El pecado, la sanación y Jesús de Nazaret

Nuestra cultura médica racional, dicotómica y cada vez más alejada de las auténticas raíces semánticas de las que surgió, se está encerrando más y más en una vitrina opaca que puede ser su ataúd.
Nuestra medicina se está reduciendo a un mostrador en el que letreros descriptivos muestran porciones de nuestros huesos y vísceras.

Nuestra medicina no observa ya a su propia especie como una vida total en la totalidad de su medio. Y cuando intenta hacerlo -con las llamadas enfermedades mentales- acude a un diccionario de términos médicos para poder traducir a concepto lo que es existencia dolorida vital.

Nuestra medicina, que intenta ser sólo ciencia -lo que, en principio, es de elogiar y ha sido causa de indudables logros- está olvidando, no obstante, que la auténtica ciencia no es sólo neocórtex, que también es límbico. O sea, que razonamos pero también sentimos. Y que sentimos antes de poder razonar. En definitiva, que eso que llamamos alma y que es la manifestación de nuestra actividad límbica afectiva, que eso que llamamos alma y somos nosotrosen nuestra manifestación sensible, existencial, no simplemente pensante, no es una pantalla virtual ni una mesa de disección sino algo vivo, doliente, con sintomatologías patológicas. Eso que nuestra medicina deja en manos de las iglesias porque ignora que ese trastorno emocional llamado pecado no es sino simple enfermedad. De hecho, es la raíz de toda enfermedad.

En la remota Sumeria, el mago -que era sacerdote y médico porque sabían entonces que ambas cosas son una, toda vez que neocórtex y límbico, o sea cuerpo y alma, son uno también- solía tratar las enfermedades del cuerpo buscando la raíz anímica que las había originado o, por lo menos, las alimentaba. Y así, cuando uno de esos magos habla con un paciente que muestra una sintomatología que se asienta en el hígado no se limita a intentar restablecer el equilibrio físico de este órgano vital: lo que hace es preguntarle si otra vez le han quitado el agua de riego. Y sí, se la habían quitado. Porque el mago entendía -y entendía bien- que es conveniente no olvidar que por debajo de las somatizaciones orgánicas se encuentran las causas emocionales que las generan. Y es una lástima que hoy nuestra ciencia médica -en tantos aspectos elogiable- haya olvidado eso porque, de seguirlo recordando, podría dar mejor respuesta a nuestras dolencias. Y, por descontado, convertirse en guía de una forma emocionalmente más saludable de vida. Y no mediante una fe religiosa que pocas veces no se opone a la ciencia sino mediante una ciencia que integrara la potencialidad de nuestra percepción límbica.

Porque, ¿quién puede negar que ninguna enfermedad más nefasta que la soberbia? ¿Y la codicia? Y, entre otros muchos llamados pecados, ¿no se encuentra acaso la ambición desmedida? ¿Por qué, entonces, nuestra cultura científica occidental considera la ambición una virtud? ¿Por qué no se funden de una vez por todas en una medicina holística religión y ciencia médica? ¿O es que se ha olvidado ya que las religiones son tan solo consejos médicos?

En toda religión, en toda, hay un dios lejano demiurgo -creador- y un dios cercano taumaturgo -sanador-. Y ese dios taumaturgo es una emanación del dios creador o, por lo menos, alguien a quien el dios creador ha elegido. De hecho, por su proximidad a los humanos, es quien ejerce de dios.

En nuestra religión cristiana el taumaturgo -del que se ha apoderado la Iglesia atribuyéndose vicariamente esos poderes sanadores- es Jesús, quien -al margen la inevitable divinidad que luego se le ha atribuido- no hacía sino medicina. La medicina que entiende que cuerpo y alma son aspectos de una misma presencia perceptiva y que, por tanto, la higiene -esa higiene que es razón de tantas prohibiciones divinas en todas las religiones primitivas- es sinónimo de medicina preventiva. Y ese “no peques más” es casi siempre algo así como “lávate si no quieres estar enfermo”. Claro que dicho con una semántica que hoy desconocemos o no queremos conocer y, así, cuando un sanador hablaba de ángeles entendemos que habla de púberes agraciados con alas refulgentes cuando en realidad está hablando de medicina holística, que no hay que olvidar que santidad y sanidad son -también semánticamente- una misma cosa. Y así, purificarse es lavarse tanto emocionalmente -de las inclinaciones llamadas pecaminosas- como corporalmente.

