La disfunción sexual femenina y el trastorno eréctil son enfermedades inventadas

Para Leoner Tiefer -profesora de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York– la llamada Disfunción Sexual Femenina es un caso perfecto de enfermedad inventada por la industria farmacéutica con la colaboración de muy diversos agentes -periodistas especializados, profesionales sanitarios, empresas de relaciones públicas, marketing y publicidad, organizaciones de investigación…-, todos ellos inmersos en la moderna  “industria de la medicalización”.  Y Joel Lexchin –de la School of Health Policy and Management de laUniversidad de York (Toronto, Canadá)- afirma otro tanto sobre el denominado Trastorno Eréctil y el uso desmedido del Viagra como solución mágica. Ambos explicaron el cómo y por qué del invento de ambas patologías en el Congreso sobre Enfermedades Inventadas recientemente celebrado en Australia.

En nuestro artículo Las multinacionales se inventan enfermedades para vender fármacos -publicado en el nº 84 de la revista- ya definimos el concepto de “enfermedades inventadas” –manejado hoy por muchos médicos e investigadores de todo el mundo- y en él nos comprometimos a ampliar el contenido del congreso internacional recientemente celebrado en Newcastle(Australia) bajo el título Simposium sobre la venta de enfermedades que se ocupó de distintas patologías asumidas hoy en día con normalidad y que, sin embargo, bien podrían etiquetarse como “enfermedades inventadas”. Es el caso de la Disfunción Sexual Femenina y el de la Disfunción Eréctil.

Recordemos que fue la periodista científica Lynn Payer quien hace una década acuñó la expresión inglesa Disease Mongering –que podemos traducir como “mercantilización de la enfermedad”- como título de un libro en el que analizaba cómo las mismas enfermedades eran tratadas de forma diferente en función de distintas visiones culturales y sociales. Y esa expresión sirve en la actualidad para definir –todavía con cierta ambigüedad- uno de los principales problemas que hoy –y aún más en el futuro- debe afrontar la sociedad. Payer ya describía en su obra la “confluencia” de intereses entre compañías farmacéuticas, médicos y medios de comunicación para exagerar la gravedad de las enfermedades así como la capacidad de los medicamentos para “curarlas”. “Dado que la enfermedad es un concepto social –escribió- los proveedores pueden crear su propia demanda, básicamente ampliando las definiciones de enfermedades de tal manera que incluyan al máximo número de personas e hilando nuevas enfermedades”. Desde que Payer escribió su libro ha habido cada vez más voces denunciando la medicalización de nuestra sociedad y que básicamente coinciden con lo afirmado por Kalman Applbaum, profesor de Antropología en la Universidad de Wisconsin y estudioso del tema: “En nuestra persecución de la promesa utópica de una perfecta salud hemos dado libertad a las corporaciones industriales para tomar el control de los verdaderos instrumentos de nuestra libertad: la objetividad en la ciencia, la ética y la honestidad en el cuidado de la salud, y el privilegio para dotar a la Medicina de autonomía para cumplir su juramento de trabajar en beneficio del enfermo”.

Haciendo la salvedad pues de que siempre habrá enfermos reales cuya situación exija un tratamiento -que en modo alguno tiene necesariamente que ser farmacológico- digamos, por resumir, que son diez las características básicas que definen una enfermedad inventada tal y como Payer las define en su obra Disease-mongers: How doctors, drug companies, and insurers are making you feel sick (Traficantes de enfermedades: cómo médicos, compañías farmacéuticas y aseguradoras le hacen sentir enfermo (1992):

1. Tomar una función orgánica normal e insinuar que hay algo erróneo en ella que debería ser tratado.
2. Sobrevalorar un sufrimiento cuyo origen no está necesariamente en la causa señalada.
3. Definir una proporción tan amplia como sea posible de personas que están sufriendo la “enfermedad”.
4. Definir una condición como enfermedad causada por una deficiencia o desequilibrio hormonal.
5. Apoyarse en los especialistas adecuados.
6. Presentar las cifras de una manera especial.
7. Utilizar selectivamente las estadísticas para exagerar los beneficios del tratamiento propuesto.
8. Plantear un objetivo equivocado.
9. Promocionar la tecnología como magia libre de riesgos.
10. Tomar un síntoma común que podría representar algo menor y hacerlo aparecer como si se tratase de la señal de una enfermedad seria.

