Las multinacionales se inventan enfermedades para vender fármacos

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El esperpento en el ámbito de la salud es tal que hay compañías farmacéuticas cuya estrategia es inventarse enfermedades para luego tratarlas con medicamentos preparados a la carta. El hecho ya ha sido denunciado ampliamente pero ahora dos científicos de la Universidad de Newcastle (Australia), David Henry y Ray Moynihan, acaban de publicar en Public Library of Science Medicine una investigación donde denuncian que actualmente se presentan ya como enfermedades a tratar con fármacos desde la menopausia al exceso de colesterol pasando por las disfunciones sexuales temporales, el llamado síndrome de piernas inquietas, el síndrome del intestino irritado… En suma, exagerando problemas menores para darles la categoría de enfermedades y se traten con fármacos.

La salud enferma. Nuestra obsesión por revivir el mito de Fausto y conseguir la eterna juventud eludiendo además la enfermedad a toda costa ha terminado por convertir nuestra salud en un puro objeto comercial en manos de las grandes corporaciones farmacéuticas que, con la misma lógica con la que hoy nos venden un móvil de tercera generación o un ordenador más potente, nos venden un nuevo medicamento. Es decir, primero crean la necesidad en el consumidor y después le ofrecen satisfacerla. Pues bien, teniendo en cuenta esa estrategia hoy algunas farmacéuticas buscan “conjuntos de síntomas” -bautizados como “síndromes“- para luego etiquetarlos como “enfermedades“. Y a continuación se desarrolla el tratamiento “específico” para cada una de esas “nuevas” enfermedades “descubiertas” -tratamiento al que llaman “protocolo“-, normalmente un fármaco o serie de fármacos que en realidad sólo palian o alivian algunos de los síntomas elegidos para cada síndrome. Fármacos que inevitablemente provocan efectos secundarios adversos que no se tenían antes y que normalmente terminan convirtiendo al paciente -¿por qué cree usted que se llama a los enfermos pacientes?- en un consumidor  crónico de los mismos. Efectos adversos negativos que se califican de inevitables para tratar la enfermedad principal y que dan lugar a la ingesta de nuevos fármacos que los palien… con el riesgo de provocar nuevos problemas. Problemas que… Se entra así en un círculo vicioso en el que una vez se entra es difícil salir. Y el negocio está asegurado.

Y quede bien claro -en ello coinciden todos los que denuncian este problema- que en el extremo de cada situación siempre habrá alguien cuyos padecimientos quizás sí hagan necesaria la atención especializada y farmacológica. Dicho lo cual no es menos cierto que la necesaria atención de unos pocos no justifica la medicalización a que se está sometiendo hoy a la mayoría de la sociedad.

Hace una década Lynn Payer –periodista científica preocupada por las distintas soluciones que sobre los mismos problemas médicos había en diferentes países desarrollados y que estaban en función de sus distintas visiones culturales y sociales- escribió un libro titulado Disease Mongering. Acuñaba así públicamente por primera vez una expresión que podríamos traducir como Tráfico de enfermedades y que sirve en la actualidad para definir -todavía con cierta ambigüedad- uno de los principales problemas que hoy -y aumentarán en el futuro- deben afrontar las personas de nuestra sociedad.

