Eficacia del ayuno terapéutico

Los humanos aprendieron de los animales hace ya milenos que basta ayunar, beber agua pura, respirar aire no contaminado, desintoxicar el cuerpo y descansar suficientemente para que el propio organismo se recupere de la mayor parte de las dolencias que nos aquejan. Al punto de que el ayuno terapéutico pasó a formar parte de la práctica ritual de casi todas las religiones. Pues bien, hoy la ciencia ha permitido revelar muchas de las razones que explican la eficacia de tan sencilla como antiquísima terapia. Las investigaciones realizadas en los últimos 50 años sobre animales y algunos ensayos clínicos modernos explican por ejemplo cómo los cambios metabólicos que produce el ayuno generan una auténtica endofarmacia de moléculas antiinflamatorias y reparadoras al tiempo que potencian la actividad del sistema inmune. Es más, las investigaciones demuestran que incluso sencillos ayunos parciales pueden ser tan eficaces como un ayuno total.

Cuando un animal se siente enfermo ¡deja de comer hasta que se repone! Y es posible que lo mismo hicieran los humanos en los albores de la humanidad, bien por iniciativa propia, bien porque decidieron imitarles. De hecho en todas las culturas y civilizaciones se terminaría imponiendo el ayuno, método terapéutico que se menciona desde los más antiguos textos de la Medicina Tradicional China hasta Hipócrates (400 a.C.), Galeno (200 d.C.) y Paracelso (1493-1541) pasando por los Papiros de Ebers (1500 a.C.); sin olvidar a los chamanes y curanderos de todo el planeta. Pues bien, la investigación científica moderna lo ha corroborado: se trata de un arma terapéutica poderosísima y eficaz incluso en graves patologías, cáncer incluido. Siendo de hecho lo más eficaz para tratar el sobrepeso, la obesidad y la mayoría de las enfermedades endocrinas, nutricionales, metabólicas, cardiovasculares, articulares, musculares, óseas y cerebrales.

Debemos decir que las modernas bases médicas del Higienismo -repertorio terapéutico en el que ayuno juega un papel fundamental- las definió en Estados Unidos el Dr. I. Jennings (1788-1874) siendo reelaboradas y enriquecidas por el Dr. R. T. Trall (1812-1877, fundador de la Escuela Universitaria de Higiene Terapéutica de Nueva York -primera escuela de enseñanzas médicas por cierto que admitió a mujeres en su seno- aunque en realidad hubo que esperar hasta 1922 para que se establecieran los criterios básicos del denominado “ayuno terapéutico” de lo que se encargó el Dr. H. M. Sheldon (1895-1985) publicándolos en su obra Los fundamentos de la cura natural.

Mientras, en Europa surgiría la figura del Dr. Otto Buchinger (1878-1966), médico graduado en la Universidad de Múnich que a finales de la I Guerra Mundial, estando en la Marina de Guerra alemana, se curó de una artritis aguda tras ayunar durante tres semanas siguiendo el consejo un colega. Tan sorprendido se quedó de hecho que decidió averiguar en qué otras patologías funcionaba recomendando ayunar a la mayoría de sus pacientes tras abrir en 1920 una clínica en el norte de Alemania que más tarde trasladaría al centro termal de Bad Pyrmont, reputado balneario de la región de Sajonia no alejada de Hanover que aun hoy regentan sus descendientes manteniendo las mismas pautas terapéuticas que él diseñara. Es más, en 1947 su hija menor, Maria Buchinger, montaría otra clínica similar a orillas del lago Constanza ya que aquel entorno natural favorecía un tratamiento más holístico. Muchos años después, ya en 1973, la familia abriría la conocida Clínica Buchinger de Marbella donde básicamente se hace ingerir a los clientes una dieta hipocalórica basada en jugos vegetales y frutas… solo que controlándoles en un entorno de lujo por el que se pagan altas sumas de dinero.

QUÉ PASA CUANDO SE AYUNA

El organismo obtiene básicamente la energía que precisa -además de otros nutrientes- de la glucosa en que se terminan transformando todos los alimentos. Solo que cuando no se le proporciona alimento éste tiene dos vías alternativas para obtener esa glucosa. La primera, el glucógeno que el cuerpo almacena en los músculos y en el hígado –también en otros tejidos pero en menor cantidad- como reserva de necesidad inmediata en caso de urgencia. El problema es que su cantidad es escasa y da para unos minutos en caso de sobreesfuerzo intenso –como en una huida o durante una pelea- o de unas horas en caso de reposo o actividad normal. Y entonces el cuerpo debe usar la segunda vía para obtener glucosa: las grasas almacenadas en el tejido adiposo. Un mecanismo que se conoce como neoglucogénesis en el que intervienen una serie de hormonas endocrinas segregadas por distintos órganos entre las que destaca una importante que explica muchas de las propiedades benéficas del ayuno: la hormona del crecimiento. Grasa que se encuentra en el cuerpo en forma de triglicéridos y cuya cantidad depende del tamaño y peso de cada persona –las que sufren de sobrepeso u obesidad poseen obviamente muchas más reservas- pero que permite a cualquier organismo –salvo en caso de extrema delgadez- obtener glucosa suficiente para dos o tres meses. Es más, en realidad hay una tercera vía en caso de agotarse las reservas de glucógeno y grasa y es la de obtener glucosa metabolizando las proteínas de nuestros músculos solo que el organismo no recurre a ella salvo peligro de muerte por inanición ya que implica la destrucción de la masa muscular (basta recordar las imágenes de personas famélicas durante las hambrunas o las de los presos en los campos de concentración nazis para saber cómo queda el cuerpo).