LA DISFUNCIÓN SEXUAL FEMENINA. ¡VAYA INVENTO!

¿Cuántos orgasmos semanales debe tener una mujer? ¿De qué calidad? ¿Cuánto deseo tiene que experimentar a la hora de afrontar una relación sexual? ¿Y si no experimenta ningún deseo? Quienes defienden la existencia de la Disfunción Sexual Femenina como “enfermedad” dicen que todo ello se puede medir, baremar y, como en el caso de la impotencia masculina, solucionar con un fármaco. Es decir, ya que en la mujer no puede ser cuestión de tamaño, cuestión de calidad. En ello están empeñados los laboratorios desde que en 1997 se comenzó a vislumbrar el éxito de ventas del Viagra entre los hombres que padecían -o más bien se les ha hecho creer que padecen- disfunción eréctil. Tras esa estela muchos doctores y expertos en salud reconocen hoy en día la disfunción sexual femenina como una “condición médica” que incluye una variedad de desórdenes relacionados con el deseo sexual, la duración de la actividad sexual y problemas con los orgasmos. Y lo realmente grave es que a pesar de estar cada vez más asentada sigue sin existir consenso general sobre lo que se supone que es.

El British Medical Journal denunció ya en 2003 que la industria farmacéutica nos ha estado vendiendo la existencia de una disfunción sexual femenina clínicamente confirmada y muy extendida. Según denunciaba entonces en un editorial que acompañaba a ese artículo Ray Moynihan -periodista de Australian Financial Review y uno de los principales especialistas en el tráfico de enfermedades- muchos de los investigadores que han publicado trabajos al respecto o han dictado conferencias sobre esa supuesta “enfermedad” están económicamente vinculados con las empresas farmacéuticas.

Así lo denunció también Leoner Tiefer -profesora de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York en Australia- durante el transcurso del congreso sobre enfermedades inventadas en su ponencia La disfunción sexual femenina, un caso de enfermedad inventada y resistencia activista.

La vida sexual –dijo Tiefer- se ha vuelto vulnerable a la invención de enfermedades por dos razones principales. Primero, una larga historia de control social y político de la expresión sexual creó reservas de vergüenza e ignorancia que vuelven difícil para muchas personas comprender la satisfacción sexual o afrontar los problemas sexuales de manera razonable. Segundo, la cultura popular ha exagerado enormemente las expectativas públicas sobre la actividad sexual y la importancia del sexo en la satisfacción personal y social. Por tanto, las personas han sido llevadas a querer y esperar recompensas altas de su vida sexual sin tener herramientas para conseguir estas recompensas. Las personas han alimentado el mito de que el sexo es ‘natural’ -es decir, una función biológica automática y no aprendida- al mismo tiempo que esperaban altos niveles de rendimiento y placer perdurable buscando soluciones simples. Esto ha permitido crear el escenario para la invención de la enfermedad, un proceso apoyado en la conversión de una preocupación socialmente creada en diagnosis médica susceptible de tratamiento farmacológico”.

