¿Sustituirán los “alimentos funcionales” a los fármacos?

Es evidente que en los últimos años ha surgido toda una generación de productos alimenticios nuevos. Antes uno podía tomarse un zumo de piña o uno de soja; ahora los tiene de soja con piña. Antes uno tomaba leche entera, desnatada o semidesnatada; ahora puede tomarla enriquecida con vitaminas, minerales, aminoácidos, fitoesteroles, soja, fibra, bífidus, ácidos grasos Omega-3 y 6… Las mezclas son cada vez más singulares. En suma, hablamos de alimentos enriquecidos artificialmente que pretenden ofrecer beneficios adicionales para la salud más allá de los meramente nutritivos y que ayudan incluso a reducir el riesgo de contraer enfermedades. A tales alimentos se les denomina “funcionales” y en nuestros mercados ya hay más de 200 con estas características.

Los desajustes y desequilibrios alimentarios que padece gran parte de la población -a causa en buena medida de comer rápido y fuera de casa así como por la manera de cultivar y preparar los alimentos y su evidente contaminación por los tóxicos y aditivos que contiene- están acabando por pasar factura en forma de diversas dolencias que en la mayoría de las ocasiones se evitarían manteniendo simplemente una alimentación equilibrada y sana que aporte los nutrientes necesarios y en las cantidades adecuadas. Así que si vive en ese constante ajetreo que le impide atender debidamente su dieta quizás sea usted de aquellos a los que sin duda le interesen los más de 200 alimentos “funcionales” que ya se comercializan en nuestro país y que no son sino aquellos que “además de garantizar la ingesta de los nutrientes necesarios y compensar los desequilibrios alimentarios han demostrado científicamente que aportan beneficios a una o varias funciones del organismo de manera que proporcionan un mejor estado de salud y bienestar”. Así al menos se definen en la Guía de Alimentos Funcionales publicada por iniciativa del Instituto Omega 3 en colaboración con la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) y la Confederación Española de Consumidores y Usuarios (CECU). Alimentos que deben formar parte de la dieta habitual en cantidades normales y presentarse en forma de comida y no de cápsulas.
En suma, se trata de aprovechar la potencialidad nutritiva y terapéutica de los alimentos para reforzar la salud siguiendo el postulado de Hipócrates-padre de la Medicina- quien ya en su época afirmaba que lo más adecuado para estar sanos y recuperar la salud perdida es hacer de los alimentos nuestra medicina. Pues bien, después de casi 2.500 años resurge la doctrina hipocrática y nuestros hábitos dietéticos están cambiando de tal forma que una parte importante de la población ya no trata únicamente de reducir los alimentos que tomados en exceso puedan mermar su salud sino de optar por aquellos de reconocidos efectos salutíferos que ayudan a prevenir e incluso curar muchas patologías. Leches enriquecidas con calcio o ácidos grasos omega 3, zumos con fibra, cereales con minerales o yogures con microorganismos vivos son sólo algunos ejemplos. Pero, ¿qué ventajas aportan? ¿Qué los hace distintos a los demás? ¿Cuáles se consideran “funcionales”? En fin, ¿qué son esos alimentos de última generación que han supuesto el salto del predominio de los alimentos sin (sin azúcar, sin sal, sin colorantes, sin conservantes, etc.) al de los alimentos con (con fibra, con vitaminas, con calcio, etc.)?  Se lo contamos.