En suma, la principal vía de obtención de energía cuando uno ayuna es la metabolización de las grasas de reserva, de los triglicéridos que almacenamos en el tejido adiposo y que están formados por una molécula de glicerol y tres de ácidos grasos. Transformándose el glicerol en glucosa y los ácidos grasos en cuerpos cetónicos, principalmente en 3-hidroxybutirato y acetoacetato. Siendo quizás éstos últimos los más importantes ya que tras 30 días de ayuno total –ingiriendo solo agua- el cerebro –el mayor consumidor de glucosa el cuerpo- pasa de consumir diariamente 400 Kcal de glucosa y 50 Kcal de cuerpos cetónicos a invertir esa proporción y consumir 400 Kcal de cuerpos cetónicos y solo 50 Kcal de glucosa. Por eso ayunando se adelgaza tan rápidamente. Téngase en cuenta que una persona joven y sana habrá consumido en 30 días ¡el 62% de sus reservas grasas! y un 15% de las proteínas (esencialmente de masa muscular).

¿Y cuánto tiempo tarda un organismo en cambiar la vía de obtención de energía y pasar –tras usar antes buena parte del glucógeno- de obtenerla de los alimentos a obtenerla de las grasas? Pues unas 48 horas. Habiendo en ese cambio dos hechos importantes: el primero, que para poder utilizar la glucosa de los alimentos –presentes sobre todo en los hidratos de carbono- el cuerpo tiene que segregar insulina, algo de lo que se ocupa el páncreas. En cambio para obtener glucosa de la grasa ésta no es necesaria. Lo que a los diabéticos les viene muy bien porque así ese órgano “descansa” durante unas semanas y puede recuperarse. El otro hecho importante es que con esta segunda vía el hígado produce -al oxidar las grasas- cuerpos cetónicos que pasan a la sangre para ser llevados a todos los tejidos en lugar de la glucosa; algo de especial importancia para el cerebro cuyas neuronas no tienen otra fuente de energía al ser escasa la glucosa durante el ayuno.

En ello se basan precisamente las dietas disociadas –que son cetogénicas- como la de Robert Atkins, Michel Montignac y otros. Solo que siendo útiles para adelgazar tienen también sus inconvenientes como bien explica José Antonio Campoy -director de esta revista- en su obra La Dieta Definitiva: “Cuando el organismo necesita glucosa y no puede echar mano de la que le proporcionamos con los glúcidos o hidratos de carbono –porque no los ingerimos o porque no son suficientes los que hemos ingerido– utiliza las grasas para sintetizarla. Un proceso que conlleva la producción de ácido acetoacético parte del cual se convierte en acetona. Pues bien, cuando las grasas se queman con mucha rapidez tanto la acetona como el ácido acetoacético pasan a sangre siendo su presencia en ella elevada. Y a eso se llama cetosis. Puede saberse que se está en ese estado porque provoca bastante sed y produce un fuerte olor dulzón en el aliento y en la orina. Aunque lo más seguro es comprobarlo comprando unas tiras en la farmacia y mojarlas directamente sobre el chorro de la orina. Si se vuelven púrpuras se está en cetosis. Obviamente se puede estar en ese estado unas horas o unos meses bastando tomar cualquier glúcido para evitarlo. Pero si uno no ingiere ningún hidrato de carbono durante mucho tiempo ese estado se mantendrá y será señal de que se está quemando grasa. Pues bien, las dietas cetogénicas se basan en eso pero son peligrosas porque son desequilibradas. Y si además son hiperproteicas y/o hipergrasas mucho más aún ya que pueden provocar un hígado graso y altas tasas de ácido úrico. Piénsese que el organismo necesita una cantidad mínima de glucosa –por pequeña que sea- ya que de lo contrario no podría funcionar bien. Y cuando no hay ingesta de glúcidos o ésta es demasiado pequeña el cerebro puede restringir la entrada de aminoácidos en favor de los glúcidos. Y si no llega uno de los aminoácidos esenciales, el triptófano, no puede formarse uno de los principales neurotransmisores cerebrales: la serotonina. Algo que puede inducir a sufrir irritabilidad, angustia y depresión. En cambio con La Dieta Definitiva, siendo equilibrada y solo ligeramente cetogénica –se toman glúcidos de liberación lenta–, sin ser hiperproteica, sin ser hipergrasa y sin ser hipocalórica –se puede comer la cantidad que se quiera- también quema la grasa acumulada. Quizás con algo menos de rapidez pero con la misma eficacia y sin riesgo alguno para la salud. Ésa es su ventaja”. Agregando: “La cetosis se produce a veces por cierto en los niños pequeños por combustión incompleta de las grasas al no tener el hígado totalmente desarrollado por lo que no tiene nada que ver con la de los adultos. En cuanto a la llamada acidosis metabólica –que muchos confunden con la cetosis– se produce cuando los ácidos grasos que entran en el denominado Ciclo de Krebs para ser transformados en dióxido de carbono, agua y glucosa– no se queman bien. Algo que, es verdad, puede deberse a que el organismo quema un exceso de proteínas o de grasas pero que, en general, se debe más bien a otras causas: la falta en el organismo de alguna enzima, vitamina o mineral, la falta de oxígeno, la nula ingesta de hidratos de carbono o el desequilibrio entre los iones de sodio, potasio y calcio, propio de quien come con exceso de sal. Lo que no ocurre siguiendo La Dieta Definitiva”.

