Tratamiento Metabólico: historia de un hallazgo terapéutico fundamental

En 1944 un joven médico decidía cambiar el tratamiento farmacológico que se le dispensaba a su madre, afectada de insuficiencia cardiaca global, por un tratamiento de su creación que la permitiría llevar una vida normal durante los últimos 15 años de vida. Aquel joven era el recientemente fallecido Demetrio Sodi Pallarés y el tratamiento que ensayó con su propia madre sería el germen de lo que años después se convertiría en el Tratamiento Metabólico, método que ha salvado miles de vidas. En homenaje  a su persona les contamos la historia de su legado, cómo llegó a este valioso descubrimiento, en qué consiste y en qué enfermedades es útil.

De pausados gestos, amables palabras, cálido trato, lucidez envidiable e interesante conversación. Así era el doctor Demetrio Sodi Pallarés–fallecido hace apenas dos meses a los 90 años- como bien pudimos comprobar quienes en la revista tuvimos el privilegio de departir con él. Otros que le conocieron más saben también que era un médico de vocación, un trabajador incansable, un hombre valiente y un científico inconformista que hizo trascendentes aportaciones a la medicina. Algo evidente a pesar de que, como ocurre por desgracia en tantos otros casos, hayan sido pocos los que supieron valorar sus aportaciones en la justa medida. Para éstos, sin embargo, los 67 años que el descubridor del Tratamiento Metabólico entregó a la Medicina y el hecho de que sus hallazgos hayan permitido salvar miles de vidas y arrojar luz sobre importantes aspectos de la salud humana son elementos suficientes como para que Sodi hubiera recibido el Premio Nobel. El resto -la mayoría de la “comunidad científica”- necesitará años para superar la ceguera intelectual que les impide comprender y aceptar lo que el profesor mexicano quiso, simplemente, que comprobaran.Y todo porque Sodi no dudó en afirmar –la experiencia le avalaba- que su tratamiento, básicamente orientado a la producción de Adenosintrifosfato (ATP) por las células del organismo, conseguía resultados muy superiores a los obtenidos con los tratamientos habituales en Cardiología. Ni que decir tiene que más de uno se sintió aludido y molesto por esta afirmación… pero aún así se negaron a comprobar la veracidad de lo que aseveraba.

Pues bien, seguros de que el tiempo se encargará de poner a cada uno en su lugar y como postrer homenaje a un médico y hombre de ciencia entrañable publicamos en estas páginas el relato del proceso que llevó a la creación del Tratamiento Metabólico, un método que si bien en principio se pensó para tratar a enfermos cardiacos ha salvado también la vida de personas afectadas por distintos males que la medicina convencional o farmacológica sigue definiendo como “enfermedades incurables”.

¿QUÉ ES EL TRATAMIENTO METABÓLICO?

Puede decirse, de forma resumida (el lector puede encontrar información más extensa en los números 20 y 42 de Discovery DSALUD), que el Tratamiento Metabólico es un método orientado a la producción masiva de moléculas de Adenosintrifosfato o ATP. El ATP es el transportador universal de energía de nuestro cuerpo. Se produce en las mitocondrias durante la respiración celular y no sólo es necesario para la mayoría de las funciones orgánicas sino imprescindible para todo proceso de curación. Sin ella, sencillamente, la vida no sería posible y por ello Sodi la llamaba la “molécula de la vida”. Para hacernos una idea de su importancia baste decir que, para sintetizarse, el ADN necesita 72.000 moléculas de ATP por segundo, es decir, que hasta los genes dependen de esta molécula. Cabe añadir que la molécula de ATP se comporta como una coenzima ya que su función de intercambio de energía y la función catalítica (trabajo de estimulación) de las enzimas están íntimamente relacionadas.

