El sinsentido de la vacuna contra la gripe

Durante las últimas semanas los españoles hemos sido reiteradamente  invitados a vacunarnos contra la gripe sin que nadie se haya cuestionado públicamente si hacerlo se justifica realmente. Todo el mundo da por supuesto que es lo razonable porque el Gobierno y las organizaciones médicas la avalan y de hecho cada año hay más presión para que nuestros niños y ancianos se vacunen. Y sin embargo no se justifica en absoluto porque ni se ha demostrado que sea eficaz ni -lo que es más grave- que sea segura. Lo hemos advertido varias veces en los últimos años y de hecho en noviembre pasado el propio presidente de la Organización Médica Colegial, Juan José Rodríguez Sendín, reconoció que entre los médicos hay ya posiciones contrapuestas muy marcadas respecto a las vacunas y son muchos los que han decidido no vacunarse de la gripe. Pues bien, nos hacemos eco de un artículo de Roman Bystrianyk -coautor del libro Dissolving Illusions: Disease, Vaccines and the Forgotten History, (Disolviendo ilusiones: enfermedad, vacunas y la historia olvidada)- recientemente publicado en vaccinationcouncil.org -web del International Medical Council on vaccination- con el título The Flu Vaccine: Something to Sneeze  y cuya traducción reproducimos por su interés -tras recibir la oportuna autorización- sin añadir comentario alguno y con el fin de complementar el texto que con el título Las vacunas constituyen un engaño intencionado aparece en este mismo número.

Es lógico que al hablar de la vacuna contra la gripe la pregunta más obvia que uno se haga sea: ¿realmente reduce la mortalidad? Analicemos para saberlo las Vital Statistics of the United States (Estadísticas vitales de Estados Unidos) cuyos datos permiten obtener todo tipo de informaciones interesantes -entre ellas la cifra de fallecimientos por enfermedades infecciosas- aunque debemos aclarar que en lo que se refiere a Estados Unidos los datos recogidos desde 1900 hasta hoy agrupan usualmente la gripe y la neumonía. Pues bien, las cifras indican que la tasa de mortalidad por gripe y neumonía fue de 200 fallecimientos por cada 100.000 habitantes allá por 1900 y que ese número fue poco a poco reduciéndose en los años siguientes de tal forma que, al margen de la pandemia de gripe de 1918, la tasa de mortalidad disminuyó hasta llegar a 20-25 fallecimientos por cada 100.000 habitantes en la década de los setenta que es cuando comenzaron las campañas de vacunación contra la gripe (ese descenso gradual puede apreciarse en el diagrama 1). Es pues evidente que las muertes por gripe y neumonía habían disminuido ya en un 90% antes de que surgiera siquiera la idea de impulsar la vacunación generalizada. Claro que no es sorprendente porque las tasas de mortalidad debido a enfermedades infecciosas en general declinaron de hecho mucho antes de que existieran las vacunas. Las muertes por sarampión por ejemplo habían disminuido en casi un 100% (diagrama 2) y las muertes por tosferina en más del 99% (diagrama 3) antes de que se utilizaran sus vacunas. Y las muertes por otras enfermedades infecciosas como la escarlatina, la fiebre tifoidea, el tifus y el cólera se habían reducido prácticamente a cero antes de que se generalizara el uso de las correspondientes vacunas. En suma, es bastante sorprendente pero hubo una disminución del 90% de las muertes antes de que se utilizara vacuna alguna.

¿Y qué causó esa masiva disminución de mortalidad en las enfermedades infecciosas? ¿Y qué lecciones se han aprendido? Porque cuando va a que le inoculen la vacuna contra la gripe, ¿comparten esta información con usted? Lo más probable es que no. Quizás porque a pesar del descenso de la mortalidad aún hay personas que mueren de gripe y neumonía. Ahora bien, puesto que la idea de las vacunas es reducir el número de muertes la pregunta sigue siendo obvia: ¿lo consiguen?

Echemos de nuevo un vistazo a los datos pero examinando ahora la cobertura de la vacuna y la tasa de mortalidad. Porque es lógico esperar que cuanto mayor haya sido la cobertura de vacunación más se haya reducido  la tasa de mortalidad. A fin de cuentas se supone que las vacunas protegen a la población de la enfermedad que previenen. Bueno, pues basta analizar los datos para comprobar algo sorprendente: cuanto mayor es la tasa de cobertura mayor es la tasa de mortalidad; aumenta en lugar de disminuir (vea el diagrama 4).