Dicho esto sigamos con el ayuno terapéutico aunque advirtiendo desde este momento que no debe seguirse más tiempo del debido y que, como veremos, si bien obtiene resultados algo más rápidos que con La Dieta Definitiva al final la eficacia de ésta es similar y encima permite comer de forma abundante. Es más, con ella uno se asegura de que no hay déficits nutricionales –vitaminas, minerales, oligoelementos, enzimas, hormonas, aminoácidos, ácidos grasos esenciales, etc.- y no genera ni desnutrición, ni cansancio, ni ansiedad, ni insomnio. A fin de cuentas son numerosos ya los estudios que demuestran que un semiayuno o días de ayuno que se alternen con otros de alimentación normal tienen una eficacia similar al ayuno estricto.

TIPOS DE AYUNO

Aunque ayunar consiste realmente en abstenerse voluntariamente de ingerir todo tipo de alimento bebiendo solo agua tanto en las distintas religiones como en las sugerencias de la Medicina Naturista se usa esta palabra para definir muy diversas propuestas dietéticas restrictivas. Y si bien sobre sus propiedades terapéuticas ya hay referencias en el Mahabhárata, en el Upanishad, en la Biblia –tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento-, en el Corán o en el Libro de Mormón no existen prácticamente trabajos científicos modernos sobre los efectos que supone el ayuno total en el organismo ya que los investigadores se han centrado básicamente en los efectos de tres “tipos” de ayuno que en realidad son ayunos parciales o semi-ayunos. Son estos:

La restricción calórica. Se trata simplemente de limitar entre un 20% y un 40% las calorías ingeridas. Entre las más conocidas está la popular cura de sirope de savia, limón y cayena (véase el recuadro).

El ayuno intermitente o ayuno en días alternos. Se trata de no ingerir nada un día y al siguiente comer de forma normal. Dicen que está de alguna manera inspirado en el ramadán de los musulmanes quienes durante un mes al año no ingieren alimento alguno desde que amanece hasta que el sol se oculta (de noche pueden comer sin limitaciones).

La restricción dietética. Se trata simplemente de abstenerse de comer ciertos alimentos. En unos casos las grasas animales, en algunos los carbohidratos, en otros el trigo o la leche… Y si bien se considera también un tipo de “ayuno” no es así en modo alguno así que vamos a centrarnos en los dos primeros.

LA RESTRICCIÓN CALÓRICA Y EL AYUNO INTERMITENTE

Son varios los estudios efectuados en los últimos 70 años con diversas especies animales -desde ratones hasta perros pasando por arañas y monos- según los cuales reducir la ingesta diaria de calorías tiene dos claros e importantes efectos fisiológicos: alarga la vida retrasando el envejecimiento y evita en buena medida la hipertensión, la ateroesclerosis, los accidentes cardiovasculares, la diabetes, los problemas renales, las complicaciones respiratorias, las patologías autoinmunes, las neurodegenerativas y el cáncer.

Lo singular es que mientras muchos científicos investigaban -en animales- con “ayunos” de restricción calórica otros comenzaron a experimentar con el ayuno intermitente descubriéndose pronto que los resultados que se obtenían eran similares; incluso cuando las calorías totales ingeridas al cabo de una semana o un mes fueran prácticamente las mismas que las que tomaban los grupos de control no sometidos a dieta. De ahí que a partir de entonces experimentaran con cualquiera de los dos métodos sin distinción.

Los doctores H. Sogawa y C. Kubo -de la Universidad de Kyushu en Japón- publicaron en el 2000 en Mechanisms of ageing and development un interesante trabajo en el que describen las experiencias realizadas con ratones de laboratorio genéticamente modificados para sufrir enfermedades autoinmunes a los que sometieron a un ayuno alternativo –unos ayunaban 4 días a la semana y comían 3 y otros ayunaban 2 y comían 5- y en ambos casos la vida de los animalillos se extendió 64 semanas más de lo habitual retrasándose además la aparición de patologías autoinmunes.

Más tarde, en 2003, un grupo de investigadores dirigido por el Dr. R. M. Anson en el National Institute on Aging de Baltimore publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences un experimento llevado a cabo con ratones. Tras dividir a los animales en tres grupos se sometió a uno de ellos a una restricción calórica del 40%, a otro a un ayuno alterno o intermitente de forma que la suma de dos días no alteraba la cantidad de comida de su dieta habitual y, por último, a un grupo de control que ingería una dieta normal. Pues bien, para su sorpresa los dos grupos de ratones sometidos a los dos tipos de ayunos disminuyeron de peso y prolongaron su vida; es decir, los beneficios fueron iguales o mejores entre los que siguieron el ayuno intermitente. Y es que la reducción de los niveles de glucosa e insulina y el aumento de la resistencia a las excitotoxinas (ácido kaínico inyectado) de sus neuronas cerebrales fue superior. Lo que en este caso se atribuyó a que no se observó disminución del factor de crecimiento de insulina tipo 1 (IGF-1) y a un aumento de los cuerpos cetónicos, mecanismos ambos de protección de las neuronas cerebrales.

