El origen no sexual de enfermedades sexuales

¿QUÉ ES ANATHEÓRESIS?

Creada por el investigador español Joaquín Grau tras más de 25 años de experiencia, Anatheóresis es una terapia basada en postulados científicos ampliamente comprobados experimentalmente que tiene sus fundamentos en los distintos ritmos cerebrales que condicionan nuestra percepción en el transcurso de nuestra fase de crecimiento desde el momento en que somos concebidos hasta los siete-doce años, cuando la frecuencia cerebral del ser humano es ya de ritmos beta maduros. De ahí que Anatheóresis permita al paciente revivir las causas emocionales profundas que alimentan su enfermedad. Casi siempre «daños» que tienen sus raíces en el transcurso de la gestación y/o en el nacimiento. En otras palabras, Anatheóresis se basa en la constatación experimental de que todos los sentimientos y experiencias negativas vivenciadas durante la gestación y a lo largo de los primeros años de vida infantil -hasta los siete o doce años según las personas- nos «marcan» de tal manera que la mayoría de las llamadas enfermedades que nos aquejan luego siendo adultos tienen su origen en ellas. Y que es disolviendo energéticamente -mediante el recuerdo, vivenciación y comprensión de ese problema olvidado pero grabado en nuestro subconsciente- como podemos tratar nuestras dolencias actuales. Independientemente de que a las mismas, a esa somatización física de un problema psicológico, la Medicina las catalogue como diabetes, cáncer o hepatitis. Porque, para la Anatheóresis, la causa de esas llamadas enfermedades no es siempre la misma y hay que buscar en cada caso individual la razón de su manifestación física.

¿CÓMO ACTÚA ANATHEÓRESIS?

Obviamente, por ser una terapia psicológica Anatheóresis no utiliza fármacos. Se sirve tan sólo de un estado de conciencia especial denominado IERA (Inducción al Estado Regresivo Anatheorético) que equivale a una simple relajación en la que el paciente no pierde la consciencia pero que le permite acceder a sus recuerdos más profundos, generalmente «enterrados» en el subconsciente. Es más, durante la misma se mantiene perfectamente lúcido siendo en todo momento dueño de sus actos.

LA EFICACIA DE LA TERAPIA ANATHEORÉTICA

El estado IERA -aún siendo una simple relajación- supone una inmersión a unos niveles de consciencia -concretamente a 4 hertzios o ciclos por segundo- que permite borrar en el enfermo -mediante el diálogo adecuado- las causas remotas y originarias de su enfermedad. De ahí que Anatheóresis sea sumamente eficaz en todo tipo de enfermedades -no sólo en las denominadas psicológicas o mentales-, tratándose de una psicoterapia especialmente rápida en cuanto a sus resultados que además no comporta peligro alguno.

EL ORIGEN NO SEXUAL DE ENFERMEDADES SEXUALES

Ante una alteración funcional es creencia generalizada que su causa se encuentra -o por lo menos debe buscarse- en el propio órgano afectado. Y que, en consecuencia, lo lógico es que toda somatización deba ser resuelta combatiendo la enfermedad en o desde esa somatización. Así, ante una impotencia sexual masculina -por referirme sólo a las enfermedades sexuales a fin de no alargar la casuística que expongo- el enfermo mirará abatido su pene, el médico lo chequeará y el psicólogo -especialmente el especializado en Sexología- buscará una causa sexual en esa disfunción. Disfunción que a su vez intentará resolver con prácticas conductistas erótico-sexuales.

Y cuanto antecede no es una crítica a la metodología de la Medicina oficial, tan válida como elogiable, es tan sólo la exposición de una actuación que contrasta con la terapéutica Anatheóresis. Y así es porque Anatheóresis no identifica ni relaciona de forma específica y catalogable la somatización con la causa de la enfermedad. Y eso lo vio el lector el mes pasado al referirme a un caso de diabetes. Anatheóresis busca las raíces emocionales patológicas que han generado la enfermedad y todo anatheorólogo experimentado sabe que pocas veces esas raíces guardan relación directa con el lugar del cuerpo en que la enfermedad somatiza. Concretamente, a fin de centrarme en las enfermedades sexuales, pocas veces la causa básica de esas enfermedades hay que buscarla en un daño que se refiera, de forma directa y única, al sexo. Al igual que dolencias no sexuales acaban a veces por mostrar una causa sexual.

Concretamente:
Inés -lógicamente éste y cuantos nombres siguen no son los reales- no había podido resolver su frigidez y vaginismo. En la terapia surgió -y se comprobó- que de niña había sido violada por su padre. El uso de la violencia es siempre violación aun cuando en este caso no había habido penetración, sólo frotamientos. Cuando esos hechos fueron vivenciados por Inés, que los había relegado al olvido -a un olvido patológico- eso no supuso su total curación ya que esas violaciones, en su caso y en casi todos los casos similares, tienen menos importancia -con tenerla y ser grave, que nadie se indigne al leerme- que los daños que Inés recibió -y que en general se reciben- cuando en el transcurso de la vida intrauterina del bebé el padre viola -repito: toda violencia es violación- a la madre. Siempre y cuando esa violación conyugal vaya unida a una actitud de profundo rechazo en la mujer, ya sea por el poco agrado que siente hacia su marido o simplemente por causas religiosas. Y este fue el caso de Inés, cuyas dolencias tenían su origen en la actitud emocional de su madre que, por cierto, consideraba violación el hecho de que su marido no valorara en el coito el temor patológico que ella sentía ante el acto sexual.

Similar fue el caso de Juana, cuya frigidez se debió tan sólo a la identificación emocional intrauterina con su madre; porque Juana nunca fue violada.

