La personalidad se gesta en los siete primeros años de vida

¿Sabía usted que durante los siete primeros años de vida del niño es cuando se gesta su personalidad? Pues bien, esto, que es obvio para la mayoría de los psicólogos, educadores de escuelas infantiles y pediatras sigue siendo algo ignorado por los padres. Y lo es, desgraciadamente, por simple desconocimiento.

Saber educar correctamente a los hijos es algo que preocupa a todos los padres. Y esto, que a veces parece tan difícil, no lo es si se conoce cómo hacerlo. En este sentido, los progenitores han de saber que el éxito de una educación armónica radica, en gran medida, en la comunicación que debe de existir con sus hijos. Una comunicación que ha de iniciar su andadura -al menos en cuanto a la madre se refiere- en el mismo momento en que sabe que va tener un hijo (ver los recuadros que acompañan a este reportaje).

Así, por ejemplo, los padres deberían ser conscientes de que nada más nacer el bebé inicia una vida independiente de la de la madre. Eso no quiere decir que sea bueno que camine apartado de ella –aunque a nivel biológico pueda hacerlo ya- pues de su cercanía dependerá su bienestar armónico en los primeros meses de vida. De ahí que, si es posible –en muchas maternidades no lo permiten-, sea aconsejable que el niño esté en la misma habitación de la madre durante el tiempo en que ésta permanezca en el hospital a fin de que el recién nacido pueda sentirla cerca, escuchar su voz y no verse inmerso en un ambiente que le puede resultar extraño. Es más, en esas primeras horas de vida es bueno que tanto la madre como el padre hablen mucho con él pues aunque aparentemente esté dormido o crean que no les va a entender su subconsciente está abierto y capta cuanto le comunican, percibiendo sobre todo el cariño recibido. De hecho, los investigadores de vanguardia llegan a afirmar que el futuro del niño puede quedar marcado en buena medida por el escenario en el que se desarrollan sus primeras horas de vida.

De ahí que si permanece al lado de sus padres, percibe su amor y se siente, en definitiva, amado, contará con una mayor garantía de ser una persona armónica y equilibrada; mientras que si, por el contrario, en esos instantes decisivos vive la indiferencia de sus progenitores y, además, permanece alejado de ellos –pasando la mayor parte del tiempo en las salas-nido, circunstancia habitual en la mayoría de las maternidades-, es posible que sea un niño desequilibrado emocionalmente y con falta de interés en su crecimiento integral; es decir, presentará una actitud amorfa ante su propia existencia.

Por consiguiente, es muy importante -según los expertos- que durante el primer mes de vida el bebé tome contacto con la nueva realidad y sienta que las muestras de afecto son constantes, al menos por parte de su madre, que deberá de hablar constantemente con él, aun cuando esté dormido.

No olvidemos que el cuidado de un niño no se reduce sólo a su bienestar físico. Es algo más. “El nacimiento de un hijo -afirma la psicóloga infantil Eva S. Frailesupone siempre una reestructuración de la pareja cuya vida cotidiana se desenvuelve continuamente en función de las necesidades del bebé. Pero la necesidades del pequeño no son sólo físicas (sueños, alimentación, higiene, etc.) sino también emocionales, siendo estas últimas tan o más importante que las primeras. En este sentido, el bebé necesita una estimulación continua: necesita que le acaricien, que le hablen, que le mimen, que le sonrían… Necesita, en definitiva, sentir que se encuentra en un entorno acogedor y seguro”.

SUS NUEVE PRIMEROS MESES DE VIDA 

Luego, una vez que transcurre el periodo de adaptación mutuo entre padres y bebé, éste se enfrenta a una nueva etapa que se desarrollará -más o menos- a lo largo de sus primeros nueve meses de vida. Es el momento en el cual el niño inicia el contacto con el entorno y se va adaptando a su medio natural. Así, poco a poco, irá descubriendo el mundo que le rodea y a sus papás más a fondo. También llegarán sus primeras sonrisas, que colmarán de emoción a sus progenitores. Sin embargo, durante este periodo de tiempo todas sus respuestas estarán condicionadas por el amor que reciba. Se entiende, por tanto, que los bebés que disfrutan de un mayor contacto con sus padres sean niños más alegres y risueños. Resulta primordial, por consiguiente, que hablen con él y le cuenten cosas pues un niño que viva en un hogar armónico será un niño completamente distinto a otro que carezca de ese ambiente; un hecho que, hoy por hoy, la propia ciencia convencional reconoce.