Cabe destacar que estos mismos efectos ya habían sido observados por un equipo dirigido por el Dr. A. J. Bruce-Keller en un trabajo publicado en 1999 en Annals of Neurology solo que en ese caso se refería a ratones sometidos a un ayuno de restricción calórica. El estudio llegaría a una conclusión importante: que el ayuno parcial contribuye a aumentar la resistencia neuronal a la neurodegeneración inducida por las excitotoxinas, algo que caracteriza a patologías como el parkinson, el alzheimer o la epilepsia.

En 2007 un equipo del National Institute on Aging dirigido por el Dr. V. K. Halagappa publicó en Neurobiology of Disease los resultados de un estudio con distintos grupos de ratones que fueron sometidos bien a un ayuno intermitente, bien a un ayuno con una restricción calórica del 40%, y a diferencia de los animales del grupo de control los sometidos a ambos tipos de ayuno mostraron mayor actividad vital. Lo que se interpretó como un retraso en el proceso de envejecimiento neuronal, algo que confirmarían los estudios del tejido cerebral de los ratones concluyéndose además que la protección es independiente de la presencia de placas de beta-amiloide y fosfoproteína tau.

MÁS EXPERIENCIAS CON ANIMALES

Debemos agregar que los primeros experimentos sobre la influencia del ayuno en animales tuvieron como objetivo comprobar si la restricción de alimentos está relacionada con el alargamiento de la esperanza de vida y el primer científico en experimentarlo y describirlo fue el Dr. C. M. McKay junto con sus colaboradores de la Universidad de Cornell en Ithaca (EEUU), experiencia cuyos resultados publicó en 1935 en Nutrition. En realidad sus ensayos se limitaron a restricciones de alimentos de distintos grupos durante la etapa de crecimiento de los ratones (inmediatamente después de dejar de mamar) y no durante toda su vida. Y a pesar de ello logró duplicar casi la vida de los ratones pues los que comieron libremente vivieron -de media- 500 días y los que se vieron sometidos a una restricción de alimentos llegaron a una media de 990.

En cuanto a que al ayuno intermitente prolonga la esperanza de vida lo demostrarían diez años después –en 1945- los doctores A. J. Carlson y F. Hoelzel con un trabajo que apareció en Journal of Nutrition.

Sin embargo la investigación más sorprendente la realizó el equipo del Dr. R. Weindruch en el Departamento de Medicina de la Universidad de Wisconsin (EEUU) y se publicó en Journal of Nutrition en 1986. Ese equipo sometió a diversos grupos de ratones a distintos grados de restricción calórica y en todos ellos se alargó el periodo normal de vida. Lo sorprendente es que los que más vivieron son los que menos comieron –se les dio un 64% menos- llegando a vivir de media ¡1.590 días! Todo un récord para unos ratones. Y no es todo: también se observó que los desarrollos tumorales eran mucho más lentos o, sencillamente, se detenía su crecimiento. Constatándose además que su sistema inmune se mantenía intacto y el número de linfocitos T apenas variaba con la edad.

Fue de hecho a partir de entonces cuando no solo empezó a interesar el ayuno como método para alargar la esperanza de vida sino también para lograr mejorías en la salud; valorándose especialmente la relación entre los cambios de metabolismo que provoca el ayuno, incluida la cura de muchas patologías; sobre todo las que son características del envejecimiento celular.

Más cerca en el tiempo -entre 1999 y 2003- se realizaron numerosos experimentos con monos -especialmente con macacos Rhesus (Macaca mulatta)- con el fin de comprobar si en especies más próximas a los humanos se observaban las mismas ventajas de una dieta de restricción calórica como pasa con los ratones y otros animales de laboratorio. Destacando en ese sentido los trabajos del equipo del Dr. R. J. Coleman en el Winsconsin National Primate Research Center de Madison (EEUU) que dedicó cerca de 20 años a la investigación de un grupo de Rhesus que fue sometido a un ayuno de restricción calórica. Los resultados los daría a conocer en 2009 en Science revelando que el 80% de los animales que comieron menos aún vivía tantos años después mientras solo lo hacía el 50% de los que comieron sin restricción alguna. Lo más importante en cualquier caso fue constatar que entre los que ayunaron de esa forma hubo muchos menos casos de diabetes, cáncer y enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas. De hecho entre los macacos que comieron sin restricción alguna solo el 20% estaba totalmente sano y no mostraba síntomas de ninguna de esas patologías mientras que entre quienes comieron menos el porcentaje de animales sanos fue del 65%.

