¿Es usted dueño de su vida?

Dicen los expertos que la evolución consiste en ir viviendo en el exterior lo que se despierta en el interior y que eso proporciona plenitud y salud. También dicen que para evolucionar es condición sine qua non conocerse a uno mismo, objetivo primordial de todo buscador. Añaden, además, que el verdadero buscador de sí mismo, aunque empieza buscando respuestas fuera, termina después de un largo recorrido mirando siempre hacia el interior.

Pues bien, hay múltiples caminos para intentar cubrir ese objetivo y algunos confluyen en la misma dirección. Y es que los métodos pueden variar aunque el destino sea el mismo. Así, Oriente nos habla de la importancia de convertirnos en observadores de nuestra mente, de “mirar” cómo circulan los pensamientos, cómo se mueven nuestras emociones, cómo son pensamientos y emociones los que parecen controlar nuestra vida sin que tengamos nosotros más participación en la película que la de meros actores pero sin haber tenido la oportunidad de escribir el guión. Y es verdad que es una sabia opinión pero cabría preguntarse si para nosotros, personas de esta sociedad occidental tan trepidante, no sería conveniente empezar dando un paso previo que sería observar en el terreno de lo concreto, de la vida diaria, nuestro comportamiento.

Es cierto que es necesario ir abriendo ventanas para observar qué es lo que se “mueve” por dentro pero también sería conveniente abrir la ventana al mundo exterior y observarnos como si fuésemos espectadores que asisten a una representación. Intentar reparar en esos detalles en los que nunca caemos, descubrir las motivaciones o los automatismos que rigen nuestros actos, averiguar qué influencia tiene en nosotros la educación recibida, las experiencias de la infancia, qué hábitos son innatos y cuáles adquiridos, etc. En definitiva, ser conscientes de lo que hacemos sin entrar a analizar los porqués. Es decir, ser conscientes de nuestra escala de valores, de nuestras prioridades en la vida.

Para ello propongo al lector un sencillo ejercicio: se trata de que durante todo un día se observe como si estuviera viendo una película en la que usted tiene un papel protagonista; obsérvese con atención pero sin enjuiciar. Esto es muy importante pues cuando llega el juicio se adultera el proceso, se modifican las respuestas y se condicionan los hechos. Conviértase pues en simple notario de su propia experiencia.

Se trata, en definitiva, de dedicar una jornada a “verse” desde fuera -como si se tratara de alguien ajeno-, tomando una cierta distancia de los hechos y sin dejarse “pillar” por las emociones y los sentimientos, procurando en todo momento observar sin interpretar buscando la plena consciencia.

Sé que es muy difícil mantener esa actitud a lo largo de toda una jornada pero aunque sólo lo consiga de modo intermitente merece la pena intentarlo. Los resultados pueden sorprenderle.

ANALIZANDO NUESTROS HECHOS 

Suena el despertador. Antes incluso de abrir los ojos, párese un instante e intente descubrir cómo se siente. ¿Qué pensamientos, sentimientos o emociones le abordan apenas sale del sueño? ¿Le fastidia tener que levantarse o se pone en marcha con moderada alegría? ¿Qué hace a continuación? ¿Salta rápidamente de la cama o es de los que se toman su tiempo? ¿Qué piensa mientras se ducha? ¿Empieza a vivir las preocupaciones de la jornada desde ese primer instante? ¿Comienza ya a “trabajar”?

Intente que ese día sus actos no se modifiquen. Simplemente, vaya detrás de ellos observando lo que sucede. ¿Hasta qué punto hay “mecanicismo” en ellos? ¿Se mira al espejo? ¿Se lava los dientes? ¿Hace siempre todo en el mismo orden? ¿Es decir, es consciente de lo que hace o sigue un ritual mecánicamente? ¿Qué prima en cada momento? ¿Qué elecciones hace? ¿Es consciente de que elige o simplemente sigue una serie de costumbres rutinarias que no necesitan decisiones? ¿Hace cada día lo mismo de la misma forma? ¿Sigue el mismo recorrido? ¿Desayuna lo mismo cada mañana? ¿Tal vez incluso en la misma taza? ¿Lo decide usted? ¿Cuándo fue la última vez que decidió lo que quería desayunar?

Sale de casa y se dirige a su lugar de trabajo. ¿En qué medio de locomoción va? ¿Qué piensa durante el recorrido? ¿Está en el pasado, en lo que sucedió ayer o, por el contrario, está en el futuro, en lo que sucederá hoy? ¿Piensa en lo que usted desea o en lo que desean los demás? ¿Hace lo que piensa o cambia en función de lo que demandan los otros?