Pues bien, aumentar la producción de esta singular molécula es el fin del Tratamiento Metabólico que consta de tres elementos o fases. El primer paso es seguir una dieta rica en potasio y baja en sodio por lo que hay que excluir todo alimento que contenga ese elemento en abundancia; por ejemplo, la sal de mesa. Sólo así, según Sodi, se puede eliminar el sodio intracelular -o disminuir su nivel- sustituyéndolo por potasio, algo imprescindible para que la célula pueda sintetizar el suficiente ATP que precisa todo proceso curativo. En toda lesión -sea del tipo que sea- se rompe la membrana celular, se introduce el sodio en las células, se pierde el potasio, aumenta el ácido láctico y, como consecuencia, disminuye la formación de ATP. Por tanto, la clave de toda curación depende de la relación sodio-potasio.

El segundo elemento del Tratamiento Metabólico consiste en inyectar al enfermo una solución polarizante compuesta de insulina, glucosa y potasio. Siendo la función de la insulina la de ayudar al organismo a metabolizar la glucosa, algo que, a su vez, permite llevar el potasio al interior de las células y así generar moléculas de ATP.

La tercera fase, finalmente, consiste en someter al paciente a la acción de campos magnéticos pulsantes. Sodi comprobó que tras seguir las dos primeras fases se logra que haya una alta concentración de potasio en el interior de la célula mientras el sodio se traslada al exterior y ello genera una diferencia de potencial que hace que la célula emita y reciba la información de forma mucho más eficaz. Pues bien, también constataría que cuando el organismo se somete a la acción de un campo magnético pulsante aumenta la permeabilidad de la membrana celular facilitando con ello el intercambio de potasio por sodio además de mejorar la absorción del oxígeno y los nutrientes.

Bueno, pues hay que decir que con la combinación de estos tres elementos el doctor Sodi Pallarés obtuvo resultados espectaculares en el tratamiento de distintas cardiopatías –hasta el punto de salvar la vida a varias personas para las que la única posibilidad convencional era el trasplante de corazón-, en la paralización de procesos tumorales cancerosos, en la mejoría de problemas óseos y en las enfermedades autoinmunes y reumáticas; incluso tuvo buenos resultados en enfermos de sida. De hecho, en su autobiografía -titulada Mi vida y publicada en el 2001- afirma que el Tratamiento Metabólico es“una panacea de indicación”, es decir, útil como coadyuvante de otros tratamientos.“No hablo de panacea de curación –dice- sino solamente de indicación puesto que ofrece la energía para apoyar cualquier tipo de tratamiento; incluso en tratamientos antimetabólicos como la quimioterapia”.

LOS PRIMEROS PASOS

El hallazgo de lo que con los años se convertiría en el Tratamiento Metabólico se remonta a 1944. Ese año Sodi era ya jefe del Departamento de Electrocardiografía del Instituto Nacional de Cardiología de México –cargo al que accedió sólo tres años después de terminar la especialidad- cuando a su madre –de 64 años- se la diagnosticaría una “insuficiencia cardiaca global grave” dándola unas expectativas de vida de apenas unos meses. Obviamente, sería sometida al tratamiento estándar para esos casos prescribiéndosele digitálicos, diuréticos mercuriales y una dieta baja en colesterol. Sodi comprobaría pronto que ello provocaba en su madre una gran debilidad, quedando especialmente exhausta cada vez que ingería los diuréticos. Preocupado, preguntaría entonces a sus colegas de mayor experiencia por qué se prescribían diuréticos en casos como el de su madre y le respondieron lo mismo que hoy siguen contestando la mayor parte de los cardiólogos: para eliminar la sal del cuerpo.

“No entendía-recuerda Sodi en su autobiografía- por qué mi madre tenía que tomar diuréticos para eliminar la sal pero, al tiempo, se le permitía comer alimentos salados. Así que, como cardiólogo que era, me responsabilicé del caso de mi madre y decidí cambiarle el tratamiento”.

Y así, con la asesoría del nutrólogo Francisco Miranda, confeccionó una dieta rica en potasio de la que estaba proscrito todo alimento que contuviera más de 100 miligramos de sodio por cada 100 gramos de alimento (vea el recuadro titulado La dieta de Sodi). Sodi consideraba necesario no sólo suprimir la sal de mesa de la alimentación -contiene mucho sodio ya que químicamente se trata de cloruro sódico- sino todos los alimentos que contuvieran sodio en abundancia. “Pensé –nos decía Sodi durante la última entrevista que mantuvimos con él y que publicamos en el nº 42- que sólo así podría eliminarse de verdad el sodio intracelular y aumentar el potasio imprescindible para que la célula pueda sintetizar el ATP preciso para todo proceso curativo”.

