Amar el trayecto

 Hay que amar el trayecto, no el destino. Tal es una de las recomendaciones que nos hacen prácticamente todas las escuelas de crecimiento personal como medio para lograr una vida más plena. Es decir, se trataría de concebir la vida como si fuera una colección de instantes irrepetibles que hay que vivir con toda intensidad, sin sentirnos defraudados ante expectativas no alcanzadas sino abiertos a lo que cada día nos depara. De ese modo estaríamos haciendo algo en lo que los niños pequeños son maestros: vivir el presente.

Ellos aún no tienen asumido nuestro concepto de tiempo lineal -pasado, presente y futuro- sino que toda su existencia se desarrolla en el ahora. No se sienten atrapados por los recuerdos y las experiencias del pasado y tampoco por lo que el futuro les pueda deparar. Eliminan así el miedo y la angustia que esas proyecciones producen en nuestra mente. Su actitud vital obedece a un poderosísimo impulso: aprender. Por eso absorben cada experiencia con toda intensidad.

Tener una consciencia sólo del momento presente les permite, además, tener una concepción global del mundo que les rodea. No lo ven fragmentado -como nos sucede a los adultos- sino que ellos se sienten parte integrante de un todo que reacciona y se mueve en la media que ellos actúan o participan.

A medida que crecemos, sin embargo, aprendemos los conceptos y valores de los adultos que nos rodean y uno de los primeros aprendizajes es proyectar lo que sabemos del pasado a nuestro momento presente, algo que nos da también un posicionamiento ante lo que será el futuro. Con este esquema de funcionamiento nos desenvolvemos en la vida, convencidos de que el pasado seguirá repitiéndose en el presente y que el futuro es imposible de cambiar.

Esta actitud crea un círculo vicioso difícil de romper pues, efectivamente, aquello que tenemos en la mente es lo que atraemos a nuestra vida. El pensamiento es tremendamente atractivo y poderoso y de ahí la recomendación de elegir cuidadosamente nuestros pensamientos para poder crear un futuro distinto. Y como resultado de los aprendizajes adquiridos, de las experiencias acumuladas, de las creencias asumidas, de las ideas que nos forjamos sobre lo que vivimos se van conformando en nuestra personalidad una serie de velos que distorsionan nuestra realidad. Podríamos decir que son los “filtros” o esquemas mentales a través de los cuales vemos el mundo, una especie de cristales coloreados que nos hacen ver una realidad “muy personal”. Pues bien, existen muchos y variados ejercicios que nos invitan a deshacernos de lo viejo, a desprendernos de creencias del pasado, a desechar los pesos muertos que arrastramos desde siempre. Y practicar cualquiera de ellos produce un efecto liberador.

Es decir, en nuestro proceso evolutivo debemos aprender a eliminar los velos que distorsionan nuestra realidad. Y tan importante como soltarlos es saber el momento adecuado para hacerlo. Porque si no lo hacemos así esos velos se oscurecerán cada vez un poco más.

Para ello hay que observar el entorno sin juzgar y dejar fluir nuestro Ser Interno que nos dirá cuándo es el momento adecuado. Me vienen a ese respecto a la memoria las palabras de un maestro a su discípulo en un antiguo texto enmarcado dentro de la filosofía perenne: “Encontrarás la paz interior cuando tengas luz suficiente en ti, cuando el velo desprendido no caiga sobre otro, cuando seas capaz de sentir que la hierba del camino sufre al ser pisada, cuando tengas claro que el futuro no está cargado de más cosas que las que hayas sembrado. Suelta tus velos cuando sepas que sirven a otros, cuando no desees más sombras y cuando sepas mirar al amor sin pensar que es un freno en lugar de un acelerador”.

Y uno de los caminos para acercarse a ese estado de consciencia y plenitud que todos ansiamos es, sencillamente, mantener la idea de que “este instante es el único tiempo que existe“. Porque se trata, sin duda, del pensamiento más transformador de cuantos pueden cruzar nuestra mente.

Sabemos que todo lo que hacemos está impregnado por la energía con que lo hacemos, por la intención que guía nuestros pasos. Bueno, pues si incorporamos ese lema a nuestra vida cotidiana estaremos acercándonos un poco a esa inocencia infantil, a esa falta de condicionamientos y apegos que ahora nos sofocan. Estaríamos, en definitiva, acercándonos un paso más hacia la libertad personal.