Si desea profundizar en este tema consulte los trabajos de los equipos del Dr. G. S. Roth –se publicó en 2001 en Annals of the New York Academy of Sciences-, del Dr. M. A. Lane –apareció en 2002 en Microscopical Research and Technics– y del Dr. J. A. Mattison –se publicó en 2003 en Experimental Gerontology. Nosotros vamos a hacernos eco ahora de los resultados de la investigación realizada por un equipo dirigido por el Dr. Wan Ruiqian en el Laboratorio de Neurociencias del National Institute on Aging de Baltimore (EEUU) que sometió a ratones a una dieta intermitente durante 6 meses observando que los animales tenían menor ritmo cardiaco y menor tensión arterial en comparación con otro grupo que comía sin limitaciones. Estas constantes se mantenían aun cuando eran sometidos a pruebas estresantes y mostraban una excelente respuesta endocrina. También se observaron mejoras en la glucemia y en la insulemia lo que se interpretó como una mejor adaptación del metabolismo de la glucosa y de la respuesta neuroendocrina. El trabajo fue publicado en el 2003 en American Society for Nutritional Sciences.

LA SALUD MEJORA AYUNANDO

En suma, los trabajos citados constataron que la salud de los animales a los que se dio de comer menos -sometidos pues a restricción calórica- así como los que ayunaron de forma intermitente mejoró. Así lo indicaban los parámetros medidos. Y es que en ambos casos…
…baja el nivel de colesterol total y del llamado colesterol “malo” (LDL) aumentando el del “bueno” (HDL).

…baja en sangre el nivel de triglicéridos.

…baja la glucemia y la insulinemia disminuyendo la resistencia a la insulina.

…disminuyen la hipertensión y el ritmo cardiaco.

…hay menos probabilidad de sufrir ateroesclerosis.

…mejora el perfil de la respuesta inmune.

…disminuye la cantidad de tejido adiposo, especialmente de grasa visceral; y

…aumenta la resistencia neuronal a las toxinas.

A lo que hay que sumar que aumentó la longevidad de los animales, factor este último íntimamente asociado a un mejor metabolismo ya que es evidente que todos los factores antes mencionados están asociados con la gestación de enfermedades típicas del envejecimiento como la ateroesclerosis, los accidentes cardiovasculares, el síndrome metabólico, la diabetes tipo II, etc.

ÚTIL INCLUSO EN CASOS DE CÁNCER

En 1995 un grupo de investigadores encabezado por el Dr. B. N. Blackwell publicó una noticia en Toxicologic Pathology que resumía un estudio realizado con 911 ratones de ambos sexos -del tipo C57BL6- que fueron divididos en dos grupos: uno de control que siguió una dieta normal y otro que ingeriría un 40% menos de calorías. Pues bien, éstos adelgazaron y su esperanza de vida aumentó un 18% (en comparación con el grupo de control). Lo más destacable sin embargo es que la incidencia de tumores pasó del 88% de los ratones del grupo de control al 64% en el grupo de los que comieron menos. Siendo las reducciones más señaladas los linfomas en hembras (pasaron del 29% al 9%), los neoplasmas de pituitaria (del 37% al 1%) y los neoplasmas tiroideos (del 8% a 0,4%). En pocas palabras: aparecieron tumores en menos casos y cuando eso sucedió el número de tumores que padecía el ratón era menor.

El Dr. P. Mukherjee y sus colegas del Boston College of Massachusetts (EEUU) realizaron por su parte un completo estudio murino comparando animales de control con un grupo de ratones sometidos a una restricción calórica de entre un 30 y un 40% comprobando que en éstos hubo un 80% menos de tumores cerebrales, aumentó la apoptosis (el suicido de las células cancerosas) y disminuyó la angiogénesis en el área tumoral (neovascularización que permite alimentarse a los tumores). Demostrando así que un simple ayuno parcial puede ayudar en el caso de tumores cerebrales malignos, incluso en los recurrentes. El trabajo fue publicado en 2002 en The British Journal of Cancer.

Un año después el Dr. T. N. Seyfried y sus colegas del Boston College de Massachusetts realizaron una serie de pruebas con cuatro grupos de ratones con astrocitoma. Uno fue alimentado con una dieta normal no restringida, otro con una dieta restringida en calorías al 40%, otro con una dieta cetogénica normal no restringida y, finalmente, un cuarto con una dieta cetogénica también restringida al 40%. Bueno, pues los tumores cerebrales crecieron rápidamente en los grupos que seguían las dietas no restringidas -tanto la normal como la cetogénica- en tanto que disminuyeron en un 80% en los sometidos a dietas restringidas -tanto normal como cetogénica-. Los autores concluirían que los tumores cerebrales malignos podrían ser controlados mediante terapias de ayuno que reduzcan la disponibilidad de glucosa y eleven los cuerpos cetónicos. Los resultados de este estudio fueron publicados en la revista British Journal of Cancer del 2003.

También el equipo del Dr. M. D. Bruss -del Nutritional Science and Toxicology perteneciente a la Universidad de California en Berkeley (EEUU)- publicó en 2011 un trabajo en American Journal of Physiology, Endocrinology and Metabolism con ratones sometidos tanto a ayunos de restricción calórica como a ayunos intermitentes según el cual ambos reducen la velocidad de proliferación celular, fenómeno que subyace en la formación y desarrollo de los tumores malignos. Encontrando evidencias de que el mecanismo está controlado por la abundancia en sangre del factor de crecimiento insulínico (IGF-1).