En este sentido, es importante saber que nada más nacer el cerebro de un bebé contiene 100.00 millones de neuronas y un millón, aproximadamente, de células gliales, que vendrían a constituir una especie de laberinto que sirve para proteger y alimentar a las neuronas. Sin embargo, y aun cuando el cerebro posee desde el momento del nacimiento prácticamente todas las células nerviosas que va a tener a lo largo de su vida, el modelo de conexiones entre ellas no está todavía conformado del todo. Teniendo en cuenta esto, la neurobióloga Carla Shatz, de la Universidad de California, en Berkeley, puso de manifiesto que en la etapa posterior al nacimiento lo que hace el cerebro del niño es formar los circuitos necesarios para la visión, el lenguaje o cualquier otra acción motora. Sólo que la posibilidad de perfeccionar progresivamente ese proyecto dependerá exclusivamente de la actividad neuronal del bebé y vendrá, en buena medida, impulsada por el cúmulo de experiencias sensoriales.

Es decir, el cerebro de un bebé, si se ve privado de un ambiente estimulante, sufre. Un hecho sobre el que hacen hincapié los investigadores del Baylor College of Medicine norteamericano, quienes después de efectuar múltiples estudios llegaron a la conclusión de que “los niños que no juegan o juegan poco y reciben escasas caricias desarrollan cerebros entre un 20% y un 30% más pequeños de lo normal para su edad”.

Es más, los científicos han descubierto también que durante los primeros meses de vida -e incluso años- el cerebro del bebé puede llegar a ser tan maleable que los niños muy pequeños que sufren ataques o daños que hayan llegado a destruir por entero uno de los hemisferios todavía pueden llegar a ser adultos eficaces, pues la capacidad de recuperación es tremenda siempre que cuenten con una educación adecuada para restituir el daño causado.

Y es que durante el primer año de vida el bebé ha de hacer frente a un cúmulo de nuevas sensaciones que tendrá que afrontar con el temor que presenta siempre lo desconocido. Sin embargo, será también ese “temor” el que le ayude a avanzar y aprender de nuevo a caminar, hablar y no sucumbir ante todo aquello que vaya encontrando en el camino.

Es el momento ideal para que el niño comience a acudir a una escuela infantil en la que comenzar a trabajar su estimulación motriz-sensorial. Si la elección del centro ha sido adecuada, los papás podrán observar en pocas semanas cómo el pequeño se siente feliz y contento cuando llega al mismo y se encuentra con su educadora. Algo que, además, quedará corroborado por sus progresos, que no tardarán en hacerse  notar. El niño adquirirá autonomía e iniciará un proceso de socialización muy enriquecedor para él. Pero “para alcanzar estos objetivos –afirma Virginia Orche, maestra de Audición y Lenguaje de la escuela infantil Los Angelitos de Majadahonda (Madrid)- partimos de la maduración que tiene el niño cuando llega pues, ante todo, la educación infantil tiene que ser individualizada ya que cada niño es un mundo.  Por eso insistimos tanto en la buena relación que debe de haber en todo momento entre los educadores y los padres. Si todo eso se produce, el niño adquirirá rápidamente una imagen positiva de sí mismo y se sentirá seguro en el ambiente en el que se mueve y en su relación con los demás compañeros. Es más, el trabajo que realiza en clase será algo tremendamente grato para él. En definitiva -continuaría diciéndonos Virginia Orche-, se sentirá acogido y protegido mientras avanza poco a poco en su coordinación motriz y a nivel sensorial”.

LA ETAPA DE AFIANZAMIENTO EMOCIONAL 

De los doce a los veinticuatro meses, aproximadamente, se fragua el afianzamiento emocional del bebé. Por lo general, poco tiempo después de cumplir su primer año de vida el niño ya camina y comienza a hablar. Es independiente, aunque no, por supuesto, autosuficiente. Necesitará seguir bajo la estrecha vigilancia de sus padres. Pero estos han de permitir que el pequeño investigue, indague y analice en su círculo. Además, durante este periodo los padres deberán de estar muy atentos pues cuando les reclama en el fondo les estará diciendo que les quiere y preguntándoles al mismo tiempo “¿Me queréis?” Y todo eso lo expresará siempre a través de besos y abrazos. Así, si se siente querido dará muchos besos y abrazos sin que se los pidan; pues, éstos son, en definitiva, sus medios de comunicación más firmes.

