¿Es el organismo un “sistema eléctrico”?

 El indio Lucindo era un jaibaná, nombre del chamán entre los indios emberas, grupo étnico seminómada que habita las riberas de los ríos de la selva chocoana. Cada vez más acosados por el proceso de colonización se fueron radicando hacia las partes altas de los afluentes del río Atrato. Uno de los asentamientos de los emberas era la región de Tanela a donde fui en busca de Lucindo al enterarme de sus artes curativas. Me había llamado poderosamente la atención la curación de un campesino, Próspero, que había trajinado por todos los senderos de la medicina sin obtener mejoría para su enfermedad, un extraño padecimiento que le tenía prácticamente paralizado. Al cabo de unas semanas de tratamiento con Lucindo su restablecimiento era sin duda prodigioso. Me encontré a un hombre de baja estatura y piel cobriza, supremamente receloso y huidizo. Cargaba con el estigma de los enfrentamientos entre las familias de su propia comunidad embera. No fue fácil el abordaje de este hombre, cargado con un silencio pesado y difícil de penetrar.

 Allí, en Tanela, conocí la balsamina, Momórdica charantia, planta que en algunas comunidades se utiliza aún por su efecto saponificante; es un verdadero cortagrasas que cumple allí la función de jabón natural de los pobres. Entre otras yerbas, Lucindo utilizaba frecuentemente la balsamina, cuyos frutos son venenosos; sus hojas, en dosis importantes, producen graves efectos tóxicos. Lucindo la empleaba para tratar enfermedades ocasionadas por la acumulación de grasa en las arterias. Otra vez el principio de la semejanza, tan frecuentemente utilizado en las medicinas indígenas, mostraba su eficacia. La misma planta utilizada para aflojar la grasa de la ropa era empleada por Lucindo para desengrasar las arterias. Es una analogía relativamente distante pero no por ello absurda. Son precisamente las analogías un común denominador en el pensamiento de estas culturas.

 Más importante aún que la utilización de la balsamina fue la explicación que me dio Lucindo en relación con la causa, para él fundamental, de la enfermedad de don Próspero. En sus propias palabras, todo provenía de una muela enferma; a partir de su extracción la situación del paciente cambió radicalmente. Que una enfermedad grave pueda mejorar rápidamente con la extracción de un molar es algo bien descrito por la escuela alemana de terapia neural. Pero que ese conocimiento estuviera en poder de un chamán sin ninguna posibilidad de acceso a conocimientos médicos avanzados, relativamente desconocidos aún en el campo de la medicina convencional, constituía para mí mucho más que una afortunada casualidad. La enfermedad de don Próspero era la manifestación de un incendio provocado por un cortocircuito; Lucindo había descubierto, como no pudimos hacer los médicos, el sitio exacto del cortocircuito. Esto reflejaba una concepción profunda del cuerpo humano en el que los efectos a distancia son posibles.

 Se fue dibujando en mi mente la imagen de un cuerpo cuyas partes estaban infinitamente más relacionadas entre sí de lo que yo hubiera podido suponer desde la formación médica convencional. Al parecer, desde un punto afectado en el organismo puede afectarse cualquier otro punto, una parte o el organismo entero. Una red de circuitos integrados se esbozó en mi imaginación. Comencé a comprender el lenguaje, sencillo y profundamente simbólico, que los colonos y campesinos utilizan para describir sus enfermedades.

 Recordé que por esos días había atendido a una mujer que, después del parto, contrajo una enfermedad asmática grave. En palabras de su madre, «se le había subido la matriz». No pude más que sonreír con una aparente benevolencia que después comprendí no era más que falsa suficiencia. Esa sonrisa bastó para que la madre no dijera una sola palabra más sobre la enfermedad de su hija; creo que un franco regaño no la habría ofendido de tal manera. Ahora, a raíz de la experiencia con Lucindo, el recuerdo de esa sonrisa se convirtió en un sentimiento de vergüenza. ¿Y si fuera un cortocircuito uterino lo que estaba generando el incendio clínico del asma? Decidí buscarla tan pronto me fuera posible para practicarle un procedimiento descrito en la terapia neural para los campos interferentes o cortocircuitos del útero.