Payer describía muy bien en ese libro la confluencia de intereses entre las compañías farmacéuticas y los medios de comunicación para exagerar la severidad de las enfermedades y la capacidad de los medicamentos para curarlas. “Dado que la enfermedad es un concepto social –escribió- los proveedores pueden crear su propia demanda, esencialmente ensanchando las definiciones de enfermedades de tal manera que incluyan el mayor número de personas e hilando nuevas enfermedades”. Desde entonces las evidencias de que ya está pasando así no han hecho más que crecer. En la misma medida, paradójicamente, en que se hace cada vez más difícil encontrar soluciones para las dolencias realmente preocupantes. Ser mujer, por ejemplo, es ya hoy -desde el punto de vista de los grandes laboratorios y, por ende, de los médicos, básicamente “formados” por las multinacionales una vez salen de las facultades de Medicina- una especie de “enfermedad continua”. Toda mujer es hoy candidata a alguna de las muchas y nuevas patologías psiquiátricas de la niñez, víctima propiciatoria de la anorexia y la bulimia en la adolescencia o persona sufriente de “problemas menstruales” o de los derivados de la concepción en la etapa adulta. En suma, ha sido convertida en objetivo fácil de toda clase de “padecimientos” en la premenopausia, en la menopausia y en la postmenopausia. Sin contar las posibles “disfunciones sexuales” que muchos están empeñados en generalizar.

Afortunadamente desde que Payer escribió su obra ha habido cada vez más voces que denuncian la medicalización de nuestra sociedad. Es el caso de Kalman Applbaum, profesor de Antropología Médica en la Universidad de Wisconsin y estudioso del tema: “En nuestra persecución de la promesa utópica de una perfecta salud hemos dado libertad a las corporaciones industriales para tomar el control de los verdaderos instrumentos de nuestra libertad: la objetividad en la ciencia, la ética y la honestidad en el cuidado de la salud, y el privilegio para dotar a la Medicina de autonomía para cumplir su juramento de trabajar en beneficio del enfermo”.

ESTRATEGIAS Y ALIANZAS

Pues bien, hay que decir que con el congreso internacional celebrado en Newcastle (Australia) los pasados días 11 y 13 de abril el problema comienza a mostrar su verdadera dimensión y proyección mundial. Y es que el Programa encabezaba su presentación con el siguiente titular: “Un provocativo simposium sobre la venta de enfermedades”. No dejando dudas sobre la trascendencia del problema: “La capacidad de la industria para la innovación, esencial para sostener una alta rentabilidad, se ha extendido discutiblemente más allá de la invención de nuevos productos a la creación de nuevas enfermedades, desórdenes y trastornos; y a la expansión de las ya conocidas. Mediante alianzas informales con médicos y grupos de pacientes, y la ayuda de expertos en relaciones públicas, las compañías farmacéuticas fabrican las condiciones de las nuevas enfermedades de la misma manera que fabrican las medicinas. Los ejemplos de desórdenes que se han representado de esa manera son tan diversos como las disfunciones sexuales en el hombre y la mujer, el desorden de ansiedad social o la alopecia”.

El periodista Ray Moynihan y el profesor del Farmacología Clínica David Henry –autores del libro Selling Sickness: How the World’s Biggest Pharmaceutical Companies Are Turning Us All into Patients (Vendiendo enfermedades: cómo las compañías farmacéuticas más grandes del mundo están convirtiéndonos a todos en pacientes)- se encargaron de abrir el congreso añadiendo nuevas “enfermedades” a las reflejadas a modo de ejemplo en el programa: “Aspectos de la vida ordinaria como la menopausia -denunciaron- están siendo medicalizados. Problemas benignos están siendo tratados como enfermedades graves como ha ocurrido en la promoción financiada por una compañía farmacéutica del síndrome del colón irritable. Y meros  factores de riesgo como el nivel alto de colesterol en sangre o el bajo nivel de densidad de los huesos se presentan ya como enfermedades. Hay una confluencia de intereses tras la presentación de ciertos problemas de salud como severos y tratables con píldoras, como ha pasado recientemente con el desorden de ansiedad social”.