LAS EXPERIENCIAS CLÍNICAS

Los doctores J. O. Holloszy y L. Fontana -de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington (EEUU) publicaron en 2007 en Experimental Gerontology un trabajo que analizaba la posible traslación a los humanos de los efectos beneficiosos del ayuno de restricción calórica experimentado en animales aseverando que hay pruebas suficientes de que el ayuno y la restricción de calorías disminuyen en nosotros los riesgos de hipertensión, ateroesclerosis y diabetes, la inflamación por menores niveles de PCR y menor índice de VSG, la merma de los niveles de TNF-alfa y T3 (triyodotironina) y un aumento de la elasticidad del ventrículo izquierdo (esto se constató con eco-doppler).

El ayuno protege el corazón

El Dr. I. Ahmet y sus colegas del National Institute on Aging (Instituto Nacional sobre el Envejecimiento) -una división de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos- publicaron por su parte en 2005 en Circulation un trabajo que demuestra los efectos de protección cardiovascular de un mero ayuno parcial. Trabajando con ratones que habían tenido un infarto de miocardio se encontraron con que en aquellos que luego siguieron un ayuno intermitente se reforzaba el miocardio ante una posible isquemia por via antiapoptópica de las células musculares y por mecanismos antiinflamatorios.

Otra singular experiencia es la que expuso un equipo dirigido por el Dr. R. L. Walford que se publicó en 1992 en Proceedings of the National Academy of Sciences. Hablamos de un ensayo realizado en la gran cápsula de aislamiento Biosphere 2 en que un grupo de 4 hombres y 4 mujeres se sometieron a una dieta baja en calorías (1.780 kcal diarias) durante 6 meses y los ocho disminuyeron de peso y además la presión arterial, el nivel de triglicéridos, su nivel de azúcar en sangre, el colesterol total y el recuento de leucocitos. En definitiva, los resultados fueron similares a los obtenidos con primates y otros animales.

El ayuno es eficaz en la ateroesclerosis

El equipo del ya citado L. Fontana -de la Washington University School of Medicine- publicó en 2004 en Proceedings of the National Academy of Sciences los resultados de sus investigaciones sobre restricción calórica y ateroesclerosis tras comparar a 18 personas que llevaban una media de seis años siguiendo una dieta baja en calorías con otras 18 de edades similares que se alimentaban con la típica dieta americana. Y comprobando los parámetros de unos y otros vieron que el grupo del ayuno tenía un menor índice de masa corporal (IMC) así como de grasa, colesterol total, colesterol ”malo” (LDL), triglicéridos, resistencia a la insulina, tensión arterial e inflamación (CRP) y mayor nivel de colesterol “bueno (HDL). Es de destacar que antes de someterse al ayuno de restricción calórica esas personas mostraban valores muy similares a los del grupo que ingería la dieta típica americana. El estudio destaca que los exámenes por ultrasonidos de la arteria carótida revelaba que la pared arterial era de media un 40% más delgada en el grupo de restricción calórica que en el de la dieta habitual. Los datos llevaron a concluir a los investigadores que el ayuno prolongado es un método muy eficaz para prevenir la ateroesclerosis.

El ayuno ayuda en la artritis

Un equipo de investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia) encabezado por el Dr. I. Hafström  publicó en 1988 en Arthritis and Rheumatism los resultados de sus observaciones sobre 14 pacientes con artritis y haciendo un seguimiento clínico antes, durante y después de un ayuno total (solo agua) de siete días observaron que la mejoría de la enfermedad era paralela a la disminución de la actividad de los neutrófilos constatando que liberaban menos lisozimas, leucotrienos y otras citoquinas pro-inflamatorias. Parece pues evidente que el ayuno reduce la actividad pro inflamatoria de los neutrófilos y, en consecuencia, aminora los síntomas de la enfermedad. Lo que no es de sorprender ya que se considera desde hace tiempo que los neutrófilos están implicados en la destrucción del tejido del cartílago óseo y, de hecho, el uso de corticoides antiinflamatorios se basa precisamente en su capacidad para inhibir esa actividad (migración, fagocitosis, liberación de citoquinas, etc.). Algo que parece estar en la misma línea de quienes sustentan que las enfermedades autoinmunes se relacionan con la presencia de péptidos de origen alimentario que confunden al sistema inmunitario provocando la reacción de los mismos frente a las células humanas. Obviamente el ayuno impide la generación de esos péptidos-antígenos en el intestino y su paso al torrente sanguíneo cortando de raíz la posible reacción inmunitaria.

El equipo Dr. I. Hafström publicaría posteriormente -en 1991- en Rheumatic Diseases Clinics of North America un ensayo de síntesis en el que afirmarían que el ayuno total de unos pocos días reduce sustancialmente el dolor articular, la tumefacción, la dificultad de movimientos y otros síntomas característicos de los pacientes artríticos. Observando que los síntomas reaparecen lentamente terminado el ayuno por lo que las mejoras tienen que deberse a una disminución de la actividad leucocitaria al bajar la generación de leucotrienos y factores del complemento así como de otras citoquinas proinflamatorias. Sospechando que son los mecanismos de la cetosis y otros cambios a nivel endocrino los involucrados en la mejoría sistémica.