En esta etapa se comenzará también a formar su personalidad, al tiempo que a interesarse por todas las cosas que le rodean, bien dentro de casa o en el exterior. Será el inicio de su madurez intelectual, algo que se podrá observar más claramente cuando comienza a asociar cada idea con su objeto o sentimiento. Se podría decir ya que es una “personita” que lo entiende todo, para sorpresa de sus papás, que suelen expresarlo con una frase muy habitual: “¡Está dejando de ser un bebé!“.

EL MOMENTO DE EXPLORAR EL ENTORNO 

A partir de los dos años la exploración del entorno es algo habitual. El niño desarrolla por completo su capacidad comunicativa no sólo con los padres, hermanos -si los tiene- y amiguitos sino con seres que las personas mayores no pueden ver pero que para él sí existen y están a su lado. En este sentido, ¿qué padres no han presenciado alguna vez a su hijo hablando con una “supuesta persona” que no se ve físicamente pero cuya realidad parece innegable para el niño y con la que éste mantiene largas conversaciones? ¿Y cuántos no han comprobado, entre divertidos y perplejos, que el niño puede llegar a enfadarse al no comprender por qué sus papás no ven y charlan también con esa persona? En estos casos, los padres –aconsejan los especialistas- deberán sonreír y aceptar lo que su hijo les está diciendo como algo real; de lo contrario, el niño, que no comprenderá la actitud de sus padres, puede llegar a sufrir un trauma.

Como podemos observar, el segundo año de vida del niño es una época de profundos contrastes, de lucha entre su pasado más cercano y su presente. El niño necesitará hallar respuestas y éstas le llegarán a través de su subconsciente; algo que podrá conseguir con sencillez pero que, poco tiempo después, apenas unos años, sólo logrará alcanzar si se somete a una terapia regresiva. Es, sin lugar a dudas, una etapa de acumulación de datos y también de miedos al no poder corroborarlos con sus padres. Lo que el niño ve, siente e intuye se tendrá que adaptar a las circunstancias de su familia, lo que puede acarrear modificaciones en su propio desarrollo evolutivo. Es más, es importante saber que hasta el año y medio o dos años -aproximadamente- los niños ven sólo en 2 dimensiones, siendo a partir del tercero cuando comienzan a hacerlo en 3 dimensiones.

LA ETAPA DEL “¿Y POR QUÉ?” 

Después de haber vivido una etapa tan intensa, el niño se enfrenta a otra no menos trascendente para él. Esta nueva etapa de su existencia comienza alrededor de los tres años y es una de las más conocidas y, a su vez, más temidas por los padres. Es la etapa de la eterna pregunta: “¿Y por qué?” O, dicho de otra manera, el niño inicia una de las épocas más inquietas para él pues comienza a descubrir su faceta de “explorador intelectual”.

El niño necesita saber, entre otras cuestiones, por qué las personas de su entorno –incluyendo a sus padres- no vibran con sus mismas inquietudes.

En suma, ha llegado el momento de las preguntas y, por consiguiente, de las respuestas. El niño necesita ser respondido, algo que presenta una enorme carga de responsabilidad para los progenitores pues en función de la respuesta que den a su hijo éste mostrará mayor o menor interés por descubrir nuevas cosas durante el resto de su infancia. De ahí que una respuesta adecuada haga que el niño tenga afán por conocer y descubrir nuevas cosas y que, en cambio, una ausencia de respuesta haga que el niño se vuelva sumiso y con miedo a caminar por la senda del conocimiento. Por último, una respuesta agresiva hará que el niño se convierta en un ser agresivo y violento.

Como podemos ver, es una etapa fundamental para el niño. Los padres deberán de estar muy atentos dado que la respuesta que den a las preguntas que haga su hijo se convertirá en el abono que fertilice el equilibrio emocional e intelectual del pequeño. Además, a los tres años el niño puede comenzar a discernir lo agradable de lo desagradable, lo que le hace feliz de lo que le hace sufrir. Pese a ello, seguirá siendo un niño indefenso que seguirá necesitando de la ayuda de sus padres para continuar caminando por la vida.