Obviamente no son las compañías farmacéuticas las únicas responsables de lo que está sucediendo. Nada podrían hacer sin otros personajes imprescindibles en este juego de intereses ocultos. “Las compañías farmacéuticas –señalaron Moynihan y Henry- no son los únicos actores de este drama. A través de nuestro trabajo como periodistas de investigación hemos aprendido cómo las alianzas informales de corporaciones farmacéuticas, compañías de relaciones públicas, grupos de médicos y organizaciones de pacientes promueven sus intereses ante el público y los diseñadores de las políticas sanitarias utilizando a menudo a los medios de comunicación de masas para presionar sobre su particular visión de los problemas. Y está ocurriendo en un momento en el que las compañías farmacéuticas tienen problemas para construir y mantener mercados para sus productos más vendidos y cuando las perspectivas de obtener nuevas y genuinamente innovadoras medicinas son débiles”.

En resumen, la herramienta básica de esta estrategia es crear estados de opinión capaces de dirigir la política sanitaria y farmacéutica. “Una estrategia importante de las alianzas –contaron Moynihan y Henry en su conferencia- es suministrar a los medios de comunicación historias diseñadas para crear miedo sobre una condición o enfermedad y atraer la atención sobre el último tratamiento. La compañía se encarga para ello de suministrar paneles asesores de ‘expertos independientes’ que avalan tales historias, crean o patrocinan grupos de enfermos que proporcionan las víctimas’ y, finalmente, las empresas de relaciones públicas se ocupan de garantizar el giro positivo hacia sus puntos de vista de los medios de comunicación sobre los últimos ‘medicamentos descubiertos’.

JÖRG BLECH Y “LOS INVENTORES DE ENFERMEDADES”

Jörg Blech, periodista científico especializado en Medicina y que no está considerado alguien contrario al sistema ha escrito sin embargo una obra titulada Los inventores de enfermedades en la que aborda precisamente cómo se lleva a cabo la creación de nuevas enfermedades. Y en la introducción de su libro escribe: “Lo que me une a los médicos críticos –a aquellos a los que disgusta la actual transformación de sus consultas en locales de venta de medicinas- es que no estoy en absoluto contra la industria farmacéutica ni contra la medicina moderna. Me vacuno contra la gripe y cumplo las pautas de prevención contra el cáncer. El dilema radica en que la Medicina ha ampliado su radio de acción de tal forma que se hace cada vez más difícil identificar la propia salud. Escribí este libro porque quiero seguir siendo una persona sana”.

Pues bien, Blech ofrece numerosos ejemplos en su libro de cómo se fabrican las enfermedades. Explicando por ejemplo cómo hasta ¡la timidez! pasó un día a convertirse en “enfermedad”. Porque aunque el lector lo ignore resulta que en 1980 la FDA la introdujo en el manual de enfermedades como trastorno de ansiedad social clasificándola como de muy rara aparición. Y cuenta cómo en 1998 la empresa SmithKline Beecham solicitó autorización para tratarla poniendo en el mercado un fármaco, el Páxil, indicado para tratar “la fobia social”. “Cuando el fármaco se encontraba en pleno proceso de admisión –escribe Blech- la empresa farmacéutica empezó a dar a conocer el potencial patológico de la timidez. La misión de establecer el trastorno de ansiedad social como ‘estado patológico serio’,según la revista del sector PR News, le fue encomendada a la agencia de comunicación Cohn & Wolf. Un poco más tarde la empresa encontró un eslogan que aludía a que algunas personas reaccionan alérgicamente a otras personas: ‘Imagine Being Allergic to People’(Imagina que fueras alérgico a las personas)”.

Diseñada la estrategia en las paradas de autobús empezaron entonces a aparecer carteles en los que se veía a un hombre joven deprimido y junto a él una leyenda: “Te pones rojo, sudas, tiemblas, hasta te cuesta respirar. Eso es lo que produce el trastorno de ansiedad social”. Con esa simplificación de unos síntomas comunes a millones de personas sanas pretendía conducirlas a identificarse con una condición patológica, hasta ese momento “de muy rara aparición”. Es decir, se estaba “ensanchando” el campo de la “enfermedad” y con ello el número de potenciales clientes. Sutilmente, en los anuncios no se hacía referencia a ningún medicamento psicotrópico pero sí a una Asociación contra el trastorno de la ansiedad social compuesta por tres grupos aparentemente de utilidad pública y una asociación de pacientes.

