La verdad no nos hace libres

Pocas palabras más sacralizadas que la palabra Verdad. Así, con mayúscula, porque todos damos a esta palabra la categoría de valor absoluto. Ya se sabe que la Verdad no se discute. Al contrario, todos esperamos que se nos agradezca la generosidad de haberla revelado toda vez que nadie pone en duda que la Verdad nos hace libres. O sea, que en la Verdad está nuestra liberación de todo tipo de ataduras, que atadura es cuanto nos aflige.

Pues muy bien, pero, ¿de qué Verdad hablamos? ¿De la tuya, amigo lector? ¿De la mía? Porque de hecho no hay una sola Verdad aun cuando todos creamos ser dueños de esa Verdad única. Sólo hay las verdades -así, con minúscula- que, eso sí, cada uno a su entender considera verdades únicas. Recuerda, tu madre te acunó con sus verdades, tu padre te aleccionó con las suyas, los educadores te obligaron a creer en las verdades que otros habían formulado dándolas por buenas, el cura -o cualquier otro religioso de no importa qué religión- te abrumó con sus admoniciones si incumplías su verdad, el médico te recetó de acuerdo con las verdades, también consideradas infalibles, de una multinacional farmacéutica…

Y todas esas verdades -y muchas más- con las que todos nos quieren liberar son verdades que siendo sólo eso, verdades personales y temporales, nos son impuestas en cada momento de nuestra vida como verdades absolutas. Como algo que no se puede discutir. Así, Dios es uno, pero son tres, y no se discute… salvo que estés dispuesto a penar eternamente. Y la quimioterapia es lo adecuado cuando el oncólogo decide que lo es y si no lo aceptas eres un proscrito.
No, las verdades impuestas no pueden liberarnos. Es a la inversa, sólo estando liberados podemos ser capaces de discernir en cada momento donde está la verdad. Y si no, veamos…

Ante todo debemos tener en cuenta que toda verdad es una verdad relativa. No hay verdades absolutas que nos liberen. Y esto por la sencilla razón de que todo humano es un prisionero en la cárcel de su percepción. Nuestra realidad -y la realidad es la objetivación de la verdad- es tan sólo la que corresponde a los umbrales de nuestros sentidos y a la estructura de nuestra actividad cerebral. De ahí que no vemos el entorno como lo ve una mosca, ni nuestro mundo es el mundo de huesos que correspondería a un aparato de rayos X viviente.

Dicho de otra manera: nuestra verdad no es la verdad de la Realidad. Suponiendo que esa realidad absoluta, preexistente, sea un hecho. Pero existente o no y aún sabiendo que la Realidad es tan sólo nuestra realidad, nuestra verdad perceptiva, damos por hecho que esa Realidad existe y así hablamos de Dios como dios único sin tener en cuenta que esa es una verdad conceptual, una simple aporía, algo que anhelamos pero que no puede ser comprobado, que escapa a nuestros umbrales de percepción; o sea, que es sólo interpretación. De ahí que ese dios único sea único para cada religión y casi para cada humano. Es un dios único que en los humanos se combate a sí mismo bajo distintos nombres. Es la guerra de las etiquetas, una guerra entre competidores que, por su alta rentabilidad, es imitada por otras multinacionales de la verdad perceptiva. Así, toda multinacional farmacéutica dice poseer el único fármaco para cada enfermedad. Y consecuentemente cada religión y cada multinacional afirma que su producto es el único veraz. Los demás no llevan al cielo de la salvación o al de la sanación. Es indudable que tener la exclusiva de un producto -o sea, de una enfermedad- es muy rentable. Especialmente si ese producto se basa en una afirmación -o sea, en una enfermedad- conceptual.

