Los sentimientos encapsulados

Una de las facultades fundamentales que tenemos los seres humanos es nuestra capacidad para exteriorizar sentimientos. Sin embargo, con el transcurrir de los años esa capacidad se va coartando merced a la educación, la cultura o las normas y convencionalismos sociales, de tal manera que a medida que nos hacemos adultos se generaliza la idea de que mostrar los sentimientos nos hace vulnerables y nos convierte en marionetas en manos de los demás.

Uno de los frenos principales a la hora de mostrar cómo nos sentimos son las dificultades de comunicación. Las barreras psicológicas que el miedo hace crecer en las relaciones interpersonales tienen muchas variantes pero todas ellas presididas por el miedo: miedo a no ser comprendido, a ser condenado sin juicio o a no ser valorados nuestros sentimientos; en definitiva, miedo al ridículo.

Estas actitudes generan bloqueos que se manifiestan en forma de agresividad, tozudez, silencio, obcecación… Cada uno espera que el otro se acerque, le comprenda y le integre en su vida cuando el único camino realmente efectivo de acercamiento sería dar el primer paso para integrarse e integrar al otro sin reservas.

Y es mediante la comunicación -sea ésta verbal o física- como los seres humanos podemos mostrar cómo somos, cuáles son nuestros deseos y nuestras inquietudes, nuestras expectativas y nuestros sentimientos. Cualquier omisión o desvirtuación en la comunicación lleva aparejada la separación, la incomprensión y, finalmente, la soledad.

En lo referente a la expresión de los sentimientos, la evolución consis­te, sobre todo, en equilibrar su forma de manifestación y para ello es imprescindible conocer su origen y analizar la trayectoria que hemos seguido para averiguar en qué momentos se produjeron los bloqueos y cuál fue la causa que los hizo aparecer.

Porque cuando los sentimientos no encuentran un canal adecuado de expresión se quedan encapsulados, es decir, quedan reprimidos y se entra en un círculo vicioso donde no tardan en aparecer la culpabilidad, la recriminación, el recelo o la venganza.

Las discrepancias personales son también un ejemplo típico de sentimientos encapsulados o reprimidos. Cuando existe un encastillamiento de posturas se crean “quistes emocionales” que sólo se extirpan con catarsis.

Entonces uno piensa que lo mejor es dejar pasar el tiempo porque eso permitirá que se asienten los sentimientos pero en estos temas el tiempo juega en contra porque entre las posiciones enfrentadas se crea una distancia cada vez mayor y con el paso de los días sólo se consigue aumentar la brecha y dificultar el acercamiento.

Un encapsulamiento de sentimientos es un conflicto de doble dirección; es decir, el bloqueo afecta a ambas partes. Y sólo se solucionará cuando una de ellas dé los pasos necesarios para conseguir la ruptura de su propia rigidez favoreciendo con ello el desbloqueo de la otra persona. Sabemos que si tenemos sujeta una goma por los extremos y soltamos uno de ellos inmediatamente desaparece la tensión. Bien, pues en el caso que nos ocupa sucede lo mismo.

Los malentendidos, los sobreentendidos, los prejuicios o las verdades a medias no favorecen la ruptura de las posturas intransigentes sino que las endurecen aún más. Cada uno se afianza en su planteamiento y cualquier argumento del exterior es interpretado como favorable a su idea.

La persona con sentimientos encapsulados es alguien en proceso de aclaración personal, alguien que con su nivel de consciencia actúa lo mejor que sabe y puede, alguien que ante su necesidad de seguridad afectiva ve fantasmas y enemigos que le llevan a desconfiar de los demás y que, como mecanismo de defensa, intenta cerrar su círculo afectivo para evitar lo que entiende como agresión, como animadversión. En suma, alguien que cierra sus canales de comunicación con los demás como medida de protección.

Hay que tener en cuenta que los sentimientos encapsulados proveen a la persona de un filtro que le impide ver la realidad objetiva coloreándola con matices que sólo ella sabe apreciar.

Una buena vía de acercamiento sería saltar por encima de los argumentos que dicta la lógica y centrarse en lo que dice el corazón. Porque cuando se deja hablar al corazón surgen caminos alternativos que desde el razonamiento no pueden ser vistos. Estos caminos permitirán ir transformando la postura, cambiar los procesos negativos en neutros y, más tarde, en positivos.

No podemos olvidar que dentro de cada uno de nosotros está la capacidad de generar amor y transformar cuanto nos rodea. Y que el amor es una energía capaz de alterar las estructuras mentales de los demás ya que tiene una frecuencia vibratoria mucho más elevada que cualquier postura mental y, por tanto, puede romper la inercia o rigidez que sólo sirven para dificultar la expresión de la verdadera personalidad interna.

María Pinar Merino

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Julio 2000
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