En el otro extremo de esa relación de causa-efecto puedo situar a Laura, que tenía el brazo derecho casi inmovilizado. O sea, la enfermedad se manifestaba en el brazo pero sólo resolvió su problema cuando supo -o sea, vivenció y comprobó, tomando al tiempo conciencia del hecho- de que su padre, siendo ella niña, le aferraba ese brazo obligándola a masturbarle. Siendo lo especialmente grave que su madre lo sabía y, por sus creencias y a fin de no provocar un escándalo, acusaba a la niña de esa perversión llamándola puta entre otras lindezas.

Parecido fue el caso de Andrea, que se provocó una psoriasis para evitar el contacto sexual. Era una forma de afear su piel y alejar a todo posible galanteador. Naturalmente, este caso encerraba otros muchos daños pero su raíz patológica básica era su identificación con la carga emocional del comportamiento sexual de su madre cuando Andrea era sólo embrión y feto.

Paula, mujer joven y agraciada, fue al sexólogo porque, aparte otros comportamientos patológicos, cuando se encontraba ante un hombre -y más si había una apelación sexual- no podía evitar retroceder visiblemente e, incluso, huir. La sexólogo le dijo que eso se debía a unos toqueteos que Paula recordaba haber tenido de niña con un primo. Pero no hubo curación. Ya en terapia anatheóretica, entre otros daños analógicos vivenció -vivenciar es comprender viendo y sintiendo- que su gestación había sido especialmente saludable pero que, al ir a nacer, a su madre le cambiaron el médico que la había estado atendiendo durante el embarazo y en el que ella tenía total confianza. Y ahí empezó todo. La madre rechazó psicológicamente al otro médico, entró en pánico, todo lo hacía al revés y, en definitiva, todo acabó en un parto con graves daños para el bebé. Y así, Paula sufrió daños que ya de mayor somatizaba especialmente ante aquellos hombres que mostraban rasgos, comportamiento, etc., análogos al del médico sustituto.

¿Y los hombres?

A Antonio, 41 años, le gustan las mujeres a rabiar pero al ir a penetrar el pene dejaba de ser pene para pasar a ser una pena. Y a esto iba unida una sensación de presión en el pecho. Y, naturalmente, los especialistas le decían que a quién no se le encoge el pecho ante tal drama. Ya en Anatheóresis, siempre entre otros daños analógicos menores, la curación se hizo posible al vivenciar que en el noveno mes de gestación su padre dejó caer repetidamente todos sus kilos -que eran muchos- sobre su madre, aplastándola y «golpeándola» una y otra vez. Algo que como hazaña sexual el padre debió considerar algo inenarrable pero que motivó una experiencia próxima a la muerte en el feto. O sea, el feto «murió». Y en otro artículo hablaré de esas muchas muertes clínicas acaecidas en el claustro materno. Naturalmente, Antonio ahora ya no se identifica con aquel daño, ya no va a morir cada vez que intente penetrar. Al contrario, lo suyo ha dejado de ser algo de pena.

Parecido -aunque mucho más complejo- fue el caso de Rogelio, quien llegó a la terapia con problemas sexuales en particular y de relación en general, problemas especialmente con su padre, con sentimientos terriblemente hostiles hacia él. Y en efecto, lo suyo fue también un problema de muerte clínica -experiencia próxima a la muerte- en el útero cuando su padre penetraba a su madre con autenticas violaciones. Un problema de muerte clínica agrandado y agravado por el hecho de que en el octavo mes de gestación su madre vivió una enfermedad que la llevó al borde de la muerte. Y fue entonces cuando los médicos diagnosticaron no sólo que la madre podía morir en cualquier momento sino también que el feto que albergaba no podía seguir vivo. Fue un aborto-parto terrible. De hecho, los médicos dejaron al bebé a un lado dándole por muerto y se dedicaron a atender a la madre. El bebé ahora, ya en plena madurez, es tras la terapia un «muerto» muy vivo (en todos los sentidos, también sexualmente).

Juan, con un diagnóstico de actitudes sexuales sádicas, vivenció durante la terapia el momento -del que lógicamente no era consciente- en que su madre intentó abortar de él. Cuchillo, sangre, etc. Además, era una madre débil que sólo mandaba rasgos psicológicos poco apreciables que difícilmente podían ser objeto de una buena identificación por parte del bebé que albergaba en su seno. Y esto y, naturalmente, otros muchos impactos emocionales traumáticos -también paternos- llevaron al paciente al desprecio de su madre y al odio con deseos de muerte hacia su padre. Porque eso -insisto- es lo que importa en la terapia Anatheóresis: no tanto los hechos sino los sentimientos, las emociones que constelan esos hechos. Porque es la emoción lo que nos enferma. Por eso hay que vivenciar los hechos que acompañaron esas emociones a fin de podernos liberar de cuanto nos ha dañado y, no resuelto, sigue vivo en nosotros.

Comprendo que la descripción de los casos que anteceden -y a los que podría añadir otros muchos- es muy escueta. El lector sabe que toda raíz tiene muchos filamentos, también la raíz de nuestras enfermedades. Aquí, por tanto, me he limitado a dar el daño básico no sexual que ha constelado unas somatizaciones con localización sexual. Y también daños de origen sexual que han generado dolencias no localizadas ni referidas al sexo.

Por otro lado, sabe también el lector -insisto en ello a fin de evitar equívocos- que Anatheóresis es una terapia que intenta liberar a enfermos porque la enfermedad es el enfermo. De ahí también que una diabetes -por referirme al artículo del pasado mes, que parece ha provocado un cierto clamor y confusión- puede ser resuelta en un enfermo y no en otro.

Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
10
Noviembre 1999
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