EL NIÑO INICIA LA ETAPA DE ANALISIS Y REFLEXIÓN 

Después de haber superado la etapa de interrogatorio constante el niño se enfrenta a una nueva parcela: la de la introspección. No le basta con conocer las respuestas a sus respectivas preguntas; ahora necesita analizar las contestaciones dadas. Busca el porqué de las mismas. Es decir, necesita analizar las cosas, debatirlas y reflexionar acerca de las respuestas recibidas. Así, por ejemplo, cuando le regalan un juguete no sólo jugará con él sino que también intentará colocarse en su lugar y se cuestionará cosas como: ¿Qué sucedería si yo fuera él?, además de hacerse otras muchas preguntas como, por ejemplo, ¿Qué pasaría si mis padres …? o ¿Y si yo, en vez de estar aquí, estuviera en…?

Pues bien, esta nueva actuación conformará la etapa que va desde los cuatro a los seis años. Se podría decir que, llegado este momento, el pequeño es un niño-adulto, un niño que todavía se encuentra funcionando con el hemisferio derecho pero que se está abriendo al hemisferio izquierdo; en definitiva, que está descubriendo su parte racional y egoísta. Es más, algunos investigadores llegan a definir al niño como un “egoísta nato” que busca enriquecerse y autovalorarse a través del análisis y la comparación con los demás niños.

Así, por ejemplo, buscará ser el centro de atención. Intentará no sólo acaparar a los padres sino también a los profesores. No será “el profesor”, será “su profesor”; el “suyo”, no el de los demás porque los demás no existen cuando se trata de repartir protagonismo. Es, sin duda, una etapa digna de estudio para cualquier psicólogo que se precie.

Resulta también muy interesante ver cómo un niño de cinco años es capaz de mirar sin ver y de escuchar sin oír. Es a esta edad cuando tienen los sentidos agudizados, cuando lo ven y lo observan todo pues aunque parezca que están como idos, como si se encontraran en otro lugar, como si no estuvieran escuchando y mirando, lo captan todo. De ahí que a esta edad sea muy peligrosa una discusión familiar entre los padres ya que, aunque parezca que están en otra cosa, con que escuchen algo se darán cuenta de que sus papás son como ellos, es decir, que no piensan igual que sus amigos, que también se enfadan. ¿Y qué sucede entonces? Pues que se rompen moldes. Ellos creían que sus papás no se enfadaban. Pensaban que eran perfectos. Y se dan cuenta de que no es así, con lo que a partir de ese momento se les quedará grabado en su subconsciente un mensaje que recordarán siempre que tengan una diferencia con otra persona (un niño, generalmente): “Pues si mis papás, los mejores y los únicos (los “mejores” en el sentido de que como los suyos no hay otros y los “únicos” porque los papás de los demás no cuentan ni existen), discuten, yo también lo puedo hacer con mi amigo que, además, ni es el mejor ni el único”.

Los padres –nos diría Eva S. Fraile- son los primeros modelos conocidos por el niño, por lo que deberán ser plenamente conscientes de la responsabilidad que esto supone. Lo primero que hará el niño será imitar sus conductas y si estas no son coherentes pueden llegar a crear confusión en el pequeño, quien tenderá a reproducir lo que ve, es decir, los actos y conductas de sus mayores. Por tanto, hay que evitar caer en el común error de decir una cosa y hacer otra distinta”.

JUGANDO A SER ADULTOS

Además, por primera vez, a esta edad sueña con ser mayor. Es cuando empieza a imaginarse lo que será de adulto. De ahí que comencemos a escucharle cosas como: “A mí me gustaría ser…” (ingeniero, arquitecto, fontanero, modista, maestra, etc.) Comienza a razonar y mira el mundo de los mayores como algo idílico donde no existen las dificultades y sí, en cambio, muchas gratificaciones. De ahí que los mayores sean el modelo a seguir.

El niño a esa edad ya tiene muy claro lo que busca, lo que quiere ser aunque luego la falta de constancia le lleve por un derrotero diferente. ¿Y por qué sucede esto? Pues porque sus padres le manipulan, le aconsejan y, sobre todo, le imponen sus deseos, sus sueños incumplidos y sus aspiraciones.

