Posibilidades terapéuticas del Fosfenismo

Creado por Francis Lefebure -médico especializado en Neurología y Psiquiatría Infantil- el fosfenismo es un método que aprovecha la acción dinamizadora de la luz para mejorar la comunicación entre los dos hemisferios e incrementar las capacidades cerebrales en su conjunto: la memoria, la atención, la creatividad, la capacidad de comprensión y la intuición. Algo que es posible mediante la contemplación de los fosfenos, esas manchas multicolores que se siguen percibiendo en la oscuridad después de mirar fijamente una fuente luminosa durante al menos treinta segundos. Le explicamos en detalle sus posibilidades terapéuticas.

Son raras las personas que no experimentan cierta fascinación al contemplar fijamente el fuego de una chimenea, la lumbre de un campamento o, incluso, la llama de una vela. La intensidad de la luz y el movimiento rítmico de las llamas producen una singular sensación de introspección durante la cual resulta especialmente placentero perder el control de los pensamientos a la espera de que surjan nuevas ideas o intuiciones. En casi todas las civilizaciones las historias se han contado estando la gente alrededor del fuego y probablemente no sólo por ser fuente de calor sino porque nuestros antepasados debieron percibir inconscientemente que en tal entorno las narraciones fluían mejor. Raramente una buena historia contada alrededor de una hoguera acaba en el olvido; su recuerdo suele ser intenso y duradero. ¿Habrá alguna razón que desconocemos?

Friedrich Kekulé, catedrático de Química en Gante (Bélgica), revolucionó la Química Orgánica al descubrir la estructura del benceno. Kekulé sabía que tenía seis átomos de carbono pero su distribución había sido un enigma durante mucho tiempo para los químicos. Pues bien, su descubrimiento no llegaría como fruto de un duro trabajo sino de una repentina -y quizás buscada- inspiración. “Volví la silla hacia el fuego –explicaría tiempo después Kekulé– y empecé a quedarme dormido. De nuevo los átomos saltaban delante de mis ojos. Ahora los grupos más pequeños permanecían modestamente al fondo. Mi ojo mental, más agudo debido a las repetidas visiones de este tipo, podía distinguir estructuras mayores, con conformaciones diversas; largas filas, a veces más íntimamente unidas; todas retorciéndose y agitándose con un movimiento parecido al de una serpiente. Pero, de repente… ¿qué era aquello? Una de las serpientes había cogido con la boca su propia cola y su figura daba vueltas violenta y burlonamente delante de mis ojos. Como si hubiese sido el resplandor de un relámpago me desperté y pasé el resto de la noche desarrollando las consecuencias de tal hipótesis.”  En suma, fue gracias a una “visión” como Kekulé dijo haber descubierto la estructura hexagonal del benceno cuya existencia real se demostraría tiempo más tarde, cuando técnicamente fue posible.

Demos ahora un salto en el tiempo de poco más de siglo y medio. En el año 2002 apareció un artículo titulado Visión artificial para ciegos a través de la conexión de una cámara de video al córtex visual en la revista de la American Society of Artificial Internal Organs. Firmado por el investigador William H. Dobelle, contaba cómo un hombre de 62 años identificado como Jerry localizaba una gorra negra que colgaba en una pared blanca, la recogía, caminaba por un cuarto y la ponía encima de la cabeza de un maniquí. Nada fuera de lo habitual… si no fuera porque Jerry llevaba ciego 29 años. ¿La explicación? Acababa de realizar tan increíble tarea con la ayuda de una prótesis visual desarrollada por el Instituto Dobelle.

