se evidencia una diferencia de diez milivoltios entre ambos terminales. Esta diferencia constituye lo que se llama ‘Potencial de Reposo Retiniano’.Tuvimos  en cuenta -continuaría explicándonos-la posibilidad de estar incidiendo sobre ese complejo sistema eléctrico, de encontrarse alterado en un invidente, al regenerar la viabilidad del Potencial de Reposo considerado inherente al metabolismo de la retina. De este modo se daría paso a una mayor fluidez en la transmisión del estímulo luminoso en su recorrido hasta al córtex visual”.

Es decir, de encontrarse deteriorado el Potencial de Reposo en una persona invidente, una regeneración de éste mediante la estimulación justificaría la mejoría de la visión.

«También pudimos comprobar que el efecto del tratamiento sobrepasaba la frontera de los órganos visuales ya que algunos pacientes con la visión deteriorada como consecuencia de accidentes traumáticos con daño cerebral podían evolucionar favorablemente en su sistema motor de encontrarse afectado éste. Ello confirmaba que otras áreas del cerebro se ven beneficiadas además con la terapia aplicada. Era pues el momento de empezar a tomar nota de la frecuencia con que se daban las mejorías en cada paciente -si se producían-y la duración de los posibles efectos de la estimulación provocada por las lentillas. Y tras varios años de aplicación de esta forma especializada de acupuntura sin aguja establecí que el tiempo adecuado de estímulo era de, como máximo, dos horas diarias durante un periodo de ocho o diez días».

Valentín nos contaría luego que, en algunos casos, el quinto o sexto eran “días cumbre” para que se manifestaran resultados positivos. Algunos pacientes, emocionados, ni siquiera se atrevían a decirle que habían recuperado la visión, que le estaban viendo. Pero Valentín asegura que es fácil darse cuenta de ese detalle pues al fijarse en la expresión de la mirada del sujeto que ha recuperado visión se observa que ésta tiene vida, que ya no es una mirada perdida. Es más, el propio optometrista lo adivina en el gesto y en las lágrimas que a veces se asoman a unos ojos que sólo unos días antes eran ciegos o funcionaban con grandes dificultades.

-«Lo que principalmente ocupa en estos momentos mi tiempo es el estudio de porqué el estímulo fisiológico puede traer como consecuencia el hecho de que células de retina aparentemente necrosadas se pongan en funcionamiento. Y como yo no soy Jesucristo, supongo que la razón es, simplemente, que no estaban muertas.»

El trabajo de Valentín López está recogido en su obra Experiencias Optométricas (1988, reeditado en 1994), expresión final de cuatro décadas de estudio. En él se incluyen campimetrías que reflejan el estado en que se encontraban las retinas de sus pacientes antes del tratamiento y qué resultados se obtuvieron.

TESTIMONIOS 

Valgan estos datos como resumen de ello: de un grupo de veinticinco ojos que no percibían luz alguna, totalmente ciegos, Valentín consiguió que trece vieran. Del resto, doce recuperaron visión en distinto grado (uno alcanzó una agudeza visual del 80%) y sólo uno recuperó nada más que la cualidad de percibir luz.

En otro grupo de 21 ojos -no totalmente ciegos en esta ocasión porque eran capaces de percibir luz-, uno no mejoró nada pero a los demás se les pudo abrir un portillo al mundo de la luz en distinto grado; de hecho, uno conseguiría reconocer los naipes de una baraja y dos más alcanzaron una visión del 60%, suficiente para poder conducir.

En suma, de los 46 ojos que trató Valentín López, 35 se beneficiaron claramente de su terapia -en mayor o menor grado- permitiéndoles disfrutar de una mejor calidad de vida.

-“Esto, de algún modo, pone en evidencia la existencia de una fase de puesta a punto neuronal -en algunos casos- o de una posible recuperación -en otros- de las células de la retina o del córtex visual en el cerebro cuando éstas han tenido dificultades para desarrollarse de modo natural o como consecuencia de un deterioro accidental”.

Es decir, Valentín López desbarata el axioma defendido por algunos profesionales que establece que si un ojo no ha tenido la oportunidad de ver luz a los pocos días de haber nacido ya no verá jamas. Esta afirmación se basa fundamentalmente en una prueba realizada con un mono recién nacido al que un investigador cosió los párpados de uno de los ojos. Un año después, cuando se liberó el ojo de los puntos que cosían el párpado superior con el inferior impidiéndole la visión y, tras tapar el ojo contrario empleado hasta entonces, le dejaron libre. El mono se golpeaba entonces contra las paredes y daba muestras de no estar viendo: su comportamiento no era normal. Con lo que los investigadores concluyeron que el mono ya no veía por ese ojo.

