Los prejuicios y la maledicencia

En esa revisión constante de la escala de valores que rige nuestra vida y de los esquemas mentales con los que nos movemos conviene hacer un alto en el camino ante un aspecto fundamental que, en los últimos tiempos, ha ido tomado excesivo protagonismo. Me refiero a un cáncer que se ha extendido de forma alarmante: la emisión de juicios.

Hablar de los demás es una práctica común, incluso aunque se tenga muy poca base y no hayamos contrastado nuestros escasos argumentos. Se emiten juicios de valor sólo por simples sospechas o por comentarios aislados, generados muchas veces por personas rencorosas que se sienten aliviadas hablando mal de otros.

La maledicencia y el ataque a la fama o al honor es propio de sociedades poco evolucionadas y tal parece que ese es nuestro momento.

Y es que el sentimiento de libertad es algo difícil de asimilar y hay tantas interpretaciones de él como seres humanos sobre la Tierra. Algunos entienden la libertad como el poder hacer lo que les venga en gana, otros como ser autosuficientes, otros como romper con todo y con todos… Pero esos impulsos también pueden considerarse libertinaje, egocentrismo, egoísmo… Porque libertad no tiene que ver con aislamiento o separación, con ruptura o manifestaciones de fuerza y poder. Libertad es simplemente ese estado que nos permite elegir el bien siguiendo los impulsos internos y haciendo uso de todas nuestras capacidades. Y aquí cuando hablamos de bien usamos una palabra que está por encima de conceptos morales o éticos ya que nos referimos a lo correcto, lo adecuado, lo necesario para que el Ser aprenda, algo que tiene lugar siempre. Y nos referimos también a que las consecuencias de esa elección respondan al impulso de crecimiento y evolución positiva que vibra en este universo.

Por otro lado, se habla mucho de la libertad de expresión -una conquista reciente del ser humano- pero cuando uno analiza los canales por los que nos llega la información se pregunta si no estaremos favoreciendo la falta de ética que nos hace ocuparnos más de la vida de los demás que de la propia, si no será un mecanismo de escape visto el tremendo éxito que tienen los programas en los que se sacan a relucir la vida y milagros de diferentes personajes de la vida pública de nuestra sociedad.

¿Será que mientras nos ocupamos de hablar de los otros no nos queda tiempo para mirarnos a nosotros mismos? ¿Descargamos en los demás nuestras frustraciones? ¿Hablamos de las carencias de éste o aquél para no afrontar las propias? ¿Nos escondemos en la broma y en sacarle punta a historias ajenas para no asumir nuestras incapacidades?

Muchos libros de crecimiento personal nos hablan de la necesidad del no juicio, del peligro que conllevan los prejuicios, las envidias, las habladurías sin fundamento, de la importancia de cortar la cadena en un punto para no seguir agrandando la bola. Porque llega un momento que ya no se sabe dónde se generó el rumor. Cada persona por la que pasa va añadiendo algo de su propia cosecha y el mensaje original se ha convertido en algo irreconocible. ¿Recuerdan ustedes aquel juego en el que se iba transmitiendo al oído una pequeña historia de uno a otro? Cuando, después de pasar por varias personas, el recado volvía al que lo había generado era irreconocible. Pues así sucede en muchas ocasiones en nuestra vida.

Deberíamos comprender que somos responsables de nuestros pensamientos y, por supuesto, de nuestros comentarios. La palabra tiene una fuerza tal que está ligada al origen mismo de la creación: el Verbo, la palabra como fuerza creadora. Todas las tradiciones nos hablan de ello.

Ken Wilber-uno de los filósofos punteros de nuestro tiempo y precursor de la Psicología Transpersonal- nos habla del poder que ejerce el hombre al “poner nombre” a las cosas y lo relaciona con un acto de creación que le da fuerza y seguridad porque selecciona y separa el mundo en pequeñas piezas que se le antojan más manejables.