ALIMENTOS DE USO ESPECÍFICO PARA LA SALUD

Es de resaltar ante todo que a pesar de que muchos de los alimentos funcionales están todavía en fase de investigación y representan un pequeño porcentaje del total de artículos alimenticios su consumo se está generalizando hasta el punto de que los expertos consideran que al finalizar 2005 sus ventas supondrán un tercio del mercado global de la alimentación en España. Es más, según la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU) su presencia en el mercado aumenta un 16% cada año. Claro que es la propia industria alimentaria quien –nunca mejor dicho- alimenta el interés por estos productos enriquecidos, modificados o mejorados al dedicar a su investigación partidas presupuestarias cada vez mayores. ¿Las razones? La primera, bien evidente, es que cada vez más personas se preocupan por su alimentación y están convencidas de que una dieta equilibrada es la herramienta más eficaz para prevenir y tratar cualquier enfermedad. Personas que buscan cuidar y/o mejorar su salud a través de la comida y que no tardan mucho luego en sustituir el consumo de fármacos por estos alimentos mejorados. No es pues de extrañar que hoy encontremos leches y yogures con calcio, miel con ácidos grasos omega 3, jalea real con ácido fólico (previene malformaciones en el tubo neural), cereales y zumos con vitaminas y minerales, margarinas con fitoesteroles y antioxidantes, galletas enriquecidas o huevos sin colesterol y enriquecidos con ácidos grasos cardioprotectores, entre otros productos funcionales. Todos ellos han empezado a formar parte de nuestra dieta diaria (vea el recuadro adjunto). Pero, ¿cuáles son los nutrientes que hacen funcional a un alimento? Pues algunos de los que los expertos consideran componentes funcionales son los siguientes:

Ácidos grasospoliinsaturados. Hablamos de los omega 3, los omega 6, el oleico y el linoleico. En el caso de los dos primeros sus fuentes principales son los pescados azules. Se ha comprobado que pueden reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares (mantienen el equilibrio de las grasas en sangre e impiden la agregación plaquetaria) y mejoran las funciones visuales y cerebrales además de ser lípidos fundamentales para el desarrollo y buen funcionamiento del sistema nervioso central. En cuanto al ácido linoleico se encuentra principalmente en los aceites vegetales (soja, maíz, girasol, oliva), en los productos cárnicos de rumiantes y en la leche. Este ácido reduce el riesgo de cáncer y mejora el metabolismo corporal en general.

Fibra dietética. Soluble o insoluble, una de sus fuentes principales son los cereales. Ayudan a reducir el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer y enfermedades cardiovasculares.

Carotenoides. Es decir, los alfacarotenos y betacarotenos, la luteína, el licopeno o la zeaxantina, entre otros. Se pueden encontrar en diversas frutas, verduras y hortalizas así como en los huevos y el maíz. Entre sus beneficios potenciales destacan que son potentes antioxidantes, pueden reducir el riesgo de padecer cáncer y enfermedades cardiovasculares y contribuyen al mantenimiento de una visión sana.

Bioflavonoides(antocianidinas, catequinas isoflavonas). Se trata de sustancias presentes en frutas, verduras, té, etc., que neutralizan los radicales libres y reducen el riesgo de padecer cáncer. El mismo efecto tiene el sulforafano contenido en las verduras crucíferas – el brócoli, la col, la coliflor, las coles de Bruselas, etc.- así como en el rábano.

Fenoles. Hablamos de los ácidos cafeico y ferúlico que se encuentran en frutas cítricas y verduras. Presentan propiedades similares a los antioxidantes. Se considera que pueden reducir el riesgo de contraer enfermedades degenerativas, cardiovasculares o visuales.

Ésteres de estanol y esterol. Los estanoles y esteroles –hablamos de ellos en la revista del mes pasado (consúltela en www.dsalud.com)-pueden reducir el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares ya que bloquean la absorción de llamado colesterol malo y disminuyen sus niveles en sangre. Se encuentran de forma natural en frutas, verduras, nueces, cereales, legumbres y aceites vegetales.

Probióticos. Las bifidobacterias y las bacterias acidolácticas (lactobacillus y L.casei inmunitas) son las más utilizadas. Se trata de microorganismos vivos que se añaden a un alimento y que en concentraciones óptimas favorecen el crecimiento de bacterias intestinales beneficiosas, mejoran la salud gastrointestinal, previenen el cáncer, estimulan las defensas y, en general, mejoran el estado del organismo. Además las bacterias probióticas mejoran la digestión de la lactosa y reducen o eliminan los síntomas en personas intolerantes a ella.

Prebióticos. Los más estudiados son los fructooligosacáridos y la inulina. Se trata de carbohidratos de cadena corta que no son digeribles por las enzimas humanas y que estimulan el crecimiento y/o actividad de determinadas bacterias saludables presentes en el colon. Además estimulan la absorción de numerosos minerales (en particular del calcio), mejoran la salud y refuerzan el organismo frente a diversas enfermedades.

Simbióticos. Combinan los saludables efectos de probióticos y prebióticos. Sus efectos se encuentran aún en fase de investigación.