¿TENEMOS UN FÁRMACO? PUES BUSQUEMOS LA ENFERMEDAD QUE PUEDA TRATAR…

En 1997, cuando la FDA estaba punto de aprobar definitivamente el Viagra, comenzaron ya los movimientos para lanzar la Viagra femenina. Obviamente el primer paso fue conseguir definir algún tipo de “desorden fisiopatológico” femenino equiparable a la impotencia masculina para después recurrir a una nueva versión de la píldora azul pero esta vez para las mujeres. El primer gran movimiento fue la convocatoria de una reunión de médicos promovida por la industria en 1997 en Cape Cod (Massachussets) para tratar de “cómo investigar y tratar” la “disfunción sexual” de las mujeres. Según citó el British Medical Journal, Raymond Rosen -de la Facultad de Medicina Robert Wood Johnson en Nueva Jersey (EEUU)- escribió en los correos electrónicos de invitación: “La reunión será totalmente financiada por compañías farmacéuticas y aproximadamente la mitad de los asistentes serán representantes farmacéuticos (…) El objetivo es promover la colaboración activa y segura entre los dos grupos. Solamente los investigadores que tienen experiencia con o interés especial en el trabajo en conjunto con la industria del medicamento han sido invitados”. Es decir, se ignoró a priori cualquier aportación que grupos con diferentes puntos de vista sobre los problemas sexuales femeninos pudiera tener al respecto. Bueno, pues a pesar de todo hubo una falta total de acuerdo sobre la definición de “disfunción sexual”, su patofisiología o manifestaciones clínicas y los enfoques óptimos para su investigación o valoración clínica.

Pero eso no desanimó a la industria. En 1998, con el Viagra ya aprobado y constatado su éxito a nivel económico, estaba claro que el comportamiento sexual masculino y femenino podía ser la gallina de los huevos de oro para cualquier laboratorio. En octubre la American Foundation for Urologic Disease –gran negocio para los urólogos las enfermedades sexuales contempladas mecánicamente- reunió a 19 expertos en Boston para tratar de encontrar una nueva definición para la disfunción sexual femenina que permitiera hacer sitio a la medicación. Ocho compañías farmacéuticas patrocinaron la reunión. Es más, 18 de los 19 expertos tenían relaciones económicas con la industria del medicamento. Muchos de ellos habían estado involucrados incluso en la investigación del Viagra. Y sólo dos ginecólogos -la especialidad médica más asociada con la salud reproductora de las mujeres- fueron incluidos. Paralelamente se fundó un Foro sobre la Función Sexual Femenina que celebró conferencias en Boston patrocinadas por más de 20 laboratorios farmacéuticos. Siendo en Boston cuando los expertos añadieron la “angustia personal” como componente de la disfunción sexual femenina a los cuatro ya recogidos por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría: “deseo reducido”, “excitación sexual reducida”, “relaciones sexuales dolorosas” y “dificultad para tener orgasmos”. Las duras críticas de psicoterapeutas y grupos de derechos de la mujer sobre la fragilidad de la argumentación y su invitación a la venta de fármacos fueron ampliamente ignoradas.

Con la industria a pleno rendimiento y algunos médicos apoyando el uso de medicamentos de testosterona o, directamente, el Viagra a pesar de no estar directamente recomendada faltaba una pieza clave para conseguir convencer a las mujeres de que se estaba ante un grave problema social. En 1999 aparecería en la revista JAMA una encuesta según la cual el 43% de las mujeres entre 18 y 59 años manifestaban no sentirse realizadas en su vida sexual. La cifra fue rápidamente extendida por los medios de comunicación, siempre dispuestos a ayudar a la industria. La Disfunción Sexual Femenina –ahora con mayúsculas porque la manipulación había surtido efecto y había logrado alcanzar casi la “categoría” de “enfermedad”- se entendía ya como “un gran problema” para las mujeres… que había que resolver con fármacos.

Jörg Blech escribiría al respecto en su libro Los inventores de enfermedades lo siguiente: “Como pudo comprobarse más tarde dos de los cuatro autores del estudio tenían relaciones con el consorcio de píldoras sexuales Pfizer. Y lo que es aún más grave: el método empleado por los investigadores, unos sociólogos de Chicago, fue extremadamente sospechoso. Esa afirmación del 43%, con todas las repercusiones que conlleva, la sacaron de un montón de datos antiguos registrados siete años antes. Por aquel entonces 1.500 mujeres fueron encuestadas acerca de su vida sexual el año anterior. Concretamente se les preguntó si experimentaban durante más de dos meses algún síntoma de una lista de siete como, por ejemplo, no tener ganas de practicar sexo, sentir miedo al fracaso en la cama o tener una vagina que no estuviera suficientemente húmeda. Si respondían “Sí”en un solo caso los sociólogos lo declaraban disfunción sexual. Y de ese modo los problemas de los sanos se transformaron en molestias de los enfermos”.