Sólo que las partes interesadas –escribe Blech– no se habían reunido espontáneamente. La coalición había sido financiada por el laboratorio SmithKline Beecham. Y la empresa de relaciones públicas Cohn & Wolffue la encargada de contestar a los medios por encargo de esa coalición”.  Luego, a través de la agencia, emitieron una nota oficial afirmando que el trastorno de ansiedad social “afectaba” al 13’3 % de la población. Es decir que de repente el “trastorno de ansiedad social” se había convertido en la tercera enfermedad psiquiátrica en Estados Unidos -tras la depresión y el alcoholismo- cuando poco antes los psiquiatras hablaban de un 3% de “afectados” como máximo. ¿Cómo era posible? De forma muy simple: un pequeño grupo de psiquiatras había convertido la timidez en una enfermedad social que afectaba a millones de personas eliminando un criterio restrictivo del diagnóstico -“el deseo imperioso de evitar algo”- y creando un nuevo subtipo general.

¿Y cómo se tragaron algo así los medios de comunicación y la sociedad? Pues para que los medios de comunicación “entendieran” la importancia del recién descubierto trastorno usaron la opinión de un psiquiatra autorizado: Jack Gorman. Psiquiatra que según las investigaciones del diario británico The Guardian resultó que trabajaba para SmithKline Beecham y un mínimo de doce empresas farmacéuticas más como asesor a sueldo.

La campaña fue todo un éxito. En los dos años anteriores a la autorización del Paxil sólo medio centenar de informes sobre el “trastorno de ansiedad social” habían llegado a los medios. Pero en mayo de 1999, cuando el medicamento llegó al mercado, llegaron centenares. Y a finales del 2001 el Paxil, el nuevo remedio contra la fobia generalizada y social, se había puesto en ventas a la altura del antidepresivo más conocido y consumido de Estados Unidos: el Prozac.

En resumen, una enfermedad inexistente, inventada, ha hecho ganar una gigantesca fortuna a sus inventores. Sobre ello cuenta Blech en otro capítulo del libro: “Para poder mantener el enorme crecimiento de los años anteriores  la industria de la salud tiene que tratar cada vez a más personas que en realidad están sanas. Los grupos farmacéuticos que operan globalmente y las asociaciones de médicos conectadas internacionalmente definen de nuevo nuestra salud: los altibajos naturales de la vida y los comportamientos normales son tergiversados de forma sistemática y convertidos en estados patológicos. Las empresas farmacéuticas patrocinan la invención de cuadros clínicos completos y consiguen así nuevos mercados”.

UN PLAN PERFECTO

Otro ejemplo que nos permite entender cómo se gesta y desarrolla este nuevo tráfico de enfermedades nos lo proporcionan los antes mencionados Ray Moynihan y David Henry quienes junto aIona Health publicaron un artículo contándolo en la revista British Medical Journal. El objetivo en este caso era aumentar la venta del Lotronex, un fármaco de GlaxoSmithKline. Y el medio consistía en crear otra enfermedad: el “síndrome de colon irritable”.

Lo que para muchas personas es un desorden funcional menor –explican en el artículo- que requiere poco más que la certeza sobre su curso natural benigno está siendo actualmente reestructurado como una enfermedad seria que requiere una etiqueta y un medicamento con todos los costes y daños asociados”. En su trabajo de investigación los autores accedieron al proyecto concebido por una compañía de comunicaciones médica –In Vivo Communications- especializada en proporcionar educación médica. Y ésta, en lo que eufemísticamente describe como “programa de educación médica“, definió una estrategia a tres años para crear una nueva percepción del síndrome de colon irritable como “una enfermedad creíble, común y concreta“. Según los documentos el principal objetivo del “programa de educación” quedaba perfectamente definido: “El SCI (síndrome del colon irritable) debe establecerse en las mentes de los doctores como un significativo estado de enfermedad“. Por supuesto, no se olvidaron de los pacientes:  “Deben ser convencidos de que el SCI es un desorden médico común y reconocido“. El otro objetivo del plan consistía en promover la “nueva terapia clínica probada“: el Lotronex.