Pero hay más. Cuando se práctica la terapia liberadora Anatheóresis se observa que en esa cárcel perceptiva en la que estamos encerrados cada uno de nosotros posee su propia celda. La celda en la que nos vamos encerrando al absorber las verdades que de fuera nos llegan desde que somos cigoto hasta que, entre los siete y doce años, dejamos de ser seres puramente emocionales para ser ya capaces de discernir, de razonar. Sólo que cuando somos capaces de discernir ya estamos condicionados por las verdades de mamá, de papá, del cura, del maestro, etc. Y todas esas verdades nos impiden ya ser libres para discernir reflexivamente dónde está no ya la Verdad sino simplemente una doméstica verdad. Y esto porque ya con nuestras verdades, que son verdades emocionales, sentidas, hemos forjado nuestra personalidad. Somos esa memoria de verdades sentidas. No olvidemos que la vida no es cuanto nos ocurre sino cómo sentimos lo que nos ocurre. Y de ahí que forjemos tantas verdades personales como experiencias emocionales gratificantes o traumáticas hemos vivido, especialmente en el claustro materno y en la niñez. Pero también en la adultez, cuando esas verdades sentidas, ya incorporadas desde el cigoto hasta los siete a 12 años, nos llevan a actitudes que las potencian.

Supongamos, por ejemplo, a alguien que tiene ya un especial miedo a los ofidios; y supongamos que ese alguien está cruzando un bosque de noche; y supongamos finalmente que ve algo que serpea ante él. Y entonces esa persona se convence de que ha visto una serpiente y sufre esa verdad con el consiguiente impacto emocional. Queda paralizada o sale corriendo. Pero ¡qué duda cabe de que ha visto una serpiente! Claro que de no haber estado dominada por el miedo igual hubiera visto que eso que serpeaba no era una serpiente sino una cuerda movida por el viento. Esas son nuestras verdades. Las mil verdades emocionales que transmitimos a los demás como verdades absolutas. Las que forjan la celda en la cárcel perceptiva. Esa celda de daños que no siendo una verdad objetiva incorporamos como tal y luego los transmitimos. Y lo que es peor, de ese cúmulo de verdades no verdaderas surgen las verdades no verdaderas en que se basa cada cultura.

Y más todavía. Cuando inevitablemente nos encontramos en una encrucijada vital en la que tenemos que decidir qué camino seguimos, cuál elegimos, lo hacemos de acuerdo con nuestros contenidos mentales, que son nuestras experiencias vitales y que, en definitiva, son nuestras verdades. Y son esos contenidos los que eligen por nosotros.

No, una mente condicionada sólo puede ver sus verdades. Y sólo una mente ya liberada -o en gran medida liberada, que los absolutos no existen- puede comprender dónde hay un atisbo de verdad. Así que, como escribió el gran poeta León Felipe: “Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto. Y he visto: que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. Yo sé muy pocas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos”.

Para comprender hasta qué punto estamos llenos de esos cuentos contados como verdades yo te invito, lector, a que leas la casuística -obtenida en estado regresivo anatheorético- contenida en mi libro Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis. Y al leer esa casuística comprenderás también que, como el evangelista Tomás, lo adecuado no es escuchar verdades sino tocar las heridas, comprobar si era una serpiente o una cuerda. Que si nos informamos de la calidad de la tela del traje que compramos, ¿por qué no nos informamos de la calidad del cirujano que va a extirparnos el bazo? ¿O de la mejor forma de resolver una determinada enfermedad? ¿O de si un fármaco que dice curar el bazo lo que hace es enfermar el espinazo?

Y comprenderás también cuán peligrosa es la fonética del cerebro dual, un cerebro generador de constantes verdades. Así, opinar es ya lanzar una verdad. Y decir que la verdad no nos hace libres es proclamar otra verdad. Nuestra especialidad como especie es asperjar verdades. Somos los cuentacuentos del universo. De ahí que sea preciso tocar, comprobar… y no olvidar que si estamos afligidos, enfermos, es porque estamos encadenados en la celda de nuestras espurias verdades. Y que, por tanto, es precisa una terapia que nos libere de esas falsas verdades, no una terapia que nos cuente más cuentos.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
90
Enero 2007
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