Las críticas posteriores al estudio no consiguieron la misma repercusión. Ni siquiera el hecho de que Edward Laumann, investigador responsable del estudio -según cita Blech-, reconociera que muchas mujeres del grupo del 43% eran totalmente normales y que muchos de sus problemas “no son otra cosa que una respuesta totalmente razonable del organismo humano a los desafíos y el estrés”.

INTENTOS FALLIDOS 

En el 2003 la industria trató de nuevo de conseguir algo positivo preparando otro encuentro en París. La conferencia fue financiada en gran parte por tres compañías fabricantes de medicamentos contra la impotencia –Pfizer, Bayer y Lilly/Icos- que pagaron 1.600 dólares de gastos de viaje a aproximadamente 200 de los expertos, según los propios organizadores de la conferencia. Lógicamente también acudieron los ejecutivos de las compañías de medicamentos. La organizadora de la conferencia, una uróloga francesa llamada Saad Khoury, llegó a reconocer por su parte que las compañías habían pagado ¡más de 600.000 dólares! por el privilegio de promocionar sus productos y mezclarse con los más de 1.000 asistentes, incluyendo a los expertos que estaban decidiendo la definición de Disfunción Sexual Femenina. Los laboratorios pagaron 50.000 dólares por cada conferencia. Como las de La contribución de Levitraa las relaciones sexuales y a la sociedad o El impacto del Viagradurante 5 años: ¿por qué es un fenómeno mundial?. La empresa Bayer ofreció por su parte un espacio de reunión silencioso a los asistentes que consistía en una sala de estar decorada con antiguos falos de piedra. Y Pfizer montó su propio café particular para los médicos. Autobuses de viaje que portaban letreros con los nombres de las compañías llevaron a los asistentes a cenar alrededor de París.

A pesar de lo cual los resultados inmediatos no fueron los que la industria esperaba. Los cinco tratamientos con medicamentos recomendados -por ejemplo el uso de testosterona para aumentar el deseo- fueron evaluados con C o menos -en una clasificación de A (máxima fiabilidad) a D (mínima)-. En el informe que se facilitó a los asistentes se afirmó que sobre la base de las pruebas presentadas no había suficiente conocimiento sobre la función sexual femenina como para aconsejar un tratamiento así.

Sin embargo la industria no se rindió y meses después los paneles de consultores de la FDA-ante la sorpresa de los sectores críticos que ni siquiera fueron consultados- invitaron a la investigación de compuestos tipo Viagra y testosterona para tratar los problemas sexuales de las mujeres. Un año después, en el 2004, otro nuevo fármaco aparecía en el escenario: Intrinsa, un parche de testosterona que según su fabricante incrementaba el deseo sexual. Intrinsa servía para tratar una “forma” de “disfunción sexual femenina” denominada “desorden de deseo sexual hipoactivo”, nuevo juego de palabras para definir una disminución en el deseo sexual que se traduce en “pocos encuentros sexuales satisfactorios” que causan por ello “angustia personal” a la mujer. Desafortunadamente para la compañía la FDA no lo aprobó al no haberse aportado datos suficientes sobre su seguridad a largo plazo al tiempo que cuestionaba la trascendencia clínica de los ensayos presentados.

Sin embargo, a pesar de los reveses se ha seguido extendiendo cada vez más la idea de la Disfunción Sexual Femenina como una enfermedad a la búsqueda del fármaco milagroso que la cure. Los laboratorios tienen más de 25 fármacos dispuestos a ser probados durante los próximos años. “La vida sexual y su placer, problemas y satisfacciones, está sujeta –sostiene Leoner Tiefer– a demandas y expectativas cambiantes. El público encuentra la medicalización atractiva porque la noción de soluciones simples pero científicas casa bien con un ambiente cultural en general sobrecargado de explicaciones biológicas y porque promete evitar la vergüenza sexual, la ignorancia y la preocupación. Este deseo terminará en historias de decepción personal inevitablemente pero la promoción de los medios de comunicación, la hipérbole de publicidad y un gasto activo crearán continúas esperanzas en nuevos fármacos por llegar ignorando otros modelos de relaciones sexuales y otras maneras de arreglar el descontento sexual”.