Los fríos datos indican que las muertes por gripe y neumonía, de 20 a 25 por cada 100.000 habitantes en la segunda mitad de la década de los setenta, aumentaron hasta 30 fallecimientos por cada 100.000 personas con mayor cobertura de la vacuna contra la gripe. El hecho fue dado a conocer en 2003 por epidemiólogos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos –Lone Simonsen y otros- en un artículo titulado Influenza vaccination and mortality benefits: New insights, new opportunities (Vaccine, (2009) donde puede leerse: “Las tasas de mortalidad relacionadas con la gripe entre las personas mayores se incrementó entre los años 1980 y 1990 cuando la cobertura de vacunación se había cuadruplicado“.

Es más, en el mismo artículo se señala que sólo un 5% de las muertes acaecidas durante el invierno están relacionadas con el virus de la influenza y la afirmación de que el 50% de las muertes de gente mayor podría prevenirse mediante la vacunación es pues falsa y la creencia surgió de un sesgo en la selección de los estudios. “No hay pruebas de que la vacuna evite más muertes en período de gripe que en períodos cercanos. (…) La mayor parte de la evidencia sobre la efectividad de la vacuna a partir de estudios observacionales en personas mayores de 70 años de edad no es fiable y la evidencia restante sugiere que la vacunación es mucho menos eficaz de lo que se pensaba (…) Sólo hay unos pocos estudios observacionales bien controlados en este momento y los mismos sugieren que la vacuna aporta escasos beneficios entre las personas mayores, con estimaciones puntuales que van del 0% al 29%”.

Declaración importante porque el 90% de las muertes relacionadas con la gripe y la neumonía se producen en personas de más de 70 años. Según los datos de las Estadísticas vitales de Estados Unidos de 2001 que muestran los índices de mortalidad por cada 100.000 personas para todo tipo de edades es evidente la gran diferencia entre los mayores de 75 y 85 años: 148 y 685 fallecimientos respectivamente. Además entre 1 y 65 años las cifras de muerte por gripe y neumonía no son tan altas como las de otros riesgos vitales. Así que ese estelar 0-29% de eficacia en personas mayores no coincide realmente con lo que nos quieren hacer creer a través de anuncios y campañas publicitarias. Los autores del estudio citado concluyen por ello con dureza: “La idea de que la vacuna contra la influenza puede prevenir hasta el 50% de las muertes en invierno es absurda“.

Un análisis realizado en 2009 por la organización Cochrane Colaboration identificó, recuperó y analizó todos los estudios que evalúan los efectos (eficacia, efectividad y daños) de las vacunas contra la gripe en adultos sanos y su estudio –Vaccines for preventing influenza in healthy adults (Review)– llegó a la misma conclusión: no hay pruebas suficientes para justificar una vacunación generalizada contra la gripe. “No existe evidencia suficiente –señalan V. Demicheli y otros en el trabajo- para afirmar que la vacunación rutinaria para prevenir la influenza en adultos sanos es eficaz (…) Los resultados de nuestra revisión parecen desalentar la utilización de la vacunación contra la influenza en adultos sanos como medida rutinaria de salud pública”.

El 14 de febrero de 2005 un estudio publicado en Archives of Internal Medicine titulado Impact of Influenza Vaccination on Seasonal Mortality in the US Elderly Population examinó las muertes relacionadas con la gripe en toda la población mayor de Estados Unidos y como la vacunación antigripal había aumentado considerablemente en los últimos 25 años los investigadores esperaban que se habría reducido al menos entre un 35% y un 40% pero lo que se encontraron es que a pesar del aumento de la vacunación no había disminuido el número de fallecimientos: “El aumento de 50 puntos porcentuales en la cobertura de vacunación entre las personas mayores tras 1980 debería haber reducido el exceso de neumonía e influenza y el exceso de mortalidad por cualquier causa entre un 35% y un 40% pero no se han encontrado pruebas de que haya habido tal reducción ni de que haya disminuido la mortalidad por cualquier causa en ningún grupo de edad de las personas mayores”.