Y no se equivocó. Su madre dejó de tomar los diuréticos, se recuperó y pudo llevar una vida prácticamente normal durante sus últimos 15 años. A pesar de que los médicos la habían dicho que no sobreviviría más allá de 3 o 4 meses.

“Mire-nos diría Sodi-, lo que están haciendo actualmente la mayor parte de los cardiólogos es lo que hicieron con mi madre y va en contra de lo más elemental en medicina. Los diuréticos hacen que se almacene en el cuerpo el sodio y se pierda el potasio alterando gravemente el metabolismo del paciente. Además, su uso prolongado debilita el músculo cardiaco ya de por sí enfermo. Y eso hace que el paciente no aguante y acabe muriendo”.

En vista de los resultados que había obtenido con su madre Sodi empezaría a prescribir la misma dieta en otras condiciones como hipertensión arterial o angina de pecho. “La dieta –recoge Sodi en su autobiografía- hacía desaparecer el dolor del corazón en pocos días, controlaba las cifras de presión arterial y, para mí, era el mejor tratamiento para la insuficiencia cardiaca grave. Veía en ella una fuerza terapéutica muy poderosa y no podía entender por qué mis colegas no la admitían y, más aún, sin ni siquiera probarla”.

Efectivamente, a pesar de los excelentes resultados obtenidos por Sodi con este tratamiento sus colegas mexicanos no sólo no le prestaron atención sino que le criticaron abiertamente mofándose de su método. Convencido de estar en el buen camino, Sodi haría caso omiso y siguió prescribiendo su tratamiento.

UNA BASE CIENTÍFICA PARA LA DIETA DE SODI

En 1959 un acontecimiento inesperado vendría a apoyar sus tesis. Ocurrió durante un Simposio Internacional de Arterioesclerosis y Enfermedad Coronaria celebrado en la ciudad de México. En esas jornadas el doctor canadiense Hans Selye explicó sus descubrimientos sobre un tipo de lesión denominada “necrosis dura”, hasta entonces ignorada por los cardiólogos. “Gracias a Selye, que ha pasado a la historia como el descubridor del estrés –narra Sodi en su autobiografía-, sabemos que éste produce un aumento de catecolaminas, unas hormonas que introducen el sodio en las células provocando su muerte. También demostró que el sodio aumenta y el potasio disminuye la probabilidad de que se produzcan necrosis cardiacas. Es decir, que el ión sodio ejercía una acción nociva en el corazón mientras que la del potasio era una acción protectora del músculo cardiaco”. En otras palabras,  las investigaciones de Selye reforzaban las afirmaciones de Sodi sobre la dieta baja en sodio y rica en potasio.

“Yo defendí  con enjundia mi dieta –continúa Sodi– y, al mismo tiempo, me convencí de que la dieta baja en colesterol que mis colegas seguían prescribiendo junto a los diuréticos eran un engaño ya que yo mismo la prescribí durante algunos años y mi experiencia me demostraba que no había beneficio alguno para el paciente y que no desaparecían las alteraciones electrocardiográficas. La aportación de Selye suponía una base científica para mi dieta”. 

LA BOMBA SODIO-POTASIO

Hans Selye no sería, en cualquier caso, el único investigador cuya contribución complementaba o reforzaba sus tesis. De hecho, sus dudas acerca de la eficacia de la dieta y de las razones por las que resultaba tan efectiva para el tratamiento de enfermedades cardiacas se disiparon cuando el cardiólogo mexicano conoció los trabajos del químico danés Jens C. Skou quien ya en 1957 descubrió que la bomba sodio-potasio se encarga de expulsar 3 iones de sodio del interior de la célula al medio extracelular mientras introduce 2 iones de potasio gracias a la actividad de una enzima de la membrana. Y que es absolutamente necesario que se mantenga esa proporción porque de no ser así, si el sodio se mantuviera en el interior de la membrana celular, se reduce la producción de ATP.  Paul D. Boyer y John E. Walker descubrirían posteriormente el papel que juega en el proceso otra enzima: la ATP sintasa.

