Cáncer: Los problemas de diagnóstico

Debido a los actuales métodos y protocolos de diagnóstico muchos pacientes que no tienen cáncer son tratados con terapias agresivas bajo la sospecha de que lo padecen. Y, sin embargo, detectar el cáncer en sus estadios primitivos, antes incluso de que la patología esté instalada, es hoy posible. Y ello es clave ya que el tiempo ganado a la fase de destrucción celular posibilita hasta revertir el curso de la enfermedad.

El lector debe tener en cuenta que también en el caso del cáncer prevenir es importante. Y que para ello basta seguir unas mínimas normas de higiene vital y alimentaria eliminando los alimentos y sustancias que actúan como inmunosupresores o destructores del sistema inmunitario así como complementar la alimentación cotidiana con preparados (vitaminas, minerales, antioxidantes, etc.) que lo potencien, procurar vivir sin estrés y no consumir agentes carcinógenos ni toxinas así como evitar la acción de campos electromagnéticos y radiaciones tanto en el trabajo como en el hogar. En cuanto al diagnóstico del cáncer se refiere hay que decir que hasta hace relativamente poco no se disponía de métodos precisos para su detección precoz -ni en sus estadios previos, ni en sus fases iniciales- ni podía hacerse un seguimiento adecuado de los casos por lo que tanto médicos como pacientes se encontraban en una auténtica lucha a ciegas al no tener la posibilidad de controlar la evolución de la enfermedad. Es más, las pruebas efectuadas daban a veces “positivo” a pesar de que los pacientes no sufrían ningún tipo de cáncer -lo que se denomina un “falso positivo”- al tiempo que en otros casos los resultados aparentemente eran negativos cuando era obvio que el paciente sufría cáncer –un “falso negativo”-. Este hecho, asumido como “normal”, llevó a los científicos a formular teoremas de cálculo sobre la precisión de los resultados de las pruebas basados en las “similitudes estadísticas” encontradas entre los falsos positivos y negativos, sumadas y divididas a y entre los verdaderos positivos y negativos confirmados con posterioridad, lo que dio sorprendentemente origen a un sistema de cálculo de probabilidades más empírico que matemático pero que fue aceptado comúnmente por la comunidad médica (incluso hoy día). Incomprensible. En suma, la mayoría de los expertos en cáncer utilizan métodos analíticos basados en la detección de datos “anormales” en la sangre y orina de los pacientes mediante pruebas específicas denominadas marcadores tumorales… sólo que tales métodos diagnósticos son sólo fiables hasta cierto punto ya que algunos son incapaces de detectar la presencia del cáncer salvo que éste esté desarrollándose o diseminándose (extendiéndose por los tejidos). Y, por otro lado, tumores previamente no detectados pueden pasar desapercibidos para los reactivos existentes ya que al no haberse clasificado anteriormente no se dispone de un método de identificación de la patología. Es más, en ocasiones estos “tests” detectan sustancias producidas por enfermedades diferentes al cáncer que elevan los resultados provocando el error y dando un falso positivo al tiempo que otros no son lo suficientemente sensibles como para identificar la presencia de cáncer en un amplio porcentaje de pacientes. Obviamente, cuando éstos presentan ya un gran deterioro se pueden utilizar otros métodos de diagnóstico y seguimiento como las biopsias del tejido, la Tomografía Axial Computarizada (TAC), la Resonancia Nuclear Magnética (RNM), la Tomografía por emisión de positrones (PET Scan), las gammagrafías, los ultrasonidos y demás arsenal tecnológico disponible en la actualidad. Pero, ¿y en las fases iniciales? Porque cuando antes se detecta su aparición, más fácil es lograr revertir el cáncer. Bueno, pues existe un método económico y bastante más preciso que fue desarrollado por Sam Bogoch, médico y bioquímico formado en Harvard que en 1991 dio a conocer los resultados de sus más de 20 años de investigación destinados a reconocer en sus estadios primitivos prácticamente todas las formas de cáncer. El método, conocido como AMAS y que no se utiliza en España –que sepamos-, detecta con una precisión inusual en otros métodos los anticuerpos presentes en una muestra de sangre del paciente. Aprobado por la FDA norteamericana en 1994, el AMAS mide la cantidad en sangre de un anticuerpo específico denominado anti-malignina que actúa contra la íntima capa proteica de la célula cancerosa y que, según el Dr. Bogoch, se encuentra en todos los tipos de cáncer (no se conoce ningún tipo de cáncer que no reaccione a esta prueba). Un método que no sólo permite efectuar la detección precoz sino, además, seguir la evolución de la enfermedad midiendo la efectividad del tratamiento, percibida en términos de reacción de anticuerpos. Conviene explicar al lector no versado que un anticuerpo es básicamente una molécula proteínica compuesta por linfocitos tipo B a partir de aminoácidos del tejido linfático que pone en acción el sistema inmune para atacar todo elemento extraño al organismo. Es decir, a cualquier toxina, hongo, virus, bacteria o cuerpo proteico ajeno al organismo que éste identifica como extraño y peligroso. A tales elementos se les llama en general antígenos y a todos ellos, como digo, el organismo los combate con los anticuerpos. Para lo cual realiza un marcaje estricto de cada antígeno a fin de eliminarlo o destruirlo luego. Y a las 72 horas del primer contacto con un antígeno ya es posible detectar los anticuerpos en la sangre, la saliva, la linfa y el tracto gastrointestinal o urinario. Pues bien, en estudios realizados sobre 4.278 pacientes el AMAS ­demostró una precisión del 95% en la primera prueba y del 99% en la segunda. Aún más, se asegura que tiene capacidad para detectar el cáncer ¡hasta 19 meses antes que los métodos convencionales! Y si eso es así nos hallamos frente a un método que permite monitorizar los grados de avance o remisión del cáncer de un modo fiable y prácticamente definitivo, lo cual ha de redundar en un mayor número de pacientes diagnosticados precozmente, tratados antes de que se extienda el problema y, por tanto, con mucha mayor probabilidad de remisión. Tal es el caso –entre muchos otros- de un cáncer de pulmón muy extendido, el carcinoma bronquial, que suele ser diagnosticado mediante el análisis del esputo y una radiografía de tórax. Y mientras esas dos pruebas no sean positivas no se hace por el paciente nada -o muy poco- salvo medidas paliativas de la sintomatología y darle medicación supresora. Sólo que cuando el carcinoma es ya detectable de esa manera se halla en un estadio generalmente imposible de curar. Tal es la importancia de detectar el problema con tiempo. Ahora bien, es importante añadir que el AMAS funciona con menor nivel de precisión cuando los pacientes han realizado tratamientos de inmunosupresión y que, incluso, falla en aquellos cuyo sistema inmune se ha destruido por la acción de la quimioterapia debido, como es fácil comprender, a su incapacidad para producir anticuerpos. Con la ventaja de que es un método sencillo y su coste es sensiblemente inferior al de los otros métodos disponibles.