Jerry llevaba 68 electrodos implantados en la superficie de su córtex visual -la parte del cerebro que procesa las señales de los ojos-, unas gafas de sol –en uno de cuyos lentes se había incorporado una diminuta cámara de video-, un ordenador de bolsillo en la cadera -que recibía las señales de la cámara y acentuaba los contrastes- y un segundo ordenador que tras recibir las señales del primero enviaba la señal a los 68 electrodos. Pues bien, el estímulo en el córtex produce lo que Dobelle denomina “fosfenos de la corteza visual”, es decir, manchas de luz en el cerebro. Y Jerry aprendió a interpretar las estructuras hasta el punto de identificarlas con los bordes de los objetos. Lo que le permite moverse en el interior de una habitación y localizar objetos en situaciones de alto contraste como es el caso de una gorra negra colgada en una pared blanca. Es decir, Jerry no ve la gorra como la vemos quienes disfrutamos del don de la visión sino como un “mapa de fosfenos“ que ha aprendido a estructurar.

Evidentemente el vínculo entre estas dos historias reales y en apariencia inconexas está en los fosfenos de los que habla Dobelle. Entendiendo por fosfeno toda sensación luminosa subjetiva, es decir, toda mancha de luz que no es producida directamente por la excitación de la retina bajo los efectos de una radiación electromagnética de longitud de onda visible o una presión directa sobre los globos oculares. Los fosfenos se corresponden con lo que los oftalmólogos denominan imágenes de persistencia retiniana, imágenes de remanencia o postimágenes. Más coloquialmente, los fosfenos son esas luces que todos apreciamos frente a nuestros ojos cuando tras estar mirando una fuente de luz durante cierto tiempo pasamos a un entorno más oscuro y aún cerrando los ojos seguimos viendo durante unos minutos en la oscuridad unas extrañas manchas multicolores.

Dobelle, con sus investigaciones, demostró la existencia de relación física entre los fosfenos y el córtex planteando la realidad cerebral del fosfeno. Sólo que su trabajo permite además teorizar sobre la existencia de una influencia inversa: de los fosfenos sobre el córtex cerebral. ¿Y cuál es ésta, no en personas ciegas sino en aquellas que mantienen su capacidad de ver intacta?

Sobre los efectos de la luz visible quedan hoy ya pocas dudas, tanto desde el punto de vista energético-fisiológico a nivel celular –consecuencias tratadas varias veces en la revista- como desde la perspectiva emocional. La luz es una energía que al llegar al ojo da lugar a una serie de reacciones químicas y eléctricas en el cerebro capaces de producir sincronizaciones entre las células cerebrales acelerando y amplificando los procesos psicológicos. Pues bien, parece que basta mirar fijamente durante unos minutos una fuente luminosa adecuada para conseguir un aporte de energía suplementaria en el conjunto de la masa cerebral lo que mejora las capacidades mentales -memoria, concentración, ideación, creatividad, iniciativa, etc.-, es decir, la inteligencia en su conjunto.

Que la luz tiene gran influencia sobre las funciones hormonales -por medio de la hipófisis- y que incide en la producción de melatonina lo sabemos desde los años 50 del pasado siglo XX. Pero recientemente se han publicado además importantes estudios del efecto de la luz sobre el sistema nervioso en la depresión crónica y, sobre todo, en el denominado síndrome de depresión estacional. Y parte de ese efecto se manifiesta a través de los fosfenos generados en nuestro cerebro.

Sin embargo, quien más ha estudiado el efecto de los fosfenos sobre el desarrollo de la personalidad y las facultades cognitivas del ser humano fue el médico francés Francis Lefebure que ya en 1959 –trabajando en el Servicio de Salud escolar- descubrió y analizó la acción de la luz sobre todas las funciones cerebrales. Llegando a la conclusión de que la mezcla de un pensamiento con el fosfeno que crea una fuente lumínica ¡transforma la energía luminosa en energía mental!

¿Encontraría pues Friedrich Kekulé en la mezcla de los fosfenos creados en su mente por la visión del fuego y su preocupación por la búsqueda de la estructura del benceno la llave creativa que le permitió su histórico descubrimiento?