La importancia de todo esto se constata con el hecho de que los descubrimientos sobre el mecanismo enzimático que da lugar a la síntesis de ATP recibiría no hace mucho –en 1997- el reconocimiento social con el otorgamiento conjunto del Premio Nobel de Química a los tres: Skou, Boyer y Walker.

En suma, la adecuada proporción celular entre el sodio y el potasio -elementos principales de la dieta de Sodi- es clave para el mantenimiento de una buena salud. Y aunque es verdad que muchos otros científicos –incluido Severo Ochoa– se interesaron en la bomba sodio-potasio y en la formación de ATP (ver el recuadro adjunto) sería Sodi quien, dada su condición de médico, llevaría por primera vez los conocimientos científicos sobre ella a la práctica clínica.

NUEVOS HALLAZGOS

En todo caso, faltaba aún un elemento que acabó de completar la visión de Sodi para crear su Tratamiento Metabólico. Y ese elemento lo aportarían los trabajos del doctor Henri Laborit. Porque fue este investigador francés quien a principios de los años 60 publicó los resultados de un estudio en los que describía los efectos metabólicos favorables de una solución –a la que llamó “solución polarizante”- compuesta por glucosa, insulina y potasio. Laborit había comprobado que la insulina favorecía la entrada de la glucosa y del potasio al citoplasma (espacio intracelular) de las fibras miocárdicas así como la salida del exceso de sodio que había en las mismas fibras en condiciones de isquemia –falta de riego sanguíneo- provocada en situación experimental.

La publicación de ese hallazgo permitió a Sodi completar su terapia. Contaba, por un lado, con la eficacia contrastada de la dieta baja en sodio y rica en potasio en la que tanto había creído y trabajado. Por otro, con el efecto agresor del sodio y protector del potasio en las necrosis experimentales, como había demostrado Hans Selye al estudiar los efectos del estrés. Estaba también la descripción de las funciones de la bomba sodio-potasio y su importancia en la formación de ATP que había hecho Skou. Y, finalmente,  contaba con los efectos favorables de los movimientos iónicos en las células cardiacas que producía la solución polarizante de Laborit.

El siguiente paso era evidente: había que constatar los resultados de un tratamiento que aglutinara los conocimientos aportados por todos los científicos mencionados. Y a ello se dedicaron el profesor mexicano y sus colaboradores.

Lo primero que hicieron fue comprobar la utilidad de la solución polarizante sobre el corazón de un perro para lo cual le provocaron un infarto mediante la ligadura de la arteria coronaria descendente anterior. A continuación se le aplicó la solución propuesta por Laborit –aunque ligeramente modificada por Sodi- y el perro experimentó una mejoría espectacular en sólo unos minutos. Repetido el experimento en varias ocasiones con animales y constatados de manera fehaciente los excelentes resultados que se obtenían en muy distintas enfermedades cardiovasculares, Sodi se animó a utilizar conjuntamente la dieta y la solución polarizante en humanos.

“Como investigador del Instituto de Cardiología–explica Sodi- comunicaba los resultados que obtenía con los animales a mis colegas pero algunos incluso se reían de mí. Me aislaron completamente y llegué a renunciar a mi puesto en el Instituto Nacional de Cardiología pero no a mis convicciones. Mi meta era ayudar a mejorar la salud de los pacientes y sabía que podía hacerlo”.

Ni que decir tiene que la decisión de Sodi de comprobar sus tesis –consideradas casi heréticas por el resto de los cardiólogos- sobre humanos le supuso ganarse la animadversión de los que hasta entonces habían sido sus compañeros así como el desprestigio y el rechazo de gran parte de la comunidad médica. Pero, hombre valiente y convencido de estar en lo cierto, Sodi Pallarés no se arredró por las críticas y, junto con sus colaboradores, empezó a prescribir la dieta baja en sodio y rica en potasio y la solución polarizante a los enfermos cardiacos que confiaban en él. De esta forma, con una inyección intravenosa -de 40 gotas por minuto de una sustancia compuesta por 1.000 mililitros de solución glucosada al 10 por ciento en los que se disolvían 20 unidades de insulina simple y 40 mili-equivalentes de cloruro de potasio- y con el seguimiento de una dieta baja en sodio y rica en potasio, Sodi y su equipo trataron a personas con hipertensión arterial muy elevada, angina de pecho, infarto reciente de miocardio, insuficiencia cardiaca de distintos grados, miocarditis agudas, etc.