Paso fundamental para todo esto era preparar un panel asesor con un líder de opinión de cada estado de Australia a fin de conocer su opinión y “las posibilidades para formarla“. La estrategia pasaba después por convencer al mercado especializado de que el SCI es una “enfermedad seria y creíble“.

La agencia In Vivo recomendaba para convencer a los médicos publicar una serie de anuncios en las principales revistas médicas ofreciendo también entrevistas con miembros del panel asesor de la compañía ya que “la credibilidad de los miembros del panel es inestimable para tranquilizar a los médicos generales de que el material que reciben es clínicamente válido“. Otros grupos destinados a recibir el material promocional incluían farmacéuticos, enfermeras, pacientes y una fundación médica a la que se la reconocía una “relación cercana” con In Vivo.

Más allá de la integridad o competencia de los profesionales –escriben los autores del artículo- o de los grupos de pacientes involucrados, y sin buscar minimizar la importancia del desorden para algunos individuos, este plan muestra que personal y organizaciones financiadas por una compañía de medicamentos están ayudando a formar a la opinión médica y pública sobre una condición que la compañía considera objetivo comercial para su nuevo producto. Aunque GlaxoSmithKline ha defendido que su patrocinio de la educación puede mejorar los hábitos de prescripción de los doctores (comunicación de 7 de marzo del 2002) el conflicto de interés es obvio y potencialmente peligroso”.

Finalmente la campaña propuesta se detuvo debido a que el Lotronex fue retirado del mercado cuando la FDA constató sus graves efectos secundarios (en algunos casos mortales).

LA ALOPECIA Y EL “PROPECIA”

Un proceso similar se siguió para tratar de vender un producto de los laboratorios Merck para el crecimiento del pelo: Propecia. ¿Cómo? Pues convirtiendo un proceso ordinario y sin ninguna importancia médica como es la falta de pelo en poco menos que un problema médico de graves consecuencias. La estrategia ya la conocemos: coincidiendo con el momento de la puesta en el mercado del producto comenzaron a aparecer en los medios de comunicación informes sobre los traumas emocionales asociados con la pérdida de pelo. Y en un artículo de cuatro páginas dedicado al tema se ofrecían los datos de un “estudio” que sugería que un tercio de los hombres experimentaba algún grado de pérdida de cabello sugiriendo a continuación que ello podía llevarles al pánico y a otros problemas emocionales. Incluso tener un impacto en su búsqueda de trabajo y en su bienestar mental. Y para apoyar la credibilidad de lo que se decía se hablaba de la reciente creación del International Hair Study Institute. Lo que en el artículo no se decía es que tanto el “estudio” como el instituto estaban financiados por los ya mencionados laboratorios y que los expertos citados habían sido proporcionados por la agencia de relaciones públicas Edelman De más está decir que la compañía justificó su actuación en el derecho de las personas a ser conscientes de las opciones existentes para detener la pérdida del cabello. Lo que no justifica en modo alguno, sin embargo, que asociaran descaradamente paro, pánico, traumas y otros problemas emocionales con la pérdida del cabello hasta hacer aparecer la alopecia como una patología.

