La esencia de la vida

 “El nuestro es un universo de relaciones entre patrones de organización de la energía que forman partículas a partir de las cuales se desencadena una cascada de nuevas relaciones. Y en esa cascada cada cosa participa de la totalidad de modo que átomos, moléculas, tejidos, órganos, organismos y sociedades son parte de una sola trama cuya esencia es relacional.”

Como un cauce que todo lo conecta, como una corriente que lo contiene todo en su seno, la relación es la esencia de la vida, es el religare que explica la unidad subyacente en la aparente diversidad. Un religare que constituye una especie de religión universal de la que participa toda la creación como si ésta sólo fuera un patrón de ondas ondeantes unidas en una sola onda portadora que integra la infinita diversidad en una siempre renovada unidad. La enfermedad, la salud, la calidad de vida, la organización social… todas las cosas que nos atañen son contextos de relaciones esenciales que sirven de soporte a relaciones más complejas. Sin relaciones entre las partículas subatómicas no podrían existir relaciones entre moléculas tejidos y órganos; y mucho menos entre individuos y sociedades.

 A nivel humano tratamos muchas veces de relacionarnos con todo el mundo sin habernos relacionado antes con nosotros mismos; y como somos desconocidos para nosotros mismos hacemos a veces lo que no queremos hacer viéndonos sorprendidos por impulsos que ni siquiera sabíamos que existían en nosotros. Muchos yoes, por nosotros mismos desconocidos, parecen acechar en nosotros para tomar el control de lo que llamamos nuestro Yo. Son los yoes escondidos, reprimidos, negados o enmascarados formados por los impulsos que un día decidimos condenar a una subversiva clandestinidad.

 Digamos que somos Juan o Juana, un yo cuyo nombre está acompañado de mil nombres: Juan Tigre, Juan Salvador Gaviota, Juan de la Cruz, Juana de Arco… Todos los colores del arco iris en los nombres de nuestros yoes están allí para recrear el paisaje de nuestra vida pero, a veces, el yo se convierte en un rol o en un nombre externo que sella la puerta de entrada a la policromática profundidad del ser. Es entonces cuando, convertido el ser en la apariencia de un uniforme descolorido, la vida pierde su sentido.

 Dime tú, Juan de la Cruz, ¿dónde está el centro de ese dolor que has podido transmutar desde tu noche oscura en la expresión de luz y amor más pura?

 Cuándo descubriste, Juan de Asís, el amor de todos los nombres en tu nombre?

 ¿Cómo puede uno descubrir, Juana de Calcuta, ese amor total que ya no tiene condición ninguna?

 ¿Cómo, Juan Claver de Cartagena, se puede revelar el amor del alma entre los cuerpos carcomidos por la lepra?

 Nosotros, Juanas, Juanes, tenemos un poco de Juana de Arco, Juan de Asís, Juana de Calcuta… Todos somos Juan de Dios y nuestro nombre es humanidad. Juan de España, Juan del Universo, Juana Tierra… todos nuestros humanos nombres han sido los nombres del amor.

 Tú, Juana-Tierra o Pedro-piedra, eres el arco y el arquero. Tú eres el único blanco posible de tu dirección, el único sentido de tu propósito. Cuando empiezas a conocer los yoes de tu Yo reconoces en ti el arco y la flecha pero, por encima de todo, sientes en tu corazón herido que eres arco y flecha unidos en el blanco del amor. Y cuando das en el blanco de tu propio centro, cuando ya no tienes los blancos en el placer, en el poder, en la recompensa de una meta, cuando el arquero no tiene más que un blanco puro, entonces arco, flecha y blanco son sólo variedades de su corazón desnudo. En el centro del arquero todos los nombres eran sólo uno.

 Damos en el blanco cuando descubrimos una ciencia interior que surge de nuestro propio centro. Y el centro es el liberador de la ilusión. Siempre que vivas desde el corazón no va a ser posible el espejismo. Siempre que trabajes de corazón no van a ser posibles la ilusión, ni la confusión.