Claro que para ello hemos de recuperar nuestra vida. Así, como suena. Y tal vez eso nos parezca muy difícil pero cuando se busca algo hay que ponerse metas bien elevadas para garantizarnos que llegaremos lo más arriba posible. Además, recuperar la vida no es tan difícil y tiene mucha relación con el tema del principio: el tiempo. Hay que recuperar nuestro tiempo de tal manera que dejemos de ser sus esclavos y lo transformemos en una herramienta a nuestro servicio. Porque la vida no tiene tanto que ver con esas vertiginosas carreras en las que nos empeñamos para alcanzar altas cotas profesionales o suculentos ingresos, o casas, o coches cada vez mejores, o poder, o reconocimiento… ¿Dónde quedarían todas esas prioridades ante una enfermedad o un accidente que nos impidiera seguir luchado por ellas?

La vida tiene más que ver con tener tiempo para valorar las cosas pequeñas o grandes que se van cruzando en nuestro camino, con saber apreciar todo lo bueno que nos sucede y saber comprender los momentos difíciles cuando las circunstancias parecen estar en contra… Tiene que ver con disfrutar de la brisa del mar, de la sensación de la arena mojada bajo los pies, del olor inconfundible del salitre… Tiene que ver con detenerse para disfrutar de la sonrisa de un niño, con la caricia de quien te ama, con el apoyo del amigo que te acompaña siempre aunque esté lejos… Tiene que ver con perderse mirando las nubes del cielo, con escuchar el sonido de las hojas de los chopos cuando celebran la llegada del viento, con mirar la inmensidad del cielo en una noche estrellada… Tiene que ver con apreciar la luz de la luna llena, con escuchar el silencio de una pradera solitaria, con seguir el vuelo perfecto de un halcón… Tiene que ver con la sensación de tu piel cuando te sumerges en las aguas del río, con el olor inconfundible del bosque por la mañana, con apreciar la incesante actividad de un hormiguero… Tiene que ver con sentarte a disfrutar de un rato de música, con entregarte con pasión a la lectura de ese libro que siempre te espera, con cerrar los ojos y descubrir el universo interior que se expande y se expande a medida que tú sigues aprendiendo… Tiene que ver con saberte dueño de tus decisiones, con definir tu escala de valores siguiendo los impulsos que brotan del interior, con escuchar tus necesidades espirituales para tratar de hacerlas realidad en tu mundo exterior… Tiene que ver con el amor y el contacto con los demás, con demostrar afecto a los que están a tu lado, con tener proyectos de futuro en los que implicarte para seguir luchando para que tu vida y la de los demás sea un poco mejor… Tiene que ver con aprovechar la oportunidad de ser generoso, con estar dispuesto a recibir ayuda, con no olvidar que nos gratifica más amar que ser amados… La vida es sentirse vivo y esos son sólo algunos ejemplos que nos lo patentizan.

Sin embargo, la vorágine en la que nos movemos, en unos casos, o la rutina diaria, en otros, hace que no tengamos tiempo para estar presentes en cada momento.

Esas “pequeñeces” las dejamos para las vacaciones o para cuando “tengamos tiempo” como si fuera un premio extra que nos concedemos olvidando que cada minuto que pasa es irrepetible, que tanto si es importante como si no es algo que nunca más volverá y que cada paisaje que atravesamos no podremos verlo jamás con los mismos ojos que ahora.

Así pues, amigos, si sabemos que la vida es corta y que es lo único que tenemos… es importante vivirla con pasión, sin desperdiciar ni un solo día, ni siquiera un minuto. Y no se trata de hacer cambios trascendentales sino de ir incorporando a nuestra vida esas pequeñas experiencias, dejando espacio y tiempo libre para disfrutar de lo que nos llega para poder “mirar las vistas”. Estoy segura, como dice Anna Quindlen en su libro Pequeña guía para ser feliz, que si lo hacemos, si miramos las vistas, lo que veremos nunca nos defraudará.

María Pinar Merino

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Octubre 2002
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