De hecho, ¿cuántas veces hemos escuchado decir a algunos padres lo de “para mi hijo quiero lo mejor” olvidando que lo mejor es dejarle caminar y que decida él? Es decir, que descubra la realidad y su entorno. Y que si se equivoca debe hacerlo por sí mismo sabiendo que no importa, que aprenderá rápidamente y que además lo hará con consciencia. ¿O no hemos aprendido que de los errores sólo se puede aprender cuando se es consciente de los mismos?

Ello no implica que los padres le deban dejar hacer a su antojo. Por supuesto que no. Han de estar a su lado, asesorándole y ayudándole en sus dificultades; pero como asesores no como instructores radicales.

“Es muy importante–nos recalcaría Eva S. Fraile- que el niño se sienta querido por lo que es, aceptado incondicionalmente, y que el adulto aprenda a escuchar y respetar al menor, sus sentimientos, emociones, dudas, etc., creando un ambiente de plena confianza sin restar importancia a lo que ellos sienten en determinadas situaciones. En suma, contestando sinceramente a las preguntas del niño con una finalidad didáctica donde ambos, pequeños y adultos, aprendan continuamente el uno del otro”.

EL DESPERTAR DE LA SEXUALIDAD 

Como podemos observar, la etapa comprendida entre los cuatro y los seis años es sumamente rica. Al punto de que es en ese momento cuando se empieza a despertar la sexualidad -que no madurará del todo hasta los doce, trece o catorce años-, algo de lo que dependerá el desarrollo del niño.

Se entiende así que sea a los cuatro años –aproximadamente- cuando asoma en los pequeños la timidez y la vergüenza, cuando las niñas comienzan a cubrirse el pecho –basta fijarse en ellas en las piscinas y en las playas- y a los niños les da reparo bañarse en casa delante de la madre. Por supuesto, siempre hay excepciones ya que hay niños que desde pequeñitos se bañan, por ejemplo, con los padres. Pero la excepción no confirma la regla.

En todo caso, con el despertar de la sexualidad dan comienzo las diferencias entre “lo masculino” y “lo femenino”, planteándose las divisiones. Es cuando surgen los grupos diferenciados: los niños con los niños ylas niñas con las niñas. Y es que así de radicales son nuestros pequeños a esa edad.

Además, no nos olvidemos de que los niños entre los cuatro y los seis años comienzan a comportarse con indiferencia ante las posibles regañinas que puedan recibir de sus padres y de sus profesores. No les gusta la autoridad: son la negación de la misma. ¿Y qué hacen? Pues, entre otras cosas, esconderse para poder llevar a buen término determinadas actividades que un año antes desarrollaban delante de ellos sin reparo alguno.

Como podemos observar, la etapa comprendida entre los cuatro y los seis años es la parcela más conflictiva del niño. Luego, después de los seis años -y con mayor claridad a partir de los siete u ocho-, el niño ya actúa de igual manera con el hemisferio derecho que con el izquierdo y su cerebro empieza a trabajar básicamente con ritmos beta. Se convierte así en niño-adulto y su comportamiento cambia de forma notoria. Ahora bien, no olvidemos que sigue siendo niño hasta la adolescencia y que, en consecuencia, necesitará del asesoramiento y de la ayuda de los padres para poder caminar.

 Carmen Quintana

Recuadro:


APRENDE A COMUNICARTE CON TU HIJO

Cada vez son más, afortunadamente, las madres que saben que durante el embarazo se gesta no sólo la salud física de su hijo sino también la emocional. Es decir, tener un hijo sano y feliz no se consigue sólo con una alimentación adecuada durante las cuarenta semanas de gestación ni tampoco siguiendo las indicaciones que marca el ginecólogo, pues éstas –que son, por supuesto, muy importantes- se limitan generalmente a ver al feto crecer saludablemente. Es decir, a medir la frecuencia de los latidos de su diminuto corazón, a observar su respiración, a contemplar su posición y a ver, por ejemplo, si se chupa el dedo; además, claro está, de llevar a cabo pruebas más selectivas-, casi siempre a petición de la futura mamá -como la de la amniocentesis- a fin de detectar si padece alguna enfermedad de carácter genético. Y es que para la mayoría de los ginecólogos lo que sigue primando –desgraciadamente- es el estudio del cuerpo físico obviando –tal vez por desconocimiento- la trascendencia que la intercomunicación madre-hijo tiene durante esta etapa previa al nacimiento de cara al posterior desarrollo integral del niño.