 Pocos días después fui hasta la casa de la mujer del asma. Continuaba asfixiada a pesar de haber seguido fielmente todas las recomendaciones. Las yerbas preparadas por otra curandera de la región no habían sido tampoco de mayor provecho. Entonces coloqué una infiltración de anestesia local cerca de la matriz siguiendo la técnica aprendida con Peter Dosch, uno de los pioneros de la terapia neural en el mundo. Y fue como si hubiera desconectado el circuito que producía el asma. Inmediatamente se calmó. Con la repetición del mismo procedimiento, una semana después, los síntomas no volvieron a aparecer. Y pensar que la madre, desde la sabiduría popular, había dado el diagnóstico preciso. ¡El mismo que yo oí sin escuchar!
La lección inolvidable de Lucindo me recordó que en mis últimos años de estudiante de medicina mi madre iba a ser intervenida por lo que en la jerga médica conocemos como un hombro congelado. Era tanto el dolor que le inmovilizó el hombro hasta el extremo de que la articulación se hizo rígida. Las infiltraciones que los ortopedistas le habían realizado en el hombro no lograron ninguna mejoría; sin embargo, una infiltración de anestésico en el sitio donde había tenido un absceso en el maxilar inferior fue suficiente para que mi madre volviera a movilizar, sin dolor, el hombro. Lucindo me había confirmado, sin lugar a dudas, que la enfermedad es la expresión de la alteración en un sistema de circuitos integrados. El síntoma, frecuentemente, no es más que una válvula de escape; es el fusible que salta cuando aumenta el voltaje en el sistema.

 Comprendí cabalmente que el síntoma es un precioso instrumento de protección en la red integrada de circuitos biológicos. Dejé de preocuparme tanto por los síntomas buscando la ruta hacia una medicina que me permitiera comprender el terreno en el que los síntomas se desarrollaban.

 Lo primero que hice fue hablar menos y escuchar más. Es una fórmula simple pero llegar a ella me había costado años de esfuerzos y palabras. Ahora era necesario dar mayor importancia al simbolismo de lo que el paciente afirma sobre su enfermedad. Se volvió más importante lo que el paciente creía de su enfermedad que lo que yo mismo pudiera pensar desde una visión impuesta y condicionada. Los médicos occidentales tenemos un modelo de interrogatorio que es como una camisa de fuerza; un interrogatorio dirigido, esquemático, monótono. Terminamos haciendo que el paciente diga lo que nosotros pensamos que debería decir sin tener en cuenta su idiosincrasia.

 Las minucias que antes me perturbaban se volvieron en ese tiempo la parte más importante de la relación con los pacientes. Hasta ese momento me aburrían los pacientes con una cantidad desproporcionada de síntomas, hacía caso omiso de todas aquellas quejas que no tuvieran relación con lo que considerara una enfermedad física. Ahora comprendía que la parte más importante del proceso de la enfermedad es la fase en la que el trastorno energético no ha producido síntomas físicos precisos.

 Empecé a disfrutar las descripciones que los enfermos hacían de la forma como los síntomas se extendían por su cuerpo. Esos rodeos, que tanto tememos los médicos, frecuentemente contienen la clave de la enfermedad. Aprendí que nadie dice nada por azar; las palabras del enfermo no están nunca separadas de su enfermedad. No es que él sea una cosa, la enfermedad otra y su lenguaje también otra diferente. Allí, en la forma y contenido de sus palabras, está él mismo, desnudo.

Jorge Carvajal

Nota: este artículo pertenece al primer capítulo del libro de Jorge Carvajal “Por los caminos de la Bioenergética” (Editorial Luciérnaga).

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Noviembre 2003
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