 Preguntémonos: esto que vemos, ¿lo podemos ver con los ojos del corazón? Esto que pensamos, ¿lo podemos pensar de corazón? Sólo podemos con el ojo del corazón captar lo verdadero. ¿Miramos o vemos? Mirar es percibir el mundo de las apariencias. Ver es tener la visión de las cualidades, una visión interior que descubre el significado y el sentido de las cosas observadas que, al verlas, ya no estarán separadas del observador. Cuando en lugar de oírnos nos escuchamos, resonamos; y así, sintonizados, es posible la comunicación. Te presto entonces mi instrumento para que ejecutes tu propia música, para que la escuches y te reconozcas. Cuando dejamos que nos vean con otros ojos, cuando en la relación no somos ni más ni menos que aquello que ya somos nos convertimos en el espejo en el que otros se pueden ver y reconocerse, un campo de relación en el que reconocemos en las voces de todos ecos expandidos de nuestra propia voz. Todos somos instrumentos de la relación. La vida te presenta a uno y a otro -al paciente, al hijo, al hermano y al padre- para que puedas reconocer en el otro una prolongación de tu propio yo.
El arte de sanar la vida es el arte del contacto. El tacto es el órgano universal de los sentidos. Yo toco todo con todos los sentidos. Mis sentidos son instrumentos para tocarte con mi música y para captar tu propia música. Y para construir una música nueva entre los dos.

 Entrar en contacto es posible desde el corazón, órgano central del contacto. Te siento con el corazón a través de los ojos, a través del oído, a través del olfato, a través de la caricia… El mínimo común denominador del contacto amoroso es el corazón. Surge pues una pregunta esencial cuando nos relacionamos: “¿Lo que decimos sale de nuestro corazón? ¿Escuchamos desde el corazón? ¿Hablamos de corazón?”

 Lo primero que debiéramos aprender todos es a actuar “de corazón”, que es actuar desde el centro. Porque en tales casos se disipa la primera gran ilusión: la del temor. Sí, nuestro mayor espejismo es el del temor. Temor de ser lo que somos, temor de quitarnos la máscara, temor a asumir nuestra propia identidad. Es, en suma, el temor de ser vulnerables. Pero si supiéramos que, a nivel del ser, la vulnerabilidad es auténtica fortaleza porque despierta nuestra sensibilidad dormida generando humildad, flexibilidad y adaptabilidad podríamos aprender una lección esencial: sólo donde no existe el temor puede manifestarse el amor.

 Si comprendiéramos que es mar el mar porque está debajo de los ríos ya sabríamos el significado de la antigua afirmación “El que se humilla será ensalzado” y sabríamos por qué se vence el miedo en el camino del servicio. Como el poder de los fantasmas, el poder del miedo es el de nuestra propia reacción de fuga. Cuando se les mira de frente tanto los duendes como el miedo se desinflan. El poder que hemos concedido al temor a perder la vida ha alimentado buena parte de la violencia y la injusticia. El miedo, al contrario del amor, no tiene existencia propia. Existe el miedo sólo donde el amor no ha sido revelado. Es decir, el miedo no es sino un marcador de la ausencia de amor. Por eso el terror ha sido un poderoso instrumento para dominar, poseer, esclavizar, torturar y crear dependencia negando la libertad.

 Todos daríamos lo que fuera por tener seguridad. Hasta el punto que las de la guerra y la seguridad constituyen dos de las mayores y más rentables industrias del mundo. En ambas se manipula el miedo para vender la ilusión de la seguridad. De tal forma que hasta hablamos con desparpajo de “seguros de salud” y “seguros de vida”. Nos gastamos la vida asegurando el porvenir, invirtiendo así lo más sagrado de la vida: el presente. Convertimos con ello el tiempo sagrado del presente en una fuga permanente de la muerte. En cada miedo, sin saberlo, huimos de la muerte. Pues “la madre de todos los temores” es el miedo a morir, que viene de confundir el final del cuerpo con el final de la vida.