¡VIAGRA PARA TODOS!

Pfizer, el laboratorio fabricante del Viagra, niega rotundamente que esté recomendado la píldora para su uso fuera de lo estrictamente aprobado por la FDA pero es un hecho difícilmente explicable que entre 1998 y 2002 el grupo en el que más aumentó el uso del Viagra haya sido el de los hombres de entre 18 y 45 años, justo en el que menos casos hay de impotencia patológica. Según denunció Joël Lexchin en Australia con su trabajo Bigger and Better: How Pfizer Redefined Erectile Dysfunction”(Más grande y mejor: cómo Pfizer redefinió la Disfunción Eréctil) las altas cifras de consumo son el resultado de distintas estrategias usadas por Pfizer para asegurarse de que el medicamento sea visto como una terapia legítima por casi cualquier hombre y no como una terapia destinada a tratar sólo a hombres cuya disfunción eréctil se deba a causas orgánicas como la diabetes o a las operaciones de próstata.

JoëlLexchin –de la School of Health Policy and Management y del Department of Family and Community Medicine de Toronto (Canadá)- afirmó en su ponencia -que como la de Leoner Tiefer puede ser consultada en http://collections.plos.org/diseasemongering-2006.php-: lo siguiente: “Si el Viagra hubiera sido limitado al mero uso de disfunciones eréctiles secundarias a causas orgánicas el fármaco habría constituido probablemente sólo un éxito moderado para Pfizer. Para crear mercado Pfizer tuvo que hacer del Viagra el tratamiento de elección para una población mucho más amplia de hombres. Y para ello la incidencia de la disfunción eréctil tuvo que ser ampliada. La impresión que tuvo que generarse era que la disfunción eréctil era importante para muchos, quizás incluso para la mayoría de los hombres o, al menos, para aquellos de más de 40 años de edad. El criterio del éxito para tratarla  tuvo pues que ser redefinido. Y, definitivamente, Viagra se ha convertido en alternativa de tratamiento para hombres con cualquier clase de disfunción eréctil incluyendo fracasos infrecuentes o temporales para mantener las erecciones”.

En suma, no importa que los medicamentos no sean la solución. Ni importa que The National Health and Social Life Survey demuestre que los problemas emotivos y de estrés relacionados con problemas de deterioro en la posición social y económica generan un elevado riesgo de experimentar apuros sexuales. Según señala Lexchin, un simple vistazo a una muestra de las preguntas y respuestas que sobre la disfunción eréctil puede verse en la web del laboratorio sirve para entender la intención del fabricante:

Pregunta: No tengo disfunción eréctil porque el problema no me ocurre a menudo. ¿Eso quiere decir que Viagrano es para mí?

Respuesta: Incluso si los problemas de erección ocurren solamente de vez en cuando Viagrapuede ayudar. Debe usted saber que la mayoría de los hombres con disfunción eréctil solamente experimentan los problemas parte del tiempo. En un estudio Viagra ayudó a un 87% de hombres con leve a moderada disfunción eréctil a tener mejores erecciones contra un 36% de hombres que tomaron una pastilla de azúcar(http://www.viagra.com/faqs/faqs2.asp). Sin comentarios.