El Dr. A. Michalsen -del Immanuel Hospital de Berlín (Alemania)- publicaría por su parte en 2010 en Current Pain and Headache Reports un importante artículo en el que expuso los resultados obtenidos de recientes experiencias clínicas con un ayuno de fuerte restricción calórica –de entre 200 y 500 Kcal diarias- durante 7 a 21 días bajo supervisión médica y se encontró con que además de los probados beneficios del ayuno sobre pacientes con artritis o síndrome de fatiga crónica se constataron notables mejorías en su humor y en su agilidad mental. Lo que atribuiría a un incremento de serotonina, endorfinas y endocanabinoides resultantes de la activación endocrina producida por el ayuno.

Eficacia del ayuno en las enfermedades inflamatorias intestinales

En 2006 se publicó en International Journal of Behavioral Medicine un interesante artículo de los doctores M. Kanazawa y S. Fukudo -de la Escuela de Medicina de la Universidad de Tohoku en Sendai (Japón)en el que describirían la experiencia llevada a cabo con 58 pacientes de enfermedad inflamatoria intestinal que no mejoraban con medicinas a los que se dividió en dos grupos. Uno siguió con los protocolos farmacéuticos habituales y sesiones de psicoterapia mientras el otro se sometió simplemente a diez días de ayuno total seguidos de otros cinco de dieta suave. Bueno, pues al final de la prueba se constató que los miembros del grupo que ayunó había mejorado significativamente de 7 de los 10 síntomas típicos de la enfermedad -dolor, distensión abdominal, diarrea, náuseas, ansiedad, anorexia y otros- mientras en el otro grupo solo mejoraron 3 de los 10 síntomas. Luego basta un corto período de ayuno para mejorar sensiblemente de los síntomas sin necesidad de tomar fármacos.

El ayuno en caso de asma

En un artículo publicado en 2006 en Free Radical Biology and Medicine el Dr. J. B. Johnson y sus colaboradores observaron que en un grupo de pacientes obesos sometidos a ayunos intermitentes mejoraban los síntomas de asma; es más, no solo mejoró la función pulmonar sino que bajaron los indicadores de inflamación y de estrés oxidativo. Y no podía ser de otra manera pues como señalan los doctores S. A. Shore y R. A. Johnston en un artículo publicado ese mismo año en Pharmacology & Therapy hay ya numerosos estudios que relacionan asma y obesidad tanto en ensayos clínicos como en estudios con animales.

El ayuno ante los trastornos mentales

El Dr. J. Suzuki y sus colegas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Tohoku (Japón) realizaron varios estudios sobre los efectos del ayuno en distintas enfermedades y, muy especialmente, en las dolencias psicosomáticas y según explicaron en 1976 en Tohoku Journal of Experimental Medicine sometieron a 262 pacientes a un ayuno total voluntario de 10 días bebiendo solo agua aunque paralelamente recibieron una perfusión de 500 mililitros diarios de suero fisiológico con vitaminas. Siguiendo a partir del undécimo una dieta de jugos y caldos durante cinco días más antes de volver a su ritmo normal de comidas. ¿El resultado? Se obtuvieron significativas mejoras en el 87% de los casos de colon irritable, hipertensión, asma, diabetes, lumbalgias, depresión, ansiedad, anorexia o bulimia, trastorno de conversión (histeria) y otras neurosis.

Ayuno, lesiones medulares y hormona del crecimiento

Es sorprendente saber que hay varios investigadores dedicados al estudio de los efectos del ayuno frente a las lesiones modulares. Uno de esos trabajos apareció en 2008 en Experimental Neurology siendo realizado por un equipo de la Universidad de British Columbia (Canadá) dirigido por el Dr. W.T. Plunet y en él se sometió a dos grupos de ratones a lesiones en la región cervical de la médula para, seguidamente, poner a uno de ellos a un ayuno intermitente –con un 25% de restricción calórica- mientras el otro se alimentaba normalmente. Y el caso es que al cabo de seis semanas no solo se observaron notables mejoras en la locomoción del grupo que ayunaba sino que más tarde se pudo comprobar un alto grado de regeneración neuronal.

Posteriormente -en 2011- los mismos autores publicarían los resultados de nuevos experimentos murinos en Journal of Neurotrauma tras plantearse la posibilidad de que el ayuno inhiba la acción inflamatoria del sistema inmune ante la herida traumática que afecta a la médula espinal permitiendo así la regeneración neuronal así como de la intervención del hidroxibutirato, un tipo de cuerpo cetónico de propiedades neuroprotectoras que duplica su presencia en la sangre de los ratones sometidos a ayuno. No olvidemos que una de las hormonas que se segregan como efecto del ayuno es la hormona del crecimiento (HGH) y ésta podría desempeñar un papel fundamental en la regeneración tanto de las neuronas como de las envolturas de mielina.

Cabe recordar al respecto que ya en 1988 un equipo dirigido por el Dr. K. Y. Ho había publicado en Journal of Clinical Investigation los resultados de unos ensayos clínicos que demostraron que durante el ayuno aumenta la segregación de dos hormonas del crecimiento: la somatotropina y la somatomedina. Y que un equipo dirigido por el Dr. R. M. Luque -de la Universidad de Córdoba- presentó en 2011 en Annals of the New York Academy of Sciences un revelador trabajo según el cual la somatotropina puede aumentar solo con una dieta adecuada. A fin de cuentas esa hormona regula tanto el metabolismo de las grasas como el de los carbohidratos y las proteínas.