 El animal más peligroso es el más temeroso. Nuestras máscaras de autosuficiencia son un refugio de la debilidad y el miedo interior. La persona más agresiva es víctima de su propio miedo de una manera más violenta. Cuando nosotros aprendemos a leer ese código sabemos que el que más te critica, te remueve, te arremete… es el que más ayuda necesita. Si lo pudieras traducir en el código del corazón, que no es el código del miedo sino el código del Amor, podrías entender que te está pidiendo ayuda. Porque querer al que nos quiere no tiene tanto mérito como comprender a quien nos provoca mayores dificultades ya que pone a prueba nuestra paz, nuestra tolerancia y nuestro amor.

 Los procesos de expansión de conciencia o de iniciación ocurren hoy en el ritual de la vida cotidiana. Es aquello que tenemos permanentemente en nosotros, es aquello que vivimos con nuestros semejantes, nuestras relaciones. A veces le pedimos a la vida que nos de una gran responsabilidad; por ejemplo, la de contribuir a salvar el planeta. ¡Y lo pedimos cuando ni siquiera hemos sido capaces de salvarnos a nosotros mismos! ¡Cuando ni escuchamos a nuestro hijo teniéndolo al lado! ¡Cuando nos quemamos la lengua por la mañana y el chocolate no nos sabe a chocolate por estar pensando en la cuenta, en el transporte o en la hora de llegada al trabajo! Si ni siquiera vivimos en el instante del presente, ¿cómo le pedimos a la vida que nos de una responsabilidad infinita? Aún más: si no cumplimos con nuestro deber, ¿cómo le pedimos responsabilidades a la vida? ¿Cómo le pedimos una responsabilidad mayor cuando no sabemos ni servimos a nosotros mismos, si no sabemos ni mantener en buen estado el instrumento de nuestro cuerpo para que en él pueda interpretarse la música del alma?

 Salir del mundo de la ilusión es nuestra principal tarea. A eso se le llama despertar y no se puede hacer al margen de la vida cotidiana. El despertar no tiene lugar ni en la cima de los Himalayas, ni en la cima de los Andes, ni en el altar de un templo. El despertar interno solamente puede acaecer en el altar del corazón. Uno despierta al genuino vivir cuando puede descubrir su miedo.

 Muchas personas llegan el lunes al trabajo exhaustas, fatigadas… justo después de dos días de descanso. ¿Y por qué se sienten tan cansadas cuando aún no ha comenzado la semana laboral? ¿Qué las ocurre? Pues quizás que hayan vivido todo el fin de semana con el temor de encontrarse y se la han pasado -de mil maneras- huyendo de sí mismas. Con pavor a la soledad. Y es que lo más terrible que les puede ocurrir a algunas personas es tener tiempo libre, un tiempo para ser. Por eso, inconscientemente, buscan formas de matar el tiempo. Solo que matar el tiempo es como matar la vida ya que el tiempo es el movimiento de la conciencia, una estrategia de la vida. Cuando se mata el tiempo se asesina el presente, se destruye la vida.

 El tiempo es oro porque es productivo… pero en términos de conciencia, no sólo en términos de dinero. El tiempo es la expresión del movimiento de la conciencia y en su quietud el tiempo se vuelve interior. Se para el reloj afuera y entramos en el territorio del instante. En la perfecta quietud el presente intenso es tiempo de eternidad. Porque la eternidad no está en el más allá ni el más acá: se da en la quietud de la conciencia donde el ser alcanza ese vórtice de paz en el que está intacto su infinito potencial.

 Sí, el temor a la soledad es uno de nuestros temores ocultos y se refleja en la incapacidad de estar a solas con nosotros mismos. La soledad gratificante es una condición del alma y se alcanza con la madurez del ser, con la Edad del Sol, con la interiorización y la reflexión. Sin esa quietud, sin ese silencio de la soledad, no hay autoconocimiento, punto de partida de todo genuino saber.