-“Sí, se puede decir que rompo con esa creencia porque a mí me han llegado personas que no veían luz, diagnosticadas como ciegas por otros profesionales y que tras someterse a nuestra terapia fisiológica han conseguido desarrollar cierta manera de ver… aunque sin identificar lo que ven. Y es que, especialmente en niños, la estimulación debe ser reforzada con la aplicación de ejercicios de motilidad y motricidad corporales a fin de facilitar y consolidar el desarrollo de lo que se puede considerar “verdadera visión”. Ello permitirá al paciente una buena identificación del entorno que le rodea para poder extraer un buen significado de lo que está viendo. En otras palabras: ha de aprender a ver».

La terapia, pues, no termina en el momento en el que los pacientes recuperan la vista sino que se prolonga hasta que Valentín López les enseña a ver, les enseña a distinguir todos y cada uno de los objetos que su cerebro está percibiendo a través de los ojos.

Para nosotros está claro que se trata de una técnica que merece ser investigada por otros especialistas de inmediato. Supone una esperanza fundada para mucha gente de recuperar la visión perdida y, en algunos casos, de ver por primera vez en la vida.

L. J.

Recuadro:


TESTIMONIOS VIVIENTES 

El caso de Tomás Miruri 

En mayo de 1988 Tomas Díez Miruri, barcelonés de 20 años, sufrió un accidente de moto que le mantuvo en coma seis meses. El diagnóstico era claro: atrofia óptica bilateral y pérdida total de realimentación visual. Los médicos le dijeron que no volvería a ver. Su nervio óptico se había secado. Su madre, Begoña, inició entonces una auténtica peregrinación a la búsqueda de distintas terapias para su hijo. Con los años, Tomás fue recuperando movilidad pero, efectivamente, no veía. Begoña se puso entonces en contacto con la O.N.C.E., que le habló de un hospital norteamericano donde quizás pudieran orientarla. Sólo que en ese hospital le dieron una singular referencia: debía localizar a un tal Valentín López, un optometrista español afincado en Baracaldo. «Bueno, al menos -pensó Begoña- hay una esperanza». El hecho es que después de sólo cuatro días de tratamiento los familiares de Tomás empezaron a notar una pequeña mejoría.

Cinco años después Tomás visita Baracaldo cada seis meses para seguir con el tratamiento. El testimonio de la madre sobre la progresión de su hijo es claro: camina sólo porque puede ver el camino, juega a las cartas porque puede verlas, fija su mirada cuando habla porque está viendo a su interlocutor, describe las estelas que a su paso dejan los aviones y cuenta el número de golondrinas que descansan en un hilo de conducción eléctrica. Y no necesita llevar gafas porque ve mejor sin ellas.

El caso de Manuel López 

Veinte años tenía Manuel López, ciego total de las Palmas, cuando conoció a Valentín. Hasta los diez años su cerebro había codificado imágenes y, en un momento dado, fue perdiendo visión hasta dejar de ver incluso la luz. Pues bien, a los cinco o seis días de empezar la terapia fisiológica el joven ya veía pasar los coches por la avenida donde se halla situada la óptica de Valentín López. Manuel no tenía defectos de refracción porque estructuralmente sus ojos eran perfectos de modo que después de recibir el tratamiento la recuperación de su visión se mantiene hoy sin necesidad de utilizar gafas o lentillas.

El caso de Andrea Candelaria 

Andrea Candelaria, una niña de ocho años con ceguera total, fue otra de las pacientes de Valentín. Dos meses después de finalizado el tratamiento su madre escribió una carta a Baracaldo en la que relataba su progresión: la niña se servía su propia comida, leía y escribía bastante bien sin necesidad de lentillas y se sabía los números desde el uno hasta el cincuenta y cuatro. No utiliza ningún tipo de lente.

El caso de Amaya Zárraga 

El caso de Amaya Zárraga no es menos espectacular. Dieciséis años. Diagnóstico: parálisis cerebral infantil, retinopatía miópica, nistagmo de fijación y estrabismo divergente. Después de sólo tres sesiones de estimulación en periodos de ocho días los resultados eran más que evidentes. Incluso dejó de utilizar gafas porque veía mejor sin ellas. Su visión sigue mejorando.

Conclusiones 

Esta terapia, este complejo sistema terapéutico que ha privado de miles de horas de sueño a un optometrista comprometido con un ideal, no ha sido aún acogida por la comunidad científica. Valentín López ha llamado multitud de veces a las puertas de la Organización Mundial de la Salud para dar a conocer su descubrimiento pero nunca tuvo respuesta. Tampoco los oftalmólogos le han prestado atención. “Son demasiado escépticos”, se limitaría a decirnos Valentín con una sonrisa de desánimo. Puede que el suyo sea uno más de esos casos de incomprensión que, por centenares, han pasado a los libros de la historia.

Tomás, Manuel, Andrea o Amaya -cuatro de los cientos de seres desesperados a los que este hombre ha devuelto la alegría- afirman poder ver el rostro de quien les ha tratado. Pero como Galileo, Valentín López es considerado aún un hereje entre los especialistas de la visión.
“Y, sin embargo, vemos”, podrían responder sus pacientes.

Este reportaje aparece en
16
Mayo 2000
Ver número