Y una vez más sus autores llegan a la conclusión de que los estudios observacionales anteriores debieron haberse sesgado para sobreestimar los beneficios de la vacuna contra la gripe. “Los datos disponibles sobre las mejores estimaciones indican que esos estudios observacionales exageraron los beneficios de la vacuna sobre la mortalidad”.

En un reciente artículo –John Hopkins Scientist Slams Flu Vaccine (NewsMax, May 16 2013)- Peter Doshi, investigador de la Universidad John Hopkins, reiteraría esa suposición: “La vacuna parece ser menos beneficiosa y segura de lo que se ha dicho y la amenaza de gripe exagerada (…) Y eso significa que las vacunas contra la gripe se aprobaron para personas de edad avanzada a pesar de que ningún ensayo clínico muestra que logre una importante reducción de las consecuencias graves”. Agregando que basta con que los funcionarios públicos afirmen que la vacuna salva vidas para que la mayoría de la gente -incluyendo a los médicos- supongan que tras esa recomendación hay una investigación sólida cuando por desgracia no es así. En el caso de los ancianos al menos -el grupo con teórica mayor necesidad de la vacuna contra la gripe- no hay en realidad pruebas científicas sólidas que respalden su uso.

¿Y ES EFICAZ LA VACUNA EN NIÑOS?

¿Y qué pasa con los niños menores de un año entre los que también hay una alta tasa de mortalidad? Porque los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) recomiendan actualmente que se vacune contra la gripe a los niños de más de 6 meses y, sin embargo, un estudio de 2008 –Influenza vaccine effectiveness and confounding factors among young children (Vaccine, 2008)– no encontró evidencia alguna de posibles beneficios entre los menores de dos años: “No se ha  encontrado eficacia clara de la vacuna en los menores de 2 años –se asevera en el trabajo de Megumi Fujieda y otros-; se necesitan pues más estudios que utilicen diferentes métodos, en diferentes lugares y en diferentes estaciones para aclarar si la vacuna de la gripe es o no eficaz en niños pequeños”.

 En 2012 Thomas Jefferson -inspector del Cochrane Acute Respiratory Infections Group- dirigió por su parte una revisión exhaustiva de 75 estudios controlados aleatorios en niños sanos menores de 16 años –Vaccines for preventing influenza in healthy children (Review)- en el que afirma: “Las vacunas inactivadas en niños de dos años o  menos no son significativamente más eficaces que el placebo (…) Existen pocas pruebas disponibles en niños menores de dos años (…) pero en el caso específico de las vacunas contra la gripe se han asociado ya a daños graves como convulsiones, narcolepsia y períodos febriles. Y ha sido sorprendente encontrar un solo estudio sobre vacunas inactivadas en menores de dos años teniendo en cuenta las actuales recomendaciones de vacunar a todo niño sano a partir de los seis meses en Estados Unidos, Canadá, zonas de Europa y Australia. Si la vacunación en niños se recomienda como política de salud pública se requieren con urgencia estudios a gran escala que evalúen y comparen los resultados de los distintos tipos de vacunas”. Para sus autores resulta sorprendente no sólo que la evaluación de todos los estudios disponibles demuestre que no existe beneficio alguno en vacunar a los menores de 2 años sino también que haya un único estudio con niños de ese grupo de edad. Recordando además que se han asociado a la vacuna problemas graves como narcolepsia y convulsiones.

En otro estudio -Influenza Vaccine Effectiveness Among Children 6 to 59 Months of Age During 2 Influenza Seasons (Archives of Pediatric and Adolescent Medicine, October 2008)- de Peter G. Szilagyi y otros sobre la vacuna contra la gripe en menores de 5 años durante dos temporadas de gripe los autores tampoco encontraron beneficios. Según ellos la vacuna no redujo las visitas a Urgencias y ambulatorios ni el número de hospitalizaciones entre 2003 y 2005. Es más, cada año más niños estadounidenses de entre 6 y 59 meses tienen que ser hospitalizados tras acudir a Urgencias  y a los ambulatorios debido a la gripe. No fue pues posible demostrar que la vacuna antigripal en niños de entre 6 y 23 meses, de entre 24 y 59 meses o de cualquier otro rango de edad fuera eficaz y previniera las visitas a Urgencias o a los ambulatorios en esas dos temporadas consecutivas: 2003-2004 y 2004-2005.