HAY MUCHAS ENFERMEDADES INVENTADAS

Y no crea el lector que se trata de unos pocos ejemplos no significativos. En los próximos meses vamos a ir desgranando las conclusiones más importantes presentadas durante el congreso que antes mencionamos sobre las enfermedades que pueden incluirse en la lista de lo que muchos consideran enfermedades inventadas. Así se presentó también, por ejemplo, el llamado Trastorno Sexual Femenino que se afirma padece el 43% de las mujeres norteamericanas. En su ponencia, Leonore Tiefer -profesora de Psiquiatría en la Escuela Universitaria de Medicina de Nueva York- la definió como “un caso de libro de texto de enfermedad inventada por la industria farmacéutica y otros”. “Recientemente –señaló- la industria farmacéutica ha mostrado un interés agresivo por el sexo usando agencias de relaciones públicas, anuncios directos al consumidor, la promoción de prescripciones para usos diferentes de los aprobados y otras tácticas para crear un sentido de insuficiencia sexual extendida y así centrar el interés sobre los tratamientos de nuevos medicamentos“.

El llamado Trastorno Eréctil fue otra de las áreas de preocupación resaltada en la conferencia. Joël Lexchin -de la School of Health Policy and Management de la Universidad de York (Toronto)- manifestó su convicción en la eficacia y seguridad del Viagra para tratar esa patología cuando se debe a causas como la cirugía de próstata o la diabetes. Sin embargo sostuvo que su fabricante, Pfizer, había cambiado su estrategia de mercado ampliando sus objetivos. Y recordó que mientras en sus anuncios de televisión iniciales la multinacional utilizó la imagen del antiguo senador y aspirante a la carrera presidencial Bob Dole -de 70 años- en la actualidad utiliza la imagen de un corredor de la fórmula NASCAR y la de un jugador de béisbol de los Texas Ranger de 39 años. Para Lexchin la publicidad manda un claro mensaje: “Todos, a cualquier edad, pueden necesitar alguna vez un poco de mejoría; y cualquier desviación de una función eréctil perfecta significa un diagnóstico de Trastorno Eréctil que hay que tratar con Viagra (…) Cada vez más el perfil de edad de hombres que usan Viagra refleja un público más joven aunque Pfizer niega que sea su objetivo. Entre 1998 y 2002 el grupo que más aumento experimentó en el uso de Viagra fue el de los hombres entre edades de 18 y 45“. Por supuesto, Pfizer ha manifestado reiteradamente que sólo promueve sus medicamentos de prescripción entre los profesionales médicos y no se dirige al público en general. Y que tampoco recomienda o promueve el uso de Viagra más allá de sus indicaciones terapéuticas.  Y hay ingenuos que se lo creen.

También participó David Healy -del Department of Psychological Medicine de la Universidad de Cardiff en Gales- quien criticó una campaña de publicidad en televisión que tras reflejar distintas situaciones de cambio de humor -sin mencionar ningún medicamento- anima luego a los espectadores a que se dirijan a un centro de ayuda bipolar patrocinado por los fabricantes de un medicamento antipsicótico líder de ventas. Healy explicó luego que cada vez más niños menores de 13 años están siendo diagnosticados en Estados Unidos como maníacos depresivos. Y denunció que se estaba prescribiendo a niños de preescolar antidepresivos. “En el caso de los adultos –dijo- hay ya potencial para crear una  ‘epidemia’de desorden bipolar porque se está diagnosticando esa condición a muchas personas con criterios operacionales que dependen de juicios subjetivos“.

También hubo una ponencia sobre el llamado Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad del que en este mismo número de la revista volvemos a ocuparnos. Christine Phillips -de la Australian National University Medical School- alertó sobre lo que ella considera “una penetración organizada de la industria farmacéutica asociada con el SDAH en los ámbitos de la educación“. Phillips criticó que las compañías farmacéuticas no proporcionen programas de educación sobre autismo y dislexia, otras dos condiciones que también afectan a la actuación educativa pero que sin embargo no se tratan con medicamentos.

Agregaremos que aunque los problemas de tipo sexual y psiquiátricos son los más proclives a ser convertidos en “enfermedades” también simples factores de riesgo como la baja densidad de los huesos (osteoporosis) o el alto nivel de colesterol -entre otros muchos- están incluidos entre situaciones normales exageradas hasta darlas categoría de enfermedad. Y de ellas nos iremos ocupando en los próximos números.