Años después, cuando ya ese “prototratamiento metabólico” estaba perfeccionado en cuanto a dosis, proporciones y alimentos desaconsejados, Sodi añadiría a su método terapéutico la eficacia curativa de la Magnetoterpia y, en concreto, de los campos magnéticos pulsantes. El cardiólogo mexicano conocía la utilidad de esta terapia por su acción antiinflamatoria, antiálgica, regeneradora y estimulante de la circulación arterial y del sistema inmune. Pero lo que le decidió a convertir los campos magnéticos pulsantes en el tercer elemento constituyente de su Tratamiento Metabólico fue el hecho de que se llegara a demostrar que estas energías contribuyen a formar ATP, la energía que Sodi valoraba como imprescindible para la vida y, por ende, para cualquier proceso curativo.

Una vez definidos los elementos del tratamiento sólo quedaba perfeccionarlo. Afortunadamente, los buenos resultados –en algunos casos, realmente sorprendentes- llegaron rápidamente. Y eso animó al profesor a continuar trabajando e investigando en los mecanismos de la lesión cardiaca. Finalmente, con el tiempo y la experimentación, lograría que algunos pacientes –al menos 15- evitaran incluso el trasplante de corazón, única solución que les proponía una medicina oficial que, a pesar de las evidencias, seguía dando la espalda a Sodi y haciendo oídos sordos a las explicaciones sobre cómo se obtienen tan espectaculares resultados.

EL GRAN SALTO

Pero el gran salto se produjo, sin duda, cuando el Tratamiento Metabólico dejó de aplicarse exclusivamente en las patologías coronarias. Sodi había empezado a considerar que el síndrome del tejido lesionado no es privativo de la lesión cardiaca sino que es también imputable, desde un punto de vista patológico, a las llamadas enfermedades en general, incluido el cáncer. Es decir, que una lesión en una célula del tejido del corazón se produce exactamente de la misma manera que en cualquier otra célula del cuerpo y que, por eso mismo, se podrán sanar de idéntica forma.
Sodi rompe así la barrera de su especialidad, la Cardiología, para intentar paliar -si no curar- otras dolencias. El profesor estaba convencido de que su tratamiento tenía que ser efectivo en cualquier patología. Y no se equivocó: sida, cáncer, enfermedades óseas, reumáticas o autoinmunes -como la artritis reumática o la esclerosis múltiple- han sido tratadas con su método obteniéndose resultados que han asombrado a muchos expertos hasta el punto de que algunos, finalmente, se han rendido a la evidencia.
En suma, si Sodi tiene razón y su método es una “panacea de indicaciones” con propiedades beneficiosas y utilidad terapéutica para las distintas especialidades médicas su Tratamiento Metabólico podría llegar a ser una herramienta de curación de muchas de las patologías que aún se le resisten a la ciencia.

SODI: “YO YA HE CUMPLIDO”

Hace ahora algo más de un año Discovery DSalud se reunía con Sodi en el hotel madrileño donde se hospedaba el profesor durante su visita a nuestro país. Y aunque nos emplazamos para posteriores encuentros la vida se ha encargado de que aquella fuera nuestra última entrevista. Por ello, cobran ahora especial significado las palabras con las que nos despidió en aquella ocasión: “Yo ya he cumplido. Ahora lo que afirmo corresponde investigarlo y asumirlo a los grandes hospitales y centros de investigación. Y no digo que esté todo hecho, no. Por eso animo a que se investigue y se vea si tengo o no razón”.
Un año después le respondemos utilizando para ello las palabras que en su día dedicara Albert Schweitzer -Premio Nobel de la Paz- al científico Max Gerson y que encajan a la perfección con nuestra consideración de Sodi. Decía el Nobel: “Veo en él uno de los más eminentes genios de la historia de la Medicina (…) Ha dejado un legado que llama la atención y que asegura el lugar que merece. Aquellos que ha curado saben de la verdad de sus ideas”.