Así que, ¿por qué estamos vacunando a los niños a partir de los 6 meses? Ante toda esta información sorprende la cantidad de tiempo y esfuerzo invertido en la vacunación contra la gripe.

¿QUÉ ES LA GRIPE?

Además, ¿qué es la gripe? La mayoría de la gente piensa que una patología causada por una sola entidad, el virus de la influenza, ¿pero es realmente así? Pues no. La gripe la define básicamente tener 40° de fiebre o más, sensación febril -no todo el mundo con gripe tiene fiebre-, tos y/o dolor de garganta, secreción o congestión nasal, dolor de cabeza y/o dolor de cuerpo, escalofríos y fatiga. Así que si se padecen tales síntomas automáticamente se piensa que se tiene la gripe. ¿Cierto? Pues no vayamos tan deprisa: a menudo no se entiende que esa persona lo que en realidad tiene es un síndrome -el síndrome gripal o ILI (Influenza-like illness)– que puede estar causado por varios agentes y sólo en parte se debe a los virus de la influenza A o B por lo que los meros síntomas clínicos no bastan. En otras palabras,  que usted -o su médico- crea que tiene “gripe” no implica que esté en realidad infectado por el virus de la influenza.

Ya en un editorial de 2009 el investigador de Cochrane antes citado, Thomas Jefferson, explicó que es exactamente el síndrome gripal y qué porcentaje está causado ​​por el virus de la influenza. Utilizando estudios de perspectivas el Grupo Cochrane determinó que durante la temporada de invierno alrededor del 7% de las personas sufre un síndrome gripal y el 93% restante no. Y que de ese 7% sólo en una pequeña fracción –el 11%- la causa es el virus de la influenza debiéndose en otro 6% al virus respiratorio sincitial, en un 3% a un rinovirus, en un 2% al virus de la parainfluenza y a un enorme 77% a causas desconocidas. “La evidencia presentada aquí -concluyen- indica que la influenza es una causa relativamente rara del síndrome gripal y una enfermedad relativamente rara. De lo que se desprende que las vacunas pueden no ser las intervenciones preventivas adecuadas, ya sea para la influenza o para el síndrome gripal”.

Obviamente no es de extrañar que quienes buscaran artículos sobre la eficacia de la vacuna contra la gripe apenas encontraran algo.

VACUNAR… PARA ENFERMAR

Es más, normalmente se considera imposible que la gente contraiga la gripe tras vacunarse pero como acabamos de explicar la sensación de tenerla no implica necesariamente que se trate del virus de la influenza ya que puede deberse a otro tipo de infección. Que es exactamente lo que plantea el trabajo de investigación de Benjamin Cowling y otros titulado Increased Risk of Noninfluenza Respiratory Virus Infections Associated With Receipt of Inactivated Influenza Vaccine publicado en 2012 en Clinical Infectious Disease. En él se explica que en un ensayo controlado aleatorio a doble ciego con niños de 6 a 15 años unos recibieron una vacuna inactivada trivalente de la gripe estacional 2008-2009 y otros un placebo salino REAL (que no se ve a menudo en los ensayos de vacunas). “Entre quienes recibieron la vacuna trivalente –se dice en el estudio- el riesgo de infección por un virus respiratorio no influenza fue cinco veces mayor. Correspondiendo la mayoría de las detecciones de virus respiratorios no influenza a rinovirus y coxsackie/echovirus. El aumento del riesgo entre ellos también fue estadísticamente significativo para estos virus”. Los autores del artículo señalan que la vacuna contra la influenza parece reducir la inmunidad contra los virus respiratorios no influenza “por algún mecanismo biológico desconocido”.

Y peor aún fue la relación descubierta entre el grupo vacunado y el que recibió el placebo: “No hubo diferencia estadísticamente significativa del riesgo de infección confirmada de la gripe estacional entre quienes recibieron la vacuna trivalente y el placebo”. ¿Será ésta la razón de que la vacuna contra la hepatitis A y vacunas antiguas contra la influenza se utilicen a menudo como placebo en los ensayos sobre vacunas?