Llega a su lugar de trabajo. ¿Qué es lo primero que hace? ¿Ordena su mesa o sus herramientas? ¿Habla con los compañeros? ¿Sobre qué temas? ¿Se repiten? ¿Lee los mensajes? ¿Escucha el contestador? ¿Va a prepararse un café? Observe qué es lo que hace cada día cuando llega allí.

¿Cómo se desarrolla la jornada laboral? ¿Qué estados de ánimo prevalecen? ¿Toma decisiones o sigue las que le marcan? ¿Qué cosas hace para sentirse bien? ¿Qué cosas para que se sientan bien los otros? ¿Qué cosas le gusta hacer y cuéles rechaza? ¿Mira constantemente el reloj para ver si así llega antes la hora de salir o se implica en su trabajo y olvida el tiempo? ¿Trabaja en equipo?

Llega la hora de comer. ¿Lo hace sólo o en compañía? ¿Qué conversación prima? ¿Cuál es el ambiente en el que se desenvuelve la comida? ¿Qué relaciones mantiene con sus compañeros? ¿Hablan de trabajo o de otros temas?

Terminada la jornada laboral, ¿qué hace habitualmente? ¿Practica deporte? ¿Se reúne con los amigos? ¿Va de compras? ¿Regresa a casa? Y, en ese caso, ¿qué es lo primero que hace cuando llega? ¿Va a saludar a su familia? ¿Va al teléfono para oír los recados? ¿Lee? ¿Se cambia de ropa para estar más cómodo? ¿Va al frigorífico para picar algo? ¿Se coloca frente al televisor y ve lo que ponen o sólo lo hace cuando hay algo que le interesa?

Y ahora, cuando ya ha terminado la jornada y está a punto de meterse nuevamente en la cama, tómese unos minutos y formúlese algunas preguntas en base a lo observado; pero hágalo intentando buscar los porqués de su comportamiento. Eso sí, sin enjuiciar, sólo buscando el origen de esos hábitos automatizados que se han convertido en el 90% de su existencia.

Por ejemplo, ¿hace deporte porque quiere estar en buena forma física, porque le gusta sentirse activo, porque le da miedo envejecer o porque la mayoría de los compañeros van a “machacarse” al gimnasio para quemar el estrés? ¿Obtiene de sus relaciones interpersonales la nutrición afectiva que desea? ¿Es su relación con los demás satisfactoria? ¿Mantiene buenos niveles de comunicación con los amigos? ¿Le da mucha importancia a las relaciones, a lo social? ¿Necesita evadirse frente al televisor o busca sentirse informado de lo que sucede en el mundo? ¿Necesita cuando llega a casa desprenderse del “uniforme” de trabajo para sentirse realmente cómodo y a gusto consigo mismo? ¿Se relaciona correctamente con la comida o la utiliza para compensar alguna carencia?

Es incluso interesante ir tomando a lo largo del día algunas notas sobre lo que ha observado con el fin de que no se escapen ni los mínimos detalles y así, cuando llegue el final de la jornada, resultará más sencillo confeccionar la imagen del complejo puzzle que representa su imagen. Porque se trata de ser consciente de la imagen que proyectamos al exterior, de nuestro comportamiento, algo de lo que pocas veces somos conscientes pero que, sin embargo, los que nos rodean están percibiendo con toda claridad.

Todo lo que hacemos habla de nosotros. Nos estamos «contando» a los demás constantemente, estamos hablando de nuestras necesidades, de nuestras prioridades en la vida, de nuestras expectativas, de nuestros conflictos, de nuestros valores… De hecho, los expertos en comunicación consideran que nuestro mensaje verbal apenas representa entre un 7% y un 10% del total de la comunicación; algo más llega mediante el tono empleado: entre el 38 y el 40%. Pero la mayor carga en la comunicación son los gestos, el lenguaje corporal: aquello que hacemos -y de lo que casi siempre somos inconscientes- llega a alcanzar del 50% al 55%.

La mayoría de las personas creen que son como ellos piensan; es decir, tienen una imagen de sí mismos y están convencidos de que realmente son así. Esa imagen es lo que llamamos “ego” y está completamente condicionado por la educación recibida, los modelos imperantes, las modas, los arquetipos, las experiencias vividas, etc. Podríamos decir que cada uno de esos aspectos ha creado un escudo protector que aparece cuando se dan las circunstancias idóneas.