Fitoestrógenos. Las isoflavonas contenidas en la soja convierten a este alimento en uno de los más estudiados en los últimos años por sus demostradas cualidades para reducir los síntomas asociados a la menopausia, proteger a quien lo consume frente a las enfermedades cardiovasculares, la osteoporosis y el cáncer –de mama y próstata, principalmente- además de mejorar el metabolismo en general.

Taninos. Las uvas, los arándanos, el cacao y el vino son fuentes de estos elementos a los que se reconocen sus propiedades antioxidantes y su capacidad para mejorar la salud del tracto urinario y reducir el riesgo cardiovascular.

Vitaminas. Especialmente la A, algunas del grupo B, la C, la D y la K son interesantes porque entre sus propiedades se incluye su capacidad para reducir los riesgos de padecer cáncer, enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, problemas visuales y dermatológicos, etc.

Minerales. Es habitual ya añadir calcio, magnesio, zinc, selenio y otros minerales a numerosos alimentos por sus propiedades para prevenir diferentes dolencias.

Pero, ojo, que no sólo se consideran funcionales los alimentos a los que se les añaden esos componentes sino también aquellos otros de los que, por medios técnicos o biológicos, se ha eliminado algún elemento y se convierten en productos que ayudan a prevenir enfermedades. Es el caso, por ejemplo, de los alimentos bajos en calorías, sal, grasas, azúcar, etc.
Lo que es menos conocido es que la iniciativa actual de buscar “la salud a través de la alimentación” como proponía Hipócrates se desarrolló en Japón a mediados de los años ochenta del pasado siglo XX como respuesta del Gobierno nipón a la necesidad de reducir el alto coste que suponían los seguros de salud de una población muy envejecida. Se sustituyó así el enorme gasto en fármacos por la promoción de productos alimenticios de reconocido efecto positivo sobre la salud regulándose por el Ministerio de Salud y Bienestar los requisitos de los desde entonces llamados “alimentos funcionales” o “de uso específico para la salud”. La idea era simple: considerar alimento funcional a todo aquel que, sin reducir su valor nutritivo, ejerce un efecto positivo sobre la salud o sobre alguna función fisiológica y cuyo consumo es inocuo; es decir, que no provoca problemas aunque se ingiera de él más cantidad de la recomendada. Eso sí, suministrados siempre como alimento y no en cápsulas, pastillas o jarabes. Años más tarde Estados Unidos -país internacionalmente conocido por su pésima alimentación, muy rica en grasas saturadas y pobre en vitaminas y fibra- adoptaría también la alimentación funcional como solución a los severos desequilibrios nutricionales de su población. Al punto de que actualmente el 40% de los productos que se consumen en Norteamérica son funcionales.

MEJORAN Y PREVIENEN

En todo caso, el lector debe saber que legalmente sólo se permite a los fabricantes decir que los alimentos funcionales pueden prevenir la aparición de enfermedades e, incluso, aliviarlas o mejorar su situación siempre que se combinen con un estilo de vida saludable y se siga una dieta equilibrada… pero no que curan. Aunque lo hagan. Que lo hacen. Así lo impuso la gran industria farmacéutica en su obsesión por reservar para los fármacos la exclusividad de la “curación” de enfermedades, una aspiración por otra parte que raya en el ridículo porque no se conoce ningún fármaco que cure nada.
Está en cualquier caso demostrado que los alimentos funcionales contribuyen a retrasar el envejecimiento y subir las defensas del sistema inmune y, entre otras muchas cosas y según de qué alimento se trate, a proteger del cáncer, de las enfermedades cardiovasculares y la hipertensión, de la osteoporosis… Sin olvidar que muchos ayudan a regular y mejorar la actividad del sistema digestivo y todos sabemos que es en la oficina del estómago donde se cuece la buena salud (vea algunos otros de los efectos demostrados en el recuadro adjunto).
Es decir, que los alimentos funcionales tienen capacidades terapéuticas notablemente superiores a las de la inmensa mayoría de los medicamentos con la ventaja añadida de que carecen de los efectos secundarios indeseables de éstos, en algunos casos tan graves que pueden llevar a la muerte.
El consumo de alimentos funcionales es pues recomendable para las personas de cualquier edad y condición pero está especialmente indicado en niños y adolescentes, en mujeres embarazadas, en ancianos y en cualquier persona con estados carenciales o sufra cualquier patología. Sólo hay que asegurarse de que no se es alérgico o intolerante a algún alimento.