 ¿Y cómo ingresar entonces en la Edad del Sol? ¿Cómo aceptar la soledad? ¿Cómo convertirnos en la propia compañía? ¿Cómo mirarse en el espejo de las propias aguas y, aquietando el agua de las emociones, dejar que el sol de la mente penetre hasta el fondo del lago, el cuerpo físico? Vivamos conscientemente cada día unos minutos de soledad en los que, en silencio, nos observemos renunciando a la memoria y a todos los condicionamientos. Sin repetir ningún mantra: basta, simplemente, pronunciar reiteradamente nuestro nombre. Sin apellidos, sólo el nombre: Iván, José, Juana… Repítelo una y otra vez suavemente y comprobarás que llega un momento en el que entras en contacto con esa conciencia donde habita la madurez que liberará la Edad del Sol en ti.

 Los refugios exteriores generan dependencia e impiden madurar al tiempo interior de la soledad, donde aprendemos a tener un soporte interno. Carece de sentido que para no aceptar la soledad nos refugiemos compulsivamente en cualquier actividad que mantenga entretenidos nuestro cuerpo, nuestras emociones o nuestros pensamientos hasta el punto de caer en prácticas que embotan los sentidos y dañan la salud. Aunque sepamos que si no encontramos nada que hacer el temor a la soledad y nuestra incapacidad de ser nosotros mismos nos lleve a una posible crisis de pánico. Está constatado que muchas de tales crisis se dan durante los fines de semana, cuando la gente no tiene “nada que hacer”, cuando la vida no la llenan de cosas exteriores… y se dan cuenta entonces en su interior de que no hay nada que dé sentido a sus vidas.

 Vivamos la soledad afrontando el miedo de morir que impide hasta el vivir. El miedo a la soledad es el miedo a la muerte. El miedo de dormir es el miedo a morir. En eso consisten muchos insomnios. El miedo a la soledad y el miedo a morir son temores a asumir la propia identidad, miedos a perder la falsa identidad o a la caída de la máscara.

 Pensemos además que cuando estamos huyendo de nosotros mismos no podemos ser compañía para nadie. Por eso asumirnos tal como realmente somos es condición esencial para mantener relaciones humanas. Y toda relación humana tiene una esencia terapéutica.

 En las reacciones de ataque o de huída, en cambio, no existe ninguna relación constructiva. Ni siquiera con uno mismo. La reacción de fuga es una estrategia evolutiva del sistema límbico: si te va a morder una fiera escapas, entras en una reacción de fuga. Sin embargo, la fiera temible es con frecuencia esa parte nuestra que, al negar o reprimir, fortalecemos hasta que llega a invadirnos. Tenemos miedo de esas reacciones, de esos impulsos porque se pueden desbordar y poseernos. Desarrollamos, en suma, temor de nuestro propio interior. Aún en la quietud se desencadena una fisiología anómala sólo requerida para el evento extremo del ataque o de la huída pero, como estamos en reposo, toda la energía excedente sobrecarga los nervios, el sistema vascular, todas las glándulas endocrinas. Sometido así el organismo a la presión del miedo que desencadena un ataque o una huída, uno ataca o huye de sí mismo. Y entonces no podremos relacionarnos pues no estaremos nunca con nosotros mismos. Con lo que tampoco podremos de verdad estar con nadie. Es el drama del terror de estar a solas con la propia conciencia. Es miedo de la auto-confrontación interior. Es miedo del Amor porque el Amor no es sólo aquello que te acaricia, es sobre todo aquello que te confronta. Es aquello que te hace igual, exactamente igual a ti, lo que pule dolorosamente tus aristas, aquello que penetra tus sombras. Es Amor la esencia que te trasparenta al llevarte más allá de la apariencia. Y para entrar en el territorio que va más allá de la respuesta límbica del ataque o la huída es necesario entrar por el portal de la apertura amorosa.

 La apertura amorosa es, en suma, el mínimo común denominador para tener una visión real del mundo, una visión que nos lleve más allá de las divisiones producidas por la falsa identidad a la vivencia de nuestra esencial integridad. La apertura amorosa es condición del ritual de desarrollo, aquella relación que, comenzando con los cuidados de la madre, nos ha ayudado a encontrar un mundo pleno de sentido, un mundo que nos abraza y al cual podemos abrazar, un mundo al que nos podemos entregar sin temor porque, en ese darnos, encontramos multiplicado todo cuanto damos.

Jorge Carvajal

Este reportaje aparece en
54
Octubre 2003
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