En muchas ocasiones la persona no responde a una situación como desde su interior querría hacerlo sino que se “amolda” al patrón, a la imagen que tiene de sí misma. Otras veces la respuesta viene condicionada por cumplir con las expectativas que creemos que los que nos rodean tienen sobre nosotros. También nos afecta lo que consideramos que se debe o no se debe hacer. Incluso adoptamos posturas para asegurarnos de que los demás nos quieren, nos aceptan, nos respetan y nos valoran.

Es tan complejo el entramado de nuestra personalidad que normalmente desarrollamos comportamientos neuróticos que son aceptados por la mayoría como “llevar una vida normal”. Pero, ¿y nuestro verdadero yo? ¿Dónde queda nuestra personalidad interna? ¿Dónde nuestros deseos y nuestras expectativas? ¿Atendemos los impulsos internos o los ahogamos bajo responsabilidades y compromisos?
Es importante ser consciente de nuestras necesidades, del momento que estamos viviendo, de lo que estamos reclamando y de lo que estamos dando. Por eso es necesario observar nuestras actitudes y comportamientos y más adelante entrar en los porqués y en las intenciones que nos guían.

Para ello es fundamental que al final del día nos quedemos durante unos minutos a solas, en un espacio y un tiempo que sólo nos pertenezca a nosotros, y revisemos lo que hemos observado. Es decir, volvamos a pasarnos la película haciendo una especie de revisión o balance que nos permita darnos cuenta de en qué momentos a lo largo del día hemos dejado de ser fieles a nosotros mismos porque ese sentimiento de negación, cuando se va acumulando, produce insatisfacción y frustración que a la larga desemboca en conflictos psicológicos o enfermedades físicas.

Luego, una vez que tengamos el cuadro completo y nuestra mente racional haya visto las imágenes es aconsejable cerrar nuestras ventanas al mundo exterior –los ojos- y sin el objetivo de encontrar soluciones, sin ideas prefijadas de lo que debemos encontrar, sin ni siquiera plantearnos buscar, permitir que lo observado llegue a otras áreas de nuestro cerebro de un modo natural. Esto significa practicar la meditación, el silencio interior, la introspección o aquella técnica con la que uno se sienta más afín y que vaya encaminada a mirar hacia dentro con unos órganos de percepción distintos de los ojos físicos.

La Psicología de vanguardia nos habla de la necesidad de producir cada día en nuestra mente una serie de intervalos -momentos de parada del razonamiento y de la lógica- para incursionar en otras áreas cerebrales que nos permitan realizar una labor de depuración de todo aquello que resulta inútil para nuestra evolución y para que, con la síntesis inductiva que ha quedado, podamos confeccionar una visión global e integradora de todos los aspectos que componen nuestra personalidad. El final del día es un tiempo muy adecuado para hacerlo.

Y al despertar por la mañana es el momento idóneo para plantearse la importancia de tomar durante la jornada que va a comenzar decisiones, decisiones que obedezcan a los impulsos que marca nuestra parte más profunda y transcendente como seres en evolución espiritual. Con esa actitud de tomar decisiones iremos corrigiendo las disonancias de personalidad, reconociéndolas para integrarlas en una sola: nuestro verdadero Yo.

Según parece, en recientes estudios realizados sobre Psicoinmunología se observó que aquellas personas a las que se les ofrecía la posibilidad de elegir, las que tomaban decisiones, aquellas que tenían la oportunidad de decantarse -aunque fuese sobre algo tan simple como lo que querían en el menú de ese día o la película que deseaban ver por la noche- tenían un aumento considerable en la producción de linfocitos T (responsables, entre otras sustancias, del fortalecimiento del sistema inmunológico) y de la producción de una serie de hormonas como la serotonina, considerada la responsable de los estados de felicidad y plenitud.

Es fundamental, pues, recobrar la capacidad de tomar decisiones, de ejercer el derecho a elegir ya sea en pequeñas cosas o en grandes cuestiones. Cuando decidimos algo conscientemente: «Yo quiero…, Yo decido…, Yo elijo…» sentimos una satisfacción interna sumamente gratificante porque nos sentimos vivos y que, de alguna manera, llevamos las riendas de nuestra vida.

Así que de un paso adelante, sea valiente para romper con la comodidad de cada día y pregúntese: ¿Y yo? ¿Qué quiero yo?

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
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Marzo 2000
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