Quizás la imagen inmunitaria que tenemos de que la vacuna estimula los anticuerpos para protegernos de una enfermedad específica sea en realidad mucho más compleja. Existen múltiples infecciones que pueden hacernos sentir que tenemos la gripe y cuando nos inoculamos la vacuna contra la influenza volvernos más susceptibles a otros patógenos. De hecho es exactamente lo que parece haber ocurrido con el uso de la vacuna contra la gripe y la susceptibilidad a la gripe porcina.

El profesor Peter Collignon, Director de la Unidad de Enfermedades Infecciosas y Microbiología del Hospital de Canberra (Australia), pidió por eso en un artículo titulado Vaccines may have increased swine flu risk y publicado en ABC New Australia que se revisase en el país el uso de la vacuna contra la gripe. “Resultó un tanto sorprendente –contaría- comprobar, al fijarnos en algunos datos de Canadá y Hong Kong del último año, que quienes recibieron en 2008 la vacuna contra la gripe estacional o común parecían tener,  en comparación con quienes no fueron vacunados, el doble de riesgo de contraer la gripe porcina. Algunos datos interesantes de los que se dispone sugieren que si uno se vacuna con la vacuna estacional se tiene luego menor protección que si se contrae una infección natural. Esto es especialmente importante para los niños ya que si alguno se infecta con un virus natural no sólo se inmuniza contra él sino también contra virus similares e, incluso, contra virus diferentes de la gripe del año siguiente. No es descartable pues que si apareciera algún virus realmente nuevo y desagradable quienes hayan sido vacunados pueden ser más susceptibles a contraer esa nueva infección natural”.

¿Confundido? No se preocupe, es que las enfermedades son complicadas y el sistema inmune no se conoce más que superficialmente; incluso por los inmunólogos más destacados de la actualidad.

El sistema inmune sigue siendo un pozo negro –reconoce el doctor Garry Fathman, profesor de Inmunología y Reumatología y Director Asociado del Institute for Immunology, Transplantation and Infection de Stanford (EEUU)-. Actualmente seguimos haciendo las mismas pruebas que ya hice cuando era estudiante de Medicina en la década de 1960. Es un sistema asombrosamente complejo que comprende al menos 15 tipos de células diferentes interactuando y segregando decenas de moléculas diferentes en la sangre para comunicarse unas con otras y presentar batalla. Y dentro de cada una de esas células se asientan decenas de miles de genes cuya actividad puede ser alterada por la edad, el ejercicio, la infección, la vacunación, la dieta, el estrés o lo que sea. Eso supone que hay un montón de piezas móviles y no se sabe muy bien lo que la gran mayoría hace o deberían estar haciendo. Ni siquiera podemos estar seguros de si el sistema inmune está funcionando bien -y, mucho menos, por qué no lo hace- ya que no tenemos buenos indicadores de cómo debe ser un sistema inmune humano sano. A pesar de los miles de millones gastados en estimulantes inmunológicos el año pasado en supermercados y farmacias no sabemos lo que realmente hacen ni qué significa realmente la expresión ‘estimulante inmunológico’”.

Y hay una cosa más de la que usted debería ser consciente a estas alturas teniendo en cuenta que las estadísticas contemplan juntas siempre la gripe y la neumonía: a pesar de que están estrechamente vinculadas y por eso a menudo se agrupan a la hora de notificar los datos tal asociación es, curiosamente, ignorada cuando la American Lung Association (Asociación Americana del Pulmón) afirma que cada año mueren 36.000 personas a causa de la gripe obviando la incidencia de la neumonía. “Muchos confunden la gripe con el resfriado común  –se lee además en sus publicaciones- pero la gripe es mucho más grave. En Estados Unidos es responsable anualmente de 226.000 hospitalizaciones y una media de 36.000 muertes”. Cuando lo que realmente deberían decir es “muertes relacionadas con la gripe” y no por la influenza ya que generalmente la causa real está en las neumonías. Lo señala Peter Doshi en Are US flu death figures more PR than science? (BMJ, 2005): Según el CDC’s National Center for Health Statistics (NCHS) la gripe y la neumonía se llevaron 62.034 vidas en 2001-, 61.777 de las cuales fueron atribuidas a neumonía y 257 a la gripe. Y en sólo 18 casos el virus de la influenza fue identificado positivamente.”