DETECCIÓN A TIEMPO

Debo agregar que el AMAS permite detectar los tumores de próstata y mama –cánceres muchas veces complejos de diagnosticar- en fases precoces. Sabemos que cuando alguien padece cáncer de próstata su nivel de PSA -el antígeno específico- es anormalmente elevado pero lo cierto es que con los métodos que se usan actualmente se produce un alto porcentaje de falsos positivos: casi el 75%. Con el AMAS ese porcentaje es inferior al 5%. El Dr. Bogoch acaba de realizar precisamente un amplio estudio de patología mamaria con 1.175 pacientes que lograron una remisión de sus tumores y que se efectuó tras comprobarse el exagerado aumento de la patología mamaria en los últimos años. Y es que cuando aparecen carcinomas ductales (del ducto lácteo) de la mama, ante la dificultad de un diagnóstico preciso muchas mujeres deciden precipitadamente -en estado de clara angustia- eliminar quirúrgicamente el tumor sin pararse a valorar otras posibilidades. De hecho, un gran número se decide por la mastectomía radical (excisión de la mama) o por la lumpectomía (extirpación del tumor). Hablamos de un tipo de tumor demasiado pequeño para detectarse palpando el seno aunque una mamografía sí pueda ponerlo de manifiesto si bien ésta no permite saber si es o no maligno. De ahí que recientemente se haya denunciado el uso abusivo de las mismas. Como se ha denunciado, tras revisarse las estadísticas existentes, que se están efectuando demasiadas intervenciones innecesarias sobre las mamas, con el trauma que esto comporta y sus consecuencias. Bueno, pues el AMAS puede resolver esta encrucijada evitando tratamientos innecesariamente agresivos al tiempo que reduce la ansiedad y angustia que acompañan a todo proceso presuntamente tumoral o canceroso.