Una muestra: en la Biblioteca del Vaticano -donde se conservan textos menos manipulados que nuestros evangelios- se encuentra un texto en arameo que se conoce con el título de “Evangelio de los esenios”. Pues bien, ese texto -cuyas palabras se dice fueron recogidas de boca de Jesús por su discípulo Juan– ha sido traducido por el Dr. Edmond Bordeaux SzÉkely y editado en España por Editorial Sirio, de donde entresaco cuanto sigue: “Y entonces muchos enfermos y tullidos fueron a Jesús, preguntándole: ‘Si todo lo sabes, dinos, ¿por qué sufrimos estas penosas plagas? ¿Por qué no estamos enteros como los demás hombres? Maestro, cúranos para que no tengamos que vivir por más tiempo en nuestro sufrimiento’.

Y Jesús respondió: ‘Felices vosotros (…) que rechazáis el poder de Satán pues os conduciré al reino de los ángeles de nuestra Madre donde el poder de Satán no puede penetrar”.

Y si bien para quienes buscaban sanar estaba claro que Satán era el simple nombre de cuanto es causa de enfermedad, al parecer nada entendían de quién era esa Madre por lo que Jesús añadiría: “Vuestra madre está en vosotros y vosotros en ella. Ella os alumbró y ella os da vida. Fue ella quien dio vuestro cuerpo y a ella se lo devolveréis algún día. Felices vosotros (…) si recibís a los ángeles de vuestra Madre y cumplís sus leyes. En verdad os digo que quien haga esto nunca conocerá la enfermedad. Pues el poder de nuestra Madre está por encima de todo. Y destruye a Satán y a su reino y tiene gobierno sobre todos vuestros cuerpos y sobre todas las cosas vivas. La sangre que por nosotros corre ha nacido de la sangre de nuestra Madre Terrenal. Su sangre cae de las nubes, brota del seno de la tierra, murmura en los arroyos de las montañas, fluye espaciosamente en los ríos de las llanuras, duerme en los lagos y se enfurece en los mares tempestuosos”.
Y Jesús, en un texto de gran belleza descriptiva, prosigue las analogías de su medicina holística -de un holismo que une nuestra salud a la salud de la Tierra- identificando el aire que respiramos con nuestra salud pulmonar, la dureza saludable de los huesos con las de las rocas que sustentan nuestro suelo terreno, etc.

“(…) Sois uno con la Madre Terrenal. Ella está en vosotros y vosotros en ella(…) Guardad, por tanto, sus leyes pues nadie puede vivir mucho ni ser feliz sino aquel que honra a su Madre Terrenal y cumple sus leyes. Pues vuestra respiración es Su respiración, vuestra sangre Su sangre, vuestros huesos Sus huesos, vuestra carne Su carne, vuestros intestinos Sus intestinos, vuestros ojos y vuestros oídos Sus ojos y Sus oídos”.

El texto, desdichadamente excesivamente largo para poderlo transcribir en un artículo, conmina a respetar nuestro medio ambiente -cuya expresión vital son lo que denomina ángeles- y tras acusar a Belcebú de ser el portador de la muerte -Belcebú era el dios de las moscas, de todo insecto causante de plagas- identifica la etiología de esas plagas en todo desorden emocional, especialmente en la búsqueda de riqueza y poder. Y esos desórdenes emocionales -si se prefiere, anímicos-, dice, son los que provocan toda enfermedad porque rompen nuestra armonía con los dones vitales que nos ha dado nuestra Madre Terrenal. Y así: “La respiración del Hijo del Hombre -de los humanos- se vuelve corta y sofocada, trabajosa y maloliente como la de las bestias inmundas. Y su sangre se vuelve espesa y fétida como el agua de las ciénagas, se coagula y ennegrece como las noche de la muerte”. Y sigue describiendo las patologías de otros órganos “pues la humanidad no guardó las leyes de su Madre sino que sumó un pecado a otro. Por ello le son arrebatados todos los dones de la Madre Terrenal (…). Pero si el pecador Hijo del Hombre se arrepiente de sus culpas y las repara y regresa de nuevo a su Madre Terrenal; y si cumple las leyes de su Madre Terrenal y se libera de las garras de Satán resistiendo sus tentaciones, entonces la Madre Terrenal recibe de nuevo a su Hijo pecador con amor y le envía a sus ángeles para que le sirvan (…) y liberen (…) de manera que no vaya por los caminos de la muerte”.