HAY QUE SEGUIR INVESTIGANDO

Obviamente en el ámbito de los alimentos funcionales hay aún cuestiones sin concretar. Aún no se ha establecido, por ejemplo, cómo se absorben realmente algunos de sus nutrientes y, por tanto, qué cantidad debe tomarse de él para conseguir el efecto positivo buscado. Tampoco se está seguro en algunos casos de los efectos de una ingesta exagerada. Ni hay datos en todos los casos de hasta qué punto mejoran la salud de quien los consume mientras que de otros sí los hay ya. Es el caso, por ejemplo, de las margarinas con ésteres de esteroles y estanoles que reducen el llamado “colesterol malo” entre un 10 y un 14%… si paralelamente se hace una alimentación equilibrada y algo de ejercicio (porque si no tampoco lo reducen).  Se debe pues seguir investigando para fundamentar su efectividad.
De hecho, el creciente interés -científico, empresarial y social- por los alimentos funcionales ha llevado a la Unión Europea a poner en marcha un programa denominado FUFOSE (siglas de Functional Food Science in Europe, es decir, Ciencia de la Alimentación Funcional en Europa) que se encarga de velar por las propiedades que los fabricantes pueden alegar en las etiquetas de sus productos a la hora de reflejar los beneficios que aportan en la salud y en la prevención de enfermedades. Presionada por la industria farmacéutica ese organismo ha decidido exigir que las alegaciones terapéuticas de los alimentos estén también “científicamente probadas” y para ello se ha creado el denominado Comité Científico de la Alimentación Humana (Scientific Committee on Food) que se debe encargar además de identificar los principios activos de los alimentos y las cantidades recomendadas además de constatar su seguridad y eficacia. Claro que en esa misma línea se había movido ya  la FDA estadounidense (Agencia de la Administración para Alimentos y Medicamentos) porque las multinacionales farmacéuticas consiguieron imponerse allí mucho más rápidamente. A pesar de lo cual tuvo que permitir ya en 1993 que ciertos alimentos alegaran propiedades terapéuticas cuando demostraran poder “reducir el riesgo de padecer enfermedades” existiendo “evidencias científicas públicamente disponibles”  y “suficiente consenso científico entre los expertos de que dichas alegaciones están respaldadas por pruebas”. Medidas que, por supuesto, se adoptaron con la excusa de proteger a los consumidores de la atribución de propiedades beneficiosas falsas o confusas pero que en el fondo se hizo para dificultar lo más posible su comercialización a fin de que no bajaran demasiado las ventas de medicamentos. Sólo han conseguido ganar tiempo. Tienen la guerra perdida.

LA JUSTA MEDIDA

Recuerde, en suma, que su alimentación debe ser, nutritivamente hablando, integral. Y que, por tanto, tomar alimentos funcionales para convertir una “nutrición adecuada” en una “nutrición óptima” no es mala idea… siempre que lo haga con sentido común. No vaya a tomar tal cantidad de alimentos funcionales enriquecidos que ingiera alguna vitamina, mineral u oligoelemento en exceso. Puede ser tan nocivo como su carencia. Y no olvide que, a fin de cuentas, una dieta correctamente estructurada ya es, de por sí, funcional.

L. J.
Recuadro:


Los alimentos funcionales en España

La Guía de Alimentos Funcionales considera como tales –indicando sus propiedades- a los siguientes:

* Leches enriquecidas…
con ácidos Omega 3. Contribuyen a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y de cáncer y mejoran el desarrollo del tejido nervioso y las funciones visuales. Pueden además reducir los procesos inflamatorios.  (El consumo de este tipo de leche puede ser especialmente interesante para personas alérgicas al pescado o que no lo consuman habitualmente).
…con ácido oleico. Ayudan a reducir la concentración de colesterol en sangre y el riesgo de enfermedad cardiovascular.
…con ácido fólico (o vitamina B9). Pueden evitar malformaciones en el tubo neural y ayudan a reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular.
…con calcio. Ayudan al desarrollo de huesos y dientes. Intervienen en la transmisión nerviosa y los movimientos musculares. Pueden prevenir la osteoporosis.
…con vitaminas A y D. Favorecen la función visual y la absorción del calcio, respectivamente.
…con fósforo y zinc. Ayudan al desarrollo de los huesos y mejorar el sistema inmune.