En suma, la gran industria farmacéutica está medicalizando vergonzosamente a la sociedad instando a la gente a comprar medicamentos para todo. Fármacos en la inmensa mayoría de los casos innecesarios e ineficaces -en muchos casos psicotrópicos- que encima provocan efectos secundarios más o menos graves y que pueden terminar generando la aparición de enfermedades reales. Y no sólo eso. “La medicalización inadecuada – señalan Ray Moynihan y David Henry- conduce a situaciones peligrosas, tratamientos pobres, enfermedades iatrogénicas y pérdidas económicas; así como otros costes indirectos derivados del desvío de recursos que hubieran servido para tratar o prevenir enfermedades más serias. A un nivel más profundo puede ayudar a alimentar obsesiones enfermizas, a disimular o envolver en el misterio las explicaciones sociológicas o políticas de los problemas de salud y a enfocar indebidamente la atención sobre soluciones farmacológicas, individuales o privadas. Más tangiblemente y de forma inmediata los costes de nuevos fármacos destinados a personas esencialmente saludables están amenazando la viabilidad del sistema de seguro de salud universal públicamente consolidado”.

Vivimos pues -al menos quienes tenemos la fortuna de hacerlo en países desarrollados- en un mundo aparentemente mejor pero del que, como ocurriera con la Caja de Pandora, no dejan cada año de salir nuevas enfermedades de las que nuestros abuelos ni siquiera habían oído hablar o de las que no tienen ni idea en países con menos recursos porque como allí no son negocio para qué van a promocionarse…

Es tal ya la gravedad del problema que publicaciones como New Scientist han entrado decididamente en la denuncia. En un concluyente editorial titulado Parar el tráfico de enfermedades la revista decía en su número del pasado mes de abril: “Los gobiernos han permitido a los fabricantes de medicamentos ser los principales educadores de políticos, médicos y público en general sobre muchos problemas médicos. Y muchas personas que se sientan en los paneles oficiales que deciden sobre las enfermedades reciben fondos de la industria. Grupos de pacientes, desesperados por encontrar soluciones, a menudo con el apoyo de compañías farmacéuticas, reclaman tratamientos para los que hay pocas o ninguna evidencia científica. Determinados pacientes pueden llegar a sus médicos armados con información dudosa sacada de Internet. Y hay médicos ávidos por probar los tratamientos con medicamentos de moda aunque no hayan sido probados o se hayan aprobado para otros desórdenes; o utilizarlos como la manera más fácil de aplacar a un paciente preocupado. En el centro de esta tela de araña están las compañías farmacéuticas. Para ellas dedicar sus esfuerzos a políticos, médicos y consumidores puede ser un camino más barato para incrementar ventas que crear nuevas medicinas pero eso no es una excusa. Junto al mantra de la Sala de Juntas de ‘incrementar los dividendos de los accionistas’ debería sentarse la conocida máxima médica ‘Ante todo no hacer daño’. El tráfico de enfermedades está dañando a la gente y a los servicios de salud. Es un monstruo que necesita ser detenido”.

Y tiene razón. Porque, ¿cómo si no es con el calificativo de monstruosos puede definirse comportamientos como los que describe en su libro Los inventores de enfermedades Jörg Blech: “El Instituto de Salud Mental está financiando un estudio clínico en las guarderías con más de 300 niños que acaban de dejar los pañales. Los sujetos del ensayo, cuya edad oscila entre tres y cinco años, deberán tomar metilfenidato –droga, medicamento psicotrópico, estupefaciente en Alemania, sustancia clasificada junto a la cocaína en Estados Unidos- durante tres años bajo supervisión científica”.
¿Nos hemos vuelto locos?

Antonio F. Muro

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Junio 2006
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