CONCLUSIONES Y EXPECTATIVAS PROMISORIAS

Los ensayos realizados con animales no dejan pues ninguna duda sobre los beneficios terapéuticos del ayuno, especialmente aumentando la esperanza de vida y disminuyendo la manifestación de las enfermedades propias de la senectud. Y hay asimismo amplia certeza en cuanto a su eficacia terapéutica frente a otras patologías no asociadas a la senilidad. Los ensayos de los que hemos hablado confirman pues de alguna manera lo que desde Hipócrates vienen manteniendo los grandes defensores de la Medicina Natural.

Por nuestra parte debemos indicar en cualquier caso que la mayoría de los trabajos presentados en este reportaje consideran los distintos tipos de ayuno una eficaz arma preventiva pero sus propios autores son bastante escépticos en cuanto a sus posibilidades como método terapéutico para tratar enfermedades. Una opinión con la que obviamente difieren los médicos naturistas, los naturópatas y los nutricionistas.

No podemos sin embargo dejar de señalar que a nuestro juicio la gran mayoría de los ensayos realizados adolecen de un aspecto básico que puede falsear la proporción de éxito o fracaso en los experimentos realizados. Se trata de la clase de alimentos suministrados a los sujetos del experimento. Normalmente no se da ningún tipo de información al respecto o bien, cuando se menciona algo, uno se encuentra con que no resultan ser alimentos especialmente saludables sino todo lo contrario: excesivos carbohidratos, grasas de poca calidad, proteínas cocidas y carencia general de nutrientes básicos.

Las investigaciones que el National Institute on Aging realizó con monos Rhesus en paralelo con las de la Universidad de Wisconsin-Madison mencionada anteriormente no obtuvieron los mismos resultados positivos. ¿Por qué? Los propios autores del experimento lo explicarían en un artículo publicado en 2012 en Nature por el grupo que dirige la Dra. Julie A. Mattison: posiblemente se debió a los diferentes tipos de alimentos utilizados en los dos estudios. Lo singular en todo caso es que a ninguno de los simios de los dos grupos se les alimentó con frutas o verduras frescas y las grasas que se les suministró eran aceites de soja o maíz.

Queda pues un largo camino por recorrer ya que los futuros ensayos clínicos y experimentos no solo deberían cuidar los intervalos o la intensidad del ayuno sino incluir además nutrientes de alta calidad al alimentarlos.

De hecho no nos sorprendería que los resultados fueran más rápidos y asombrosos si además de reducir la calorías ingeridas en un 40% los alimentos administrados fuesen proteínas de pescado azul rico en omega-3, frutas y verduras frescas abundantes en fibras, vitaminas, enzimas y demás nutrientes de calidad. Lo que apunta a una forma muy sencilla de llevar una dieta de restricción calórica beneficiándose de todas las ventajas del ayuno pero sin tener la mínima sensación de hambre como bien se explica en La Dieta Definitiva: eliminar de nuestra dieta todos los alimentos que no contengan nutrientes y prescindir de las calorías vacías del azúcar, de los aceites refinados carentes de grasas esenciales, del exceso de grasas saturadas animales, de los carbohidratos refinados de alto índice glucémico y del alcohol. Procurando además prescindir de todo alimento industrial, prefabricado, pre-elaborado, pasteurizado o envasado en latas para ingerir solo -en la medida de lo posible- alimentos en su estado natural -tal como provienen de las huertas- dejando un estrecho margen a las proteínas animales y a lo cocido. Olvidándose, obviamente, de los aditivos alimentarios sintéticos.
Hay en suma que atender las necesidades reales de nuestras células aún si ello exige sacrificar algunas fantasías gastronómicas.

Juan Carlos Mirre
Recuadro:


¿Es útil la cura con sirope de savia y limón?

Son millones las personas que han utilizado ya para desintoxicarse y adelgazar rápidamente una propuesta que se conoce como “la cura con sirope de savia y limón” que se sigue entre siete y diez días y consiste en ingerir exclusivamente durante ese tiempo  un preparado elaborado a base de sirope de savia y palma mezclado con zumo de limón y agua al que se le añade un poco de canela y una pizca de cayena picante. Mezcla que es el único alimento a ingerir durante ese tiempo aunque en realidad pueden tomarse paralelamente todo tipo de infusiones salvo café y té porque son excitantes. Ayudando mucho a su éxito beber mucha agua de manantial, caminar al menos una hora diaria y someterse a masajes en todo el cuerpo. La ventaja es que se trata de una mezcla que contiene por sí misma y de forma equilibrada la mayor parte de las vitaminas, minerales (potasio, sodio, calcio, magnesio, zinc, manganeso y hierro), enzimas y demás oligoelementos que el organismo necesita ayudando el limón a eliminar los depósitos grasos y mejorar la actividad del metabolismo además de ser un buen diurético. En cuanto a la cayena además de contrarrestar el fuerte sabor dulzón del sirope de savia es una buena fuente de vitaminas del complejo B, disuelve flemas y regenera la sangre. Ahora bien, por su riqueza en azúcares no pueden seguirla los diabéticos.

 

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162
Julio 2013
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