FRANCIS LEFEBURE 

La vida de Francis Lefebure (1916-1988) constituyó una búsqueda apasionante del origen y desarrollo de las facultades cerebrales superiores. Facultades innatas del ser humano que desconoce tener y cuyo conocimiento –debe decirse- ha estado reservado durante milenios a determinadas figuras con papeles relevantes en los denominados ritos iniciáticos.

Pues bien, Lefebure presentaría en Argelia en 1942 sutesis doctoral en Medicina sobre los ejercicios respiratorios del yoga bajo el título “Respiración rítmica y concentración mental”. Y en ella llegaría a la conclusión -comprobada y ratificada muchos años después por todo tipo de estudios- de que la respiración rítmica es capaz de aumentar la vitalidad de la persona y favorecer su desarrollo físico e intelectual. Especialmente en el caso de los enfermos y los niños pero también de cada uno de nosotros.

En aquel trabajo -de ciento cuarenta páginas- abordaría el tema de la concentración mental poniendo el ejemplo de un ejercicio mental sencillo pero repetido: intentar imaginarse una rosa. El doctor Lefebure demostraría con él que algo tan insignificante actuaba poco a poco. Primero sobre el pensamiento, después sobre la sensibilidad y, por fin, sobre la voluntad. Y ya en su tesis se permitía señalar el camino que ayudaba a conseguir lo que denominó “la concentración suprema”: visualizar una mancha luminosa y un punto luminoso lo más pequeño posible.

La luz siempre le atrajo. Fue el primer investigador en realizar estudios sobre el desarrollo cerebral con la ayuda de la fijación de la mirada en una fuente de luz durante un breve período de tiempo y la aparición de los fosfenos. Luego, la visualización de puntos luminosos para favorecer la concentración daría paso a la utilización de los fosfenos generados en nuestro cerebro por la luz como herramienta para facilitar los procesos básicos del psiquismo: pensamiento, sensibilidad y voluntad.

En 1963 tendría la idea de estudiar lo que ocurría al concentrar el pensamiento sobre un tema en concreto en presencia de un fosfeno. Fue el origen de lo que denominaría “mezcla fosfénica”, método que permite -según sus conclusiones- obtener un mayor rendimiento mental mediante la mezcla de los pensamientos con los fosfenos. Y hay que decir al respecto que en noviembre de 1975 el Salón Mundial de Inventores de Bruselas le otorgó la Medalla de Plata por su método “Mezcla Fosfénica en Pedagogía”.

A partir de ese momento Lefebure concentraría sus fuerzas en el perfeccionamiento de la técnica y su divulgación. Y a medida que avanzaba en sus estudios le fue pareciendo cada vez más evidente el papel que el fosfenismo, como activador de facultades cerebrales superiores o mejoradas, había jugado en la génesis de todas las religiones donde la luz, el fuego y la iluminación juegan un papel fundamental. Desde el alba de la Prehistoria una parte de la humanidad, sin ser consciente del mecanismo, al pensar mientras miraba fijamente una llama intensa… estaba sin saberlo practicando el fosfenismo.

Al final de su vida Lefebure había conseguido cerrar su propio círculo al entender que los fenómenos llamados iniciáticos -donde se ponen de manifiesto fenómenos aparentemente inexplicables de la mente- están al alcance de todo el mundo mediante un trabajo mental adecuado en el que tienen mucho que ver los fosfenos y la mezcla fosfénica. “Recordemos que lo que llamamos ‘técnicas iniciáticas’ no son –afirma Lefebure– sino la aplicación metódica de unos medios utilizados instintivamente por los niños para desarrollar su cerebro si ninguna presión externa se lo impide. Así ocurre con los balanceos. También hemos mostrado cómo la mayor parte de los niños a los que se deja frecuentemente solos emprenden el camino de la mezcla fosfénica. Sin saber por qué, miran el reflejo del sol en el agua o un reflejo de luz en un suelo bien pulido (por ejemplo)… “

LA “MEZCLA FOSFÉNICA”

