¡La telepatía existe!

Hasta hoy la posibilidad de que las personas pudieran comunicarse telepáticamente no era aceptado por la comunidad científica en tanto -se decía- no había prueba alguna de ello. Con los descubrimientos más recientes, van a tenerse que revisar muchas certezas consideradas como verdades.

Científicos británicos han localizado una parte del cerebro que puede “leer” el cerebro de los demás. Es decir, adivinar lo que otros piensan y sienten. Los científicos han llegado a esta conclusión a partir del comportamiento de adultos y niños autistas.

Los autistas (el autismo es una enfermedad genética) pueden ser personas muy inteligentes pero con gran dificultad para comunicarse con otras y una falta de imaginación flexible. La diferencia entre la inteligencia general y el comportamiento social es una muestra clara de que existe una parte especializada del cerebro en la que se produce dicha capacidad.

Pues bien, para encontrar el centro de “lectura de la mente” los científicos del Instituto de Psiquiatría de Londres se han basado en técnicas de escáner y estudiado casos de personas que han sufrido daños cerebrales como consecuencia de un derrame o embolia. A los voluntarios que participaron en el estudio se les suministraron historias de decepción, persuasión, doble intención, diversas formas y dibujos animados para excitar reacciones en su cerebro.

La doctora Francesca Happe, psicóloga del conocimiento y directora de esta investigación, afirmó al respecto en una conferencia pronunciada con motivo del British Association Festival of Sciencie celebrado en la Universidad de Sheffield lo siguiente: ”Hemos descubierto regiones específicas en la parte media y delantera del cerebro que sólo aumentan su actividad cuando la persona lee la mente de otra. Después hemos utilizado el mismo procedimiento con individuos muy listos pero que tienen cierta forma de autismo llamada «Síndrome de Asperger» y hemos visto que se produce una activación similar aunque no aumenta la actividad específica del cerebro en esa zona delantera que era la que se activaba en las personas normales”.

Estos resultados se confirmaron con un estudio sobre pacientes estadounidenses que habían sufrido derrames cerebrales que habían afectado a la mitad derecha del cerebro. Mediante los mismos dibujos animados, la doctora Happe descubrió que muchos de sus pacientes tenían una visión social reducida mientras que entendían perfectamente las historias que no tenían contenido social. La doctora Happe siguió diciendo que existe una clara ventaja evolucionista al ser capaz de leer la mente para “engañar, colaborar, comunicarse, y simpatizar”, añadiendo: ”Nuestra capacidad de leer la mente de otras personas parece ser el resultado de unos circuitos cerebrales que han evolucionado específicamente y que se pueden ver afectados selectivamente. La relación entre la lectura de la mente y la autoconciencia es una zona muy interesante de investigación para el futuro. ¿Leemos nuestra mente con el mismo mecanismo que la de los demás? Si encontramos el centro cerebral que lleva a cabo esta función social podríamos estar en el buen camino para curar el autismo”.


¿CÓMO SE DESARROLLA EL PROCESO TELEPÁTICO? 

La telepatía o transmisión del pensamiento no es un hecho unánimamente reconocido por la comunidad científica internacional. Y, sin embargo, su existencia fue demostrada científicamente en laboratorio por el prestigioso neurofisiólogo e investigador Jacobo Grinberg Zilberbaum hace ya más de diez años. Tuve con él numerosas charlas sobre ello durante las ocasiones en que nos vimos en España. Pero no pude conocer los avances logrados en los últimos momentos porque la última vez que le llamé a su Departamento de la Universidad para invitarle a dar una conferencia sobre ello en Madrid -hace ya cinco años- me encontré con la sorpresa de que había desaparecido. Y desaparecido sigue a fecha de hoy aunque los indicios de la policía, despistada al principio de las investigaciones, apuntan a su casi segura muerte.