Cabe añadir que también se pueden adquirir leches y/o productos lácteos así como zumos enriquecidos con soja, fibra, jalea real o magnesio, un mineral éste esencial que también forma parte de los huesos y los dientes. Además existen leches bajas en lactosa a las que se les añade la enzima lactasa para provocar la ruptura de la lactosa y facilitar su  digestión (puede ser una solución para las numerosas personas que no toleran la lactosa).

* Leches infantiles de iniciación y continuación…
…con ácidos grasos. Ayudan a mejorar el desarrollo de los niños de 0 a 3 años.
…con vitaminas y minerales. Para cuando la lactancia materna no es posible.

* Yogures enriquecidos…
…con calcio.
…con vitaminas A y D.
…con microorganismos prebióticos.
…con soja.
…con fibra.

* Leches fermentadas…
…con ácidos omega 3 y oleico.
…con bacterias probióticas específicas. Favorecen el funcionamiento del sistema gastrointestinal y reducen la incidencia y duración de las diarreas. Mejoran la calidad de la microflora intestinal.

Cabe añadir que existen en el mercado yogures y otros productos lácteos a los que se añaden sustancias prebióticas como la inulinao los fructooligosacáridos.

* Zumos enriquecidos. Principalmente con vitaminasy mineralesaunque también con soja, fibra, etc.

* Cereales enriquecidos…
…con fibra. Ayudan a reducir el riesgo de cáncer de colon y de mama. Mejoran la calidad de la microflora intestinal.
…con minerales. Especialmente con hierro, mineral que facilita el transporte de oxígeno en la sangre y puede prevenir la aparición de anemias.

También se les añade ácido fólicoo vitamina B9que, como ya indicamos antes, podría evitar las malformaciones del tubo nerural y, por tanto, ayudar a reducir el número de casos de bebés que nacen con espina bífida.

* Pan enriquecido con ácido fólico.

* Huevos enriquecidoscon ácidos grasos esenciales omega 3.Concretamente, con el ácido docosahexanoico (DHA). Reducen el riesgo de enfermedad cardiovascular. Algunos expertos afirman que 3 o 4 de estos huevos a la semana bastan para reducir significativamente el nivel de colesterol malo en sangre.

* Margarinas enriquecidas con fitoesteroles(esterolesy estanolesde origen vegetal). Ayudan a disminuir la concentración de colesterol en sangre y, por ende, el riesgo de afecciones cardiovasculares.

* Sal yodada. El yodo –en muy pequeñas cantidades- facilita la fabricación de hormonas tiroideas, imprescindibles para un desarrollo físico y psíquico normal y evitar disfunciones tiroideas.


Productos de Cuarta y Quinta Gama

Otros de los productos que se pueden considerar de última generación son los llamados de cuarta y quinta gama.
Los “alimentos de cuarta gama” son las hortalizas y verduras frescas, limpias, troceadas, lavadas, envasadas y listas para su consumo directo, por ejemplo en ensaladas. Su caducidad es reducida y se recomienda tomarlas antes de que transcurran 7 días desde el envasado. Estos productos –los más comunes son lechugas, escarola, zanahoria, espinacas, acelgas, apio, puerro, naranja y manzana- no reciben tratamiento térmico alguno por lo que en ellos no se destruyen los posibles gérmenes. De ahí que para evitar riesgos se deba mantener la cadena de frío a lo largo de toda la vida del producto (entre 1 y 4º C) y respetar la fecha de caducidad.
Los “alimentos de quinta gama” son las hortalizas frescas cocidas y envasadas sin colorantes ni conservantes. Su vida útil llega a los 2 o 3 meses y aporta la ventaja de que reduce el tiempo de elaboración posterior en el hogar. Su inconveniente es que resultan bastante más caros que las verduras y hortalizas frescas aunque lo cierto es que son una alternativa interesante para las personas que, por falta de tiempo o pereza, apenas consumen este tipo de alimentos tan necesarios.

Este reportaje aparece en
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Junio 2005
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