Y en este punto Jesús les dice que no busquen la Ley en las escrituras “sino en la hierba, en el árbol, en el río (…), en el interior de ellos mismos. Y a todas esas cosas vivas es a lo que el llama la Palabra Viva del Dios Vivo. Y, finalmente, les incita a que vean en su respiración, en su sangre, en sus huesos… porque en ellos está escrito lo que ha de sanarles. Y su receta es que ayunen, que se desnuden y laven su cuerpo por dentro y por fuera, y que se sequen luego al sol, que dejen sus pasiones, que se amen (…)”.

Y cuando Jesús les dejó, muchos de ellos, siguiendo sus palabras, “buscaron las orillas de las corrientes murmurantes, se descalzaron y desvistieron, ayunaron y entregaron sus cuerpos a los ángeles del aire, del agua y de la luz del sol (…) Y el olor de algunos se volvió tan fétido como el olor que sueltan los intestinos y a algunos les fluían babas y de sus partes internas surgió un vómito maloliente y sucio. Todas estas inmundicias salieron por sus bocas. Y en algunos por la nariz. Y a muchos les vino por su cuerpo un sudor apestoso y en muchos de sus miembros se abrieron forúnculos grandes y calientes de los que salían inmundicias malolientes y de sus cuerpos fluía orina en abundancia, y en muchos su orina no estaba sino seca y se volvía tan espesa como la miel de las abejas, la de otros era casi roja y dura casi como la arena de los ríos (…)”.

Pero no todos sanaron y algunos mandaron a buscar a Jesús, quien les habló de la paciencia del Padre que paga las deudas de sus hijos hasta que un día, viendo que pagar las deudas no cambia el comportamiento de sus hijos, decide dejar de hacerlo y permitir que los deudores les esclavicen. Con lo que, ya esclavizados, tienen que trabajar hasta saldar su propia deuda. Y estos eran los que seguían sin sanar porque las enfermedades que habían acumulado eran tantas, tanta era su deuda, que tenían que seguir trabajando hasta poder ser dueños de sus cuerpos. Pero había uno que sufría más que los otros y todos le pedían a Jesús que le sanara. Y Jesús hizo el milagro. Y el milagro fue traer a su lado al enfermo que ya había ayunado y darle leche de una oveja, leche que antes había caldeado al sol. “Y ahora los ángeles del aire y del sol se unirán al ángel del aire -dijo Jesús-. Y he aquí que el vapor de la leche caliente empezó a elevarse lentamente por el aire”. Y Jesús hizo que el enfermo aspirara esos vapores: “Ven y aspira por la boca la fuerza de los ángeles del agua, de la luz del sol y del aire para que ésta penetre en tu cuerpo y expulse de él a Satán. Y el enfermo a quien Satán tanto atormentaba aspiró a su interior profundamente aquel vapor blanquecino que ascendía”.

“Satán abandonará inmediatamente tu cuerpo ya que llevas tres días sin comer y no halla alimento alguno dentro tuyo. Saldrá de ti para satisfacer su hambre con la leche caliente y humeante pues este alimento es de su agrado(…) Y el Hijo del Hombre destruirá su cuerpo para que no atormente a nadie más”.

“Entonces el cuerpo del hombre se estremeció con una convulsión y fue como si fuese a vomitar… pero no podía. El hombre abría la boca en busca de aire pues se le cortaba la respiración. Y se desmayó en el regazo de Jesús”.

“Ahora Satán abandona su cuerpo. Vedle”. Y Jesús señaló la boca abierta del hombre enfermo. Y entonces vieron todos con asombro y terror cómo surgía Satán de su boca en forma de un gusano abominable, en busca de leche humeante. Entonces Jesús tomó dos piedras angulosas con sus manos y aplastó y aplastó la cabeza de Satán, y extrajo del cuerpo del enfermo todo el cuerpo del monstruo, que era casi tan largo como el cuerpo del hombre”.

Naturalmente, sanado el enfermo, Jesús le dijo que no volviera a “pecar” para que Satán no volviera a anidar en él.

Y cierto es que no hay que volver a dar la oportunidad con nuestros “pecados” a que habite en nosotros una lombriz tan repugnante como la solitaria.

Joaquín Grau

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Octubre 2002
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