Una vez más el juego de las cifras. En su web (www.viagra.com/ed/index.asp) Pfizer afirma: “A decir verdad, más del 50% de los hombres con más de 40 años tiene problemas para conseguir o mantener una erección”. Sin embargo, no se cita ninguno de los estudios que permite comprobar tales datos. Probablemente fueron extraídos del Massachusetts Male Aging Study, una encuesta hecha entre hombres de 40 a 70 años entre 1987 y 1989 de ciudades y pueblos cercanos a Boston (Massachusetts) cuyos autores extrapolaron esos resultados argumentando gratuitamente que el 52% de la población masculina norteamericana de entre 40 y 70 años sufría disfunción eréctil. Porque una vez más se silenciaron datos sobre el estudio que hubieran permitido plantear dudas sobre sus resultados. Para empezar, de los dos grupos encuestados el primero fue seleccionado al azar entre pueblos y ciudades del área de Boston mientras el segundo estaba formado por hombres de un centro clínico urológico universitario. Sin embargo, los resultados fueron globalizados. Además, del 40% de hombres caracterizados con “disfunción eréctil” un 17% tenía en realidad  problemas mínimos y el 67% de quienes tenían 70 años eran impotentes. Pero, claro, todo ello convenientemente mezclado arrojaba esa cifra tan beneficiosa para los intereses de los laboratorios. Y, por supuesto, nada de citar análisis alguno que contradiga estos datos. Como el del US National Health and Social Life Survey según el cual entre los hombres de 50 a 59 años sólo un 18% se quejó de problemas para conseguir o mantener una erección durante el año anterior. O una encuesta efectuada en los Países Bajos que señala que sólo el 1% de los hombres entre 50 y 65 años era incapaz por completo de conseguir una erección. Sólo en el grupo de hombres de entre 70 y 78 años el porcentaje de casos de disfunción eréctil fue similar al del estudio del Massachusetts Male Aging Study.

Aunque hoy el problema es más grave porque ya no se trata de si un medicamento es útil o no y si se justifica su uso en determinados grupos de población sino de que el Viagra se ha convertido en un fármaco para alcanzar un “estilo de vida” en una sociedad donde los hombres viven obsesionados por el sexo. Los laboratorios impulsan -y al mismo tiempo se aprovechan- del mito sexual del hombre.

Megan Fleming, anterior directora del Programa de Rehabilitación y Salud Sexual del Beth Israel Medical Center de Nueva York, psicóloga clínica y terapeuta sexual cuya práctica está enfocada a personas menores de 40- explicaría a Warren St. John en un artículo que apareció en el New York Times titulado In an Oversexed Age, More Guys Take a Pill (En un tiempo saturado de sexo cada vez más hombres toman una píldora) algunas de las claves que impulsan a los jóvenes a consumir fármacos contra la impotencia. “Hoy hay un aumento de la ansiedad entre los hombres jóvenes –afirmó-porque la actual generación de mujeres está más abierta al erotismo y más pendiente de sus propias necesidades. Y ello contribuye a la ansiedad de los hombres porque piensan que están siendo evaluados de manera diferente”. Fleming agregaría que sus pacientes masculinos más jóvenes admitían usar fármacos contra la impotencia como recurso psicológico para conseguir más seguridad. “Son hombres –afirmó- que se creen  mitos de la sexualidad masculina como que el varón debe estar interesado permanentemente en el sexo y preparado siempre para practicarlo. Por lo que, cita tras cita, creen que tienen que ser superhombres”.

Según ese artículo los estudios muestran que el 75% de los casos de disfunción eréctil en los hombres menores de 35 años están causados por factores psicológicos. Fleming señala además que la impotencia temporal es común con nuevos compañeros sexuales cuando los hombres son muy sensibles a la posibilidad de estar siendo juzgados. Un consultor de 34 años de Brooklyn llega a comparar la posesión de estos fármacos en Nueva York con llevar cadenas para la nieve en el automóvil en una región proclive a las ventiscas. “No tienes que preocuparte por un giro en los acontecimientos. Nueva York es una arena sexual muy tumultuosa y agotadora”.

La imagen de éxito y juventud es asociada por los propios laboratorios. Hombres de unos 40 años y aspecto viril aparecen en los anuncios afirmando: “Un montón de tipos tienen problemas de erección ocasionales. Decidí no aceptar el mío y pregunté por Viagra”. Los anuncios iniciales en televisión en los que se usó la imagen de un Bob Dole envejecido (nacido en 1923) -senador republicano y candidato a la presidencia- darían paso a campañas de publicidad en competiciones deportivas como las carreras de NASCAR. Pfizer contrató además a Rafael Palmeiro -de 39 años y ex beisbolista de los Texas Rangers- como imagen. El laboratorio “colabora” además con la revista Sports Illustrated para crear el Deportista del Año. Nada directo, todo sugerente.