EL CÁNCER DE MAMA

Los casos de cáncer de mama casi se han duplicado en nuestro país en los últimos dos años. Es ya la segunda causa de muerte secundaria de cáncer en el mundo y la primera cuando se diagnostica entre los 15 y 54 años. En 1996 se dieron 190.000 nuevos casos en Estados Unidos y hubo 42.068 muertes por esa causa. Sin embargo, utilizando racionalmente los recursos existentes hoy para la detección precoz y llevando la correspondiente y correcta combinación de terapia y tratamientos de apoyo el cáncer mamario puede ser superado. En todo caso, la mujer debe saber que la gran mayoría de los tumores hallados en la mama son benignos y podrían evitarse en buena medida restringiendo el consumo de bebidas y agentes que contengan cafeína, chocolate y xantinas (un producto encontrado en casi todos los cafeínicos) porque aumentan el riesgo de tumores benignos de la mama y, por tanto, dificultan el examen preciso de las mismas por lo que patologías serias y letales pueden quedar enmascaradas. En cuanto a la mamografía hay que decir que se trata de una técnica con serias limitaciones. Teóricamente puede detectar tumores entre 6 y 17 meses antes de que éste sea palpable pero lo cierto es que en estudios rigurosos jamás se ha conseguido superar la barrera del 52% de precisión diagnóstica. No se entiende pues que sea considerando aún como el método de primera elección a la hora de establecer programas de detección precoz. Especialmente porque no es inocuo. La exposición a rayos X comporta riesgos evidentes a largo plazo, especialmente en mujeres con historial familiar de cáncer de mama. Por eso -entre otras razones- debería hacerse un uso prudente y racional de toda prueba que comporte exposición a radiaciones y de aquellas cuya realización implique –en mayor o menor grado-  invasión y agresividad. Tampoco debe olvidarse que cuando una mujer recibe la noticia de que la mamografía  ha dado positivo se suele desencadenar todo un proceso de angustia-ansiedad que, invariablemente, provoca cambios drásticos en la vida de la persona afectada y su entorno. Cambios tan radicales en ocasiones que rara vez la vida de esa persona vuelve a ser la misma. Por otro lado, el miedo a padecer una enfermedad letal tiene una repercusión sobre el sistema inmunitario y nervioso de la paciente tan intenso que sería difícil pronosticar qué cambios ha provocado. Y eso acaece a pesar de que el 70% de los “positivos” en mamografías se relevan luego “negativos” con la biopsia. Es más, cuando el informe de anatomía patológica revela presunta “positividad” la mayoría de las pacientes llegan a la falsa conclusión de que padecen cáncer aunque posteriormente se constate que el tumor es benigno. Y esas reacciones exageradas así como la presión ejercida sobre médicos y pacientes por el sistema oncológico tiende a producir un aumento injustificado de los tratamientos (cirugía seguida de radiación y quimioterapia) con la consiguiente e innecesaria desfiguración física. Sin olvidar los efectos yatrogénicos de los tratamientos quimioterápicos.