Descanse en paz, profesor. Y gracias por todo.

L. J.

Nota: la autobiografía de Sodi Pallarés –“Mi vida”- editada en México en el 2001 no puede adquirirse en España ya que sólo se imprimieron 300 ejemplares que el propio Sodi repartió entre sus allegados. Finalizamos haciendo público nuestro agradecimiento a los doctores José de la Hoz Fabra, Jesús Tresguerres y José Luis Arranz así como el profesor de Anatomía Patología y Bioelectromagnetismo José Luis Bardasano y a Erika Freíd -todos ellos colaboradores de Sodi en España- por la información que nos facilitaron para la elaboración de este texto.

 Recuadro:


Un hombre excepcional

Demetrio Sodi Pallarés nació en la ciudad de México el 8 de junio de 1913. Tras estudiar Medicina en la Universidad Autónoma de México (1936) realizaría la especialidad de Cardiología Clínica en la Wenstern Reserve University (1940) y en la Universidad de Michigan, (1941).

En 1944 sería nombrado jefe del Departamento de Electrocardiografía del Instituto Nacional de Cardiología de México, puesto que ocupó hasta 1975 cuando decidió renunciar ante la incomprensión del Tratamiento Metabólico por sus colegas.

En la década de los 40 pasaría a ser miembro de las sociedades de Cardiología de México, Cuba, Francia y Perú. En la de los 50 se unió a las de Colombia, Argentina, Venezuela y Puerto Rico siendo además elegido miembro de la Asociación del Corazón de Texas (Estados Unidos) y de la Academia de Medicina de Sao Paulo (Brasil)

En 1951 publicó su primer libro: Nuevas bases de la Electrocardiología. Años después, en 1964, presentaría el segundo: Electrocardiología y vectocardiografía deductiva. Bases electrofisiológicas, hipertrofias y bloqueos.

A pesar de la incomprensión de muchos de sus colegas, obtendría por sus investigaciones la medalla de oro del Instituto Nacional de Cardiología de México. Cuatro años después publicaría Electrocardiología clínica. Análisis deductivo, obra que sigue siendo el tratado más completo y claro sobre cómo debe interpretarse un electrocardiograma y los fenómenos eléctricos del corazón. En 1971 aparecería Electrocardiografía poliparamétrica, que puede considerarse un complemento del anterior.

Un hito importante en su carrera sería la publicación en 1975 de nuevos y revolucionarios conceptos sobre Cardiología isquémica y Tratamiento Polarizante. Nuevas bases metabólicas y termodinámicas. Estos nuevos conceptos serían rebatidos y criticados por sus colegas mexicanos, más por ignorancia o envidia que por razones científicas. Prueba de ello es que en pocos años autores norteamericanos, ingleses, franceses y españoles ratifican, con su experiencia y publicaciones, la realidad y lógica científica de los conceptos de Sodi. De hecho,, poco después de la aparición de este libro la Universidad de Córdoba le nombra Doctor Honoris Causa. Años después lo sería también por la Universidad de Alcalá de Henares.

Ya jubilado, imparte cursos y simposios por todo el mundo para dar a conocer la efectividad del Tratamiento Metabólico.

En el 2001 la Real Academia Española de Medicina le nombra académico en el extranjero siendo la primera vez que dicha institución otorga una distinción de esta naturaleza a un cardiólogo mexicano. Además, en ese año escribe su autobiografía –Mi vida– de la que hemos extraído diversos pasajes para documentar este reportaje.

Finalmente, el año pasado se le nombró académico de honor de la Academia de Medicina del País Vasco y de la Fundación de Medicina Alternativa de Estados Unidos.