Todos sabemos que a medida que se acerca el fin de curso aumenta la preocupación por el rendimiento de nuestros escolares. Los actuales resultados en asignaturas como Matemáticas o Lengua, lejos de mejorar han hecho sonar todas las alarmas políticas y familiares. La materia a estudiar es cada vez mayor pero el rendimiento sigue disminuyendo mientras miles de profesionales se desesperan buscando soluciones políticas y herramientas pedagógicas que les permitan mejorar las capacidades de sus alumnos. Y, sin embargo, aplicar la herramienta pedagógica de Lefebure -como se está haciendo de manera aislada en Francia y otros países de tradición francófona como Canadá o Camerún- podría ser una posible solución.

Hay que decir al respecto que Lefebure siempre dedicó especial atención al ambiente en donde se desarrolla el estudio y, sobre todo, a la luz con la que trabajan los estudiantes. “Hasta los 12 años –escribió Lefebure- era un mal estudiante y sufría mucho moralmente. Hasta tal punto que a los once años el profesor quiso expulsarme definitivamente de la escuela y sólo pude quedarme gracias a la enérgica intervención de mi abuela. Sin embargo, tras las vacaciones de Pascua de mi segundo año me convertí de repente en un buen alumno. Desde entonces siempre estuve entre los mejores en ciencias. ¿Y qué había pasado durante aquellas famosas vacaciones de Pascua? Pues que habíamos ¡cambiado de casa! Antes vivíamos en un apartamento donde nunca daba el sol y el nuevo era maravillosamente soleado con lo que me acostumbré a trabajar con el sol iluminando a menudo el libro. Y aunque algunas personas me decían que eso podía hacerme año en los ojos no ocurrió así. Al contrario, fue a partir de aquel momento cuando me convertí en un buen alumno. Creo que hay en esto algo de precursor en mis investigaciones sobre los fosfenos”. Sería su historia personal, en suma, lo que le llevaría a plantearse cómo aumentar el rendimiento escolar uniendo sus dos campos de investigación -los fosfenos y la Pedagogía- en una única vía pedagógica.

Ahora bien, un fosfeno –la palabra procede del griego “phôs” –luz- y “phainein” -que quiere decir “aparecer” pero también “brillar”- tiene valor -según las investigaciones de Lefebure- en la medida en que seamos capaces de asociarlo a un pensamiento porque es de esa manera como puede aumentar nuestra memoria, capacidad de atención e inteligencia y, como consecuencia, nuestra creatividad, iniciativa y asociación de ideas. El fosfeno es pues, según Lefebure, un auténtico acelerador de los procesos mentales que permite optimizar el rendimiento y la reflexión de cualquier trabajo intelectual.

CÓMO USAR LOS FOSFENOS

Los fosfenos aparecen en forma de manchas multicolores que persisten en la oscuridad durante dos o tres minutos tras haber observado fijamente una fuente luminosa adecuada colocada a metro y medio de distancia durante treinta segundos. Los elementos imprescindibles para su generación son una bombilla especial blanca que lleva una proporción de sílice superior a la del vidrio común, un buen reflector que ensanche el fosfeno sin generar círculos oscuros o irregularidades en el interior, un dispositivo que permita apagar la lámpara y encenderla desde dos metros y una venda elástica para situarla sobre los ojos tras apagarla a fin de observar los fosfenos. Los impulsores de las teorías de Lefebure sostienen que los fosfenos sólo deben visualizarse como recomiendan para evitar posibles complicaciones derivadas de un exceso de calor o daños más graves si se usaran lámparas ultravioletas o infrarrojas.