LA MORTALIDAD NO AUMENTA

Hay que decir que la mortalidad asociada al cáncer de mama no ha aumentado mucho desde los años 50 a pesar de que sí ha aumentado la incidencia del padecimiento sobre la población. Es decir, la cantidad de diagnósticos sobre el porcentaje de población es mucho mayor pero no lo es la posibilidad de morir debido al cáncer mamario. Ahora bien, este hecho -muy manipulado por el establishment del cáncer mamario- no quiere decir que los procedimientos actuales para combatirlo sean efectivos. Ni mucho menos. El significado de que esas cifras hayan permanecido relativamente idénticas en cuanto a mortalidad pero con una multiplicación por 10 del número de casos diagnosticados y otro tanto del número de ellos tratados es que los actuales métodos de tratamiento producen el mismo resultado que cuando no se hacía absolutamente nada por los pacientes. Algo que debería hacer reflexionar a los oncólogos. Lo que sí ha cambiado de un modo llamativo en los últimos 35 años, en cambio, es el tipo de tumor así como su clasificación, diferenciación y evolución. Después de un estudio exhaustivo llevado a cabo por el equipo del Dr. David Plotki – más de 29 años dedicado al cáncer de mama- se ha concluido que los tumores mamarios demuestran una clara tendencia a ser bien diferenciados, son de crecimiento lento y, por tanto, son menos letales para la vida humana. Cabe añadir que la utilidad de la mamografía en franjas de edad inferiores a los 50 años así como su dudoso equilibrio riesgo-beneficio ha sido largamente puesto en duda por estudios aparecidos en publicaciones especializadas, algunas tan prestigiosas como The Lancet. Pues bien, uno bien reciente indica que cuando las pruebas mamográficas apuntaban la necesidad de nuevas técnicas para “confirmar” el diagnóstico resultó que en el 93% de los casos se trataba de “falsos positivos”. Ello llevó a los autores del estudio a concluir que “el daño de una mamografía es sustancial mientras que su beneficio es marginal por lo que los costes en los que se incurre son tan elevados que no se justifica la financiación pública de campañas de detección precoz del cáncer de mama mediante mamografías”. A pesar de lo cual, las sociedades oncológicas clínicas así como la mayoría de los médicos del mundo desarrollado recomiendan a mujeres por encima de los 38 años la realización periódica de estas pruebas. ¿Por qué? Otros expertos van más allá y aseguran que las mamografías pueden incluso provocar la diseminación de células cancerosas procedentes de las masas tumorales existentes ya que para su realización es necesario someter a la mama a un importante grado de presión axial contra 2 superficies planas de plástico. Es decir, que esa compresión puede por sí misma hacer que varias células cancerosas se muevan libremente por el tejido extendiéndose por otras áreas del organismo y llegar al torrente sanguíneo. Así lo puso de manifiesto J. P. Van Netten -del Royal Jubilee Hospital de Londres- en The Lancet (Abril, 1994) tras un estudio sobre 110 mujeres con un promedio de edad de 39 años. Hay que añadir que desde la introducción de la mamografía a principios de los 80, el Carcinoma ductal infiltrativo in-situ -que representa el 16% del total de cánceres mamarios detectados- ha aumentado su incidencia un 328%. Y aproximadamente el 200% del incremento de esa incidencia se debió al uso de la mamografía (The Lancet, Julio de 1995). Ciertamente, existen múltiples factores que pueden influir en los falsos positivos de la técnica mamográfica. Uno de ellos es la terapia hormonal sustitutoria -tan extendida durante los últimos años entre las mujeres premenopáusicas y menopáusicas- así como la hormonoterapia. Un estudio realizado en 1996 en la Universidad de Washington y publicado por el Journal of The National Cáncer Institute sobre cerca de 9.000 mujeres en edad menopáusica que estaban siguiendo -o habían seguido- tratamiento hormonal sustitutorio encontró que se había incrementado en un 71% la posibilidad de dar un falso positivo en el examen mamario rutinario mediante mamografía. No es difícil imaginar el enorme costo económico, médico y emocional que causa en estas mujeres un error de tamaña consideración cuando les es comunicado su diagnóstico sin haber considerado siquiera la posibilidad de que se esté frente a un error inadmisible dentro de un sistema sanitario que carece de procedimientos de autoevaluación, autocrítica y autorrevisión. Frente a métodos de detección precoz como el test AMAS está claro que la mamografía se encuentra en notable desventaja. De hecho, ésta estaría indicada sólo en caso de una positividad del AMAS a fin de localizar la posición exacta del tumor.

UNA VISIÓN ALTERNATIVA

Podemos afirmar, por tanto, que un amplio porcentaje de mujeres en edad de riesgo podrían verse beneficiadas si dentro de la educación sanitaria que se les proporciona se contemplasen medidas de eliminación de riesgos potenciales y exponenciales de desarrollar tumores mamarios en lugar de relajarse descansando la toma de decisiones en la positividad o negatividad de las mamografías. Y cuando hablamos de tomar medidas nos referimos a la adopción de hábitos y actitudes de marcados resultados reales, no de maniobras de distracción o de empirismo literario-sanitario. Hablamos de ser partícipes desde el primer momento de la lucha contra la enfermedad y la recuperación de la salud en un terreno donde lo usual hasta ahora es empezar a tomar parte sólo cuando el miedo obliga a actuar y cuando, lamentablemente, es demasiado tarde para el enfermo. Recuerde, en todo caso, que son también factores de riesgo las dietas hipercalóricas (ricas en grasas), la terapia hormonal sustitutoria, las sustancias acidificantes y oxidativas presentes en la cadena alimentaria (xantinas, metil-xantinas, esteroides…), la exposición vitalicia a estrógenos presentes en el ciclo vital de la mujer, la reducción brusca o eliminación de la lactancia materna y la interrupción del embarazo (especialmente en fases tardías). Evitar estos elementos así como potenciar un estilo de vida sano siguiendo una dieta correcta y equilibrada, la toma de suplementos dietéticos esenciales, el ejercicio regular, el respeto de las horas de descanso y sueño, y la vigilancia activa de nuestros cambios fisiológicos son, sin lugar a dudas, la mejor estrategia para el correcto funcionamiento y conservación de un sistema inmunitario que mantenga intacta su capacidad de vigilancia sobre nuestras células, tejidos, órganos y sistemas disminuyendo así el riesgo de contraer cualquier enfermedad, incluido el cáncer.

José Manuel López

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Octubre 2002
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