Y es que nada más saber que se está esperando un bebé, la futura mamá puede iniciar ya su particular comunicación con él. ¿Cómo? Pues, en primer lugar, expresándole los sentimientos y emociones que le embargan nada más conocer la noticia de su llegada. Es decir, a partir de ese momento –aun cuando es todavía un embrión- se deberá de sentir como un miembro más de la familia. Sin embargo, la comunicación no llegará a ser completa hasta el cuarto mes, cuando el miedo a un posible aborto haya desaparecido.

Luego, superados esos temores iniciales –que suelen ser inevitables-, la madre puede comunicarse con el bebé que espera y contarle todo lo que hace, lo que siente y lo que piensa; es decir, manifestarle sus alegrías y sus inquietudes. Y esto con la finalidad de poder explicarle todo lo que el niño percibe para que éste sepa las razones de esas sensaciones y emociones. No olvidemos que el cerebro del niño no está totalmente configurado hasta el octavo mes y que, por tanto, sólo percibe impactos emocionales a través del subconsciente de la madre.

La comunicación comenzará a ser más placentera para la madre a partir del quinto mes. Y la sentirá como algo pleno a partir del sexto, instante en el que ya se puede mantener una intercomunicación con total normalidad. Llegado este momento, la madre le podrá formular preguntas al feto y éste responderá a ellas. ¿Y cómo hacerlo? Pues lo mejor es que la madre -en estado de relajación- le plantee cuestiones, bien mentalmente, bien en voz alta, aunque según vaya practicando no será ya necesario que esté relajada y lo podrá hacer en una situación normal (mientras pasea, está sentada en un sofá o cocinando). ¿Y cómo responde el bebé? Pues mediante “pataditas” o toqueteos que la madre percibe claramente. Y así, una vez que ese hecho se convierta en un hábito, la madre podrá saber si su hijo se encuentra bien, si le está reclamando algo –como algún oligoelemento que el feto precise – o, simplemente, le dice que se encuentra tan bien y se siente tan “amado” que está danzando.

Como igualmente aprenderá que la comunicación sólo alcanza tintes bruscos –fuertes patadas, incluso dolorosas- por parte del feto cuando éste sufre. Lo que suele suceder cuando la madre está sometida a tensiones físicas o psicológicas extremas debido, por ejemplo, a un accidente, a un susto, a fumar o a beber en exceso.

En definitiva, madre y bebé pueden llegar a mantener una comunicación plena. Ahora bien, en ese proceso comunicativo la progenitora ha de tener cuidado a la hora de transmitir sus mensajes pues nunca deben de ser de carácter impositivo sino simplemente informativos.

LA COMUNICACIÓN CON EL PADRE 

En todo caso, hay que decir que no sólo la madre juega un papel decisivo en el periodo de gestación. Antes bien, el padre ha de participar también pues aunque su protagonismo queda relegado a un segundo plano no por ello carece de valor. Y es que, al igual que la madre, el padre también puede llegar a alcanzar una comunicación plena con su hijo. ¿Y cómo? Pues colocando las manos sobre el abdomen de la madre y hablando con el bebé ya que éste recibirá sus mensajes a través del subconsciente de la gestante. Luego, según vaya repitiendo el ejercicio, comprobará cómo también a él le responde el bebé con estímulos –“pataditas”-. El niño, en suma, necesita saber también cuáles son los sentimientos del padre.

De hecho, la importancia de la comunicación de los padres con el feto ha quedado de manifiesto en una reciente investigación realizada por el equipo del psiquiatra Bernie Devlin, de la Universidad de Pittsburgh, en Pennsylvania (EE.UU.), al demostrar que el ambiente familiar tiene una importancia indiscutible en el nivel intelectual del niño. Algo que echa por tierra las conclusiones que hasta ahora manejaba la comunidad científica al entender –erróneamente- que el 80 por ciento del cociente intelectual procedía de la herencia genética. Por contra, el equipo de Devlin opina que la influencia de la herencia no pasa del 50% afirmando que el resto es responsabilidad directa de la madre.

Una conclusión que desautoriza la vieja creencia de que los matrimonios entre personas con alto nivel intelectual podría llegar a producir una elite de hombres de elevada inteligencia al quedar garantizada –presuntamente- la perpetuidad de la herencia genética de los padres.