Pues bien, vistiéndonos con las galas de “pequeños dioses”, los hombres y mujeres de las mal llamadas “sociedades civilizadas” hacemos uso de ese poder creador para encumbrar o hundir a nuestros semejantes.

Hubo un tiempo -muy bien reflejado en la Literatura- en que el honor, la fama y la honra eran los bienes más preciados de la persona y su pérdida se consideraba irrecuperable. En nuestros días esos conceptos parece que se han quedado anticuados y son algo en desuso. En un mundo en el que todo se puede comprar o vender y donde el consumismo es la “medicina oficial” del sistema -que nos es dosificada a través de los medios de comunicación- hablar del daño a la imagen sólo es noticia si genera un sinfín de intervenciones de los implicados en las que se acusan y se defienden mutuamente. Lo cual genera unos interesantes beneficios económicos para el medio en cuestión al aumentar los índices de audiencia.

Se prima lo estrafalario, la mediocridad, la falta de valores… y los modelos que se ofrecen a los jóvenes sólo son estereotipos en formas de vestir o de peinarse; pero nunca se habla de su “contenido”.
Y es que hoy opinar se ha convertido en sentenciar, dialogar en derrotar, convencer en machacar al contrario con nuestros argumentos. La prueba clara la tenemos en los debates que podemos ver y oír en los medios de comunicación donde cuando la dialéctica y los argumentos se acaban se recurre a los ataques personales, donde no se favorece la concordia y la síntesis sino el enfrentamiento morboso.

En otros tiempos alguien defendía una idea (tesis) y otro se oponía (antítesis) con lo que de la confrontación de ambas ideas surgía generalmente una síntesis que se convertía enseguida en una nueva tesis… y así sucesivamente. Esto generaba, no cabe duda, una mayor riqueza de las ideas, un descubrimiento de las ventajas de alimentarlas con otras aportaciones que las hicieran crecer y consolidarse. Tal era el empeño de los antiguos filósofos. Pero es que para jugar a eso es preciso callarse en algún momento y escuchar al otro. Y no me refiero sólo a guardar silencio sino a acostumbrar a nuestra mente a mantener una actitud receptiva y abierta dejando que las ideas lleguen y se puedan mezclar y contrastar con las que bullen en nuestro interior e, incluso, complementarlas.

Escuchar algo tan olvidado… Recuperar la magia de la conversación: algo tan anticuado… Contrastar ideas para compartir y crecer junto al otro: algo tan lento y de tan dudosos resultados… Aprender recorriendo juntos el camino: algo considerado hoy tan poco productivo…

Y es que todo lo que nos rodea en este mundo está enfocado a la competitividad y creemos que hay que ganar a toda costa a los que están al lado porque así se nos tiene en cuenta, porque así ganamos confianza en nosotros mismos, porque así obtenemos resultados, victorias que se van acumulando en nuestro curriculum. Se prima a los ganadores, a los que van pisando fuerte y llevan adelante sus ideas a costa de lo que sea y de quien sea. La opinión da poder, no cabe duda. Cuando el ser humano opina ejerce su poder, diferencia, separa, sentencia…; crea, en definitiva.

Cuando uno observa que se ha equivocado de dirección es interesante retroceder unos cuantos pasos y reemprender la marcha corrigiendo el rumbo.

Si creemos de verdad que el ser humano se diferencia del resto de la creación por su capacidad de amar tendremos que asumir que ese amor incondicional que anhelamos está exento de prejuicios, de envidias, de celos y de habladurías sin fundamento. Y que incluso aunque lo tuvieran, el hecho de hablar de ello implica ya una falta de amor y de ética hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Leemos y escuchamos lo que nos dicen los grandes iluminados: que nadie se puede bañar dos veces en el mismo río, que el río nunca es el mismo… Y, del mismo modo, deberíamos entender que las personas también cambian a cada instante. Si tuviéramos limpio de abrojos el camino del corazón, si estuviera frecuentemente transitado, no tendríamos dificultad para escucharle y filtrar a través de él nuestra relación con los demás.

María Pinar Merino

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28
Mayo 2001
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