No es, por supuesto, el único. Desde entonces son numerosos los científicos que, siguiendo esa línea, no dudan de ese hecho. Pero en modo alguno tal convicción es mayoritaria. Hace sólo año y medio, conversando en Madrid con el también neurofisiólogo norteamericano Karl Pribram, «padre» del modelo holográfico del cerebro y uno de los más reputados científicos de nuestro siglo, me expresaba su escepticismo al respecto. Acababa de terminar una investigación sobre el proceso defamiliarización del cerebro con lo que nos rodea y se ofreció a que lo publicáramos en esta revista. Guardo el texto con cariño en mi mesa porque, a pesar de su obvio interés, su extensión me impide publicarlo y no me atrevo a cortarlo sin riesgo de quitar rigor a su explicación. Confío en poder hacerlo en el futuro. Pero este encantador personaje de sempiterna sonrisa y cabellera blanca de profeta que viaja por medio mundo y sigue trabajando en su Universidad de Stanford a sus más de 80 años es, a pesar de su osada propuesta sobre el cerebro como decodificador del megauniverso holográfico en el que vivimos, un hombre eminentemente práctico al que no le gusta adentrarse en la frontera de lo considerado paranormal. A fin de cuentas, sabe lo que le sucedió a nuestro común amigo Raymond Moody, cuyo innegable prestigio como psiquiatra fue puesto en entredicho a raíz de la publicación -entre otros- de su libro «Vida después de la vida» y sus posteriores investigaciones en el «Teatro de la mente» de Choccolocco. Al punto de que tuvo que retractarse públicamente de lo afirmado en sus propios libros hará tres años para poder ser contratado de nuevo como jefe de departamento en una universidad.

De ahí la importancia del actual descubrimiento de la doctora Francesca Happe. Y no tanto porque su aportación sea hoy fundamental sino porque reabre de nuevo la polémica sobre las posibilidades del cerebro. ¿O quizá hubiera que hablar de la mente? Porque, ¿son mente y cerebro lo mismo? Es obvio que no aunque muchos científicos así lo crean. Pero eso es motivo de otro artículo.

Mi intención, en suma, no es otra que explicarle al lector que estamos hablando de un tema por resolver. Y que son muchos los científicos que postulan la existencia de la telepatía y han formulado sus propuestas teóricas al respecto. Me permito por eso, en nombre todos ellos, hacer un breve resumen de lo que se supone constituiría ese proceso. El tiempo y las investigaciones darán o quitarán razones. Y quizá personas como Jacobo Grinberg vean entonces reconocido su trabajo, si bien sea póstumamente.

LA TRANSMISIÓN DEL PENSAMIENTO 

Afirman quienes postulan la existencia de la telepatía que el cerebro humano está capacitado para emitir y recibir mensajes en forma de pensamientos. Y afirman también que se debe tener en cuenta que el lenguaje telepático es conceptual y que, por eso mismo, cada consciente expresará el contenido de acuerdo a sus peculiaridades, es decir, que lo decodificará o «traducirá» según su nivel cultural y de comprensión.

Explican además que todos los seres humanos emitimos ondas cerebrales de carácter electromagnético de forma constante en una longitud y frecuencia determinadas que serían, como las huellas dactilares, propias de cada uno. Por ese no interferirían entre sí. Es decir, como si cada ser humano tuviera su propio canal al igual que sucede con las emisoras de radio.

Obviamente, se desplazarían a través del éter que impregna todo el cosmos de forma similar a como un pez se desplaza por el agua o el gas a través del aire. Una vez en él, los pensamientos se transmitirían en forma de ondas circulares, al igual que las que produce una piedra cuando cae sobre el agua. Pensamientos que serán captados por otros dependiendo, en buena medida, de la intensidad o potencia tanto del emisor como del receptor.  Algunos entienden, sin embargo, que cualquier pensamiento puede ser captado a grandes distancias en tanto el éter lo invade todo.

Desde un punto de vista físico, las glándulas encargadas de la emisión y recepción de los pensamientos serían las glándulas pineal y pituitaria.

Hasta aquí, lo que mayoritariamente se acepta por estos investigadores. Los demás científicos tienen ahora palabra. Sólo es preciso que sus creencias no obstaculicen ese trabajo.

 José Antonio Campoy

Este reportaje aparece en
15
Abril 2000
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