Sólo unos instantes después de suspender la visión –se debe mirar la luz fijamente, sin mover los globos oculares- comenzarán a visualizarse las figuras de colores. “En primer lugar –cuenta Daniel Stiennon, del Instituto de Fosfenología- suele verse un hermoso verde brillante al que rodea rápidamente un círculo rojo. El conjunto cambia a intervalos. Hay incluso eclipses totales de fosfeno pero cada vez que se vuelvan a formar el color rojo irá en aumento. Después de un minuto sólo queda el rojo pero al minuto y medio éste también desaparece dando  paso a un azul que surge desde la periferia hacia el centro. Finalmente sólo queda un círculo negro rodeado de luz difusa. Las primeras veces ocurre con cierta frecuencia que el fosfeno comienza por algunas nubes blancuzcas similares a la luz difusa y luego aparece un hermoso color amarillo en vez del verde pero tras unos días de ejercicio los colores se suceden como he explicado.”

ACELERAN EL APRENDIZAJE 

El método “La Mezcla Fosfénica en Pedagogía” enseña al estudiante a estudiar bajo la influencia de los fosfenos para aumentar su rendimiento. Para ello debe mirar la luz de la lámpara –no más de 30 segundos- mientras repite, por ejemplo, el título de la lección, una fórmula matemática o los nombres de los ríos de España. Después, cuando percibe la fase azul del fosfeno, debe apagar la lámpara y empezar la lectura. Durante los primeros segundos el fosfeno le molestará porque se superpone a las letras pero puede evitarlo colocando cerca del libro una lámpara de mesa cuya luz incida sobre el texto. De esa forma el fosfeno desaparecerá y con él las molestias para leer… pero no los efectos a nivel cerebral. La lectura se seguirá pues haciendo de la misma manera pero la asimilación, comprensión y memoria aumentan.

Hay que decir que muchos niños descubren este sistema de forma instintiva y por eso les gusta leer con el texto iluminado por el sol. Son muchos los adultos que recuerdan con agrado haber estudiado sus lecciones de esta manera. Porque es evidente que un texto se asimila mejor… cuando mejor iluminado está. En todo caso, cuando lo haga a la luz de una lámpara sepa que es preferible que el reflector sea de metal oscuro para que los rayos no incidan directamente sobre los ojos. Y si es con el sol con lo que se ilumina el texto es preferible que sólo de en el libro. La luz de las lámparas de “neón”, en cambio, ayudan mucho menos al trabajo continuado.

Los resultados se comprueban en poco tiempo. “La mezcla de un pensamiento y un fosfeno –escribió Lefebure- aumenta la atención y, como consecuencia, la memoria. Por tanto, el texto se asimila mejor. El fosfeno actúa también sobre la comprensión. Si se dispone de dos lámparas (una para hacer fosfenos y otra para iluminar el texto) también se puede hacer un fosfeno antes de cada relectura del texto. Las ideas principales se captan mejor así como las ideas accesorias y las ideas clave. El sentido del texto se comprende mejor en su conjunto. La estructura del texto se asimila mejor y se encuentran con mayor facilidad los diversos elementos que la componen. Con el tiempo, y siempre que se lean cada día las lecciones con fosfenos, los estudiantes se dan cuenta de que aprenden más deprisa y retienen mejor. Los resultados repercuten en las notas y los profesores se sorprenden de la mejora de los aprendizajes. Tales resultados son especialmente claros cuando se hace trabajar a los niños con fosfenos”.

Según esta escuela pedagógica la mezcla fosfénica favorece también la desaparición de los problemas de dislexia y de disortografía ya que los considera consecuencia de la adopción por los niños de hábitos y costumbres que no corresponden a los ritmos cerebrales. Según aseveran es necesario un mes para poner en marcha correctamente el proceso pero luego los efectos de la mezcla fosfénica se observan en muy pocos días.

LA ALTERNANCIA CEREBRAL

Debemos agregar que los fosfenos duran 3 minutos como máximo pero no es necesario repetir el proceso cuando desaparecen ya que sus efectos se acumulan y, por tanto, no dependemos de él para trabajar de forma continua. No obstante, cuando se experimenta una disminución de la atención repetir el proceso permite continuar el estudio sin cansancio. La base de este comportamiento es la manera rítmica de funcionamiento del cerebro. Ello explica que conforme pasa el tiempo aumenten los problemas para continuar leyendo o aprendiendo y poco a poco vayamos perdiendo la atención y/o la comprensión sobre el tema tratado.