Así que en realidad el número de muertes que causa la gripe es inferior al 1%; y de ese porcentaje sólo en unos pocos casos se identificó como causa el virus de la influenza. ¿Y entonces de dónde sale esa cifra de 36.000 muertes anuales por gripe? Pues se trata de un modelo y unas cifras que en realidad nunca han sido verificadas.

Reiteramos que la “gripe” no siempre la causa el virus de la influenza (solo en un 7% de los casos de Síndrome Gripal lo causa ese virus) y puesto que nadie comprueba además la asociación entre él y la neumonía en la mayoría de los casos esa estadística asesina es en realidad una mera suposición. Y en tal caso, ¿cómo va la vacuna contra la influenza ayudar a prevenir la mayor parte de las muertes cuando éstas van en realidad asociadas al Síndrome Gripal? Cuando Cochrane intentó comprobar si la vacunación ayuda realmente a prevenir la neumonía y reducir el número de muertes no encontró datos que justifiquen esa crencia. “Tras revisar más de 40 ensayos clínicos -manifiesta el informe del Cochrane Acute Respiratory Infections Group de 2010- queda claro que el rendimiento en adultos sanos de las vacunas no es como para emocionarse. De promedio tal vez 1 adulto de cada 100 vacunados evite los síntomas de la gripe pero eso ocurre en 2 de cada 100 entre los no vacunados. Dicho de otra manera: hay que vacunar a 100 adultos sanos para prevenir un único síndrome. Esta revisión de Cochrane no ha encontrado evidencia creíble de que sea eficaz ni para evitar complicaciones como la neumonía ni la muerte”.

¿Y ENTONCES?

A la vista de lo expuesto, ¿qué deberíamos hacer entonces para no coger la gripe? Pues por ejemplo recurrir a productos naturales como puso de manifiesto el trabajo de Mitsuyoshi Urashima y otros titulado Randomized trial of vitamin D supplementation to prevent seasonal influenza A in schoolchildren que se publicó en 2010 en American Journal of Clinical Nutrition: En este ensayo clínico aleatorizado –explica el trabajo- la suplementación diaria con 1.200 UI de vitamina D3 en escolares entre diciembre y marzo mostró un importante efecto preventivo contra el virus A de la influenza aunque no se observó diferencia significativa para la influenza B (…) La suplementación probiótica diaria en la dieta fue una manera segura y eficaz de reducir la fiebre y otros síntomas en los niños pequeños. Además se observó un efecto preventivo importante de un producto que contiene equinácea, propóleo y vitamina C en la incidencia de infecciones de las vías respiratorias en los niños”.

Así que podríamos utilizar vitamina D –que el organismo produce de forma natural cuando se toma el sol-, vitamina C, probióticos y otras opciones naturales; y procurar lavarnos bien las manos y usar mascarilla en casos de riesgo. El trabajo Mask use, hand hygiene, and seasonal influenza-like illness among young adults: a randomized intervention trial (Journal of Infectious Diseases, February 2010) evalúa positivamente tales comportamientos: “Hubo una reducción significativa de la tasa de Síndrome Gripal entre los participantes asignados al azar que usaron mascarilla y cuidaron la higiene de sus manos durante la segunda mitad de este estudio que va desde un 35% a un 51% en comparación con el grupo control que no usó las mascarillas. Los resultados apoyan los estudios anteriores que constataron la eficacia de usar mascarillas para reducir la transmisión de virus respiratorios”.

En fin, como ve hay muchas cosas que puede usted hacer para mantener la salud y no enfermar. Y si aún así enfermase hay maneras de evitar que sea de gravedad. Solo que, ¿va su farmacia, su médico o los CDC a decirle que procure lavarse bien las manos, consuma muchas vitaminas C y D –o tome el sol-, descanse adecuadamente y haga muchas otras cosas que permitirían evitarle  contraer la gripe y otras patologías? No: ellos creen y apoyan la vacuna como si se tratara  de una varita mágica que evita la gripe y no van a dejar de hacerlo.

Roman Bystrianyk

Este reportaje aparece en
167
Enero 2014
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