 C. Q.

Recuadro:


EL PARTO 

Si la comunicación ha sido eficaz y la madre ha permanecido en sintonía con el feto a lo largo del embarazo todo resultará más fácil cuando llegue el momento del parto. De ahí que sea muy importante que en las últimas semanas de gestación el niño reciba la mayor información posible acerca no sólo del instante del parto sino de la fase que precede al mismo.

Así pues, la madre deberá de “contarle” sus preocupaciones e, incluso, sus temores. No olvidemos que si ella siente esas sensaciones él también las va a sentir ya que no se las podrá ocultar. Deberá pues decirle cómo es el ginecólogo, quiénes van a estar en el paritorio, contarle que su papá va a estar allí con ellos –siempre que el progenitor así lo decida- y, sobre todo, decirle que no tenga miedo a nada pues todo está preparado y la familia en pleno le aguarda con impaciencia deseando su llegada para colmarle de amor.

Todos estos mensajes harán que el tránsito por el “túnel” sea más sencillo y sólo tenga que preocuparse del esfuerzo físico que va a tener que realizar. Luego, cuando ya esté fuera, tendrá que enfrentarse a otras situaciones. La primera la vivirá en el propio paritorio cuando tenga que hacer frente a la intensidad de los focos y deba por primera vez respirar por sí mismo ya que el cordón umbilical que le había unido a su madre le será cortado. Algo que, por otra parte, no se debería hacer hasta dos minutos después de haber nacido, tiempo que además debería de haber permanecido sobre el pecho de la madre con el fin de seguir escuchando el latido de su corazón y su voz -por primera vez- de manera directa. Luego llegará el primer baño, que ya nada tendrá que ver con el líquido amniótico en el que permaneció.

 C. Q.

Recuadro:


LA IMPORTANCIA DE LA PSICOMOTRICIDAD  

Además de los cuidados físicos y emocionales que todo niño debe tener es fundamental una adecuada educación psicomotriz que hoy se imparte a todos los niños desde los ocho meses -más o menos- hasta los seis años, aproximadamente, en la práctica totalidad de las escuelas de educación infantil. Lugares donde se ve al niño como un ser integral, lo que no ocurre en la mayoría de las guarderías, que siguen siendo sitios donde sólo se cuida a los más pequeños mientras sus padres trabajan.

Pues bien, con esta terapia se busca que el niño se desarrolle armónicamente desde el punto de vista motriz, emocional y cognitivo. No se pretende -como sí sucedía hace tan sólo unos años- obligar a que el niño realice determinados ejercicios sino todo lo contrario; es decir, se busca “estimular al niño para que a través del juego –como nos recordaría la psicomotricista Iluminada Sotillo, de la escuela infantil Los Angelitos, de Majadahonda (Madrid)- desarrolle su aprendizaje y, por tanto, su inteligencia. Se busca trabajar la inteligencia partiendo del movimiento“.

Escuela en la que, por ejemplo, los niños que se encuentran entre los ocho meses y el año y medio realizan ejercicios que les fortalecen sus músculos con el fin de que tengan un adecuado tono muscular que les ayude en el gateo y cuando comiencen a caminar.

Luego llegará el momento de fomentar su desarrollo emocional. “Así, por medio de los juegos –continuaría explicándonos Iluminada Sotillo- el niño representará determinadas escenas familiares que nos pueden dar información muy valiosa para conocer sus posibles bloqueos afectivos”.

Finalmente se trabaja la etapa cognitiva, durante la cual el niño va interiorizando conceptos, siempre por medio del juego. Así, por ejemplo, “cuando utilizamos la pelota yo les voy diciendo:‘Y ahora la tiramos hacia arriba…’(concepto ´arriba´) ‘Y ahora hacia abajo…’(concepto ‘abajo’). O bien con los aros, con los que aprenden los términos ‘dentro’ y ‘fuera’. Pero todo ello -prosigue diciéndonos Iluminada…- sin imposiciones, dejando que sean libres para elegir lo que desean hacer. Han de asimilar los conceptos sin forzarles.”

En suma, una manera saludable de enseñar a que los más pequeños crezcan armónicamente tanto desde el punto de vista físico como emocional. Lo que les ayudará en su evolución individual como seres humanos.

C. Q.

Este reportaje aparece en
5
Mayo 1999
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