Basta con dejar un momento de trabajar –aclara Lefebure- e incluso pensar en otra cosa durante unos instantes (por ejemplo, haciendo un fosfeno para observar los colores en la oscuridad sin preocuparse de la lección o realizar pequeños balanceos con la cabeza durante unos minutos después de hacer un fosfeno) para respetar la alternancia cerebral. Eso da un nuevo impulso a la atención y facilita la asimilación. Después, para volver al estudio, se forma un nuevo fosfeno. Por supuesto, esto parece ir en contra de lo que hacemos habitualmente cuando estudiamos durante muchas horas seguidas. Al constatar esos bajones de atención muchos creen que tienen problemas de concentración puesto que no pueden trabajar durante mucho tiempo sobre el mismo tema deforma continuada pero trabajar de forma continua no sirve para nada; más bien contribuye a trastornar los ritmos cerebrales. Es mejor, por el contrario, hacer sesiones cortas pero frecuentes. Así se respeta la alternancia cerebral y nunca se produce saturación ni fatiga”.

SOLO EL PRINCIPIO

Las aplicaciones pedagógicas propuestas por Lefebure y el Instituto de Fosfenología encargado de difundir su obra no son, por supuesto, las únicas posibilidades de los fosfenos. Además de con la “mezcla fosfénica” puede trabajarse con los “fosfenos dobles”, posibilidad que se debe a que cuando se miran dos lámparas separadas por una membrana luego se ve un fosfeno con cada ojo. Lefebure descubriría también que si se ilumina alternativamente primero un lado y después el otro -dos segundos cada lado- en lugar de observarse al mismo tiempo los dos fosfenos aparecen de forma alterna a derecha e izquierda pero no al ritmo de la iluminación sino con un ritmo propio. Un ritmo muy sensible que proporciona mucha información de tipo psicológico y médico, según los conocedores del procedimiento del funcionamiento cerebral del sujeto.

Los fosfenos también mejoran claramente los procesos mentales con la audición alternativa. Se trata de escuchar de forma alterna por el oído derecho y el izquierdo, con un ritmo regular regulable, un sonido que puede ser un zumbido, un chasquido o ambos asociados, o, incluso, una enseñanza oral o una música. Los efectos del llamado Alternófono -dispositivo diseñado para ello- se verificaron en diversos laboratorios como el Centre Nacional de la Recherche Scientifique, el Institut National des Sports y el Laboratoire Central de Massy-Palaiseau. Terminamos aclarando que las posibilidades de desarrollo personal no acaban en las mencionadas.

¿Será el fosfenismo ese puente entre la luz exterior y la luz interior que nos permita explorar las potencialidades mentales de los seres humanos? No podría asegurarlo  pero estoy persuadido de que a partir de ahora, cuando se sienta una vez más fascinado por la luz de las llamas o encuentre una paz inexplicable observando la luz del sol reflejada en el agua, pensará que quizás en su cerebro se estén formando fosfenos y que aprovecharlos es sólo cuestión de acompañarlos del pensamiento adecuado.

 Francisco San Martin

Nota. Este reportaje está elaborado con el material utilizado por el Instituto de Fosfenología, (www.fosfenismo.com) que recomienda noutilizar nunca lámparas que no estén certificadas como “fosfénicas”. Y, sobre todo, recuerde que  no debe utilizar nunca lámparas de infrarrojos -ya que pueden provocar cataratas- ni lámparas ultravioletas- porque pueden causar úlceras en las córneas-. Asimismo recomiendan evitar los tubos fluorescentes como fuentes de fosfenos.

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Junio 2005
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