Levitra, otro fármaco contra la impotencia fabricado por Bayer y GlaxoSmithKline, se anunció durante los partidos de la NFL presentándose como un fármaco que no mejora simplemente la función eréctil sino la calidad de la erección apuntando directamente a un estilo de vida más que a un problema médico. Según datos citados por Lexchin, entre 1999 y 2001 Pfizer se gastó más de 300 millones de dólares en publicidad directa al consumidor para hacer llegar su mensaje a los hombres “además de pagar a varios médicos para actuar como ‘consultores’ dictando conferencias públicas y apareciendo en los medios de comunicación de masas para hablar sobre la disfunción eréctily el Viagra”. Incluso hay urólogos vinculados a la industria que tienen la desfachatez de recomendar tomar un cuarto de pastilla cada noche “para garantizarse una mejor erección en la vejez”.

En suma, muchos hombres acaban hoy usando fármacos -que no son inocuos- para enmascarar problemas psicológicos profundos o de relaciones que deberían solucionar con otro tipo de terapias. Algunos viven incluso con el miedo añadido a ser descubiertos y la gran mayoría usan los fármacos sin ningún tipo de guía médica.

Si la Disfunción Eréctil acaba generalizándose entre los hombres en una sociedad tan competitiva como la nuestra y tan cargada de estímulos sexuales, tal y como desean los laboratorios, los problemas que tendrán que afrontar los sistemas públicos de salud se multiplicarán. “En última instancia –señala Lexchin- debe haber un debate sobre cómo deben ser gastados los limitados recursos de la atención sanitaria y quién debe tomar esas decisiones. ¿Hombres que tratan de aumentar su función sexual normal preocupados por tener su tratamiento pagado? Si pagamos fármacos y otros procedimientos para mejorar el estilo de vida quizás otros tratamientos no puedan ser financiados o se hagan de forma inadecuada. ¿Quién conseguirá los medicamentos para mejorar su estilo de vida? ¿Todo el que los quiera? ¿Y conseguirán un suministro ilimitado? Cuando el número de tratamientos destinados exclusivamente a mejorar nuestro estilo de vida crezca el guión del Viagrase extenderá a otros fármacos. Es el momento de empezar a preocuparnos sobre cómo nos arreglaremos ante la inevitable explosión de fármacos y otras intervenciones que prometen hacernos “mejor que buenos”.

Antonio F. Muro

Recuadro:


Consumir Viagra tiene su peligro

El Viagra (citrato de sildenafilo) es un fármaco muy potente que no se debe tomar nunca por diversión y sin evaluación previa por un médico porque sus efectos secundarios son relativamente frecuentes. Entre ellos, dolores de cabeza, molestias estomacales con ardor, sofoco en la cara y problemas de visión (viendo todo de color azul). Pero lo más preocupante es su peligro potencialentre quienes han sufrido ataques cardiacos, infartos, graves arritmias, fallos cardiacos o angina de pecho así como en quienes tengan retinitis pigmentaria  o la tensión muy baja o muy alta. No olvidemos que sólo en Estados Unidos se achacó a su ingesta durante las primeras semanas la muerte de decenas de personas.Y que un equipo de investigadores de la Universidad de Colonia (Alemania) asegura que inhibe la producción de la fosfodiesterasa 6, sustancia necesaria para transformar la luz que recibe la retina en señales eléctricas dirigidas al cerebro reduciendo las funciones de la retina. Sin olvidar el riesgo de combinar Viagra con algunos fármacos. Por ejemplo con los nitratos que hay en ciertos medicamentos para las enfermedades cardiovasculares porque hacerlo puede ser mortal. Un problema de difícil solución porque la mayoría de quienes padecen impotencia también sufren del corazón y suelen tomar nitratos (incluida la nitroglicerina).Los nitratos dilatan los vasos sanguíneos y uno de los efectos del Viagra es precisamente relajar el músculo del revestimiento de los vasos sanguíneos lo que podría potenciar ese efecto y provocar una bajada de la tensión.

En cuanto al Levitra (vardenafilo) -disponible en farmacias desde abril del 2003 y cuyo nivel de actuación es similar al del Viagra- tiene efectos secundarios similares en frecuencia y características.

Este reportaje aparece en
87
Octubre 2006
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