Durante muchos fue uno de los cardiólogos más reconocidos por la medicina convencional (de hecho, llegó a ser presidente de la Academia Mexicana de Medicina y formó parte de varias sociedades médicas). Sin embargo, sus descubrimientos fueron poco a poco poniendo en evidencia las carencias y errores de los tratamientos convencionales que prescribían sus colegas cardiólogos y Sodi no dudo en denunciarlo públicamente. Sodi llegó a afirmar a esta revista (véase el nº 42 de Discovery DSALUD) que “podría decirse que se está cometiendo terrorismo molecular en Cardiología. Porque, por ignorancia, se están administrando tratamientos que no sólo no son eficaces sino que pueden estar acabando con la vida de muchas personas”.

Hoy, muchos médicos y científicos han terminado aceptando lo que afirmaba, rendidos ante la ingente aportación de pruebas científicas que demostraban la veracidad de sus postulados.

A los 90 años, muy afectado por la aún reciente muerte de su esposa y eterna compañera Soledad, Sodi falleció el 12 de agosto pasado tras dedicar 67 años a la medicina y la investigación científica. Sin duda, un caso excepcional de tenacidad y amor al trabajo.


La dieta de Sodi

La dieta básica elaborada por Sodi Pallarés aporta un 13% de proteínas, un 55% de hidratos de carbono y un 30% de ácidos grasos poliinsaturados que se completa con vitaminas y minerales naturales. Esta dieta consta solamente de 360 mg. de sodio y 2.600 mg. de potasio. De hecho, prohíbe los alimentos que contienen más de 100 miligramos de sodio por cada 100 gramos de alimento.

Esos alimentos prohibidos son: todos los conservados en latas o frascos de cristal, los mariscos, los embutidos, los frutos secos, el pan, los pasteles, las galletas con sal, la clara de huevo, el queso, el requesón, la nata, las cremas, la mantequilla, el flan, la gelatina, el jamón, las salchichas, las sardinas, las anchoas, las angulas, el pulpo, el bacalao, el apio, las acelgas, la remolacha, las espinacas, el chocolate, las pasas, las frutas en almíbar y enlatadas, los caldos, los consomés y la cerveza,. También se prohíbe el bicarbonato de sodio y las sales digestivas.

Sodi propone, en suma, una alimentación rica en frutas ya que aportan mucho potasio, particularmente la naranja, el pomelo, el melón, la uva, el plátano, el higo, la manzana y la fresa, entre otras. Y entre las verduras especialmente el tomate,  también rico en potasio.


Varios premios Nobel por sus descubrimientos sobre la bomba sodio-potasio y la ATP

La molécula de Adenosintrifosfato o ATP fue descubierta hace más de 80 años y su estudio, junto al de la bomba sodio-potasio, han proporcionado a diversos investigadores varios premios Nobel. El último sería otorgado en 1997 cuando el Nobel de Química fue compartido por 3 bioquímicos. La mitad de su importe se la repartieron el profesor norteamericano Paul D. Boyer-por detallar el proceso químico y estructural-y el investigador inglés John E. Walker –quien aclaró la estructura tridimensional cristalográfica de la enzima ATP sintasa-. La segunda mitad del premio sería para el profesor danés Jens C. Skou por su trabajo en este terreno durante cuatro décadas y el descubrimiento -en 1957- de una de las enzimas de la membrana celular implicadas en el proceso.

Mucho antes -en 1953- obtendría el Nobel de Medicina el alemán Fritz Lipmann al demostrar que el ATP era el portador universal de la energía química a través de sus llamados enlaces fosfato ricos en energía. Cuatro años después –en 1957- recibiría el de Química el inglés Alexander Todd al lograr la síntesis química del ATP. En 1963 se le concedería el Nobel de Medicina al investigador inglés Alan Hodgkins por relacionar la bomba sodio-potasio con el funcionamiento neuronal. Y algo más tarde –en 1978-, el bioquímico inglés Peter Mitchell obtendría también el Nobel de Química por su hipótesis quimiosmótica que explicaba que el ATP se forma gracias a la existencia de un gradiente de protones a un lado y a otro de la membrana interna mitocondrial.

Este reportaje aparece en
55
Noviembre 2003
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